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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato   ›   Zona Comercial
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  ›   [Misión Simple] Misión autonarrada rango E — ¡Es una invasión!
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Misión autonarrada rango E — ¡Es una invasión!
Tokuma
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 7
Estadísticas
Generales
Fuerza30(2)
Destreza15(1)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud10
Velocidad13
Tenketsu10
Sigilo10
360
385
Enlace al Post
03-10-2026, 06:34 PM
Petición de misión.
Día 47 del Verano del Año 150, 09:00 horas. Zona Comercial, Konohagakure no Sato.


Existe una ley no escrita según la cual todo sueño que cuesta veinte años de ahorros viene con una sorpresa escondida en la letra pequeña, y mientras más grande es el sueño, más diminuto suele ser el enemigo que se encarga de arruinarlo. El señor Miyagi lo aprendió el día que firmó las escrituras de un local abandonado en la zona comercial y descubrió que el edificio ya tenía inquilinos. Cuarenta y dos, según el último conteo. Todos con bigotes.
 
El sol de las nueve de la mañana golpeaba la calle con la insistencia de un cobrador, y como siempre Tokuma mitigaba el calor mediante su elección de ropa. Aquel día ocupaba pantalones cortos, justo por encima de las rodillas y con unos cuantos bolsillos extras. Una camiseta blanca ancha, lo suficiente para permitir la circulación del aire, además de un cinturón de cuero y las típicas botas militares todo-terreno que tanto amaba. Caminaba con las manos en los bolsillos y el semblante de quien no espera nada del día, que era, por regla general, la mejor forma de no llevarse decepciones.
 
Frente al local esperaba un pequeño grupo: un hombre de cincuenta años con un delantal tan nuevo que aún conservaba los dobleces de la tienda, retorciendo un trapo entre las manos; una kunoichi de coleta apretada y chaleco de chunin que revisaba una libreta con cara de pocos amigos; y un chico apenas mayor que Tokuma, cargando tres jaulas apiladas y una sonrisa que estaba a punto de pagar por ser demasiado optimista.
 
— Tú debes ser el refuerzo. — La kunoichi no levantó la vista de la libreta. — Soy Kaede, a cargo de la comisión. El de las jaulas es Riku, y el señor es Miyagi, el dueño. Hoy es el día más largo de su vida, así que sé amable. 
 
— Tokuma Nanahoshi, a su disposición. — Fue todo lo que dijo, con un asentimiento breve.
 
— Yo solo quería asar carne, joven. — El señor Miyagi tragó saliva, con los ojos clavados en su propia puerta como quien mira una herida. — Hacer feliz a la gente mediante mi sazón, pero los malditos gatos… ¡Es una maldita invasión! — Era como si estuviese traumado, o inclusive peor. Tokuma sintió lastima, ya había leído el pergamino de la misión y tenía una vaga idea de lo que acontecería aquel día.
 
Kaede abrió la puerta. El olor salió primero, como un anfitrión demasiado entusiasta. Era una mezcla de amoníaco, pescado olvidado y orina acumulada durante meses, con una nota más profunda que Tokuma decidió no investigar. Riku tosió con todo el cuerpo. El señor Miyagi se echó a llorar sin hacer ruido. A Tokuma se le humedecieron los ojos y su rostro no se movió, lo cual, a esas alturas, ya era un mérito.
 
— Mascarillas, guantes, redes. — Kaede repartió el equipo con eficiencia militar. — Respiren por la boca. No, mejor no respiren.
 
En sus años compartiendo vivienda con Gozo se había enfrentado a un sin número de asquerosidades. Preservativos usados, vómitos causados por la intoxicación del alcohol, prostitutas baratas que cagaban fuera del inodoro como venganza por una mala noche, en fin, una lista gigante de cosas que tenía que soportarle al calvo para poder obtener el entrenamiento necesario. Pero nada, absolutamente nada de aquello se comparaba con el olor que desprendía aquel edificio. 
 
Dentro, la penumbra tenía ojos. Brillaban desde las vigas, desde los estantes caídos, desde el hueco de una olla volcada y desde la rendija de un horno cuya puerta no cerraba. Las mesas yacían patas arriba, cubiertas de huellas y de una capa de pelo que le daba al lugar un aire de nevada gris.
 
— Cuarenta y dos, contando los que no se dejan ver. — Kaede señaló con el lápiz. — El plan es sencillo: sellamos las salidas, atraemos a los gatos con pescado y hierba gatera hacia las jaulas de la cocina, y a mediodía llega la doctora Hanae, del refugio, con el furgón. Riku, planta baja. Tokuma, el almacén de arriba y la limpieza. Y por favor, nadie les haga daño. 
 
