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  ›   [Común] Misión: Autonarrada- Rango D. Lección bajo vigilancia
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Misión: Autonarrada- Rango D. Lección bajo vigilancia
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza90(4)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra80(4)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad17
Tenketsu12
Sigilo14
525
550
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09-10-2026, 06:39 PM
El rocío fresco de la mañana primaveral aún permanecía posado sobre las tejas de barro rojo y las maderas oscuras que delimitaban el amplio recinto ancestral del clan. Cuando la puerta maciza del pabellón principal se abrió con un crujido seco, la luz tenue del amanecer iluminó la figura de un joven shinobi que cruzaba el umbral en completo silencio. El muchacho se detuvo apenas un instante para ajustar la cinta de tela azul que sostenía la placa metálica con el grabado de la hoja sobre su frente. A pocos metros, en el patio central de la propiedad, varios miembros adultos de la familia practicaban secuencias de combate con lanzas y sellos manuales bajo el ritmo constante de instrucciones severas. Ninguno de los presentes interrumpió su rutina para dirigirse al muchacho, ni este buscó la mirada de los suyos. La frialdad del aire matutino se entrelazaba con una distancia no expresada en palabras, pero profundamente arraigada en la dinámica cotidiana. Las miradas breves y rigurosas que siguieron sus pasos no recibieron respuesta alguna; con un movimiento firme de hombros y el rostro sereno, el genin dejó atrás los altos muros de madera y piedra que protegían la hacienda, adentrándose en las avenidas empedradas de Konohagakure no Sato mientras las sombras de los edificios aún se proyectaban largas sobre el suelo húmedo.

El trayecto a través de las calles de la aldea sirvió para regular el flujo de su energía interna y repasar mentalmente la naturaleza de la encomienda de Rango D. La solicitud cursada por el Consejo Educativo de la Academia Ninja especificaba con claridad los parámetros de la tarea: se requería una presencia de seguridad absolutamente discreta para supervisar una clase práctica especial impartida a un grupo de recién ingresados. Los incidentes recientes de indisciplina y las bromas descontroladas que casi destruyen el ala este del edificio escolar habían encendido las alarmas de las autoridades, exigiendo una vigilancia externa capaz de neutralizar cualquier riesgo sin interrumpir la labor del docente a cargo ni alarmar a los pequeños aspirantes. Al aproximarse al perímetro exterior del complejo educativo, el joven médico no utilizó los accesos habituales ni cruzó la puerta principal. Un impulso ágil en las extremidades inferiores lo elevó sin esfuerzo directo hacia las ramas superiores de un denso roble ancestral que flanqueaba el patio de entrenamiento.

Desde la copa del árbol, la visibilidad sobre los rectángulos de tierra delimitados por cercas de madera era perfecta. Abajo, un grupo de niños de apenas seis años correteaba en evidente desorden, luciendo atuendos de entrenamiento diversos y portando cananas de cuero aún vacías en la cintura. Frente a ellos, un veterano instructor de combate se mantenía erguido con los brazos cruzados sobre el pecho, sujetando con una mano una carpeta de madera donde revisaba los registros y las pautas de la jornada. La visión de los infantes intentando alinearse en filas torpes provocó un instante de fijación en la mirada del observador oculto. El crujido de los postes de práctica clavados en el suelo y el olor a madera barnizada de los blancos de tiro trajeron a su memoria una imagen fugaz del pasado: las mañanas de exigencia implacable en los terrenos de entrenamiento de su propio clan, donde las caídas de los niños no recibían pausas para el consuelo y los errores en la ejecución de la técnica se pagaban con jornadas dobles de acondicionamiento físico extremo. Aquella evocación de la infancia duró únicamente un pestañeo. El especialista en ninjutsu médico parpadeó lentamente para disipar el recuerdo y enfocar la totalidad de sus sentidos en el presente, acomodando el cuerpo entre el follaje espeso para permanecer invisible a los ojos de los alumnos y del profesor.

