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[Automisión|D] Las plumas caídas.
Farahan
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Clan Yamanaka
Nivel 8
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06-10-2026, 05:51 AM
7 de Verano del 150 — Konohagakure

Había misiones cuya sola lectura permitía imaginar cierta dignidad profesional. Escoltar un cargamento importante, localizar a una persona desaparecida, vigilar un camino frecuentado por ladrones o incluso recuperar algún objeto extraviado podían envolverse con suficiente imaginación para parecer el comienzo de algo digno de recordarse. Aquella no pertenecía a esa categoría. Farahan sostuvo el documento frente a sí durante unos segundos más, quizá esperando que una segunda lectura revelara información que justificara mejor su presencia. No ocurrió.

—Gallinas.

El funcionario que acababa de entregarle la misión levantó la mirada.

—Gallinas.

Farahan dejó descender ligeramente la hoja.

—Quería confirmar que ambos estábamos leyendo lo mismo.

—Una ranchería ha perdido varias durante los últimos días. Algo entra por las noches, las ataca y se marcha antes de que puedan verlo. Creen que es un animal salvaje.

—Una amenaza verdaderamente implacable.

El hombre llevaba suficiente tiempo asignando trabajos a Genin como para no sentirse obligado a participar del dramatismo.

—Es una misión de rango D.

Eso resultaba difícil de discutir. Farahan volvió a observar el documento. El propietario había encontrado plumas alrededor del gallinero durante cuatro mañanas diferentes y contabilizaba cinco aves perdidas. No había personas heridas, daños considerables ni indicios de intervención humana. La petición exigía identificar al responsable y ahuyentarlo o neutralizarlo si era necesario. Nada extraordinario. Pero pagaba. Aquello mejoraba considerablemente sus méritos.

—¿Dónde está la ranchería?

El funcionario le indicó una zona agrícola relativamente próxima a los límites de la aldea, suficientemente alejada del centro para que las viviendas comenzaran a separarse entre parcelas, corrales y campos cultivados.

—Pregunta por Sadao. La propiedad es suya.

Farahan dobló el documento.

—Espero que las gallinas aprecien el esfuerzo.

—Mientras Sadao firme que resolviste el problema, puedes vivir sin su aprobación.

Una respuesta sensata. Farahan guardó la orden y abandonó el edificio. El camino hacia las zonas agrícolas de Konoha resultó bastante menos desagradable que la misión prometía. El movimiento de la aldea disminuyó conforme se alejaba de las calles principales; los edificios fueron cediendo terreno a viviendas más separadas, caminos de tierra y parcelas cultivadas donde varias personas aprovechaban todavía las primeras horas del día antes de que el calor del verano se volviera más incómodo. Farahan avanzó sin demasiada prisa. Si el responsable atacaba únicamente durante la noche, llegar unos minutos antes no alteraría nada.

Y, mientras caminaba, podía al menos preguntarse qué clase de criatura llevaba varios días regresando al mismo lugar sin que ninguno de los propietarios hubiese conseguido verla. Un depredador particularmente cuidadoso. O unos granjeros particularmente malos vigilando. Ambas posibilidades seguían abiertas. La ranchería apareció al final de un camino secundario bordeado por árboles bajos. Una cerca de madera delimitaba buena parte del terreno y separaba la vivienda principal de varias parcelas, un establo pequeño, un cobertizo para herramientas y dos corrales.

El gallinero quedaba hacia la parte trasera, cerca de un canal estrecho utilizado para llevar agua entre los cultivos. Un hombre de unos cincuenta años lo esperaba junto a la entrada. La bandana hizo innecesarias las presentaciones más complicadas.

—¿Vienes por las gallinas?

—Me temo que sí.

El hombre extendió una mano.

—Sadao.

—Farahan.

No consideró necesario regalarle el resto. Sadao lo condujo directamente hacia el gallinero mientras explicaba lo ocurrido.

—La primera desapareció hace cinco noches. Pensé que alguien había dejado mal cerrada la puerta y se había escapado. Después encontramos las plumas.

—¿Sangre?

—Muy poca. La segunda noche no pasó nada. A la siguiente desaparecieron dos y ayer otra más.

Farahan hizo una cuenta rápida.

—Eso suma cuatro.

Sadao torció ligeramente la boca.

—La quinta apareció muerta detrás del corral. Pensamos que intentó llevársela y algo lo asustó.

Aquello sí podía resultar útil. El gallinero era una construcción sencilla de madera, elevada apenas unos centímetros del suelo y rodeada por un cercado de malla. Una docena larga de gallinas permanecía dentro durante aquella hora, picoteando la tierra sin la menor conciencia de que una organización militar acababa de asignar recursos para garantizar su supervivencia. Farahan se detuvo frente a ellas. Una de las aves levantó la cabeza. Él hizo lo mismo.

—No te acostumbres.

Sadao decidió no preguntar. Farahan rodeó primero la estructura sin tocar nada. No había tablas arrancadas ni marcas de impacto; la puerta cerraba correctamente y el cerrojo exterior no parecía haber sido manipulado. La malla tampoco mostraba aberturas suficientemente grandes para que una gallina adulta hubiese escapado por accidente.

—¿Las encierra antes de que anochezca?

—Siempre.

—¿Y desde el primer ataque revisa la puerta?

—Dos veces.

Farahan se agachó cerca de una de las esquinas. La tierra allí estaba más húmeda. El canal pasaba a pocos metros y parte del agua se filtraba hacia el terreno, ablandándolo alrededor de los postes. Una sección de la malla desaparecía algunos centímetros bajo el suelo, pero en aquel punto había quedado expuesta. No era una abertura enorme. Tampoco necesitaba serlo. Farahan introdujo dos dedos bajo el borde y consiguió levantarlo un poco más. Sadao soltó una maldición.

—Eso no estaba así.

—Probablemente sí. Solo que alguien más lo descubrió primero.

Había pequeños surcos sobre la tierra húmeda y varias plumas atrapadas entre raíces bajas. Farahan siguió la dirección de ambas hasta el canal. Allí encontró otra. Después una más. No formaban un rastro continuo, pero bastaban para señalar la dirección utilizada al marcharse.

—¿Dónde encontraron la gallina muerta?

Sadao lo condujo unos metros más allá del corral. El cuerpo ya había sido retirado, aunque todavía quedaban varias plumas sobre el terreno y una pequeña mancha oscura entre la hierba.

—Aquí.

Farahan se agachó. No había demasiada sangre.

—¿Estaba comida?

—No. Tenía el cuello mordido.

—¿Y las otras nunca aparecieron?

—Ni una.

Entonces aquello no parecía un animal entrando en pánico dentro del gallinero y matando cuanto encontraba. Tomaba una presa —dos en una ocasión— y se la llevaba. La quinta probablemente había sido abandonada porque algo interrumpió la retirada.

—¿Tienen perro?

