06-10-2026, 06:09 PM
Peitición de misión.
Día 50 del Verano del Año 150, 11:12 horas. Puertas de la Aldea, Konohagakure no Sato.
El cielo abrió sus puertas y se olvidó de donde había colocado la llave. Sí bien era cierto que los veranos en el País del Fuego eran placenteros y calurosos, había ocasiones donde la humedad aumentaba desproporcionadamente causando lo inevitable: un día de lluvia. Ese era el día que tocaba para la misión de hoy, y Tokuma la confirmó cuando salió de su casa y encontró un diluvio donde el pronóstico había prometido un día nublado.
Por suerte para el joven shinobi sus botas típicas de cuero negro eran a prueba de agua, por lo que basto con que utilizara un pantalón largo que cubriera la parte superior del calzado para prevenir que el agua entrase dentro ellas. Dicho pantalón de color verde olivo era sujetado a nivel de la cintura por un cinturón de cuero negro, y en cada costado tenía una pequeña colección de bolsillos. En la parte superior de su cuerpo ocupaba una camiseta ajustada, de manga corta, y de color blanco. La bandana ninja, que también era de color blanco, símbolo de su estatus como militar activo, la poseía amarrada en la frente. Su pelo tapaba gran parte del logo de la aldea, pero no bloqueaba su fácil identificación. Más importante aún era lo que utilizaba para cubrirse de la lluvia; un poncho color amarillo de cuerpo completo y con gorro.
El agua caía en cortinas espesas sobre la zona comercial, y los toldos de los puestos cerrados se hundían bajo el peso de pequeños lagos. A pesar de la lluvia, el aire seguía sofocante. El calor del verano se negaba a retirarse del todo y la humedad le pegaba la ropa al cuerpo, de modo que era imposible saber qué parte de lo que le recorría el rostro era sudor y qué parte era agua.
El depósito militar quedaba al final de una calle lateral, un edificio bajo de piedra gris con un portón de hierro entreabierto. Dentro esperaba un hombre rechoncho de bigote cano y chaleco ajustado, con una tablilla en la mano y la expresión de quien ha pasado la vida contando cosas que otros rompen.
— Nanahoshi, supongo. — El intendente Okabe ni siquiera levantó la vista. — Catorce cajas, cinco kilómetros hasta la puerta. Esta es la carreta. — Señaló con el lápiz un armatoste de madera con dos ruedas altas y un mango largo. — Y ese es Yuu, tu apoyo. — Aquel día el ojiazul había sido contratado por la misma aldea para llevar armamento desde una bodega en la zona comercial hasta las puertas de la aldea.
Un chico de unos doce años, genin recién graduado, asomó la cabeza desde detrás de una pila de lonas. Tenía el pelo pegado a la frente y una sonrisa que le ocupaba media cara.
— ¡Voy a ayudarte con todo! ¡Y si algo se rompe, lo arreglo!
— Nada se va a romper. — Okabe lo fulminó con la mirada y volvió a Tokuma. — Cada caja tiene su etiqueta. Kunais, shurikens, katanas, flechas, balas de cañón. Las pesadas abajo, las livianas arriba. Y esta... — Dio un golpecito a una caja pequeña, sellada con cera roja. — Sellos explosivos. Se mojan, y no sirven para nada. Con lo que cuestan, prefiero que se pierda un brazo antes que esa caja.
— Entendido. — Fue todo lo que dijo Tokuma.
Las instrucciones eran simples, quizás la lluvia complicaría parte del trabajo, pero aun así se trataba de una misión con un índice de importancia militar, por lo que no se quejaría. Lo que si le causaba un poco de incomodidad era la actitud positiva de Yuu. Esperaba no tener que discutir con alguien mucho más joven que él.
