02-10-2026, 07:24 AM
El perro en el árbol
05 de Verano, Año 150 — Konohagakure no Sato
Entre las raíces.
Las mañanas de verano tenían la particularidad de convertir las calles de Konohagakure en un continuo ir y venir de personas, animales y comerciantes que procuraban terminar sus actividades antes de que el calor se volviera demasiado incómodo. Bajo los aleros se acomodaban algunas mercancías, los establecimientos comenzaban a recibir a sus primeros clientes y, entre los caminos menos transitados, todavía podían encontrarse pequeños espacios donde la vegetación había resistido al crecimiento de la aldea. Uno de ellos, no demasiado lejos de una zona residencial, albergaba un árbol tan antiguo que sus raíces habían terminado por levantar parte del terreno circundante, formando una maraña de madera y tierra bajo la sombra de su considerable copa.
Aquella mañana, sin embargo, lo que atraía la atención no era precisamente su antigüedad.
Una pequeña multitud se había congregado alrededor del tronco. Entre sus integrantes había vecinos, dos hombres que parecían discutir sobre herramientas y una mujer que sostenía un recipiente con agua, mientras un tercero intentaba introducir un trozo de comida por una de las aberturas que comunicaban con el interior de las raíces. Los gruñidos que respondían a sus esfuerzos resultaban suficientemente elocuentes para cualquiera que hubiese tenido oportunidad de tratar con un animal asustado, aunque no parecían disuadir al sujeto de continuar intentándolo.
—¡Le he dicho que se aparte! Si vuelve a introducir la mano, voy a terminar teniendo dos pacientes.
El veterinario no parecía particularmente satisfecho con la situación. Tenía las mangas recogidas y un pequeño maletín abierto junto a sus piernas, del cual había extraído distintas herramientas que todavía no encontraba oportunidad de utilizar. Según habían conseguido averiguar, el perro llevaba varias horas refugiado entre las raíces, probablemente después de sufrir alguna lesión en una de sus extremidades. La estrechez del lugar le impedía acomodarse correctamente y, cada vez que alguien intentaba alcanzarlo, respondía retrocediendo cuanto podía, golpeándose contra la madera y exponiendo los dientes.
Algunos proponían excavar; otros consideraban que bastaría con cortar una de las raíces para ampliar la abertura. Una tercera opinión, aparentemente muy popular entre quienes no tenían intención de participar directamente, consistía en sujetarlo por la fuerza y terminar cuanto antes.
El problema era que nadie parecía dispuesto a comprobar cuál de aquellas ideas conseguiría lastimarlo primero.
Farahan llegó cuando la discusión comenzaba a repetirse por tercera o cuarta ocasión. Había aceptado el encargo después de conocer que solicitaban expresamente a un integrante del clan Yamanaka para intervenir en el rescate. No se trataba de una misión particularmente interesante desde el punto de vista económico, aunque tampoco parecía exigir demasiado tiempo ni exponerse a peligros considerables. Una técnica bien empleada, un animal fuera de su escondite y una recompensa al finalizar. Sobre el papel, resultaba un intercambio suficientemente aceptable para dedicarle parte de la mañana.
Otra cosa era descubrir que habían reunido a media vecindad para explicarle al perro, todos al mismo tiempo, que debía tranquilizarse.
El joven se detuvo a cierta distancia, observando primero la distribución de las personas y después el árbol. Su cabello platinado, cuidadosamente acomodado pese a la informalidad de la jornada, contrastaba con las tonalidades oscuras de su vestimenta. Antes de aproximarse, terminó de beber el contenido de un pequeño recipiente que llevaba consigo, comprobó que estuviera correctamente cerrado y lo guardó entre sus pertenencias. La cafeína había cumplido su propósito; ahora esperaba que el resto de la mañana hiciera lo propio.
—Buenos días. Farahan Yamanaka, por el encargo del perro.
La presentación consiguió interrumpir parcialmente la discusión. El veterinario levantó la cabeza y se incorporó, limpiándose las manos con un paño que llevaba sujeto a la cintura.
—Por fin. Nos dijeron que enviarían a alguien de tu clan. Soy Hiroshi, estoy encargado de atenderlo en cuanto consigamos sacarlo.
—¿Qué le sucede exactamente?