Sadao señaló hacia la vivienda. Un animal viejo descansaba a la sombra del porche, más interesado en dormir que en cumplir cualquier función militar.

—Taro. Pero ya no oye muy bien.

Farahan observó al perro. Taro abrió un ojo. Farahan decidió que no esperaba demasiado de él.

—¿Algún vecino ha perdido animales?

—Que yo sepa, no.

Eso resultaba más interesante. Si un depredador había encontrado alimento fácil, nada lo obligaba a limitarse a una única propiedad. Sin embargo, regresar repetidamente al mismo gallinero indicaba que había aprendido una ruta y comprobado que funcionaba. No necesitaba ser especialmente inteligente. Solo necesitaba que nadie corrigiera el error. Farahan se incorporó y observó el canal.

—¿De dónde viene el agua?

—De las parcelas del norte. El canal sigue hasta una zona arbolada y después gira hacia el río.

Aquello ofrecía al responsable una ruta cubierta, agua y acceso directo a la parte más vulnerable del corral. Cómodo. Demasiado cómodo.

—Quiero ver dónde empieza la vegetación.

Sadao lo acompañó hasta el extremo de la propiedad. El canal continuaba entre hierbas altas antes de perderse bajo varios árboles y arbustos que delimitaban los terrenos cultivados. El suelo conservaba mejor las marcas allí. Farahan encontró una huella parcial cerca del borde. Cuatro dedos. Almohadilla. Ninguna marca clara de garras debido a la humedad deformada. Canino, probablemente. No era suficiente para determinar tamaño con precisión, pero descartaba algunas posibilidades.

—¿Un lobo?

Farahan miró la huella. Después miró el gallinero. Después volvió a mirar a Sadao.

—Si un lobo capaz de pasar por ese hueco está atacando sus gallinas, tenemos problemas zoológicos bastante más interesantes que cinco aves desaparecidas.

Sadao frunció el ceño.

—Entonces ¿qué es?

—Todavía no lo sé.

No iba a convertir una conjetura en certeza solamente para sonar competente. Antes de regresar al corral, Farahan continuó algunos metros siguiendo el canal. La vegetación se hacía más espesa lejos de los cultivos y las huellas desaparecían en zonas donde el terreno estaba cubierto de hojas secas. Encontró, sin embargo, dos manchas de tierra removida y un pequeño mechón de pelo rojizo atrapado en la corteza áspera de un arbusto. Lo retiró con cuidado. Sadao se inclinó para verlo.

—Eso parece de zorro.

—Parece.

—¿No es suficiente?

—Es suficiente para sospechar de un zorro. Para culparlo, preferiría verlo con una gallina en la boca.

El granjero dejó escapar una risa corta.

—No sabía que las gallinas tuvieran derecho a juicio.

—Ellas no. El zorro quizá agradezca la cortesía.

Regresaron hacia la vivienda. Una mujer que había estado sacudiendo una tela junto al porche dejó su trabajo al verlos aproximarse. Era aproximadamente de la edad de Sadao y tenía las manos teñidas por el trabajo con verduras y tierra.

—Mi esposa, Fumiko.

—¿Ya sabe qué se está llevando las gallinas?

Farahan mostró el mechón de pelo.

—Tenemos candidato.

Fumiko apenas necesitó verlo.

—Te dije que era un zorro.

Sadao cruzó los brazos.

—También dijiste que podía ser un tejón.

—Antes de ver las huellas.

—No habías visto las huellas cuando lo dijiste.

Farahan dejó que la discusión doméstica se resolviera sin asistencia shinobi. Fumiko terminó ignorando a su marido y señaló hacia el extremo norte de la propiedad.

—Hace dos semanas vi uno junto a los campos al amanecer. No llevaba ninguna gallina, pero era grande. Se quedó mirándome desde lejos y luego se metió entre los árboles.

Eso ampliaba el periodo durante el cual el animal había frecuentado la zona.

—¿Antes de que empezaran los ataques?

—Sí. Por eso le dije que reforzara la malla.

Sadao miró hacia otro lado. Farahan encontró de pronto más interesante aquella parte de la historia.

—¿La reforzó?

—Revisé que estuviera bien.

Fumiko emitió un sonido que conseguía expresar una opinión completa sin utilizar ninguna palabra.

—Miró desde la puerta.

—No parecía rota.

—Técnicamente no lo estaba.

El hombre pareció encontrar consuelo en aquello. Farahan no se lo permitió durante demasiado tiempo.

—Pero una malla enterrada en tierra húmeda puede aflojarse aunque siga entera. El animal probablemente descubrió que podía levantarla y ahora vuelve porque funciona.

Fumiko asintió con satisfacción.

—Te dije que había que enterrarla más.

—Sí, Fumiko.

—Y poner piedras.

—Sí, Fumiko.

Farahan sospechó que aquella conversación había ocurrido antes y decidió no quedar atrapado en su siguiente repetición.

—Esta noche no cierren el hueco.

Ambos dejaron de discutir. Sadao fue el primero en reaccionar.

—¿Quieres dejarlo entrar?

—Quiero que intente entrar por donde cree que todavía puede hacerlo. Si lo cerramos ahora, buscará otro sitio y tendré que averiguar cuál eligió.

Fumiko miró hacia las gallinas.

—¿Y ellas?

—Fuera del gallinero antes de anochecer.

Eso obtuvo aprobación inmediata. Farahan explicó lo que necesitaba: una caja resistente, cuerda, madera, algo de carne, ceniza o harina vieja y cualquier objeto que pudiera utilizarse para improvisar una puerta de caída sin hacer demasiado ruido. Sadao lo condujo hasta el cobertizo. La cantidad de cosas almacenadas allí sugería que cada granjero terminaba convirtiéndose, por necesidad, en coleccionista de objetos que quizá algún día sirvieran para algo.

Había tablas de distintos tamaños, herramientas con reparaciones encima de reparaciones, cuerda enrollada, clavos recuperados, una rueda que ya no pertenecía a ningún carro visible y varias cajas destinadas originalmente a transportar aves. Una de ellas podía servir. Farahan la examinó por dentro y por fuera. Era suficientemente grande para contener un animal mediano, aunque una de las bisagras estaba casi suelta y el cierre frontal dependía de una pieza de madera demasiado delgada.

—Necesito esa tabla.

Sadao siguió la dirección de su dedo.

—Está sosteniendo el estante.

—Entonces necesito otra tabla.

Fumiko apareció detrás con dos piezas bajo el brazo.

—Usa estas.

Sadao la miró.

—¿De dónde las sacaste?

—Del montón que llevas seis meses diciendo que vas a ordenar.

Farahan aceptó ambas sin intervenir. Pasaron parte de la tarde preparando el lugar. No necesitaban construir una jaula sofisticada. Reforzaron la caja, aseguraron los bordes y prepararon una puerta vertical capaz de caer cuando se liberara la cuerda. Farahan probó el mecanismo varias veces con una piedra antes de considerar que podía confiar en él. La primera cayó demasiado despacio. La segunda se atascó. La tercera funcionó. Farahan volvió a levantarla. Sadao lo observó.