— No pensaba hacerlo. — Respondió Tokuma, y lo decía en serio. Sachiko se aseguró de que el ojiazul respetara a todo ser viviente, especialmente a los que no se podían valer por sí mismos y era afectados por la avaricia del ser humano.
 
Apenas llevaban diez minutos cuando un gato gris descendió desde una viga con la elegancia de un noble en decadencia y aterrizó directamente sobre la cabeza de Riku. El grito que soltó el chico hizo vibrar los vidrios.
 
— ¡No me muevo! ¡No me muevo! ¡Dime que no me muevo! 
 
— No te muevas. — Tokuma se acercó con calma, lo tomó con ambas manos por debajo de las patas y lo bajó como quien retira una olla caliente. — Es solo un gato.
 
— ¡Ya lo sé! — Riku respiraba como si hubiera corrido cinco kilómetros. — ¡Pero él no sabe que yo lo sé!
 
El gato, ya en brazos de Tokuma, bostezó con una indiferencia casi insultante y se dejó meter en la jaula sin protestar. Habían ganado la primera batalla de la jornada. Eran las nueve y veinte.
 
Kaede, una mujer un poco mayor que él, parecía marcada por la responsabilidad de su rango militar. Nunca había conocido a nadie superior a él, o por lo menos alguien que aún tuviese una carrera que cuidar, y el joven genin pensaba sí algún día él sentiría el mismo nivel de responsabilidad hacia con su trabajo. Por otro lado, Riku le parecía estar poco preparado para la vida shinobi. Alguien que quizás tuvo una infancia fácil, y la vida militar era más una elección que su única opción. 
 
El almacén de arriba era peor. Tokuma subió la escalera crujiente con un balde, una pala y una determinación que ya empezaba a fatigarse, y se encontró con un saco de harina abierto donde cinco gatitos dormían amontonados, ajenos a la tragedia inmobiliaria que los rodeaba. Y en medio del pasillo, bloqueando el paso con la majestuosidad de un guardia de palacio, un gato anaranjado, enorme y con una oreja mordida, lo miraba.
 
No parpadeaba. Tokuma tampoco.
 
Los ojos amarillos del animal contra los ojos azules del joven se sostuvieron durante lo que a Tokuma le parecieron varios minutos, mientras una gota de sudor le recorría la sien hasta la mandíbula y se negaba a caer. Era absurdo, y lo sabía. Era un gato. Pero también era un territorio, y cualquier shinobi entendía que los territorios no se ceden sin que alguien haya demostrado antes que merece pasar. Se trataba de una batalla de voluntad, inclusive de aura, quién mandaba en aquellos metros sería determinado en solo unos instantes y ganarle la batalla a un depredador iba a requerir una tenacidad inquebrantable. 
 
Sin embargo, ni el gato adulto, ni Tokuma tomaron la decisión final. Fue un gatito el que rompió el empate. Escapó del saco, trepó por la pierna de Tokuma con las uñas de un escalador profesional, rasguñando levemente la piel descubierta de sus canillas, se instaló en su hombro y, con la serenidad de quien reclama una propiedad, orinó.
 
El líquido tibio le atravesó la camisa hasta la clavícula. Tokuma cerró los ojos un segundo, abrió los ojos y miró al gato anaranjado, que lo observaba con lo que parecía, incomprensiblemente, aprobación.
 
— Coño, que maldita vaina. — Dijo, a nadie en particular. Ser orinado por un gato no estaba en sus planes cuando recibió la noticia del siguiente trabajo. Esperaba algún encuentro violento; ser aruñado, mordido, quizás hasta embestido. Pero allí se encontraba, el olor a orine fresco se asentaba cada vez más en su nariz y el color amarillo tenue se expandía por su camiseta blanca. Sí su reacción era brusca pondría en riesgo su enfrentamiento con el gato adulto que tenía enfrente, pero al mismo tiempo tenía la urgencia de quitarse la camiseta lo antes posible. Sus pensamientos sobre Riku pasaron por su cabeza como un destello, entiendo así lo hipócrita que sería reaccionar de manera adversa a aquella situación luego de criticar a su compañero. Por ello, y con extrema delicadeza, prosiguió a sujetar a los cinco gatitos sin hacer mucho ruido. El gato adulto quedaría para otra ocasión.  
 
La doctora Hanae llegó al mediodía en un furgón blanco, con el pelo recogido en un moño despeinado y la calma de quien ha visto todo lo que puede hacer un gato en una cocina. Examinó el local desde la puerta, asintió dos veces y se puso a trabajar sin dar discursos. Revisó a cada animal, separó a las madres de los cachorros, apartó a los enfermos y le entregó a Tokuma un listado con la clasificación.
 