—Tiene una pata lastimada, posiblemente por una caída o algún golpe. No he podido examinarlo lo suficiente para determinar la gravedad, pero hay sangre sobre el pelaje y cada vez que intenta moverse parece hacerse más daño. El problema es que tampoco nos deja acercarnos.
Farahan dedicó una mirada al grupo, particularmente al sujeto que todavía conservaba el trozo de comida entre sus dedos.
—¿Y han intentado dejarlo tranquilo durante cinco minutos?
—¡Llevamos toda la mañana intentando ayudarlo!
—Eso no responde mi pregunta.
La réplica fue tan natural que apenas requirió modificar su expresión. Tampoco parecía tener intención de iniciar una discusión. Pasó junto al hombre y se aproximó al árbol, deteniéndose donde la abertura le permitía observar parte del interior sin necesidad de introducir el cuerpo.
El perro era de tamaño mediano, con el pelaje predominantemente pardo y algunas manchas más claras distribuidas sobre el pecho y las extremidades. Permanecía recostado de costado, aunque mantenía la cabeza levantada y los ojos atentos a cuanto sucedía frente a su refugio. Una de sus patas delanteras descansaba en una posición poco natural, mientras que el resto de su cuerpo quedaba parcialmente oculto por las raíces que descendían desde el tronco. A su alrededor había tierra removida, pequeñas acumulaciones de hojas y marcas que sugerían diversos intentos por acomodarse en aquel espacio.
Al advertir una nueva presencia, el animal volvió a enseñar los dientes.
Farahan se agachó lentamente, procurando no obstruir la salida. Evitó mirarlo fijamente durante demasiado tiempo y mantuvo las manos a la vista, sin extenderlas hacia su hocico. Había aprendido hacía muchos años que las criaturas asustadas podían resultar bastante más predecibles que las personas que pretendían auxiliarlas. El hambre, el dolor y el miedo tenían manifestaciones reconocibles; no requerían explicaciones elaboradas ni justificaciones posteriores. Un animal que enseñaba los dientes estaba comunicando algo suficientemente importante como para prestarle atención.
Su propia experiencia entre jaulas no necesitaba regresar a la memoria con demasiada frecuencia para que todavía recordara semejantes particularidades.
—Hola, pequeño.
El gruñido persistió.
Farahan ladeó ligeramente la cabeza, estudiando la posición del animal y los espacios que quedaban entre las raíces. No parecía completamente atrapado por la madera, aunque la abertura más accesible requería un movimiento que probablemente ejercería presión sobre la extremidad lastimada. También había un segundo espacio, considerablemente más estrecho, que difícilmente serviría como salida para un animal de aquellas dimensiones.
—Conque ahí decidiste meterte.
No esperaba una respuesta, evidentemente. Permaneció unos instantes más observándolo, hasta que el perro redujo ligeramente la intensidad de sus advertencias. Después retrocedió y volvió junto al veterinario.
—¿Han comprobado si está sujeto por alguna parte o simplemente se niega a salir?
—Por lo que he alcanzado a ver, no hay nada que lo mantenga atrapado físicamente. Puede moverse, pero intenta retroceder cuando nos acercamos. Creo que podría salir por la abertura principal si conseguimos que coopere.
—¿Y la pata?
—Preferiría que no tuviera que apoyarla. No sé si hay una fractura y tampoco quiero descubrirlo cuando esté a medio camino.
El muchacho asintió, considerando las alternativas. Su capacidad física no era precisamente aquello que le había permitido destacar durante su formación; tampoco encontraba demasiado sentido en intentar arrastrar a un perro herido desde una cavidad en la que apenas cabían los brazos de un adulto. Para eso lo habían solicitado a él y no a un Akimichi con demasiado tiempo libre.
Uno de los vecinos, que había seguido la conversación con evidente impaciencia, señaló una de las raíces más próximas al suelo.
—Si cortamos esta parte, podríamos abrirle suficiente espacio para sacarlo entre dos personas. Tengo herramientas en casa.
—Ya hemos hablado de eso. No sabemos qué cantidad de tierra sostiene.
—Entonces podemos excavar desde el otro lado.
—O podemos dejar de modificar el árbol hasta comprobar si realmente hace falta.
Farahan se incorporó por completo. Su voz no había aumentado de volumen, pero su intervención consiguió que algunas miradas se dirigieran nuevamente hacia él. Aprovechó la atención para señalar el camino situado frente a la abertura principal.