—Funcionó.

—Una vez.

—Solo necesitas una.

—Y preferiría que fuera cuando haya algo dentro.

Repitió la prueba. Volvió a funcionar. Esta vez dio por terminado el ajuste. La caja no iría dentro del gallinero. Farahan la colocó a poca distancia de la abertura habitual y dejó un recorrido despejado desde el canal. Después distribuyó una capa fina de ceniza alrededor de la malla y en varios puntos del sendero. Fumiko lo observó desde atrás.

—¿Para qué es eso?

—Quiero saber por dónde camina aunque no consiga atraparlo.

—Pensé que ibas a poner una trampa.

—Estoy poniendo varias. Algunas solo atrapan información.

La mujer pareció aprobar la respuesta. Sadao, menos interesado en la filosofía del rastreo, llevó las gallinas a un almacén pequeño junto a la casa. El traslado produjo una indignación colectiva que Farahan consideró desproporcionada para animales cuya alternativa era convertirse en cena. Una de las aves escapó durante el proceso. Corrió debajo de una carreta. Sadao intentó atraparla por un lado. La gallina salió por el otro. Fumiko cerró el paso. El animal cambió nuevamente de dirección y terminó avanzando hacia Farahan. Él permaneció inmóvil. La gallina también. Durante unos segundos se observaron mutuamente.

—No hagas esto difícil.

El ave ladeó la cabeza. Luego corrió. Farahan alcanzó a interceptarla antes de que entrara entre los cultivos y terminó sosteniéndola contra el pecho mientras recibía una combinación de aleteos, protestas y una cantidad innecesaria de plumas. Sadao rio.

—Parece que ya hiciste una amiga.

—No comparto esa interpretación.

La entregó a Fumiko. La mujer escondió una sonrisa mientras la llevaba con las demás. Farahan se sacudió una pluma de la manga. La misión comenzaba a tomarse demasiadas confianzas. Cuando el gallinero quedó vacío, colocaron dentro un poco de paja recién removida para conservar el olor habitual. La carnada iría en la caja, no en el corral. Si el zorro seguía su rutina y encontraba la ausencia de aves, el olor de la carne debía ofrecerle una alternativa suficientemente sencilla para tentar la aproximación.

—¿Y si no entra?

—Entonces habremos aprendido que no es tan confiado como parece.

—¿Y después?

—Después pienso otra cosa.

Sadao pareció esperar una respuesta más espectacular. No la recibió. Farahan dedicó el resto de la tarde a revisar el perímetro y hablar con dos vecinos cuyas parcelas conectaban con el mismo canal. El primero, un hombre llamado Gen, no había perdido animales, aunque tampoco tenía gallinas. Cultivaba verduras y mantenía únicamente dos cabras dentro de un cercado alto.

—He visto zorros muchas veces. Normalmente pasan y siguen de largo.

—¿Últimamente?

—Uno hace unos días. Quizá dos. Era temprano.

—¿Dos zorros?

Gen negó.

—Dos veces. Creo que era el mismo.

La segunda vecina, Chiyo, criaba conejos en jaulas elevadas y tenía razones suficientes para prestar atención a cualquier depredador.

—Algo estuvo rondando hace una semana.

—¿Perdió alguno?

—No. Mis jaulas no están hechas con tela de gallinero.

La frase llegó acompañada de una mirada hacia la propiedad de Sadao. Farahan decidió que las opiniones sobre las capacidades constructivas del hombre estaban bastante consolidadas en el vecindario.

—¿Lo vio?

—Solo la cola entre los arbustos. Roja. Grande.

—¿A qué hora?

—Antes del amanecer.

Dos observaciones independientes coincidían con la hipótesis del zorro. Chiyo añadió algo antes de que Farahan se marchara.

—No creo que viva muy lejos.

Farahan se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque lo he escuchado.

—¿Dónde?

La mujer señaló hacia la zona boscosa más allá de los campos.

—Por ahí. Hace ruido por las noches. No siempre, pero más de una vez.

Eso podía significar varias cosas y ninguna justificaba internarse a ciegas antes de comprobar que el animal era realmente el responsable. Farahan regresó con Sadao poco antes del atardecer.

—¿Los vecinos dijeron algo útil?

—Que su gallinero tiene mala reputación.

El hombre lo miró. Farahan permitió que la frase permaneciera unos segundos.

—Y que han visto un zorro.

—Eso suena mejor.

—Para usted, quizá.

La vigilancia comenzaría al anochecer. Fumiko insistió en que cenara antes. Farahan aceptó principalmente porque quedarse varias horas inmóvil con hambre parecía una forma innecesaria de convertir una misión aburrida en una misión desagradable. La comida era sencilla: arroz, verduras, algo de pescado y té. Sadao habló más de las gallinas durante la cena de lo que Farahan había supuesto posible. Cada una parecía tener una historia, una costumbre o un defecto particular. La que había escapado bajo la carreta se llamaba Momo. Farahan lamentó haber adquirido aquella información.

—Es la más lista.

—Eso plantea preguntas preocupantes sobre las demás.

Fumiko rio.

—A esa le gusta salir. Si ve una puerta abierta, corre.

—Lo noté.

—Una vez llegó hasta la casa de Gen.

—Estoy empezando a sospechar que el zorro puede no ser el único problema de seguridad.

Sadao parecía disfrutar demasiado de la conversación para sentirse ofendido. Cuando la luz comenzó a desaparecer, Farahan hizo una última revisión. La caja estaba lista. La cuerda corría desde el mecanismo hasta una posición de vigilancia situada junto a un árbol cercano. Podía cerrarla manualmente desde allí si el animal entraba sin activar la pieza preparada. Había descartado un mecanismo completamente automático porque no quería terminar capturando al perro, a un gato o a cualquier criatura que hubiera decidido investigar el olor. Las gallinas permanecían dentro del almacén. Taro dormía cerca de la casa. Farahan miró al perro.

—Esta noche intentaré hacer tu trabajo.

Taro no mostró signos de sentirse amenazado profesionalmente. El Genin terminó acomodándose sobre una rama gruesa de uno de los árboles próximos al canal, suficientemente elevada para observar el gallinero y la caja sin quedar directamente expuesto. Mucho mejor que el cobertizo. La oscuridad llegó despacio sobre las parcelas. Las últimas voces fueron desapareciendo desde las casas y el movimiento entre los campos cesó casi por completo. Solo permanecían insectos, el ruido constante del agua y, ocasionalmente, alguna gallina protestando desde el almacén donde había sido confinada. Farahan esperó. Una hora. Después otra.

