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[Automisión|D] El hotel Puntavida
Farahan
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Clan Yamanaka
Nivel 8
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12-10-2026, 06:24 AM
Petición

La Feria Nocturna de Yomikage ofrecía suficientes entretenimientos para mantener ocupados a sus visitantes durante un tiempo considerable. Había atracciones, espectáculos, puestos de alimentos y establecimientos donde podían adquirirse objetos cuya procedencia no siempre resultaba evidente. Los caminos permanecían iluminados por farolillos de distintos colores, mientras las conversaciones se mezclaban con la música y los gritos ocasionales de quienes participaban en los juegos.

Sin embargo, aquella abundancia de distracciones había provocado un inconveniente que no figuraba entre los principales atractivos de la feria: los visitantes necesitaban lugares donde dormir.

El Hotel Puntavida se encontraba sobre una elevación próxima al recinto principal, conectado con las calles más concurridas mediante una avenida de piedra. Era un edificio de tres plantas, construido con madera oscura y ladrillos de tonalidades rojizas, cuyas ventanas estaban adornadas con cortinas de terciopelo y pequeños balcones de hierro forjado. Un letrero iluminado mediante lámparas de aceite anunciaba su nombre sobre la entrada, acompañado por el dibujo de una cama rodeada de flores blancas.

La fachada conservaba una elegancia algo deteriorada. Algunas molduras habían perdido parte de su pintura, las barandillas mostraban pequeñas manchas de óxido y varias enredaderas ascendían por uno de los costados del edificio. Aun así, el establecimiento parecía encontrarse en mejores condiciones que buena parte de las construcciones abandonadas que podían observarse en otros sectores de Yomikage.

Dōma Farahan Yamanaka Senju se detuvo frente a la entrada, examinando el letrero y las ventanas iluminadas.

Había acudido al establecimiento después de encontrar una solicitud de asistencia entre los encargos disponibles en la Feria Nocturna. La descripción mencionaba problemas con el mantenimiento de las habitaciones y una plaga de ratones comecarne que amenazaba a los huéspedes, circunstancias poco atractivas para cualquiera que hubiera imaginado pasar su estancia disfrutando de las atracciones.

La recompensa, sin embargo, justificaba al menos averiguar qué estaba ocurriendo.

Farahan acomodó su ropa antes de subir los escalones. No había recorrido medio Yomikage para terminar arrastrándose debajo de las camas de un hotel, pero tampoco consideraba sensato rechazar una oportunidad antes de conocer sus condiciones. Tal vez los empleados necesitaran ayuda con algunos muebles y un par de roedores. La descripción podía haber exagerado la gravedad del problema.

Al abrir la puerta descubrió que aquella posibilidad era bastante optimista.

El vestíbulo estaba ocupado por maletas, baúles y numerosas cajas de diferentes tamaños. Varias personas aguardaban frente al mostrador de recepción, mientras otras intentaban desplazarse entre los equipajes sin tropezar con los trabajadores que cruzaban de un extremo al otro. Una lámpara de araña iluminaba el centro de la estancia y proyectaba reflejos sobre el suelo de mármol, aunque buena parte de sus baldosas permanecía cubierta por huellas y pequeñas manchas de barro.

Detrás del mostrador trabajaba una marioneta de tamaño humano, vestida con un traje oscuro y una corbata de color vino. Su rostro estaba confeccionado mediante piezas de madera ensambladas con extraordinaria precisión, mientras dos ojos de cristal se movían independientemente para atender a los huéspedes y revisar un enorme registro.

Sus brazos articulados sostenían una pluma, una llave y varios documentos que intentaba organizar sobre la superficie.

──Bienvenido al Hotel Puntavida. Un establecimiento donde su descanso constituye nuestra más absoluta prioridad. ¿Dispone de reservación?

Farahan contempló la multitud que esperaba frente al mostrador.

──Espero que no. Si esto es lo que consideran descanso, me interesaría conocer qué ofrecen como castigo.

La marioneta permaneció inmóvil durante un instante, como si necesitara procesar una respuesta que no figuraba entre las habituales.

──Entiendo. ¿Desea presentar una queja?

──Deseo hablar con quien solicitó asistencia para el mantenimiento del hotel.

La expresión del recepcionista cambió mediante un pequeño movimiento de las piezas que componían sus cejas. Dejó la pluma sobre el mostrador y cerró el registro con evidente satisfacción.

──¡Oh! Entonces es usted el personal de apoyo. Un momento, por favor.

Tiró de una cuerda instalada detrás de la recepción y una campanilla resonó en algún lugar del edificio. Poco después apareció una segunda marioneta, considerablemente más baja y vestida con un uniforme gris. Llevaba una pila de toallas entre los brazos, aunque una de ellas arrastraba por el suelo y había adquirido un color semejante al del barro acumulado junto a la entrada.

──¿Qué ocurre ahora, señor Nacar?

──Ha llegado el personal de apoyo.

La recién llegada observó a Farahan desde los zapatos hasta el cabello, deteniéndose especialmente en sus manos y en la ausencia de herramientas de limpieza.

──¿Él?

──Te aseguro que la decepción es mutua.

──No esperaba que enviaran a un muchacho. Necesitamos ordenar habitaciones, transportar ropa sucia y atender una infestación. No es precisamente un trabajo agradable.

──La solicitud decía que necesitaban asistencia. No que estuvieran buscando a alguien dispuesto a trabajar sin pensar.

La marioneta lo examinó nuevamente antes de acomodar las toallas sobre una mesa cercana.

──Me llamo Águeda. Soy la encargada de las habitaciones. Si has venido por el encargo, tendrás que hablar conmigo.

Farahan inclinó ligeramente la cabeza.

──Farahan Yamanaka. Soy shinobi de Konohagakure.

──Excelente. Entonces sabrás enfrentarte a las ratas.

──Antes quisiera saber cuántas son.

──Esa es una de las cosas que esperamos que descubras.

La respuesta no le resultó especialmente alentadora.