—Necesito que despejen esa parte. Todos. Si comienza a salir y encuentra personas rodeándolo, probablemente intente regresar al mismo agujero del que queremos sacarlo.
—¿Y cómo piensas conseguir que salga si ni siquiera podemos tocarlo?
—Para eso me llamaron, ¿no?
No hubo una réplica inmediata. El veterinario terminó por intervenir, solicitando a los presentes que retrocedieran y conservaran despejada la zona. Algunos obedecieron sin inconvenientes; otros necesitaron que se les repitiera la indicación. Una mujer retiró el recipiente con agua para evitar que alguien tropezara, mientras que uno de los curiosos comenzó a apartar las pequeñas herramientas que habían reunido junto al árbol.
Farahan aguardó hasta disponer de espacio suficiente y dedicó unos instantes a reconocer el terreno. Le interesaba establecer un recorrido corto desde la abertura hasta un lugar donde el veterinario pudiera intervenir sin necesidad de sujetar al animal contra las raíces. También necesitaba una posición desde la cual ejecutar su técnica sin que nadie lo golpeara accidentalmente o decidiera moverlo al observar que dejaba de responder.
La solución que tenía en mente ofrecía una ventaja considerable: si conseguía establecer correctamente el Shintenshin no Jutsu, podría ejercer control sobre el cuerpo del perro y procurar que abandonara el escondite mediante sus propios movimientos, sin recurrir a tirones o maniobras improvisadas. Sin embargo, hacerlo tampoco garantizaba que pudiera ignorar las limitaciones de una extremidad herida. Tendría que desplazarse con cuidado y, sobre todo, confiar en que el veterinario estuviera preparado para intervenir cuando correspondiera.
—Hiroshi, necesitaré que venga conmigo.
El hombre recogió su maletín y se aproximó.
—¿Qué tienes pensado?
—Utilizaré una técnica de mi clan para controlar sus movimientos. Si consigo establecer la conexión, intentaré hacerlo salir sin apoyar la extremidad lesionada. Necesito que usted se encargue de recibirlo y sujetarlo cuando esté fuera.
—¿Puedes controlar también sus reacciones?
—Mientras la técnica funcione, controlaré su cuerpo. Pero necesito saber cómo quiere que lo mueva. La parte médica se la dejo a usted.
La explicación pareció satisfacer al veterinario, quien se agachó nuevamente para observar al animal desde un costado. Después señaló una pequeña extensión de tierra relativamente despejada, situada a poca distancia de la abertura.
—Si consigues llevarlo hasta aquí, podré inmovilizarlo con una manta y revisar la pata. Procura que avance despacio. No necesitamos que se levante por completo si puede arrastrarse un poco sin apoyarla.
Farahan examinó el recorrido propuesto y asintió. No le agradaba particularmente la idea de experimentar las limitaciones de un cuerpo ajeno y lastimado, pero la distancia era reducida y el propósito estaba suficientemente delimitado. Bastaría con evitar movimientos innecesarios y permitir que el especialista asumiera el control de la situación una vez que el perro estuviera fuera.
Antes de continuar, se apartó un mechón de cabello que había descendido sobre su frente y revisó el lugar donde pensaba permanecer durante la ejecución. La proximidad de las raíces ofrecía una línea despejada hacia el animal, aunque prefirió retroceder algunos pasos para no quedar demasiado cerca del tránsito de los presentes. Después extendió una mano hacia Hiroshi, solicitando nuevamente su atención.
—Cuando utilice la técnica, mi cuerpo quedará inmóvil.
—¿Inmóvil?
—Sí. Así que le agradecería que no permita que nadie tropiece conmigo, me sacuda para comprobar si sigo vivo o decida trasladarme mientras estoy ocupado.
El veterinario lo observó unos instantes, aparentemente intentando determinar cuánto había de advertencia y cuánto de humor en aquella última parte.
—Creo que podremos evitarlo.
—Maravilloso. Entonces ya tenemos la mitad del trabajo resuelta.
Hiroshi dejó el maletín junto al lugar acordado y comenzó a preparar una manta limpia. Por indicación suya, los vecinos terminaron de despejar el frente del árbol, dejando únicamente a los dos participantes del rescate dentro del espacio inmediato. La curiosidad no había disminuido, pero al menos ahora se manifestaba desde una distancia considerablemente menos problemática.