La lección comenzó formalmente cuando el maestro a cargo dio dos golpeteos secos contra el suelo utilizando la base de un bastón de madera, exigiendo silencio absoluto. Los niños, desbordantes de una energía difícil de canalizar a esa edad, intentaron imitar la postura básica de equilibrio y desenfregistro de herramientas. Un infante de cabello alborotado descolgó una estrella de práctica fabricada en madera pesada y, cediendo al impulso de destacar ante sus compañeros, ejecutó un giro brusco de cadera para lanzarla contra una de las dianas fijadas en los postes. Sin embargo, la falta de técnica y la fuerza desmedida provocaron que el proyectil saliera despedido en un ángulo completamente errático, tomando una trayectoria parabólica directa hacia la cara de una niña que se encontraba de espaldas atando los cordones de sus calzados.

Desde las alturas del roble, el guardián de la misión reaccionó de manera instantánea y silenciosa. Mediante un control minucioso de la energía Suiton, condensó una diminuta esfera de agua en la yema de su dedo índice. Con un impulso suave pero preciso de la muñeca, disparó un hilo fluido a alta presión que atravesó la distancia en una fracción de segundo, impactando la superficie de la estrella de madera en el momento exacto en que alcanzaba la cúspide de su trayectoria. El golpe hidráulico alteró sutilmente el centro de gravedad del objeto en el aire, desviándolo hacia un costado para que se clavara de forma inofensiva en la hierba, a más de dos metros de la pequeña. La niña únicamente sintió el roce de una brisa fresca sobre el cuello, mientras el instructor alzaba la voz para reprender con dureza al lanzador por haber actuado sin haber recibido la indicación correspondiente.

Pasados unos minutos, la dinámica de la clase avanzó hacia la fase de reconocimiento de materiales de apoyo y manipulación de sellos explosivos de ensayo. El docente distribuyó sobre varias bancas de pino largo tiras de papel desactivado de muy bajo nivel, diseñadas únicamente para producir una chispita leve y una pequeña columna de humo gris que enseñara a los alumnos la velocidad de reacción del material. No obstante, en la parte posterior del grupo, dos niños comenzaron a susurrar y a manipular los sellos a espaldas del maestro, intentando juntar la carga de tres tiras distintas para generar una deflagración mayor. Al canalizar su chakra de manera errática e inexperta sobre el papel, la fibra comenzó a consumirse con un chisporroteo inusualmente rápido y descontrolado, amenazando con estallar directamente sobre sus rostros y quemar la estructura de madera de la banca.

El shinobi de apoyo descendió de la copa del árbol con una caída parabólica perfectamente calculada, aterrizando al otro lado del muro divisorio de la Academia sin producir el menor ruido. Apoyando la palma de la mano derecha sobre la tierra húmeda, canalizó una corriente de agua subterránea por debajo del tejido radicular del césped. La humedad ascendió como una vena invisible a través de las patas de madera de la banca, impregnando el papel sintético un instante antes de que alcanzara la temperatura de ignición. El material se deshizo en una masa de celulosa mojada e inservible, dejando a los dos infantes mirando desconcertados sus dedos manchados de hollín húmedo sin comprender la razón por la que la prueba había fallado. El profesor se acercó a paso firme para retirar los restos del papel, aplicando una sanción verbal inmediata a los responsables mientras la intervención externa permanecía oculta a la vista de todos. 



La lección avanzó hacia el bloque de acondicionamiento motor y desarrollo de la agilidad. El profesor ordenó a los alumnos alinearse frente a una estructura de obstáculos de madera compuesta por vigas elevadas, rampas y una serie de postes verticales hincados en la tierra. Los niños, impulsados por un entusiasmo creciente y por la rivalidad propia de su edad, comenzaron a avanzar a través del recorrido. Sin embargo, en el tramo central del circuito, cuatro infantes decidieron competir en un tramo estrecho, saltando de manera simultánea sobre la misma viga de contención. El peso combinado y el impacto desordenado de sus pequeños cuerpos provocaron un crujido seco en la base del soporte de pino. La viga principal perdió su eje de apoyo y comenzó a inclinarse peligrosamente hacia un costado, justo sobre la zona donde tres pequeños descansaban sentados en el suelo recuperando el aliento.