Águeda lo condujo hacia una oficina situada detrás de la recepción, donde las paredes estaban cubiertas por estantes, llaves y pequeños compartimientos identificados mediante números. Sobre un escritorio descansaban varios registros abiertos, acompañados por una montaña de solicitudes de limpieza y quejas escritas por los huéspedes.

La marioneta apartó algunos documentos y desplegó un plano del establecimiento.

El Hotel Puntavida contaba con tres plantas destinadas al alojamiento, además de una zona de servicios donde se encontraban la cocina, la lavandería, los almacenes y una caldera utilizada para proporcionar agua caliente. Durante su funcionamiento habitual, las habitaciones podían atenderse mediante una pequeña plantilla de empleados, pero la llegada de numerosos visitantes a Yomikage había multiplicado el trabajo.

──Tenemos huéspedes esperando habitaciones, otros que solicitan limpieza y algunos que se niegan a abandonar sus cuartos hasta que resolvamos el problema de los roedores. Las marionetas pueden trabajar durante largos periodos, pero eso no significa que podamos atender veinte solicitudes al mismo tiempo.

Farahan examinó las hojas distribuidas sobre el escritorio. Había órdenes repetidas, habitaciones señaladas como ocupadas en un registro y vacías en otro, solicitudes que nadie había recogido y varias anotaciones sobre una infestación localizada inicialmente en las zonas inferiores.

──¿Quién decide qué habitaciones se atienden primero?

──Normalmente yo.

──¿Y por qué tienes tres órdenes distintas para limpiar la habitación ocho?

Águeda observó los documentos.

──Porque el huésped presentó tres solicitudes.

──¿Y las atendiste?

──Envié a una camarera cada vez.

El Yamanaka dejó las hojas sobre el escritorio y señaló una cuarta solicitud correspondiente a la misma habitación.

──Aquí dice que todavía está sucia.

──Porque encontramos ratones debajo de la cama y las camareras tuvieron que retirarse.

Aquello explicaba parte del desorden.

Los empleados seguían atendiendo las solicitudes conforme llegaban, aunque algunas tareas resultaban imposibles de completar mientras persistiera la plaga. Como consecuencia, una misma habitación podía recibir varias visitas sin que ninguna resolviera el inconveniente original, mientras otras permanecían desatendidas.

Farahan tomó una hoja en blanco y comenzó a reorganizar las órdenes.

──Primero necesito saber qué habitaciones pueden utilizarse, cuáles están ocupadas y cuáles representan un riesgo. Después podremos limpiar las que no estén comprometidas. No tiene sentido mandar personal a cambiar las sábanas de una habitación llena de animales que pretenden devorarlo.

──Las marionetas no son particularmente apetecibles.

──Las ratas todavía no parecen haberse dado cuenta.

Águeda observó el nuevo orden de los documentos mientras Farahan separaba las solicitudes en tres grupos: habitaciones disponibles, habitaciones ocupadas que requerían atención y zonas donde se habían registrado avistamientos de roedores.

Después preguntó por el número de empleados y las tareas que podían realizar. La encargada le explicó que Nacar debía permanecer en recepción, mientras otras marionetas se ocupaban de transportar equipajes, atender la cocina y limpiar las habitaciones. Algunas habían sufrido daños menores durante los últimos días, especialmente en las manos y las piernas, donde los ratones habían mordido las articulaciones recubiertas por materiales orgánicos.

El joven examinó una de las extremidades de Águeda. Bajo el borde de su manga podía distinguirse una pequeña sección de cuerda y un relleno semejante al algodón, materiales que explicaban por qué aquellas criaturas habían comenzado a atacar incluso al personal del hotel.

──Bien. Nadie entra a las habitaciones señaladas hasta que averigüemos por dónde se desplazan. Y no quiero que continúen transportando ropa contaminada junto a las sábanas limpias.

──Eso complicará el servicio.

──Menos que repartir ratones entre los huéspedes.

Águeda reconoció la conveniencia de aquella observación y lo acompañó nuevamente al vestíbulo, donde reunieron a los empleados disponibles.

La reorganización produjo cierta confusión inicial. Las marionetas estaban acostumbradas a recibir órdenes relacionadas con tareas específicas y algunas continuaban intentando cumplir instrucciones anteriores. Una de ellas insistió en subir una bandeja de alimentos a una habitación que acababa de ser declarada temporalmente inaccesible, mientras otra pretendía recoger las toallas que Águeda había separado para su revisión.

Farahan terminó por solicitar una pequeña campana y la hizo sonar para obtener su atención.

──Escúchenme. A partir de ahora, las habitaciones se atenderán por sectores. Quienes estén encargados de la ropa limpia no entrarán a las zonas afectadas, y quienes revisen esas habitaciones deberán dejar sus materiales en la lavandería antes de continuar. Si encuentran un ratón, avisen en lugar de perseguirlo por todo el hotel.

Una marioneta de brazos delgados levantó la mano.

──¿Y si el ratón nos persigue a nosotros?

──Entonces procuren correr hacia un lugar donde haya alguien capaz de ayudarles. Preferentemente sin atravesar el comedor.

La respuesta provocó algunas miradas entre los empleados, aunque terminaron por distribuirse según las instrucciones. Águeda conservó el registro principal y Farahan recibió un juego de llaves, varias hojas para tomar notas y un pequeño carro donde podía transportar objetos de limpieza.

El primer sector que decidió inspeccionar fue la planta baja.

Allí se encontraban varias habitaciones destinadas a estancias breves, además de un pequeño salón de descanso y un pasillo que comunicaba con las zonas de servicio. Las alfombras conservaban parte de su apariencia original, pero había manchas de humedad junto a algunos muros y pequeños fragmentos de madera dispersos cerca de los rodapiés.

El Yamanaka comenzó por una habitación desocupada.

Retiró las sábanas, examinó el colchón y comprobó el estado de los muebles antes de permitir que una camarera se encargara de limpiarla. Había polvo acumulado debajo de la cama y algunas telarañas junto a las ventanas, aunque no encontró señales de roedores. Bastó con ventilar, reemplazar la ropa y limpiar las superficies para devolverla a condiciones aceptables.