Farahan volvió a mirar hacia la abertura.
El perro permanecía donde lo había encontrado, aunque los gruñidos se habían vuelto menos frecuentes desde que la multitud dejó de acercarse. Su hocico descansaba parcialmente sobre la tierra y las orejas respondían a los sonidos que llegaban desde el exterior. En algún momento intentó modificar su postura, pero el movimiento terminó acompañado de un quejido que lo hizo desistir.
El muchacho acomodó su posición, procurando que nada interfiriera con la dirección de su técnica. No era la primera vez que encontraba más sencillas de comprender las intenciones de un animal que las de las personas a su alrededor. Aquella criatura no necesitaba que alguien le explicara la importancia del trabajo en equipo ni parecía interesada en las innumerables soluciones que habían propuesto para rescatarla. Estaba herida, tenía miedo y quería que dejaran de acercarse.
Una situación bastante sencilla de comprender, aunque resolverla requiriera algo más que buenas intenciones.
Juntó entonces las manos, disponiéndose a realizar el sello correspondiente.
—Bueno, pequeño. Vamos a sacarte de ahí.
Voluntad prestada.
El espacio despejado alrededor del árbol permitió apreciar con mayor claridad la distribución de sus raíces. Algunas descendían casi verticalmente antes de introducirse en la tierra, mientras otras se extendían sobre la superficie formando pequeños arcos bajo los cuales se acumulaban hojas y sedimentos. La cavidad ocupada por el perro se encontraba entre dos de aquellas prolongaciones, suficientemente amplia para albergarlo, pero con una abertura que dificultaba cualquier intento de extracción desde el exterior. La tierra removida alrededor de su hocico sugería que tampoco había permanecido completamente quieto durante las últimas horas.
Farahan comprobó una vez más el recorrido acordado con Hiroshi. La distancia era reducida y el terreno parecía razonablemente uniforme, salvo por una pequeña elevación que separaba la salida del lugar donde el veterinario había extendido la manta. No necesitaba que el animal recorriera media aldea, sino que abandonara su escondite sin convertir una lesión tratable en un problema considerablemente mayor.
—Cuando esté fuera, procuraré sujetarlo por el tórax y mantener inmovilizada la extremidad. Si comienza a resistirse, no intentes obligarlo a seguir caminando.
—Entendido. Por cierto, si observa algo extraño en mi cuerpo, absténgase de intervenir salvo que sea realmente necesario.
—¿Qué clase de cosa extraña?
—La ausencia de respuesta suele preocupar a quienes desconocen la técnica.
El veterinario volvió a examinarlo, aunque terminó por aceptar la explicación con un pequeño movimiento de cabeza. Farahan se acomodó sobre el terreno, procurando que su cuerpo permaneciera estable, y dirigió la mirada hacia el perro. Este había dejado de gruñir constantemente, pero conservaba la cabeza levantada y observaba con desconfianza cualquier movimiento próximo a su refugio.
No parecía especialmente interesado en colaborar.
—Shintenshin no Jutsu.
El muchacho completó el sello correspondiente y proyectó su conciencia hacia el animal, intentando establecer el vínculo necesario para ejercer control sobre su cuerpo. Apenas concluida la ejecución, su figura permaneció inmóvil en el lugar elegido, con las manos todavía próximas entre sí y la mirada perdida en un punto que ya no parecía registrar cuanto sucedía frente a ella.
Hiroshi se inclinó ligeramente hacia él.
—¿Farahan?
La ausencia de respuesta lo hizo recordar inmediatamente la advertencia anterior. Retrocedió lo suficiente para no obstaculizar el procedimiento y volvió su atención hacia la abertura del árbol.
En el interior, el perro levantó repentinamente la cabeza.
La experiencia resultaba bastante distinta de cualquier desplazamiento que Farahan pudiera realizar mediante su propio cuerpo. El mundo parecía encontrarse considerablemente más próximo al suelo y las dimensiones de cuanto lo rodeaba habían adquirido proporciones diferentes. Las raíces que momentos antes había observado desde el exterior constituían ahora obstáculos inmediatos, mientras que el espacio disponible entre sus extremidades era bastante menor de lo que había estimado.
También estaba el dolor.