Cargaron durante cuarenta minutos. Tokuma levantó las cajas más pesadas sin quejarse, con los hombros ardiendo y las manos resbalando sobre la madera húmeda, mientras Yuu cubría cada capa con lonas enceradas y las aseguraba con cuerdas, hablando sin parar de lo mucho que había estudiado para el examen de genin. Tokuma escuchaba la mitad y respondía con monosílabos, y aun así el chico no se desanimaba.
Colocó la caja roja en el centro, rodeada por las demás, y la envolvió con una segunda lona. Pasó la mano por encima para asegurarse de que no hubiera ni una rendija. Después tomó el mango de la carreta y empujó.
Las ruedas gimieron y el carro se movió.
Las calles de la zona comercial se habían convertido en ríos de lodo. Tokuma caminaba con la cabeza baja, los pies hundidos hasta los tobillos y los músculos tensos. Yuu iba a su lado empujando una de las ruedas cuando el terreno lo exigía, con el agua escurriéndole por la barbilla y la sonrisa algo menos brillante que al principio.
— Esta es la peor lluvia de la temporada, ¿no? — Preguntó el chico.
— Si, creo que no ha parado de llover desde las seis de la mañana. — Respondió Tokuma.
A mitad de camino, justo donde la calle comenzaba a inclinarse hacia el cruce del mercado viejo, se oyó un crujido seco. La carreta se inclinó violentamente hacia la derecha y Tokuma, que sostenía el mango, sintió el peso desplazarse como una bestia que cae. Plantó los pies, apretó los dientes y detuvo el carro con todo el cuerpo antes de que la carga se volcara.
— ¡La rueda! — Gritó Yuu.
Tokuma ya lo había visto. Dos de los radios de la rueda derecha estaban partidos, y la llanta de madera colgaba medio desencajada. La lona se había deslizado y un hilo de agua corría directamente hacia la caja roja.
Reaccionó sin pensarlo. Se quitó el poncho con un tirón, lo extendió sobre el hueco expuesto y lo sostuvo con su propio pecho, inclinado sobre la carga como una barrera viva. La lluvia le golpeaba la nuca, la espalda, los hombros.
— Yuu. — Su voz salió firme y baja. — Busca un lugar techado. Ahora.
No solo estaban en riesgos los sellos explosivos, sino que, de caerse la carga, todas cajas caerían al suelo con la fuerza necesaria para romperse exponiendo las armas a la lluvia y el lodo. Peor aún, tendría que rearmar las cajas y reorganizar todo el equipamiento militar bajo aquellas condiciones. Eso le tomaría horas, poniendo en riesgo la misión y muy probablemente causando la furia de sus superiores.
El chico echó a correr sin hacer preguntas.
Regresó en menos de dos minutos, acompañado de una anciana pequeña y encorvada que se cubría con un paraguas de papel aceitado. Se llamaba Kuroda, y su taller de carretas estaba a media cuadra, con un alero ancho bajo el cual cabían tres vehículos.
— Súbanla aquí, rápido. — Dijo la anciana, mirando la rueda con ojo de experta. — Radios partidos y la llanta floja. Tengo tablas y hierro, pero no tengo manos. Las mías ya no sirven para esto.
Tokuma no tuvo que oírlo dos veces. Empujó la carreta bajo el alero con Yuu detrás, y en cuanto estuvo a cubierto, destapó la caja roja y la revisó con los dedos, buscando cualquier rastro de humedad. Seca. Respiró despacio y sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho, aunque su rostro siguió igual de quieto.
La señora Kuroda le entregó un martillo, una sierra pequeña, clavos largos y un fleje de hierro. Le dio instrucciones sin sentarse, con el bastón señalando cada pieza.
— Saca la rueda completa. Corta dos radios nuevos de esa tabla de roble, afílalos en la punta y encájalos en el cubo. Después ajusta el fleje alrededor de la llanta y remácha las puntas. Si queda floja, se va a soltar antes de llegar al puente.
— ¿Cuánto tiempo tengo? — Preguntó Tokuma.