Las misiones de vigilancia tenían una característica particularmente ofensiva: convertían la paciencia en trabajo y, aun así, nadie pagaba por minuto. Apoyó la espalda contra el tronco. Nada. Durante algunos minutos llegó a considerar la posibilidad de que el animal hubiese decidido aquella misma noche desarrollar prudencia. Entonces Taro ladró. Una sola vez. Farahan enderezó la postura. El perro no volvió a hacerlo. El sonido del agua cambió apenas. Algo se desplazaba junto al canal. Farahan dirigió la atención hacia la vegetación, pero no distinguió ninguna silueta hasta que esta abandonó la sombra de los arbustos. Era un zorro.

No especialmente grande. Pelaje rojizo, patas oscuras y una cola bastante más voluminosa que el resto de su cuerpo. Avanzaba pegado al borde del canal, deteniéndose cada pocos pasos para observar la propiedad. Farahan permaneció inmóvil. El animal no se dirigió inmediatamente hacia el gallinero. Primero comprobó el patio. Después olfateó el aire. Solo entonces siguió la misma ruta marcada por las plumas. Había hecho aquello antes suficientes veces para no necesitar explorar. Farahan observó cómo llegaba a la esquina de la malla y utilizaba el hocico para levantar exactamente el punto que había descubierto durante la mañana.

Eso eliminaba prácticamente cualquier duda. El zorro introdujo la cabeza. Se detuvo. El gallinero estaba vacío. Olfateó nuevamente. Farahan no movió un músculo. El animal retiró la cabeza y recorrió el exterior. Encontró las huellas humanas recientes, se detuvo junto a una de ellas y levantó el hocico. La caja con carne estaba a pocos metros. El zorro la miró. No se acercó. Farahan esperó. El animal dio un paso hacia ella. Luego otro. Volvió a detenerse. Demasiado cauteloso. Farahan tuvo que reconocerle el mérito. El zorro rodeó la caja completa sin acercarse a la entrada.

Olfateó uno de los laterales, intentó alcanzar la carnada desde una abertura demasiado pequeña y retrocedió cuando la madera crujió bajo su propio peso. Después se sentó. Aquello no estaba incluido en ningún plan. Farahan lo observó desde la rama. El zorro observó la caja. Pasaron varios segundos. Por primera vez desde que había comenzado la misión, Farahan tuvo la desagradable sensación de que estaba participando en una competencia de paciencia contra un animal de unos pocos kilogramos. El zorro terminó levantándose. Se dirigió hacia la entrada. Farahan tensó la cuerda. El hocico entró primero. Después una pata. La segunda no llegó a cruzar.

El animal se detuvo de golpe y retrocedió. Farahan no se movió. El zorro volvió a acercarse, pero esta vez no miró la carne. Olfateó el borde de la caja, pasó junto a uno de los laterales y apoyó el hocico sobre una esquina donde Sadao había sujetado la madera durante la tarde. Allí permaneció unos segundos. Luego se apartó. Farahan entendió. Demasiado olor humano. El animal podía reconocer perfectamente que aquel objeto no pertenecía al entorno y, por mucho que la carnada resultara atractiva, la caja seguía siendo nueva, manipulada y colocada en mitad de una ruta que conocía. El zorro rodeó una vez más el gallinero.

Intentó levantar la malla por el punto habitual. No había aves. Volvió a la caja. Nada. Después miró hacia el almacén. Las gallinas eligieron precisamente ese momento para empezar a moverse. El sonido fue leve. Suficiente. El zorro levantó las orejas. Farahan contuvo el aire. El animal abandonó la caja y avanzó algunos pasos en dirección a la vivienda. Eso sí resultaba problemático. El almacén estaba cerrado y no tenía el mismo punto débil que el gallinero, pero Farahan no quería enseñarle una segunda ruta de acceso en una sola noche. Tomó una pequeña piedra. No necesitaba golpearlo. Solo cambiar la situación.

La lanzó contra la tierra varios metros detrás del animal. El impacto produjo un sonido seco. El zorro giró inmediatamente. Farahan lanzó otra hacia una zona distinta. Esta vez la criatura no esperó. Corrió hacia el canal y desapareció entre la vegetación. Taro empezó a ladrar varios segundos tarde. Farahan observó el lugar por donde había escapado.

—Impecable coordinación.

El perro siguió ladrando. La primera noche no había terminado como esperaba. Tampoco había sido inútil. Había confirmado al responsable, su ruta de entrada, el punto exacto por donde levantaba la malla y algo más importante: el animal era suficientemente cauteloso para desconfiar de una estructura nueva incluso cuando contenía comida. Farahan descendió del árbol y se acercó a la caja. El olor no necesitaba una nariz de zorro para resultar evidente. Madera removida, cuerda nueva, manos, herramientas, sudor y hasta el pescado de la cena se habían mezclado durante la preparación. Habían construido una trampa correcta. No una trampa convincente.

Sadao apareció poco después con una lámpara.

—Escuché al perro.

—Él escuchó mi piedra.

—¿Vino?

—Sí.

El granjero miró la caja.

—¿Y?

—Resulta que no es idiota.

Sadao se acercó.

—¿No entró?

—Casi. Olió algo que no le gustó y retrocedió.

—¿La carnada?

Farahan negó.

—Nosotros.

Sadao observó sus propias manos.

—¿Puede oler que tocamos la caja?

—Puede oler muchas cosas que nosotros preferimos ignorar.

El hombre miró hacia el canal.

—Entonces mañana hacemos otra.

—No.

Sadao pareció sorprendido.

—Esta funciona. Solo tenemos que conseguir que deje de parecer una cosa que apareció hoy de la nada.

Farahan retiró la carne con una vara, bajó la puerta y dejó la caja en el sitio. No iba a moverla todavía. Si el zorro regresaba durante la madrugada, prefería que la encontrara inofensiva y vacía. Cuantas más veces pudiera inspeccionarla sin consecuencias, menos novedosa sería después.

—¿Vas a seguir aquí toda la noche?

—Un rato.

—Puedo relevarte.

Farahan miró al hombre.

—¿Sabe lanzar una piedra sin darle al zorro?

Sadao consideró la pregunta.

—Probablemente.

—Aprecio la honestidad. Vaya a dormir.

El hombre terminó obedeciendo. Farahan regresó al árbol. El zorro no volvió durante la siguiente hora. Tampoco durante la siguiente. A medida que avanzaba la noche, el cansancio empezó a convertir cualquier movimiento entre la vegetación en una posibilidad digna de atención. Un roedor cruzó el sendero. Una rama cayó cerca del canal. Un ave nocturna produjo un sonido que Farahan estuvo a punto de interpretar como pasos antes de reconocer el origen. Nada más se acercó al gallinero. Poco antes de retirarse, bajó una última vez para comprobar el suelo. Encontró huellas nuevas. El zorro había regresado.

No mientras él miraba, sino durante uno de los intervalos en que había dirigido la atención hacia el canal. Había rodeado la caja. Otra vez. No había intentado entrar. Farahan siguió las marcas hasta el borde de la vegetación y se detuvo. Eso confirmaba que la curiosidad seguía ahí. La segunda noche tendría mejores posibilidades. A la mañana siguiente no desmontó la trampa. Hizo lo contrario. La ensució. Sadao salió justo cuando Farahan arrastraba la caja varios metros sobre tierra húmeda.