Una de las patas delanteras presentaba una molestia que se acentuaba ante determinados movimientos, suficiente para advertirle que no debía utilizarla como punto de apoyo. No necesitaba conocer la naturaleza exacta de la lesión para comprender que arrastrarla indiscriminadamente contra la madera sería una pésima decisión.
Intentó incorporarse, pero interrumpió el movimiento casi de inmediato.
Cuatro extremidades requerían una distribución del peso distinta de aquella a la que estaba acostumbrado. Aunque el cuerpo disponía de sus propios recursos para mantener el equilibrio, tratar de imponerle una postura semejante a la humana no resultaba particularmente provechoso. Farahan modificó gradualmente su posición, aprovechando las tres patas restantes para liberar parte del torso y orientar el hocico hacia la abertura principal.
Desde el exterior, Hiroshi advirtió que el animal comenzaba a moverse.
—Despacio... Eso es, por ahí.
La voz del hombre llegaba acompañada de otros sonidos. El roce de las hojas, las conversaciones de los espectadores y hasta los movimientos del veterinario parecían adquirir una presencia diferente. Farahan no necesitaba entretenerse explorando aquellas particularidades, pero la abundancia de estímulos resultaba suficiente para comprender por qué el perro había reaccionado tan agresivamente ante una multitud que insistía en rodearlo.
Bastante tenía con estar lastimado como para soportar además semejante asamblea de especialistas improvisados.
Consiguió aproximar el pecho a la salida y extendió una de las patas sanas sobre el terreno despejado. La posición exigió acomodar nuevamente el resto del cuerpo, girando ligeramente para evitar que la extremidad lesionada golpeara contra una de las raíces. El movimiento fue lento, con pequeñas interrupciones destinadas a comprobar cuánto espacio tenía disponible.
—¡Está saliendo! ¡Mire, ya está saliendo!
La exclamación provino del mismo vecino que había propuesto modificar el árbol. Animado por el aparente éxito, dio un par de pasos hacia delante, acompañado por otra persona que intentaba obtener una mejor perspectiva.
Hiroshi extendió inmediatamente un brazo para detenerlos.
—¡Atrás! Les pedimos que mantuvieran despejado el frente.
—¡Pero si ya está tranquilo! Podemos ayudar a levantarlo.
—Precisamente porque está tranquilo, no necesito que hagan nada.
La discusión no impidió que Farahan continuara avanzando, aunque la proximidad de aquellas personas complicaba el recorrido que había previsto. Tuvo que detenerse brevemente, mantener una de las patas delanteras extendida y esperar a que el espacio volviera a encontrarse despejado.
El veterinario consiguió finalmente apartar a los curiosos y regresó a su posición junto a la manta.
—Bien. Ahora un poco más, procura mantener esa pata levantada.
Farahan reanudó el movimiento.
El cuerpo del animal fue deslizándose entre las raíces hasta que consiguió liberar completamente los hombros. A partir de aquel punto, la dificultad principal dejó de ser la estrechez de la abertura. Necesitaba sacar las extremidades posteriores sin perder el equilibrio y, al mismo tiempo, evitar que la pata herida recibiera una presión innecesaria.
Un movimiento poco cuidadoso terminó provocando un pequeño quejido.
Hiroshi se aproximó instintivamente, pero contuvo las manos al comprobar que el animal todavía se encontraba a medio camino. En lugar de sujetarlo, terminó de extender la manta hasta colocar uno de sus extremos cerca de la salida.
—No hace falta que camines hasta mí. Si consigues sacar las patas traseras, puedo recibirte aquí mismo.
Farahan procuró acomodar el cuerpo de costado, aprovechando una de las raíces como referencia para desplazar las extremidades posteriores. La maniobra no resultó especialmente elegante, aunque tampoco necesitaba serlo. Después de varios movimientos consiguió liberar una pata, luego la otra, hasta dejar atrás el espacio que había mantenido atrapado al animal.
Por primera vez desde su llegada, el perro se encontraba completamente fuera del árbol.
El veterinario se arrodilló junto a él y aproximó lentamente la manta, procurando mantener una postura que le permitiera sujetarlo sin comprimir la extremidad lastimada.
—Muy bien. Ahora necesito que te mantengas quieto mientras termino de acomodarte.
