Aquel rincón de Yomikage permanecía sumido en una penumbra perpetua, iluminado apenas por la luz pálida que se filtraba desde un cielo sin estrellas. El suelo, cubierto de grava húmeda, se abría en una sucesión de pasajes estrechos, encrucijadas y callejones que parecían haberse construido sin obedecer a un plano reconocible. Las paredes, erosionadas por el tiempo, conservaban las huellas de una arquitectura antigua, aunque ninguna inscripción permitía conocer quién había levantado semejante estructura ni con qué propósito.
El silencio tampoco ayudaba a orientarse. No había insectos, pájaros ni el murmullo distante del mar. Tan solo el ocasional goteo de agua desde las piedras y el roce de la niebla al deslizarse por los corredores.
En una de las encrucijadas, un farol de papel colgaba de una vara torcida. La luz amarillenta que desprendía apenas alcanzaba a iluminar el suelo inmediato, pero bastaba para distinguir varias marcas sobre la grava: líneas finas, trazadas con algún objeto puntiagudo, que se prolongaban hasta desaparecer bajo los muros.
A unos pasos, una estaca metálica sobresalía entre las piedras. Un hilo oscuro estaba anudado a ella y se extendía hacia uno de los pasajes, perdiéndose en la bruma. Cerca de la estaca descansaba un kunai, con el filo cubierto de una fina capa de humedad.
No muy lejos, una placa de madera se inclinaba sobre la pared. La pintura, descascarada en varios puntos, todavía permitía leer unas palabras:
Una flecha señalaba el corredor de la derecha.
Entonces, desde algún lugar bajo el suelo, llegó un sonido áspero, semejante al arrastre de una piedra contra otra. Duró apenas unos segundos antes de extinguirse, dejando tras de sí una vibración tan tenue que apenas alteró la grava.
El farol osciló lentamente.
En la pared situada frente a la encrucijada, una grieta recorrió la unión de dos bloques. Por su interior se filtró un destello violáceo que desapareció casi al instante, como si algo hubiese latido al otro lado de la piedra.
Después, el laberinto volvió a quedar en silencio.
Tres caminos se abrían desde aquella encrucijada. El de la derecha, señalado por la placa; el del frente, donde la niebla parecía más espesa; y el de la izquierda, del que pendían varios hilos oscuros entre las paredes.
Sobre la grava, junto al kunai, una pequeña piedra acababa de desplazarse unos centímetros sin que nada visible la hubiese tocado.
![[Imagen: JK2RddW.png]](https://i.imgur.com/JK2RddW.png)