La segunda habitación presentó dificultades diferentes. Un huésped había abandonado el establecimiento dejando varias prendas, recipientes vacíos y restos de comida sobre una mesa. Entre los objetos encontró una pequeña bolsa de dulces cuyo contenido había comenzado a adherirse al fondo, además de una taza que desprendía un olor suficientemente desagradable para justificar su eliminación inmediata.

Farahan examinó el inventario antes de ordenar que todo fuera trasladado al área de objetos olvidados, exceptuando los residuos que debían desecharse. No pretendía hacerse responsable de las pertenencias de un desconocido simplemente porque este hubiera decidido abandonar la habitación sin recogerlas.

Una de las camareras lo observó mientras separaba los objetos.

──Normalmente tiramos todo lo que encontramos después de que un huésped se marcha.

──Entonces supongo que reciben bastantes reclamaciones.

──Sí, señor.

──Maravilloso. Acabamos de descubrir otro problema que podemos evitar.

Las siguientes habitaciones permitieron reconocer un patrón. Los lugares donde se habían registrado avistamientos tenían pequeñas marcas sobre los muebles, restos de tela mordida y un olor particularmente desagradable cerca de los conductos de ventilación. En algunas paredes aparecían manchas oscuras que parecían corresponder a animales que habían atravesado repetidamente los mismos espacios.

Los roedores no estaban distribuidos por todo el edificio. Su actividad se concentraba alrededor de las habitaciones próximas a la cocina, la lavandería y una escalera secundaria que descendía hacia los almacenes.

Aquella información resultaba más útil que las quejas dispersas de los huéspedes.

Farahan regresó a recepción y señaló los puntos sobre el plano. Águeda reconoció que las primeras denuncias habían llegado precisamente de aquel sector, aunque después comenzaron a registrarse incidentes en habitaciones cada vez más alejadas.

──Pensamos que los ratones se estaban multiplicando demasiado deprisa.

──Es posible, pero también pueden estar desplazándose. Si los persiguen cada vez que aparecen, solamente consiguen que busquen otro escondite.

──¿Entonces qué propones?

──Encontrar su entrada y cerrarles el paso. Antes necesito comprobar qué los atrae hacia las habitaciones.

La respuesta llegó antes de lo esperado.

Mientras inspeccionaba el corredor situado junto al comedor, escuchó un grito procedente de una habitación cuyo número aparecía varias veces en el registro de quejas. La puerta se abrió bruscamente y un hombre vestido con una bata salió al pasillo, sujetándose una mano envuelta en una toalla.

──¡Otra vez! ¡He dicho que hay ratas debajo de la cama!

Farahan se aproximó mientras una camarera intentaba tranquilizarlo.

──¿Le han mordido?

──¡Por supuesto que me han mordido! ¡Una de esas condenadas cosas salió del armario cuando intenté recoger mi equipaje!

La toalla presentaba una pequeña mancha rojiza. El hombre apartó parte de la tela y mostró dos heridas superficiales sobre el dorso de la mano, acompañadas por algunas marcas de dientes.

El Yamanaka pidió a la camarera que consiguiera materiales para limpiar y cubrir la herida, mientras indicaba al huésped que abandonara temporalmente aquella habitación. Las mordeduras debían ser atendidas adecuadamente, pero permanecer junto a los animales solamente aumentaría la posibilidad de recibir otras.

──¡No pienso marcharme sin mis pertenencias!

──Entonces espere aquí mientras las recupero. Si prefiere volver a entrar y ofrecerles la otra mano, no voy a discutirlo, pero me parece una negociación poco conveniente.

El huésped lo observó con indignación, aunque terminó apartándose de la puerta.

Dentro de la habitación había una maleta abierta, varios recipientes sobre una mesa y un plato que conservaba restos de carne preparada. La cama estaba desplazada ligeramente de su posición original y algunas prendas habían caído sobre el suelo durante el intento de recogerlas.

Farahan examinó los alrededores sin aproximarse inmediatamente al armario.

Los restos de comida habían atraído insectos y parte del contenido estaba disperso sobre el mantel. Sin embargo, las marcas de los roedores aparecían principalmente cerca del plato, sobre cuya superficie podían distinguirse pequeñas huellas y una serie de arañazos.

Un ruido procedente del armario confirmó que todavía había algo en su interior.

El joven tomó una silla y la colocó frente a la puerta, procurando disponer de una barrera mientras examinaba la abertura inferior. Una pequeña sombra se movió detrás de la madera, acompañada por un sonido semejante al roce de uñas contra una superficie dura.

Cuando abrió cuidadosamente una de las hojas, un ratón de pelaje oscuro apareció entre los zapatos del huésped.

Era considerablemente mayor que los roedores comunes. Tenía el cuerpo compacto, una cola gruesa y los incisivos expuestos incluso cuando mantenía la boca cerrada. Su pelaje estaba manchado por una sustancia rojiza y las pequeñas patas terminaban en uñas capaces de sujetarse a las irregularidades de la madera.

El animal observó a Farahan durante apenas un instante antes de abalanzarse hacia él.

El Yamanaka apartó la pierna y utilizó la silla para interceptarlo. La criatura chocó contra una de las patas y cayó sobre el suelo, aunque se incorporó inmediatamente y comenzó a morder la madera con una agresividad poco habitual.

Un segundo ratón apareció detrás del primero.

Farahan retrocedió lo suficiente para mantener ambos a la vista y tomó un kunai, procurando que la hoja quedara orientada hacia el suelo. No tenía intención de utilizar explosivos dentro de una habitación ocupada, especialmente cuando los muebles, las cortinas y el resto del edificio podían sufrir daños considerablemente mayores que los provocados por los propios animales.

El primero intentó rodear la silla y recibió un golpe seco cuando el joven la desplazó contra la pared. El segundo corrió hacia la puerta, pero terminó atrapado debajo de una caja que había colocado previamente cerca del umbral. La criatura se revolvió con violencia y comenzó a morder sus bordes, obligándolo a asegurarla mediante uno de los muebles cercanos.