— El que tarde en parar la lluvia. — Respondió ella con una media sonrisa. — Que, según el cielo, es nunca.
Trabajó durante casi una hora. Levantó la carreta con un gato improvisado, retiró la rueda, cortó la madera con precisión, afiló, encajó, golpeó. Cada martillazo resonaba bajo el alero junto con el tamborileo constante del agua. Yuu le alcanzaba las herramientas y sostenía las piezas, y en un momento, sin que nadie se lo pidiera, se quitó su propia chaqueta y la colocó sobre la caja de las flechas para evitar las goteras del techo viejo.
— Gracias. — Dijo Tokuma sin levantar la vista del fleje.
El chico se quedó callado un segundo, sorprendido, y después sonrió sin decir nada más.
Quizás el optimismo del novato le pareció impasable al principio, pero dicha energía positiva era lo que estaba facilitando lo que esperaba fuera la porción más difícil de la misión. Yuu parecía ser alguien que todavía conservaba gran parte de su inocencia y Tokuma sentía hasta pena al saber que algún día algo cambiaría para siempre la buena fe el genin.
Cuando terminó, la señora Kuroda pasó la mano sobre la llanta, la golpeó con los nudillos y asintió.
— Aguantará. — Dijo. — No es perfecta, pero aguantará.
Tokuma se inclinó con una cortesía breve, sacó de su bolsillo unas moneda y la dejó sobre el banco de trabajo.
— No hace falta. — Protestó la anciana.
— Por las tablas. — Respondió él, y no añadió más.
Retomaron el camino cerca del mediodía. La lluvia había arreciado y los charcos ya ocupaban cada calle, pero la rueda giraba pareja y la carga permanecía seca. En el cruce del mercado viejo, un arroyo improvisado cruzaba la calzada con una corriente que le llegaba a las pantorrillas. Tokuma midió la profundidad con un pie, calculó la fuerza del agua y decidió cruzar despacio, con Yuu empujando desde atrás y él tirando desde el frente, los músculos de los antebrazos duros como cuerdas.
La carreta se estremeció, el agua golpeó las ruedas y por un instante pareció que la corriente se llevaría la carga. Pero la rueda nueva resistió y las lonas aguantaron.
Al otro lado se detuvo a recuperar el aliento. Estaba empapado hasta los huesos, con los dedos rojos de tanto apretar y la camisa pegada al cuerpo. Miró a Yuu, que respiraba entrecortado con las manos en las rodillas y una expresión de agotamiento y orgullo.
— Falta poco. — Dijo Tokuma.
Cuando las murallas de Konoha asomaron entre la lluvia, eran casi las dos de la tarde. La puerta se alzaba enorme, con sus torres de vigilancia y sus guardias inmóviles bajo capas de lluvia. Un capitán de rostro severo, de nombre Daigo, salió a recibirlos, acompañado de dos soldados con linternas y una tablilla idéntica a la de Okabe.
Revisaron las etiquetas una por una. Kunais, shurikens, katanas, flechas, balas de cañón, todo en orden. Al llegar a la caja roja, el capitán rompió el sello de cera, levantó la tapa y pasó la mano sobre los pergaminos. Estaban secos, perfectos.
— Buen trabajo. — Dijo Daigo, y por primera vez sus ojos se suavizaron. — No muchos habrían traído esto intacto con este clima.
— Yuu ayudó bastante. — Dijo Tokuma.
El chico enrojeció hasta las orejas.
Recibió el sobre de la misión con ambas manos. Pesaba más de lo esperado, y eso, para él, significaba un turno menos de lavandería para su madre. Lo guardó en el bolsillo interior de la camisa mojada, se aseguró de que ningún rincón estuviera expuesto al agua y se despidió con un gesto de cabeza.
Dio la vuelta bajo la lluvia, sin apuro, con el rostro limpio de sudor por primera vez en el día. Detrás de él, la puerta de la aldea quedaba custodiada y abastecida, tal como debía ser.