—¿Qué haces?

—Mejorándola.

—Parece que estás arruinándola.

—Eso también ayuda.

Cubrió parte de la madera con barro, frotó hojas y paja vieja sobre los laterales y dejó que permaneciera cerca del gallinero durante varias horas. Después pidió una manta que llevara tiempo en el establo. Fumiko apareció con una.

—Esta huele a cabra.

—Perfecto.

—Nunca pensé escuchar esa palabra después de esa frase.

Farahan cubrió temporalmente la caja con la tela mientras trabajaban alrededor. No pretendía eliminar el olor humano. Eso era imposible. Quería sepultarlo bajo olores que ya pertenecieran al entorno. También modificó la posición. La primera noche habían colocado la caja demasiado visible, separada de cualquier cobertura. Un animal acostumbrado a desplazarse pegado a vegetación y cercas tenía que abandonar su propia ruta para entrar. Farahan la trasladó junto a la esquina del gallinero, alineada con el recorrido que el zorro utilizaba normalmente.

Amontonó paja y algunas tablas a los costados para que desde lejos pareciera una extensión desordenada de la estructura, no una caja aislada. Después comprobó nuevamente la puerta. Funcionaba.

—¿Ahora sí?

—Ahora parece menos una trampa.

—Pero sigue siendo una.

—Esa es la parte importante.

La mañana todavía les ofrecía otra ventaja. Las huellas de la noche estaban frescas. Farahan decidió seguirlas antes de que el tránsito de personas y animales las destruyera. Esta vez pidió a Sadao que se quedara atrás desde el principio. El rastro avanzaba junto al canal y después se internaba entre vegetación más cerrada. No era continuo. En algunos puntos desaparecía por completo y obligaba a buscar señales indirectas: hojas desplazadas, ramas bajas dobladas, tierra oscura donde una pata había removido la capa seca. Farahan avanzó despacio. La búsqueda consumía tiempo, pero cada interrupción tenía una lógica.

El animal evitaba los espacios más abiertos y utilizaba zonas donde el olor del agua probablemente dificultaba seguirlo. Después de varios minutos encontró una impresión clara junto a una piedra. Luego otra. Más adelante aparecieron dos. Una era menor. Farahan se detuvo. Podía ser una huella parcial. O un animal diferente. Siguió con más cuidado. Encontró una segunda marca pequeña. Esta vez no había duda. Había más de un zorro utilizando aquella zona. Eso no significaba que dos adultos estuvieran atacando el gallinero, pero sí descartaba la imagen de un único ejemplar recorriendo el lugar de manera completamente aislada.

El rastro lo llevó hasta una zona de raíces expuestas en el borde del bosque. Allí encontró tierra removida, pelo adherido a una rama y varias marcas pequeñas alrededor de una abertura baja. Farahan no necesitó acercarse demasiado. Escuchó un sonido breve desde el interior. Después otro. Cachorros. Aquello explicaba las cinco gallinas mucho mejor que la simple voracidad. El adulto no estaba llevando alimento únicamente para sí. Farahan retrocedió. No tenía ningún motivo para convertir una misión de protección de ganado menor en la destrucción de una madriguera. Regresó a la ranchería con la nueva información.

Sadao estaba trabajando sobre el borde del gallinero.

—¿Encontraste algo?

—La madriguera.

El hombre dejó la herramienta.

—¿Está cerca?

—Lo suficiente para que sus gallinas resulten más cómodas que cazar.

Fumiko salió de la casa.

—¿Hay crías?

Farahan la miró.

—Sí.

Ella no pareció sorprendida.

—Con razón llevaba tantas.

Sadao miró hacia el bosque.

—Entonces no podemos llevarlo demasiado lejos.

La conclusión llegó de él antes de que Farahan tuviera que plantearla. Eso simplificaba la conversación.

—No.

—Pero tampoco quiero que vuelva esta noche.

—Por eso vamos a arreglar el gallinero antes de volver a atraparlo.

El granjero observó la estructura.

—Pensé que querías dejar abierto el hueco otra noche.

—Ya sabemos por dónde entra. Ahora quiero que la caja sea la única opción con comida.

Eso cambiaba el plan. Durante la primera noche había necesitado conservar la ruta normal para confirmar el comportamiento. Ya no. Farahan y Sadao levantaron parte de la tierra alrededor de la base y descubrieron que el problema no se limitaba al punto utilizado por el zorro. Dos esquinas adicionales cedían con suficiente presión y uno de los postes tenía la madera blanda por la humedad. Fumiko observó el descubrimiento sin decir nada. Sadao la miró.

—No.

Ella levantó las manos.

—No dije nada.

—Lo estabas pensando.

—Eso no puedes impedirlo.

Farahan siguió retirando tierra.

—Si ayuda, yo también.

Sadao lo miró con traición. La reparación consumió buena parte del día. Colocaron piedra bajo la malla, compactaron tierra, sustituyeron el poste dañado y reforzaron las esquinas. Farahan comprobó cada tramo aplicando presión desde distintos ángulos. Cuando terminó, el gallinero ya no tenía el aspecto de una fortaleza. Tampoco lo necesitaba. Solo debía dejar de ser la opción más fácil del bosque. Después devolvieron las gallinas. Momo volvió a intentar escapar. Esta vez Sadao tenía grano preparado y la desvió antes de que llegara a la puerta. Farahan contempló la maniobra.

—Veo que también aprende.

—¿Yo o la gallina?

—Todavía estoy evaluándolo.

Con el gallinero asegurado, Farahan trasladó la caja hasta el punto elegido y colocó la carnada al fondo. Esta vez utilizó menos carne. No quería que el olor resultara exageradamente intenso. También dejó parte de la entrada cubierta por paja vieja, suficiente para romper la forma rectangular sin entorpecer el cierre. La segunda vigilancia comenzó de manera distinta. Farahan no subió al mismo árbol. El zorro había inspeccionado la zona demasiadas veces. Aunque probablemente no hubiese identificado su posición exacta, repetir el escondite era regalarle una posibilidad.

Eligió un punto más bajo junto al canal, detrás de un conjunto de herramientas y madera apilada. Desde allí podía observar la caja a través de una abertura estrecha. Sadao se acercó antes de retirarse.

—Si no entra hoy, ¿qué hacemos mañana?

—Mañana fingiré que todo esto formaba parte de un plan más largo.

El hombre rio.

—Eso suena a ninja.

—No se lo diga a nadie.

La noche cayó. Esta vez Farahan sabía qué esperar y precisamente por eso la espera pareció más larga. Los mismos insectos. El mismo canal. El mismo perro inútil. Las gallinas estaban de nuevo en su sitio, aunque la base reforzada eliminaba la posibilidad de repetir el acceso habitual. Pasó casi una hora antes de que apareciera movimiento. No vino desde el canal. Farahan lo detectó cerca de la cerca exterior. El zorro había cambiado de ruta. Eso confirmó que la experiencia de la noche anterior había modificado su conducta. El animal permaneció quieto varios minutos, observando. Después avanzó.