El ratón restante todavía intentaba escapar cuando Farahan consiguió inmovilizarlo con ayuda de la silla. Un golpe preciso terminó con el peligro inmediato y le permitió comprobar que no hubiera más criaturas ocultas entre las pertenencias.

Después examinó la caja.

Los mordiscos habían comenzado a perforar uno de sus costados, por lo que no habría resistido demasiado tiempo. Utilizó un recipiente metálico encontrado junto al armario para trasladar al animal sin exponerse a sus dientes y lo dejó bajo la vigilancia de una camarera mientras terminaba la inspección.

El huésped aguardaba en el corredor, acompañado por Águeda y otra marioneta que había acudido con materiales de primeros auxilios.

──¿Ya terminó?

──Por el momento. Recuperaremos sus pertenencias y después podrán revisar la habitación con más cuidado.

──¿Y qué harán con esas cosas?

──Preferiblemente impedir que continúen considerándolo parte del menú.

La expresión del hombre dejó claro que no encontraba particularmente graciosa aquella observación.

Farahan regresó al interior para reunir el equipaje, teniendo cuidado de revisar cada prenda antes de introducirla en la maleta. Encontró pequeños fragmentos de tela mordida y algunas manchas cerca de la base del armario, además de una abertura irregular sobre el rodapié que comunicaba con el espacio interior del muro.

Aquello explicaba por dónde habían entrado.

También encontró restos de una sustancia grasosa junto a la abertura, semejante a la que había observado sobre el plato de carne.

Cuando terminó de recoger las pertenencias, la habitación quedó cerrada y señalada para una limpieza posterior. Águeda dispuso que el huésped fuera trasladado a una planta superior, donde todavía existían algunas habitaciones libres sin registros de roedores.

La intervención había proporcionado información suficiente para continuar la investigación.

Los ratones no parecían atacar exclusivamente por hambre. Su comportamiento era particularmente agresivo ante la presencia de carne y otros materiales orgánicos, y utilizaban los conductos y huecos de las paredes para desplazarse sin atravesar necesariamente los pasillos.

El Yamanaka solicitó revisar las instalaciones de servicio.

La cocina estaba dirigida por otra marioneta, un cocinero de rostro redondo cuya mandíbula se abría mediante una bisagra visible bajo el bigote. Llevaba un delantal blanco considerablemente manchado y utilizaba un gorro tan alto que debía inclinarse para atravesar algunas puertas.

──¡No pienso permitir que un extraño me diga cómo cocinar!

Aquellas fueron sus primeras palabras cuando Águeda explicó el motivo de la visita.

──Qué alivio. Porque no tengo ningún interés en hacerlo. Solo necesito saber dónde almacenan la carne.

El cocinero cruzó los brazos.

──En la despensa fría, naturalmente.

──Entonces iremos a verla.

El establecimiento disponía de una habitación destinada a conservar alimentos, construida junto a uno de los muros exteriores del edificio. En su interior había estantes, recipientes y varias cajas de madera que contenían provisiones. Una pequeña abertura próxima al techo permitía circular el aire, mientras una conducción de piedra comunicaba con un antiguo depósito subterráneo.

La inspección reveló daños considerables.

Varias cajas habían sido perforadas y algunos envoltorios aparecían desgarrados. Había restos de grasa sobre el suelo y una serie de huellas que conducían hacia una abertura situada detrás de los estantes. El olor resultaba suficientemente intenso para explicar por qué los ratones habían comenzado a concentrarse en aquella zona.

Farahan se agachó para examinar la abertura.

El hueco era demasiado pequeño para que una persona pudiera atravesarlo, pero permitía el paso de animales de tamaño considerable. Había marcas recientes alrededor de los bordes y pequeñas fibras de tela que parecían haber sido arrastradas desde el interior.

──¿Cuánto tiempo llevan utilizando este depósito?

──Desde antes de que comenzara la feria, supongo. Yo siempre he trabajado aquí.

──¿Y han revisado alguna vez lo que hay detrás de esa pared?

El cocinero observó la abertura.

──Hay un viejo conducto de servicio. Creo que comunicaba con una instalación de desechos, pero nadie lo utiliza desde hace años.

──Pues alguien ha decidido volver a utilizarlo.

El plano del hotel confirmaba la existencia de un conducto que descendía hacia una cámara inferior, donde antiguamente se reunían los residuos procedentes de la cocina y la lavandería. Aquella instalación había quedado fuera de servicio cuando se construyó un sistema de recogida más moderno, aunque algunas conexiones permanecían abiertas.

La proliferación de ratones comecarne parecía haber comenzado precisamente allí.

Farahan pidió al cocinero que cerrara los recipientes de alimentos y trasladara las provisiones intactas hacia una zona segura. También ordenó desechar cualquier producto que mostrara señales de mordeduras o contaminación, aunque aquella instrucción provocó una protesta inmediata.

──¡Eso representa una cantidad considerable de comida!

──Y servirla representa una cantidad considerable de reclamaciones. Elige cuál prefieres explicar a tus huéspedes.

El cocinero terminó por aceptar, aunque continuó murmurando mientras organizaba los recipientes.

Águeda había acompañado la inspección y observaba el plano con creciente preocupación.

──Si realmente están entrando desde esa cámara, podrían aparecer en cualquier habitación conectada con los conductos.

──Por eso necesitamos cerrar las conexiones antes de intentar eliminarlos. Si comenzamos a perseguirlos sin controlar sus salidas, solamente conseguiremos distribuirlos por el edificio.

La encargada señaló una pequeña escalera dibujada junto a la lavandería.

──Podemos acceder al nivel inferior por aquí. Hay una puerta de mantenimiento, aunque hace mucho que nadie baja.

Farahan examinó los demás accesos antes de decidir cómo proceder. El plano mostraba dos entradas a la antigua cámara de desechos: una comunicaba con la despensa y otra con un corredor situado detrás de la lavandería. La primera había quedado parcialmente obstruida por los estantes, mientras la segunda conservaba una puerta metálica que podía asegurarse desde el exterior.

La disposición ofrecía una posibilidad interesante.