Día 50 del Verano del Año 150, 11:12 horas. Puertas de la Aldea, Konohagakure no Sato.
El cielo abrió sus puertas y se olvidó de donde había colocado la llave. Sí bien era cierto que los veranos en el País del Fuego eran placenteros y calurosos, había ocasiones donde la humedad aumentaba desproporcionadamente causando lo inevitable: un día de lluvia. Ese era el día que tocaba para la misión de hoy, y Tokuma la confirmó cuando salió de su casa y encontró un diluvio donde el pronóstico había prometido un día nublado.
Por suerte para el joven shinobi sus botas típicas de cuero negro eran a prueba de agua, por lo que basto con que utilizara un pantalón largo que cubriera la parte superior del calzado para prevenir que el agua entrase dentro ellas. Dicho pantalón de color verde olivo era sujetado a nivel de la cintura por un cinturón de cuero negro, y en cada costado tenía una pequeña colección de bolsillos. En la parte superior de su cuerpo ocupaba una camiseta ajustada, de manga corta, y de color blanco. La bandana ninja, que también era de color blanco, símbolo de su estatus como militar activo, la poseía amarrada en la frente. Su pelo tapaba gran parte del logo de la aldea, pero no bloqueaba su fácil identificación. Más importante aún era lo que utilizaba para cubrirse de la lluvia; un poncho color amarillo de cuerpo completo y con gorro.
El agua caía en cortinas espesas sobre la zona comercial, y los toldos de los puestos cerrados se hundían bajo el peso de pequeños lagos. A pesar de la lluvia, el aire seguía sofocante. El calor del verano se negaba a retirarse del todo y la humedad le pegaba la ropa al cuerpo, de modo que era imposible saber qué parte de lo que le recorría el rostro era sudor y qué parte era agua.
El depósito militar quedaba al final de una calle lateral, un edificio bajo de piedra gris con un portón de hierro entreabierto. Dentro esperaba un hombre rechoncho de bigote cano y chaleco ajustado, con una tablilla en la mano y la expresión de quien ha pasado la vida contando cosas que otros rompen.
— Nanahoshi, supongo. — El intendente Okabe ni siquiera levantó la vista. — Catorce cajas, cinco kilómetros hasta la puerta. Esta es la carreta. — Señaló con el lápiz un armatoste de madera con dos ruedas altas y un mango largo. — Y ese es Yuu, tu apoyo. — Aquel día el ojiazul había sido contratado por la misma aldea para llevar armamento desde una bodega en la zona comercial hasta las puertas de la aldea.
Un chico de unos doce años, genin recién graduado, asomó la cabeza desde detrás de una pila de lonas. Tenía el pelo pegado a la frente y una sonrisa que le ocupaba media cara.
— ¡Voy a ayudarte con todo! ¡Y si algo se rompe, lo arreglo!
— Nada se va a romper. — Okabe lo fulminó con la mirada y volvió a Tokuma. — Cada caja tiene su etiqueta. Kunais, shurikens, katanas, flechas, balas de cañón. Las pesadas abajo, las livianas arriba. Y esta... — Dio un golpecito a una caja pequeña, sellada con cera roja. — Sellos explosivos. Se mojan, y no sirven para nada. Con lo que cuestan, prefiero que se pierda un brazo antes que esa caja.
— Entendido. — Fue todo lo que dijo Tokuma.
Las instrucciones eran simples, quizás la lluvia complicaría parte del trabajo, pero aun así se trataba de una misión con un índice de importancia militar, por lo que no se quejaría. Lo que si le causaba un poco de incomodidad era la actitud positiva de Yuu. Esperaba no tener que discutir con alguien mucho más joven que él.