Llegó al gallinero y fue directamente al antiguo punto de entrada. Olfateó. Empujó con el hocico. La malla no cedió. Intentó nuevamente. Nada. Recorrió el borde. Farahan siguió cada movimiento. El zorro encontró la primera esquina reforzada. Después la segunda. Probó a escarbar. Las piedras aparecieron debajo. Retrocedió. Por primera vez desde que Farahan lo había visto, el animal parecía no tener una respuesta inmediata. Las gallinas se movieron dentro. El zorro levantó la cabeza. Se acercó a la malla. No podía pasar. Entonces encontró el olor de la carnada. Giró hacia la caja. Farahan mantuvo una mano sobre la cuerda. El zorro avanzó.

Se detuvo a mitad del camino. Olfateó. La noche anterior había desconfiado del objeto. Ahora la caja llevaba un día completo en la propiedad, cubierta de barro, paja y olores del establo. Además se encontraba junto a la ruta que acababa de recorrer. El animal se acercó a un lateral. Farahan no se movió. Olfateó una esquina. Entró con la cabeza. Retrocedió. Esperó. Volvió a acercarse. Esta vez una pata cruzó la entrada. Luego la otra. Farahan mantuvo la cuerda floja. El zorro avanzó hasta alcanzar la carne. Todavía parte del cuerpo permanecía fuera. Farahan esperó. El animal tomó la carnada. Un paso más. La cola cruzó. Ahora sí. Farahan tiró.

La puerta cayó. El golpe seco rompió el silencio. El zorro se lanzó inmediatamente hacia atrás y chocó contra la madera. La caja se movió varios centímetros, pero resistió. El animal giró, arañó uno de los laterales y lanzó un sonido agudo que hizo que Taro empezara finalmente a ladrar como si hubiese estado esperando dos noches una invitación formal. Farahan bajó del árbol. Las luces se encendieron en la vivienda.

—¡¿Lo atrapaste?!

Sadao apareció con una lámpara, seguido por Fumiko.

—Parece que sí.

Se acercó despacio a la caja. El zorro retrocedió hasta el extremo contrario y mostró los dientes. No estaba herido. Eso era importante. Fumiko se mantuvo a cierta distancia.

—Es el que vi.

—¿Estás segura?

—¿Cuántos zorros necesitas para aceptar que tenía razón?

Sadao decidió no contestar. Farahan se agachó frente a la abertura, sin acercar los dedos. El animal respiraba rápido y mantenía el cuerpo pegado al fondo. Matarlo resolvería el problema. También sería innecesario.

—¿Qué hacemos con él?

—Todavía no terminamos.

Sadao miró la caja.

—Está ahí.

—Eso demuestra quién entra al gallinero. No me dice dónde vive ni si es el único.

Fumiko fue la primera en entender la consecuencia.

—¿Crees que hay más?

—No lo sé.

El tamaño del animal no permitía determinar con seguridad su sexo bajo aquella iluminación y Farahan no tenía intención de intentar una inspección manual con los dientes tan cerca. Pero había otros indicios. Cinco gallinas en pocos días eran bastante alimento para un zorro solitario. Podía estar acumulándolo, compartiéndolo o alimentando crías. Además, las observaciones de los vecinos habían comenzado antes de los ataques. Farahan recordó el comentario de Chiyo: lo había escuchado en la zona boscosa.

—Mañana seguiremos el canal.

—¿Y esto?

Sadao señaló la caja.

—Se queda aquí hasta entonces. En sombra, con agua y sin que nadie meta los dedos.

Fumiko miró a su marido.

—Eso último era para ti.

—No iba a hacerlo.

Farahan no tenía pruebas para decidir a quién creer. Trasladaron la caja a una zona cubierta cerca del cobertizo y colocaron un recipiente pequeño con agua mediante una abertura lateral. El zorro no bebió mientras ellos permanecieron cerca. Farahan esperó a que Sadao y Fumiko regresaran a la casa antes de revisar las marcas de ceniza. Las huellas confirmaban el recorrido. Había entrado desde el canal, inspeccionado el gallinero y luego rodeado la caja. Ninguna segunda serie de rastros aparecía alrededor. Eso no descartaba otro animal. Solo indicaba que ninguno había acompañado al capturado.

Farahan siguió las huellas hacia atrás hasta donde la oscuridad permitía hacerlo con seguridad. Se perdían cerca de la vegetación espesa. Bastaba por esa noche. Regresó a la casa poco antes de la medianoche. Sadao había preparado un futón en una habitación lateral.

—Pensé que volverías a Konoha.

—Y caminar de regreso antes del amanecer para seguir las huellas frescas sería una forma creativa de perder tiempo.

—Puedes quedarte.

—Eso intento.

Fumiko dejó una taza de té cerca.

—¿Entonces no lo vas a matar?

Farahan se sentó.

—No si no hace falta.

—Se llevó cinco gallinas.

No había reproche en su voz, solo una pregunta implícita. Farahan lo pensó antes de responder.

—Porque encontró comida. Si lo mato y dejamos el hueco abierto, tarde o temprano otro animal puede descubrir exactamente lo mismo. Si lo saco de aquí y arreglamos el acceso, el problema también termina.

Sadao apoyó una mano sobre el marco de la puerta.

—¿Y si vuelve?

—Entonces tendremos que convencerlo mejor.

El hombre pareció aceptar la respuesta. Farahan durmió algunas horas. No demasiadas. El sonido de las gallinas comenzó antes de que el cielo aclarara por completo, seguido poco después por los movimientos de Sadao en el exterior. Cuando Farahan salió, Fumiko ya estaba preparando comida y Taro había recuperado la absoluta indiferencia que lo caracterizaba durante el día. El zorro seguía dentro de la caja. Había bebido parte del agua. Farahan revisó el mecanismo. Ninguna lesión visible. Bien. Sadao se acercó con una pala al hombro.

—¿La llevo?

—Todavía no.

—Pensé que íbamos a soltarlo lejos.

—Primero quiero encontrar de dónde venía.

El granjero dejó la pala.

—¿Y para qué traje esto?

Farahan miró la herramienta.

—No sé. Fue decisión suya.

Fumiko rio desde el porche. Sadao regresó la pala al cobertizo. Con la luz temprana, seguir las marcas resultó bastante más sencillo. Farahan empezó donde habían desaparecido la noche anterior y avanzó junto al canal. Sadao lo acompañó durante los primeros metros, aunque pronto quedó claro que dos personas pisando el mismo terreno reducían la utilidad de las huellas.

—Espere aquí.

—Conozco estos campos.

—Y yo intento conocer las huellas.