No necesitaban perseguir individualmente a todos los ratones. Si conseguían cerrar los accesos hacia las habitaciones y concentrar a las criaturas en la cámara inferior, podrían impedir que continuaran atacando a los huéspedes y eliminarlas mediante los equipos de mantenimiento del establecimiento.

El problema consistía en averiguar cómo reunirlas sin provocar que escaparan hacia otras partes del hotel.

La respuesta apareció mientras regresaban a la lavandería.

Una de las marionetas transportaba un cesto lleno de sábanas cuando varios ratones surgieron de una abertura próxima al techo. Las criaturas descendieron por una tubería y se precipitaron hacia la ropa, mordiendo las fibras con tanta violencia que algunas terminaron desgarradas antes de que el empleado consiguiera apartarse.

La marioneta perdió el equilibrio y cayó sobre el suelo, dispersando las prendas alrededor.

Farahan acudió inmediatamente, utilizando una de las tapas metálicas de los recipientes de lavandería para interceptar a los animales. Uno chocó contra la superficie y retrocedió hacia el conducto, mientras otro intentó alcanzar su pierna y recibió un golpe que lo apartó de la zona de trabajo.

──¡Están comiéndose las sábanas!

El Yamanaka observó el contenido del cesto antes de responder.

La ropa presentaba manchas oscuras y un olor particularmente desagradable. Águeda explicó que procedía de una habitación donde habían atendido a un huésped herido, por lo que algunas prendas conservaban restos de sangre.

Aquello proporcionaba una pista adicional.

Los ratones habían acudido directamente hacia el cesto, ignorando otras telas limpias que permanecían sobre las mesas. Parecían reconocer el olor de la sangre y la carne incluso cuando los materiales se encontraban mezclados con otros objetos.

Farahan pidió a los empleados que trasladaran las prendas contaminadas a un recipiente cerrado y revisó nuevamente el plano del nivel inferior.

──Creo que ya sabemos cómo atraerlos.

Águeda observó los restos de la ropa.

──¿Piensas utilizar las sábanas?

──Preferiría utilizar carne que ya no pueda servirse. Según el cocinero, tenemos suficiente para alimentar a medio hotel... siempre que nuestros huéspedes sean ratones.

La encargada tardó un momento en comprender la propuesta.

──Quieres reunirlos en la cámara inferior.

──Exactamente. Pero primero necesitamos asegurarnos de que no tengan otra salida.

La preparación requirió más trabajo del que había previsto inicialmente.

Farahan reunió a los empleados disponibles y les asignó tareas relacionadas con los accesos y las instalaciones del hotel. Algunas marionetas trasladaron muebles para despejar los corredores; otras recogieron herramientas, recipientes metálicos y materiales que podían utilizarse para cerrar las aberturas de las paredes.

La encargada de habitaciones se ocupó de comunicar a los huéspedes que ciertas zonas permanecerían temporalmente fuera de servicio. Nacar, desde recepción, organizó el traslado de quienes todavía ocupaban habitaciones próximas a los conductos, procurando evitar que abandonaran el establecimiento sin recoger sus pertenencias.

El cocinero recibió instrucciones de preparar varios recipientes con carne deteriorada, manteniéndolos cerrados hasta que fuera necesario utilizarlos. Aunque protestó por el desperdicio, terminó colaborando cuando Farahan le mostró los daños que los roedores habían ocasionado en la lavandería.

Mientras tanto, el Yamanaka examinó personalmente los accesos hacia la cámara inferior.

La puerta de mantenimiento estaba fabricada mediante gruesas planchas de hierro, sujetas por bisagras que habían comenzado a oxidarse. Su cerradura todavía funcionaba, aunque la acumulación de polvo dificultaba introducir la llave. Después de limpiarla y aplicar una pequeña cantidad de aceite, consiguió abrirla lo suficiente para observar el corredor que descendía hacia el antiguo depósito.

Un olor desagradable ascendió desde el interior.

El lugar llevaba mucho tiempo sin recibir mantenimiento. Había restos de madera, tuberías deterioradas y pequeñas acumulaciones de agua junto a los muros. Varias rejillas comunicaban con los conductos superiores, mientras una abertura de mayor tamaño conducía hacia la cámara donde antiguamente se depositaban los residuos.

Farahan encendió una lámpara y descendió con cuidado.

El suelo conservaba marcas de antiguas herramientas y algunas piezas metálicas permanecían abandonadas junto a los muros. En un extremo encontró una compuerta conectada con el antiguo incinerador del establecimiento, cuya estructura de piedra había sido diseñada para destruir desperdicios mediante el calor de una caldera independiente.

Aquella instalación parecía suficientemente aislada del resto del edificio para cumplir su propósito, aunque no había sido utilizada durante bastante tiempo.

El joven examinó las uniones, la salida de humos y el mecanismo de cierre antes de regresar junto a Águeda.

──¿Todavía funciona el incinerador?

──Podemos comprobarlo. La caldera principal está en otra habitación, pero el sistema antiguo conserva su propia cámara de combustión.

──Necesito que revisen las válvulas y la ventilación. No pienso incendiar el hotel para resolver un problema de ratones.

Águeda llamó a dos empleados especializados en mantenimiento y les encargó inspeccionar el mecanismo. Las marionetas tardaron un tiempo considerable en comprobar las conexiones y retirar parte de los residuos acumulados, aunque finalmente confirmaron que la instalación podía utilizarse sin comprometer las habitaciones superiores.

El incinerador contaba con una compuerta metálica que permitía introducir desperdicios desde la cámara de almacenamiento. Si los ratones conseguían entrar allí atraídos por el alimento, podrían encerrarlos antes de activar el mecanismo.

Farahan decidió organizar la operación durante un periodo en el que los corredores estuvieran despejados.

La primera tarea consistió en cerrar las salidas que comunicaban con las habitaciones. Los empleados instalaron rejillas metálicas sobre las aberturas más pequeñas y utilizaron tablas para bloquear los huecos donde las paredes habían sufrido daños. En algunos sectores fue necesario retirar muebles para alcanzar los conductos, mientras en otros bastó con asegurar las tapas que los ratones habían conseguido desplazar.