Cargaron durante cuarenta minutos. Tokuma levantó las cajas más pesadas sin quejarse, con los hombros ardiendo y las manos resbalando sobre la madera húmeda, mientras Yuu cubría cada capa con lonas enceradas y las aseguraba con cuerdas, hablando sin parar de lo mucho que había estudiado para el examen de genin. Tokuma escuchaba la mitad y respondía con monosílabos, y aun así el chico no se desanimaba.
Colocó la caja roja en el centro, rodeada por las demás, y la envolvió con una segunda lona. Pasó la mano por encima para asegurarse de que no hubiera ni una rendija. Después tomó el mango de la carreta y empujó.
Las ruedas gimieron y el carro se movió.
Las calles de la zona comercial se habían convertido en ríos de lodo. Tokuma caminaba con la cabeza baja, los pies hundidos hasta los tobillos y los músculos tensos. Yuu iba a su lado empujando una de las ruedas cuando el terreno lo exigía, con el agua escurriéndole por la barbilla y la sonrisa algo menos brillante que al principio.
— Esta es la peor lluvia de la temporada, ¿no? — Preguntó el chico.
— Si, creo que no ha parado de llover desde las seis de la mañana. — Respondió Tokuma.
A mitad de camino, justo donde la calle comenzaba a inclinarse hacia el cruce del mercado viejo, se oyó un crujido seco. La carreta se inclinó violentamente hacia la derecha y Tokuma, que sostenía el mango, sintió el peso desplazarse como una bestia que cae. Plantó los pies, apretó los dientes y detuvo el carro con todo el cuerpo antes de que la carga se volcara.
— ¡La rueda! — Gritó Yuu.
Tokuma ya lo había visto. Dos de los radios de la rueda derecha estaban partidos, y la llanta de madera colgaba medio desencajada. La lona se había deslizado y un hilo de agua corría directamente hacia la caja roja.
Reaccionó sin pensarlo. Se quitó el poncho con un tirón, lo extendió sobre el hueco expuesto y lo sostuvo con su propio pecho, inclinado sobre la carga como una barrera viva. La lluvia le golpeaba la nuca, la espalda, los hombros.
— Yuu. — Su voz salió firme y baja. — Busca un lugar techado. Ahora.
No solo estaban en riesgos los sellos explosivos, sino que, de caerse la carga, todas cajas caerían al suelo con la fuerza necesaria para romperse exponiendo las armas a la lluvia y el lodo. Peor aún, tendría que rearmar las cajas y reorganizar todo el equipamiento militar bajo aquellas condiciones. Eso le tomaría horas, poniendo en riesgo la misión y muy probablemente causando la furia de sus superiores.
El chico echó a correr sin hacer preguntas.
Regresó en menos de dos minutos, acompañado de una anciana pequeña y encorvada que se cubría con un paraguas de papel aceitado. Se llamaba Kuroda, y su taller de carretas estaba a media cuadra, con un alero ancho bajo el cual cabían tres vehículos.
— Súbanla aquí, rápido. — Dijo la anciana, mirando la rueda con ojo de experta. — Radios partidos y la llanta floja. Tengo tablas y hierro, pero no tengo manos. Las mías ya no sirven para esto.
Tokuma no tuvo que oírlo dos veces. Empujó la carreta bajo el alero con Yuu detrás, y en cuanto estuvo a cubierto, destapó la caja roja y la revisó con los dedos, buscando cualquier rastro de humedad. Seca. Respiró despacio y sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho, aunque su rostro siguió igual de quieto.
La señora Kuroda le entregó un martillo, una sierra pequeña, clavos largos y un fleje de hierro. Le dio instrucciones sin sentarse, con el bastón señalando cada pieza.
— Saca la rueda completa. Corta dos radios nuevos de esa tabla de roble, afílalos en la punta y encájalos en el cubo. Después ajusta el fleje alrededor de la llanta y remácha las puntas. Si queda floja, se va a soltar antes de llegar al puente.
— ¿Cuánto tiempo tengo? — Preguntó Tokuma.