Sadao aceptó de mala gana. Farahan continuó solo. El rastro aparecía y desaparecía según el tipo de suelo. Cerca del agua encontraba impresiones claras; sobre hierba seca debía buscar tallos doblados, pequeñas zonas de barro desprendido o pelos adheridos a ramas bajas. No avanzaba en línea recta. El zorro utilizaba el canal como referencia, pero se alejaba de él para atravesar zonas de cobertura y regresaba después. En dos puntos, las huellas se confundían con las de perros o animales domésticos. Farahan tuvo que retroceder. La primera vez había seguido marcas demasiado grandes.

La segunda encontró una ruta que terminaba en una vivienda distante donde un perro joven comenzó a ladrarle desde detrás de una cerca.

—Tú no.

El perro ladró otra vez.

—Agradezco la confesión, pero tienes coartada.

Volvió sobre sus pasos. La búsqueda consumió más tiempo del que había imaginado. El sol ya se elevaba cuando encontró de nuevo el pelo rojizo en una zona donde el canal se acercaba al borde del bosque. Allí las señales cambiaban. No había un único recorrido. Había varios. Farahan se agachó junto a una pendiente baja. Las hojas estaban comprimidas en direcciones diferentes y la tierra mostraba pequeñas marcas alrededor de una abertura entre raíces. No era suficientemente grande para una persona. Sí para un zorro. Farahan no se acercó más. Escuchó. Nada. Rodeó la zona manteniendo distancia y encontró otro acceso entre arbustos.

Después una huella. Más pequeña. Mucho más pequeña. Farahan se quedó quieto. Cachorros. La respuesta explicaba bastante. El zorro no estaba acumulando comida para sí mismo. Estaba alimentando una camada. Se alejó unos pasos antes de que su presencia provocara alguna reacción desde la madriguera. Regresó hacia la ranchería con una idea bastante distinta de la que había tenido durante la noche. Sadao seguía esperándolo, aunque ya se había sentado sobre una piedra.

—Tardaste.

—Encontré la madriguera.

El hombre se levantó.

—¿Hay más?

—Crías.

La expresión de Sadao cambió.

—Ah.

Aquello resumía bastante bien el problema. Volvieron a la propiedad. Fumiko recibió la noticia con menos sorpresa.

—Por eso llevaba tanta comida.

—Probablemente.

—Entonces si soltamos al adulto lejos, las crías se quedan sin comida.

—Sí.

Sadao miró hacia la caja. Por primera vez desde que Farahan había llegado, no pareció especialmente interesado en una solución inmediata.

—No quiero perder más gallinas.

—No tiene por qué.

Farahan señaló el gallinero.

—Arreglamos eso hoy. Bien. No solo el hueco: toda la base. Piedra bajo la malla, tierra compactada y refuerzo en las esquinas. Después soltamos al zorro cerca de su territorio, no aquí.

—¿Y qué comerá?

—Lo mismo que comía antes de descubrir sus gallinas.

Fumiko cruzó los brazos.

—Ratones, probablemente. Hay suficientes.

—Eso sí sería útil.

—Excelente. Acabamos de mejorar su puesto de trabajo.

La solución parecía sencilla al decirla. Aplicarla tomó buena parte de la mañana. Farahan habría podido marcharse después de señalar lo que debía reforzarse y considerar la amenaza neutralizada con la captura, pero no tenía demasiado sentido liberar al animal mientras el mismo acceso permaneciera disponible. Además, si la misión consistía en evitar nuevos ataques, dejar el trabajo a medias era una manera bastante mediocre de completarla. Retiraron tierra alrededor de toda la base del gallinero. La malla estaba peor de lo que parecía.

Dos esquinas adicionales cedían con presión suficiente y uno de los postes comenzaba a pudrirse en la parte enterrada. Sadao lo observó con creciente incomodidad.

—Eso sí no lo había visto.

—Empiezo a entender por qué el zorro eligió esta propiedad.

—No hace falta disfrutarlo.

—No estoy disfrutándolo.

Fumiko pasó detrás con una cesta.

—Sí está disfrutándolo.

Farahan continuó trabajando. Colocaron piedras planas bajo la malla, reforzaron el borde con madera y sustituyeron el poste deteriorado. En las esquinas más blandas añadieron piezas inclinadas hacia afuera para dificultar que un animal pudiera excavar directamente junto al cercado. Sadao trajo herramientas mejores después del primer intento. Farahan lo miró.

—¿Tenía esas desde el principio?

—Sí.

—¿Y por qué empezamos con las otras?

—Son las que uso normalmente.

Farahan decidió que algunas costumbres rurales estaban fuera de su capacidad de comprensión. A media mañana, Gen apareció atraído por la actividad.

—¿Lo encontraron?

Sadao señaló la caja. Gen se acercó demasiado rápido. El zorro mostró los dientes. Gen retrocedió.

—Sí. Lo encontraron.

Chiyo llegó poco después, aunque mantuvo una distancia más prudente.

—¿Es el mismo?

Farahan respondió antes de que Sadao pudiera convertir la cuestión en otra votación vecinal.

—Es el que estaba entrando al gallinero.

—Entonces era un zorro.

—Nadie dijo que no.

Fumiko apareció con agua para todos.

—Tú dijiste lobo.

—Pregunté si podía ser un lobo.

—Después de que yo dijera zorro.

Gen sonrió. Chiyo también. Sadao descubrió de pronto que el poste requería toda su atención. Farahan bebió agua y decidió que la verdadera amenaza de la ranchería podía ser la memoria colectiva. El trabajo continuó hasta que la base quedó suficientemente protegida. Farahan la recorrió completa, presionando la malla con la mano y comprobando cada unión. Sadao lo siguió.

—¿Ahora sí?

Farahan llegó a la esquina del ataque original. Empujó. Nada.

—Ahora sí.

El hombre sonrió.

—Fumiko va a recordarme esto durante años.

—No creo que mi misión incluya neutralizar esa amenaza.

—Lástima.

Quedaba resolver qué hacer con el zorro. Farahan no quería transportarlo demasiado lejos de la madriguera, pero tampoco abrir la caja junto al gallinero y confiar en que el animal hubiese comprendido una lección moral sobre propiedad ajena. Eligió un punto cercano al bosque, a suficiente distancia de las parcelas para obligarlo a regresar por una ruta distinta. Sadao insistió en acompañarlo. Entre ambos levantaron la caja utilizando dos varas pasadas por los laterales para mantener las manos lejos de las aberturas. El zorro no agradeció el transporte.

Se movió varias veces y convirtió cada desnivel del camino en una discusión física entre el peso de la caja y quienes la cargaban.

—Pesa más de lo que parece.

—Eso o está colaborando muy poco.

—Creo que es lo segundo.

—Por fin coincidimos en una observación animal.

Llegaron hasta una zona donde los árboles ocultaban ya las construcciones de la ranchería. Farahan dejó la caja en el suelo. Sadao hizo lo mismo.

—¿Aquí?

—Aquí.