El Yamanaka revisó cada acceso antes de considerarlo terminado.

No pretendía descubrir demasiado tarde que habían dejado una abertura libre detrás de una cómoda o bajo una cama.

Cuando terminaron, el hotel presentaba un aspecto considerablemente diferente. Algunos corredores estaban despejados por completo, varias habitaciones permanecían cerradas y las marionetas habían dejado de circular de manera desordenada entre las plantas.

La limpieza también comenzaba a mostrar resultados. Las habitaciones que no habían sufrido daños estaban preparadas para recibir huéspedes, mientras las restantes habían sido señaladas para una desinfección posterior. La lavandería disponía de recipientes separados para la ropa limpia y los materiales contaminados, evitando que las sábanas recién lavadas volvieran a mezclarse con las prendas retiradas de las zonas afectadas.

Farahan regresó al despacho de Águeda y examinó el registro actualizado.

Todavía quedaban varias habitaciones por atender, aunque la cantidad de solicitudes pendientes se había reducido considerablemente. Los empleados podían completar sus tareas sin recibir nuevas órdenes contradictorias y los huéspedes que permanecían en el establecimiento contaban con espacios seguros donde esperar.

──Parece que organizar el trabajo ha sido más útil de lo que esperaba.

──Suele ocurrir cuando alguien deja de enviar tres empleados a resolver el mismo problema y empieza a preguntarse por qué sigue sin resolverse.

La encargada no respondió inmediatamente.

──Supongo que debo tomarlo como una crítica.

──Puedes tomarlo como una observación gratuita. Las críticas más elaboradas suelen costar dinero.

Águeda dejó escapar un sonido semejante a una risa, producido por el movimiento de pequeñas piezas en el interior de su torso.

Había llegado el momento de enfrentar la plaga.

Los recipientes con carne fueron trasladados hasta el nivel inferior mediante un carro de mantenimiento. Farahan había preparado una distribución sencilla: pequeñas porciones servirían para atraer a los animales hacia el corredor principal, mientras la mayor cantidad quedaría depositada dentro de la cámara conectada con el incinerador.

Las marionetas debían permanecer detrás de las puertas de seguridad, listas para cerrarlas cuando recibieran la señal. El joven, por su parte, se encargaría de comprobar que los animales siguieran la ruta prevista y de impedir que alguno escapara hacia el corredor de servicio.

El procedimiento comenzó con relativa tranquilidad.

Los primeros ratones aparecieron entre las rejillas y las aberturas que comunicaban con los conductos superiores. Sus cuerpos oscuros se deslizaban cerca del suelo, siguiendo el olor de la carne con movimientos rápidos y nerviosos. Algunos se detenían brevemente para olfatear los alrededores, mientras otros avanzaban directamente hacia las porciones distribuidas sobre el corredor.

Farahan permaneció cerca de la entrada, observando su comportamiento.

Aquellas criaturas eran considerablemente más agresivas que los roedores comunes. Se empujaban entre sí para alcanzar los alimentos y en ocasiones intentaban morder a sus propios compañeros, especialmente cuando disputaban una misma pieza de carne.

La presencia de tantos animales confirmó que la infestación era más extensa de lo que sugerían los primeros avistamientos.

Poco después comenzaron a aparecer ejemplares de mayor tamaño.

Algunos tenían el pelaje parcialmente desprendido y mostraban cicatrices sobre el lomo; otros arrastraban pequeñas porciones de comida hacia las aberturas, intentando conservarlas lejos del resto. Una pareja de roedores se detuvo junto al umbral y comenzó a examinar la puerta de mantenimiento, aparentemente atraída por el olor de las personas que aguardaban detrás.

Farahan utilizó una vara de madera para apartarlos hacia el corredor, evitando aproximar las manos a sus mandíbulas.

El número de animales continuó aumentando hasta que varias decenas se concentraron alrededor del alimento dispuesto en la cámara inferior.

Las marionetas permanecían en sus posiciones, esperando instrucciones.

El Yamanaka levantó una mano y realizó una señal para que el cocinero dejara caer el último recipiente desde una abertura protegida. La carne terminó sobre el suelo de piedra y provocó una agitación inmediata entre los roedores, que comenzaron a dirigirse hacia ella con tanta rapidez que algunos terminaron atropellando a los demás.

La mayor parte de la plaga había entrado en la cámara.

Sin embargo, una de las rejillas del corredor comenzó a vibrar.

Farahan se volvió al escuchar el ruido y descubrió que varios ratones habían conseguido desprender uno de los soportes. La abertura era demasiado estrecha para permitir que los ejemplares mayores escaparan, pero bastaba para que los pequeños regresaran hacia los conductos superiores.

El joven se aproximó con rapidez y utilizó una pieza metálica que había preparado anteriormente para bloquear la salida. Mientras intentaba asegurarla, uno de los animales consiguió atravesar el hueco y se abalanzó hacia su brazo.

Apartó la extremidad y lo interceptó con la vara, obligándolo a retroceder hacia el suelo. Otro saltó desde la rejilla, aunque terminó chocando contra el borde de la pieza metálica antes de caer junto al primero.

El Yamanaka aprovechó el intervalo para introducir el soporte y asegurar la abertura mediante una cuña.

La rejilla dejó de moverse.

Uno de los ratones todavía intentaba alcanzar su calzado cuando lo apartó con un golpe y retrocedió hacia la zona protegida. No necesitaba permanecer junto a la cámara una vez que los accesos estaban cerrados.

Realizó la señal acordada.

Las marionetas accionaron el mecanismo de la puerta metálica, que comenzó a descender lentamente sobre sus guías. El movimiento produjo un rechinar prolongado y algunas vibraciones que despertaron la atención de los animales situados más cerca del umbral.

Varios intentaron abandonar la cámara.

Farahan retiró la última porción de carne que había dejado junto a la entrada, provocando que la mayoría regresara hacia el alimento acumulado en el interior. Los ejemplares que permanecieron cerca de la puerta comenzaron a mordisquear sus bordes, aunque la distancia que todavía debían recorrer resultaba insuficiente para escapar antes del cierre.