— Los más jóvenes y mansos tienen buenas posibilidades de ser adoptados, si hay quien los quiera. — Dijo sin mirarlo, concentrada en una oreja infectada. — Los adultos, los desconfiados y los que están enfermos van al refugio. No es mala suerte, es lo que corresponde.
 
Afuera, el barullo había atraído a los vecinos. Una anciana de kimono gris llamada Tsubaki, un vendedor de fideos con el delantal manchado de caldo, una niña de trenzas que espiaba desde detrás de la pierna de su madre. Todos miraban el local con una curiosidad mezclada con lástima, y alguno ya había soltado un comentario sobre lo que costaría quitar ese olor de las paredes.
 
Entonces ocurrió el desastre.
 
Kaede, en un acto de optimismo estratégico, esparció una bolsa entera de hierba gatera al centro de la cocina para atraer a los últimos rezagados. Funcionó con una eficacia que nadie había previsto. Doce gatos salieron de los rincones al mismo tiempo, se lanzaron sobre la hierba y empezaron a rodar, ronronear y frotarse contra el suelo con una expresión de éxtasis que ningún animal debería mostrar en público. Uno se encaramó en una repisa y se cayó. Otro intentó trepar a la pierna del señor Miyagi, quien se quedó inmóvil, pálido, murmurando algo que sonaba a una oración.
 
— ¡Las jaulas! — Gritó Kaede. — ¡Ahora, ahora!
 
Tokuma se movió con la eficiencia de quien no tiene tiempo para el asco. Recogió a un gato en cada brazo, los depositó en una jaula, volvió por otros dos, y siguió así, con la camisa empapada de sudor y de cosas peores, hasta que la última cola desapareció tras la reja. Riku, a su lado, tenía un arañazo en la mejilla y la expresión de un veterano de guerra. Kaede se secó la frente con el dorso de la mano y por primera vez desde la mañana sonrió.
 
— Nada mal, para ser un día perdido.
 
El horno guardaba una última sorpresa: una gata negra, flaca y desconfiada, que llevaba toda la mañana escondida dentro y que Tokuma sacó con paciencia, sin prisa, hablándole en voz tan baja que solo ella pudo oírlo. No supo por qué lo hizo. Quizás porque había algo en su manera de observar, de calcular antes de moverse, que le resultaba familiar.
 
Cuando el sol empezó a caer, el recuento final quedó escrito en la libreta de Kaede. Treinta y uno de los gatos viajarían en el furgón de la doctora Hanae rumbo al refugio, donde recibirían comida, atención y, con suerte, hogares futuros. Los otros once ya tenían dueño. La señora Tsubaki se llevó tres, y dijo que los necesitaba para espantar a los ratones y a la soledad, en ese orden. El vendedor de fideos se quedó con el gato anaranjado, el de la oreja mordida, tras comprobar que el animal lo miraba con la misma expresión con la que él miraba a sus clientes que pedían fiado. La niña de las trenzas, con el permiso resignado de su madre, adoptó a uno de los gatitos del saco de harina, el mismo que había orinado sobre el hombro de Tokuma, quien no hizo ningún comentario.
 
El señor Miyagi se quedó solo en medio de su local vacío, con las paredes por fregar, las vigas por limpiar, el olor aún flotando en el aire y los ojos brillantes. Se acercó a Tokuma y le estrechó la mano con las dos suyas.
 
— Cuando abra, el primer asado será para ustedes tres. Se lo prometo.
 
— Gracias. — Respondió Tokuma, y apartó la vista un instante, porque había cosas que prefería no mostrar. Aquel hombre había puesto veinte años de su vida en un sueño que apenas empezaba, y Tokuma conocía bien lo que significaba sostener algo así con las manos vacías.
 
Caminó hacia su apartamento con el paso lento del que ha terminado un día largo. Las cigarras seguían negándose a rendirse, el calor se aferraba a las piedras como una deuda y su ropa olía a cosas que no tenían nombre decente. Finalmente podía quitarse aquella camiseta empapada de sudor y orine, dejándola en el primer bote de basura que encontró. A pesar de todo, el sobre de la recompensa pesaba en su bolsillo, y con ese peso había suficiente para el alquiler y para que su madre pudiera descansar al menos un turno.
Masashi Kishimoto
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04-10-2026, 11:10 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Misión autonarrada rango E — ¡Es una invasión! (TID 15050)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: E
  • Tokuma Nanahoshi — Autor (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
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04-10-2026, 11:11 AM
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