El vigilante encubierto actuó en una fracción de segundo. Desplazándose desde la penumbra del muro posterior con una velocidad sobrehumana que convirtió su figura en un trazo borroso, se posicionó bajo el marco de madera antes de que este colapsara sobre los estudiantes. Colocando el hombro firmemente bajo la viga principal, hizo uso de la descomunal fuerza física heredada de su sangre para frenar la caída de varios cientos de kilos de golpe. Con un movimiento ascendente, limpio y amortiguado de su brazo izquierdo, devolvió la estructura a su posición vertical sin que los tablones chirriaran ni emitieran vibración alguna. Al mismo tiempo, deslizó la mano derecha, impregnada con un destello tenue de chakra Yang de tono verdoso, sobre el tobillo de uno de los niños que había tropezado al intentar apartarse. La energía médica penetró en los tejidos blandos de la articulación, reparando en un pestañeo la microlesión del ligamento antes de que el dolor o la inflamación llegaran a manifestarse.

Aprovechando la cegadora rapidez de sus movimientos, el joven médico encajó una piedra de gran tamaño bajo la base del poste dañado para asegurar el contrapeso de la viga, retirándose de inmediato mediante un salto vertical hacia la cornisa superior del edificio escolar. Cuando los niños se giraron asustados creyendo que la viga caería sobre ellos, solo encontraron la estructura perfectamente erguida y estable, interpretando el fuerte crujido inicial como un simple reajuste del terreno. Ninguno de los pequeños percató la presencia del shinobi ni la intervención terapéutica que había evitado una lesión dolorosa en el tobillo del compañero.

A medida que la mañana alcanzaba su punto culminante, la intensidad del sol de primavera comenzó a calentar el aire sobre el patio de entrenamiento. Las sombras de las cornisas se redujeron a finas líneas, exponiendo el terreno de tierra batida donde los infantes realizaban ahora la fase final de la clase: ejercicios de control respiratorio y estiramiento muscular básico. El instructor caminaba entre las filas de estudiantes, ajustando con voz firme la posición de los codos y la alineación de las espaldas de los niños, quienes mostraban signos evidentes de agotamiento tras el esfuerzo acumulado.

Desde su punto de observación elevado, el protector encubierto mantenía una atención serena y constante sobre cada uno de los alumnos. Gracias a su formación médica, su mirada escudriñaba las fluctuaciones de energía, el ritmo de respiración y los patrones de sudoración de los pequeños. Al notar que dos niñas en la última fila comenzaban a tambalearse debido a un golpe de calor leve y a la fatiga muscular, canalizó un fino caudal de Suiton mezclado con la humedad del ambiente. Una brisa imperceptible, cargada de diminutas microgotas de agua fresca, envolvió a las dos estudiantes, bajando suavemente su temperatura corporal y tonificando sus músculos cansados. Las niñas respiraron con alivio y recuperaron la postura con renovada vitalidad, completando la rutina de estiramiento sin sufrir desmayos o mareos.

Cuando la sombra del poste central marcó el mediodía exacto, el maestro dio por concluida la lección práctica con tres palmadas sonoras. Los niños, entre risas y comentarios sobre el entrenamiento, comenzaron a recoger las herramientas de madera y a colocarlas ordenadamente en los cofres de almacenamiento antes de encaminarse hacia la salida principal de la Academia. El patio quedó en absoluto silencio, completamente limpio, sin destrozos en el mobiliario ni un solo reporte de heridos entre los aspirantes.

Desde lo alto del tejado, el especialista en ninjutsu médico contempló la figura del profesor mientras este cerraba las puertas del almacén y se retiraba hacia la sala de docentes. Tras realizar una última inspección visual para verificar la estabilidad de las estructuras y el estado de los blancos de tiro, el genin ajustó los guantes de cuero de sus manos y alisó la tela de su vestimenta. Cumplida la labor de protección y contención encomendada por el Consejo Educativo, dio la espalda al terreno de prácticas y saltó en silencio entre las sombras de los tejados de la aldea, dando por concluida la misión en la absoluta penumbra.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Moderador Himawari
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09-10-2026, 08:40 PM
Última modificación: 09-10-2026, 08:40 PM por Moderador Himawari.
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Este tema ha sido cerrado.
Masashi Kishimoto
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09-10-2026, 08:41 PM
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Tema: Misión: Autonarrada- Rango D. Lección bajo vigilancia (TID 15090)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Argeon — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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