La compuerta terminó por asentarse sobre el marco.

Un golpe metálico resonó por el corredor cuando Águeda aseguró el mecanismo desde el exterior.

──¡Está cerrada!

Farahan observó la puerta y después las rejillas que comunicaban con los conductos superiores. Ninguna mostraba señales de haber cedido durante la operación, aunque todavía podían escucharse pequeños golpes procedentes del interior.

──Comprueben los seguros antes de activar el incinerador. Si alguno está mal colocado, tendremos que repetir todo esto.

Los empleados revisaron las cerraduras y confirmaron que las conexiones permanecían bloqueadas. Después comprobaron nuevamente la salida de humos y el estado del sistema de combustión, utilizando las herramientas que habían preparado durante la inspección anterior.

Solo cuando terminaron aquellas verificaciones, Águeda autorizó la activación de la instalación.

El antiguo mecanismo comenzó a funcionar mediante una sucesión de golpes sordos y el rechinar de sus piezas metálicas. El calor se concentró en la cámara aislada mientras las conducciones de ventilación evacuaban el humo hacia el exterior del edificio.

Farahan permaneció junto al acceso durante algunos minutos, atento a cualquier irregularidad que pudiera indicar un problema en la instalación. Los empleados también vigilaron las conexiones, preparados para interrumpir el procedimiento si alguna de las válvulas dejaba de funcionar adecuadamente.

No fue necesario.

La estructura resistió y, después de completar el ciclo correspondiente, el sistema pudo apagarse sin ocasionar daños al establecimiento.

Águeda examinó el registro de mantenimiento antes de acercarse al Yamanaka.

──Parece que hemos terminado.

──Con la mayor parte del problema, probablemente. Todavía necesitamos revisar las habitaciones y asegurarnos de que no haya quedado alguno en los conductos.

La encargada observó la puerta del incinerador con una expresión difícil de interpretar en un rostro de madera.

──Esperaba que dijeras que ya podíamos descansar.

──Yo también.

El trabajo posterior resultó menos peligroso, aunque no particularmente agradable.

Las marionetas comenzaron a retirar los materiales utilizados durante la operación y limpiaron los corredores de servicio. Farahan supervisó la revisión de los conductos, comprobando que las rejillas permanecieran bien sujetas y que ninguna abertura comunicara directamente con las habitaciones.

Encontraron algunos ejemplares aislados que habían quedado fuera de la cámara principal, además de varios nidos abandonados en espacios próximos a la despensa. Los animales restantes fueron capturados mediante recipientes resistentes y trasladados a las instalaciones de eliminación, mientras los nidos y materiales contaminados se retiraban para impedir que la plaga volviera a establecerse.

La cocina recibió una inspección especialmente cuidadosa.

El cocinero protestó cuando Farahan ordenó retirar varias cajas que consideraba perfectamente utilizables, aunque terminó aceptando después de comprobar que algunas conservaban marcas de dientes en sus esquinas.

También sustituyeron las tapas de ciertos recipientes y repararon la abertura que comunicaba con el depósito inferior. La solución no garantizaba que ningún ratón volviera a aparecer jamás, pero dificultaría considerablemente que otra colonia pudiera entrar al edificio utilizando las mismas rutas.

La lavandería fue la siguiente.

Águeda reunió a sus empleados y comenzó a revisar las prendas que habían permanecido separadas durante la investigación. Las sábanas destruidas por los ratones fueron retiradas, mientras las restantes se clasificaron según su estado antes de someterlas al procedimiento de limpieza correspondiente.

Farahan colaboró durante aquella revisión, aunque su expresión evidenciaba que habría preferido encontrarse resolviendo cualquier otro encargo de Yomikage.

No había nada particularmente estimulante en decidir si una funda de almohada podía recuperarse o si un colchón necesitaba ser reemplazado. Sin embargo, aquellas tareas formaban parte del problema que había aceptado resolver y abandonar el trabajo en cuanto desaparecieran los animales habría dejado el hotel prácticamente en las mismas condiciones que encontró al llegar.

Una de las camareras le entregó una lista de habitaciones pendientes.

──Señor Farahan, todavía quedan seis cuartos sin revisar.

El Yamanaka observó el documento.

──¿Cuántos estaban pendientes cuando llegué?

──Diecinueve, señor.

──Entonces estamos progresando. Procuremos terminar antes de que alguien encuentre otra manera de arruinar las habitaciones.

La marioneta inclinó ligeramente la cabeza y regresó a sus labores.

Las últimas habitaciones requirieron principalmente limpieza y pequeñas reparaciones. Había muebles desplazados, ropa acumulada y algunos conductos cuyas cubiertas debían asegurarse nuevamente. En dos cuartos encontraron manchas producidas por los roedores, por lo que fue necesario retirar alfombras y reemplazar parte de la ropa de cama.

Farahan también comprobó que las ventanas cerraran correctamente y que los armarios no conservaran aberturas hacia los espacios interiores de las paredes.

Cuando finalmente terminaron, Águeda recorrió las tres plantas acompañada por el Yamanaka y una camarera que llevaba el registro actualizado. Las habitaciones listas para utilizarse estaban identificadas mediante pequeñas marcas, mientras las que requerían reparaciones posteriores permanecían cerradas y señaladas de manera que ningún huésped pudiera ocuparlas por equivocación.

La diferencia con el estado inicial resultaba evidente.

Los corredores estaban despejados, las maletas habían sido entregadas a sus propietarios y los empleados podían circular sin tropezar constantemente con cajas y recipientes. La mayor parte de las habitaciones estaba preparada para recibir visitantes y las solicitudes pendientes correspondían principalmente a cuestiones menores que el personal habitual podía resolver durante los siguientes turnos de trabajo.

El vestíbulo también había recuperado parte de su apariencia original.

Nacar permanecía detrás del mostrador, atendiendo a los huéspedes mediante el mismo tono ceremonioso con el que había recibido a Farahan. Sin embargo, ahora disponía de un registro ordenado y podía asignar habitaciones sin consultar varias hojas contradictorias.