El granjero miró alrededor.

—¿La madriguera está cerca?

—Lo suficiente.

No quiso llevarlo directamente hasta ella. Abrir una caja con un animal asustado frente a sus crías podía provocar una reacción bastante distinta de una huida. Farahan aseguró una cuerda a la puerta y retrocedió varios metros. Sadao hizo lo mismo sin necesidad de recibir instrucciones.

—¿Y si viene hacia nosotros?

—No se ponga delante.

—Gran plan.

—Ha funcionado con muchas cosas que no quieren chocar conmigo.

Tiró de la cuerda. La puerta se levantó. Durante un instante no ocurrió nada. El zorro permaneció al fondo. Farahan esperó. Sadao también. El animal avanzó despacio hasta la abertura. Sacó la cabeza, comprobó el exterior y salió de golpe. No corrió hacia ellos. Se internó entre los arbustos y desapareció en pocos segundos. Sadao dejó escapar el aire.

—Eso fue menos dramático de lo que esperaba.

—Es una misión D.

El hombre rio. Recogieron la caja. Farahan habría considerado terminado el trabajo en ese momento si no hubiese querido comprobar una última cosa. Regresó solo hacia la zona donde había localizado la madriguera y permaneció a distancia. No necesitaba ver al zorro entrar; bastaba con observar durante algunos minutos si aparecía movimiento. Pasó un rato. Nada. Después una cabeza pequeña asomó entre las raíces. Desapareció. Otra surgió detrás. Farahan no se acercó. Los cachorros seguían allí. Eso significaba que la solución todavía dependía de que el adulto regresara. Esperó más.

El bosque mantenía su propio ruido: hojas movidas por el aire, insectos, aves pequeñas y el agua lejana del canal. Farahan empezó a considerar que ya había dedicado suficiente tiempo a contemplar un agujero cuando una silueta rojiza apareció entre los arbustos. El zorro. No llevaba comida. Se aproximó con cautela, se detuvo varias veces y finalmente desapareció junto a las raíces. Farahan se permitió una pequeña sonrisa. Eso bastaba. Cuando volvió a la ranchería, las gallinas habían regresado al corral. Momo estaba nuevamente fuera. Farahan se detuvo al verla picoteando cerca de la puerta. Sadao siguió su mirada.

—Se volvió a escapar.

—Entonces retiro todo lo dicho sobre el zorro.

—¿Qué?

—Quizá solo intentaba reducir el problema.

Sadao soltó una carcajada. Momo continuó picoteando como si la conversación no tuviera relación alguna con ella. Farahan se agachó lentamente. La gallina levantó la cabeza.

—Esta vez vamos a evitar el episodio de la carreta.

Momo dio dos pasos hacia un costado. Farahan hizo lo mismo. El ave retrocedió. Él se detuvo.

—Si corres detrás, corre más.

—Agradezco que haya esperado hasta ahora para compartir esa información.

Sadao tomó un poco de grano y lo dejó caer cerca de la entrada del corral. Momo acudió inmediatamente. Farahan la vio entrar.

—Eso fue ofensivamente sencillo.

—Es una gallina.

—Hace unas horas era la más lista.

—Lo sigue siendo.

Farahan contempló al resto. Decidió no preguntar. Fumiko salió de la vivienda con el documento de la misión en la mano.

—Sadao dijo que necesitas una firma.

—Alguien en Konoha considera importante demostrar que no inventé toda esta historia para pasar el día observando gallinas.

—Después de hoy, casi lo entendería.

Le entregó el papel a su marido. Sadao leyó el espacio destinado a la confirmación del solicitante.

—¿Qué pongo?

—Que el animal responsable fue identificado, capturado y retirado, y que el acceso al gallinero quedó asegurado.

Sadao comenzó a escribir. Fumiko se inclinó sobre su hombro.

—Pon también que encontró la madriguera.

—No hace falta escribir una novela.

Farahan consideró que aquella frase resultaba particularmente injusta después de todo lo ocurrido. Sadao firmó y devolvió el documento.

—Si vuelve, ¿qué hacemos?

Farahan guardó el papel.

—Primero comprueben por dónde entró. Si el gallinero sigue cerrado y solo lo ven alrededor, déjenlo. Puede pasar cerca sin ser un problema.

—¿Y si intenta entrar otra vez?

—Entonces avisen. Pero no le faciliten el trabajo.

Fumiko miró a Sadao.

—Eso significa revisar la malla.

—Lo sé.

—De cerca.

—Sí.

—No desde la puerta.

Sadao cerró los ojos.

—Sí, Fumiko.

Farahan decidió marcharse antes de que la misión desarrollara una segunda fase relacionada con problemas matrimoniales. El regreso hacia el centro de Konoha resultó más lento. El calor del verano había convertido el camino despejado de la mañana en una ruta bastante menos amable, y después de pasar buena parte de la noche despierto la distancia parecía mayor de lo que recordaba. Aun así, la misión estaba resuelta. Cinco gallinas perdidas. Un zorro capturado. Una camada localizada. Una cerca reparada. Ninguna necesidad de matar nada. No era precisamente el tipo de hazaña que terminaría narrada en las historias de la aldea.

Farahan podía vivir con ello. Cuando llegó nuevamente al edificio administrativo, el mismo funcionario seguía trabajando detrás del mostrador. Al verlo acercarse, levantó la vista.

—¿Las gallinas sobrevivieron?

Farahan dejó la orden firmada frente a él.

—Las que quedaban, sí.

El hombre tomó el documento.

—¿Animal salvaje?

—Zorro.

—¿Neutralizado?

Farahan hizo una pausa.

—Depende de cuánto entusiasmo tenga por volver a cavar debajo de una cerca que ahora tiene piedras.

El funcionario continuó leyendo.

—Aquí dice que lo capturaste.

—Sí.

—Y lo soltaste.

—También.

El hombre levantó nuevamente la mirada.

—¿Por qué?

—Tenía crías. Y el problema real era que podía entrar al gallinero. Ya no puede.

El funcionario examinó la firma de Sadao.

—El solicitante parece conforme.

—Especialmente después de descubrir que reparar una cerca funciona mejor que discutir con un zorro.

El documento pasó al montón correspondiente.

—Entonces misión completada.

Farahan asintió. El funcionario tomó otra hoja. Farahan observó el movimiento.

—No.

—¿No qué?

—Si esa hoja contiene otra especie de ave, quiero dejar constancia de que mi jornada terminó.

El hombre miró el documento que había tomado.

—Es un recibo.

Farahan guardó silencio.

—Aunque tengo una solicitud por unas cabras que se están escapando de—

—Mañana.

Se dio la vuelta antes de que pudiera escuchar el resto. Había límites. Incluso para alguien que cobraba por misión.
Masashi Kishimoto
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06-10-2026, 05:01 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión|D] Las plumas caídas. (TID 15064)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Dōma Farahan Yamanak — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
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06-10-2026, 05:02 PM
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