— El que tarde en parar la lluvia. — Respondió ella con una media sonrisa. — Que, según el cielo, es nunca.
Trabajó durante casi una hora. Levantó la carreta con un gato improvisado, retiró la rueda, cortó la madera con precisión, afiló, encajó, golpeó. Cada martillazo resonaba bajo el alero junto con el tamborileo constante del agua. Yuu le alcanzaba las herramientas y sostenía las piezas, y en un momento, sin que nadie se lo pidiera, se quitó su propia chaqueta y la colocó sobre la caja de las flechas para evitar las goteras del techo viejo.
— Gracias. — Dijo Tokuma sin levantar la vista del fleje.
El chico se quedó callado un segundo, sorprendido, y después sonrió sin decir nada más.
Quizás el optimismo del novato le pareció impasable al principio, pero dicha energía positiva era lo que estaba facilitando lo que esperaba fuera la porción más difícil de la misión. Yuu parecía ser alguien que todavía conservaba gran parte de su inocencia y Tokuma sentía hasta pena al saber que algún día algo cambiaría para siempre la buena fe el genin.
Cuando terminó, la señora Kuroda pasó la mano sobre la llanta, la golpeó con los nudillos y asintió.
— Aguantará. — Dijo. — No es perfecta, pero aguantará.
Tokuma se inclinó con una cortesía breve, sacó de su bolsillo unas moneda y la dejó sobre el banco de trabajo.
— No hace falta. — Protestó la anciana.
— Por las tablas. — Respondió él, y no añadió más.
Retomaron el camino cerca del mediodía. La lluvia había arreciado y los charcos ya ocupaban cada calle, pero la rueda giraba pareja y la carga permanecía seca. En el cruce del mercado viejo, un arroyo improvisado cruzaba la calzada con una corriente que le llegaba a las pantorrillas. Tokuma midió la profundidad con un pie, calculó la fuerza del agua y decidió cruzar despacio, con Yuu empujando desde atrás y él tirando desde el frente, los músculos de los antebrazos duros como cuerdas.
La carreta se estremeció, el agua golpeó las ruedas y por un instante pareció que la corriente se llevaría la carga. Pero la rueda nueva resistió y las lonas aguantaron.
Al otro lado se detuvo a recuperar el aliento. Estaba empapado hasta los huesos, con los dedos rojos de tanto apretar y la camisa pegada al cuerpo. Miró a Yuu, que respiraba entrecortado con las manos en las rodillas y una expresión de agotamiento y orgullo.
— Falta poco. — Dijo Tokuma.
Cuando las murallas de Konoha asomaron entre la lluvia, eran casi las dos de la tarde. La puerta se alzaba enorme, con sus torres de vigilancia y sus guardias inmóviles bajo capas de lluvia. Un capitán de rostro severo, de nombre Daigo, salió a recibirlos, acompañado de dos soldados con linternas y una tablilla idéntica a la de Okabe.
Revisaron las etiquetas una por una. Kunais, shurikens, katanas, flechas, balas de cañón, todo en orden. Al llegar a la caja roja, el capitán rompió el sello de cera, levantó la tapa y pasó la mano sobre los pergaminos. Estaban secos, perfectos.
— Buen trabajo. — Dijo Daigo, y por primera vez sus ojos se suavizaron. — No muchos habrían traído esto intacto con este clima.
— Yuu ayudó bastante. — Dijo Tokuma.
El chico enrojeció hasta las orejas.
Recibió el sobre de la misión con ambas manos. Pesaba más de lo esperado, y eso, para él, significaba un turno menos de lavandería para su madre. Lo guardó en el bolsillo interior de la camisa mojada, se aseguró de que ningún rincón estuviera expuesto al agua y se despidió con un gesto de cabeza.
Dio la vuelta bajo la lluvia, sin apuro, con el rostro limpio de sudor por primera vez en el día. Detrás de él, la puerta de la aldea quedaba custodiada y abastecida, tal como debía ser.