Una pareja se aproximó para solicitar alojamiento.

──Bienvenidos al Hotel Puntavida. Un establecimiento donde su descanso constituye nuestra más absoluta prioridad. Tenemos habitaciones disponibles en la segunda planta.

Farahan escuchó la conversación desde uno de los sillones del vestíbulo, donde finalmente había conseguido sentarse después de las últimas inspecciones.

Su ropa conservaba algunas manchas de polvo y había pequeñas marcas sobre el calzado, recuerdos poco agradables del tiempo dedicado a recorrer sótanos y habitaciones infestadas. Se acomodó el cabello y examinó una de sus mangas, comprobando que no hubiera sufrido daños durante el enfrentamiento con los roedores.

Águeda apareció poco después con el registro principal entre las manos.

──Debo reconocer que cuando llegaste pensé que tendríamos que explicarte cómo utilizar una escoba.

──Y yo pensé que encontraría una recepción capaz de distinguir entre una habitación ocupada y una vacía. Los dos hemos tenido que modificar nuestras expectativas.

La encargada volvió a producir aquel sonido semejante a una risa.

──El trabajo ha quedado completado. Hemos recuperado la mayor parte de las habitaciones y no se han registrado nuevos ataques desde que terminamos la operación. Los empleados también podrán continuar utilizando la distribución que organizaste.

Farahan aceptó el informe con satisfacción.

──Entonces solamente falta cerrar el encargo.

Águeda lo condujo hasta la recepción y pidió a Nacar que preparara la constancia correspondiente. El recepcionista abrió un registro de tapas oscuras y comenzó a escribir mediante movimientos precisos de su mano articulada, anotando la fecha, el nombre del establecimiento y la conclusión de los trabajos solicitados.

Mientras esperaba, el Yamanaka observó una pequeña placa instalada detrás del mostrador.

Sobre ella aparecía el emblema del Hotel Puntavida, acompañado por una frase escrita con letras doradas.

«Su estancia será inolvidable».

Después de lo ocurrido durante aquella jornada, difícilmente podía discutir semejante afirmación.

Nacar terminó de preparar el documento y lo colocó sobre el mostrador.

──Asistencia concluida satisfactoriamente. Limpieza general, reorganización del servicio y eliminación de una infestación de ratones comecarne. ¿Desea añadir alguna observación?

Farahan examinó la constancia.

──Que revisen las despensas con regularidad y no vuelvan a mezclar las solicitudes pendientes con las que ya han sido atendidas.

El recepcionista comenzó a escribir nuevamente.

──Comprendido. ¿Algo más?

──Sí. Si vuelven a necesitar ayuda, procuren explicar desde el principio que sus ratones intentan comerse a los huéspedes.

──Pero eso ya figuraba en la solicitud.

Farahan observó a la marioneta durante un instante.

──Supongo que, en ese caso, no puedo quejarme de falta de honestidad.

Águeda recibió el documento y confirmó que el encargo había quedado registrado. Después acompañó al joven hasta la entrada, donde algunos trabajadores continuaban trasladando provisiones hacia las habitaciones recuperadas.

El vestíbulo había dejado de parecer un almacén improvisado y la actividad del hotel transcurría con una regularidad mucho más cercana a la que sus responsables pretendían ofrecer.

Antes de despedirse, la encargada levantó una de sus manos articuladas.

──Gracias por tu ayuda, Farahan. No sé cuánto habríamos tardado en resolver todo esto sin alguien que organizara el trabajo.

El Yamanaka respondió con una sonrisa satisfecha.

──Mucho más, probablemente. Aunque espero que esta experiencia les haya servido para no necesitarme otra vez.

──Haré lo posible.

Farahan abandonó el establecimiento y descendió por la avenida que conducía hacia la Feria Nocturna. Las luces de las atracciones continuaban brillando sobre las calles de Yomikage y la actividad de los visitantes parecía tan intensa como cuando había llegado al hotel.

El encargo había resultado bastante menos agradable de lo que imaginaba al leer la solicitud. En lugar de encontrar una sencilla tarea de mantenimiento, terminó organizando empleados, revisando conductos, enfrentándose a animales peligrosos y supervisando la limpieza de habitaciones que habrían sido mucho más cómodas si sus propietarios hubieran demostrado un mínimo de consideración.

Sin embargo, el resultado justificaba el esfuerzo.

No había necesitado recurrir a una técnica extraordinaria para resolver los problemas del establecimiento. La mayor parte de la dificultad consistió en comprender cómo funcionaba el hotel, distinguir los inconvenientes verdaderamente importantes de las quejas secundarias y conseguir que los empleados colaboraran sin estorbarse unos a otros.

Aquella clase de trabajo distaba bastante de las hazañas que muchos shinobi imaginaban al comenzar sus carreras, aunque tenía una utilidad difícil de discutir. Los huéspedes podían regresar a sus habitaciones, los trabajadores disponían de mejores condiciones para cumplir sus funciones y el hotel había recuperado buena parte de su capacidad de alojamiento.

Farahan se acomodó nuevamente la ropa antes de incorporarse al tránsito de la feria.

Había conseguido completar su encargo y conservar sus pertenencias, aunque necesitaba descansar un poco antes de considerar cualquier otra misión.

Mientras se alejaba, una pequeña marioneta pasó junto a él transportando un cartel destinado a la entrada del hotel. La madera todavía olía a pintura fresca y mostraba una inscripción trazada mediante letras cuidadosamente delineadas.

«Hotel Puntavida. Habitaciones disponibles. Libre de plagas».

El Yamanaka contempló el anuncio de reojo y continuó caminando, preguntándose cuánto tiempo tardarían los propietarios en retirar aquella última afirmación si los ratones encontraban otra manera de regresar.

Por el momento, aquello ya no formaba parte de sus responsabilidades.
Masashi Kishimoto
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12-10-2026, 11:12 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión|D] El hotel Puntavida (TID 15141)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Dōma Farahan Yamanak — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
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12-10-2026, 11:13 AM
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