Farahan permaneció recostado, consciente de que prolongar innecesariamente el control tampoco resolvería el problema. Todavía era necesario determinar el estado de la herida y encontrar una manera segura de trasladar al animal, labores que correspondían al hombre situado a su lado.
Hiroshi colocó una mano sobre el tórax del perro y utilizó la otra para sujetar parcialmente la manta. Tras comprobar que disponía de suficiente apoyo, levantó la mirada hacia el cuerpo inmóvil del joven Yamanaka.
—Ya lo tengo. Puedes terminar.
Farahan deshizo entonces la técnica.
El regreso a su propio cuerpo lo dejó durante unos instantes con la extraña impresión de haberse incorporado a una altura considerablemente superior a la que acababa de experimentar. Parpadeó, recuperó la posición de sus manos y movió ligeramente los hombros antes de comprobar que ninguna de sus pertenencias hubiera sido alterada durante su ausencia.
Todo parecía encontrarse en orden.
Excepto, quizá, por el vecino que continuaba observándolo con una curiosidad bastante poco disimulada.
—¿Entonces sí estabas dentro del perro?
Farahan dirigió la mirada hacia él.
—De manera simplificada, sí.
—¿Y podías ver todo lo que veía? ¿También podías oler como él?
—¿Necesita que le encuentre algo?
El hombre tardó unos instantes en comprender la respuesta. Farahan aprovechó aquel intervalo para incorporarse y aproximarse al veterinario, quien había comenzado a comprobar cuidadosamente el estado de la extremidad.
—¿Cómo se encuentra?
—Mucho mejor de lo que esperaba, considerando el tiempo que pasó allí dentro. Aunque todavía necesito examinarlo correctamente. Hay inflamación y una herida que tendremos que limpiar; no quiero asegurar nada sobre los huesos hasta revisarlo en condiciones.
El muchacho se agachó junto a ellos, esta vez sin necesidad de recurrir a ninguna técnica. El perro había recuperado el control de su propio cuerpo y observaba con evidente recelo las manos del veterinario, aunque el agotamiento parecía haber reducido considerablemente su disposición a resistirse.
Farahan extendió una mano, permitiéndole reconocer su presencia antes de intentar cualquier contacto. El animal aproximó brevemente el hocico y terminó por apoyar nuevamente la cabeza sobre la manta.
—Bueno, al menos ya estamos de acuerdo en que aquel agujero no era un buen lugar para descansar.
Hiroshi terminó de acomodar la extremidad y cerró parcialmente el maletín.
—Necesitaré llevarlo a la clínica para tratarlo. ¿Podrías ayudarme con el traslado? Preferiría evitar que vuelva a incorporarse por su cuenta.
Farahan observó al perro, después la manta y finalmente al grupo que todavía permanecía alrededor del árbol.
—Por supuesto. Aunque esta vez creo que podemos prescindir de los voluntarios.
El veterinario dejó escapar una breve carcajada mientras comenzaba a organizar sus pertenencias.
La parte más complicada del rescate había concluido, pero todavía faltaba asegurarse de que el animal recibiera la atención por la que tantas personas se habían reunido aquella mañana.
Y, preferiblemente, conseguirlo antes de que a alguien se le ocurriera volver a introducirlo entre las raíces.
Una responsabilidad menos.
La tarea de trasladar al animal resultó considerablemente más sencilla una vez que dejó de encontrarse entre las raíces. Hiroshi terminó de acomodar la manta bajo su cuerpo y solicitó a Farahan que sujetara los extremos correspondientes a las extremidades posteriores, procurando que la distribución del peso no comprometiera la pata lastimada. El muchacho obedeció después de comprobar que sus pertenencias estuvieran bien aseguradas; difícilmente habría resultado agradable descubrir, al terminar una misión de semejante naturaleza, que había extraviado alguno de sus efectos personales bajo aquel árbol.
—A mi señal. Procura mantener tu lado ligeramente elevado, así evitaremos que la pata golpee contra el suelo.
—Entendido.
El primer intento provocó que el perro levantara la cabeza y emitiera un gruñido, aunque la reacción no pasó de una advertencia. Farahan detuvo el movimiento hasta que Hiroshi consiguió acomodar nuevamente la extremidad y, después de una segunda indicación, ambos levantaron la improvisada camilla. El animal permaneció recostado, siguiendo con la mirada cuanto sucedía a su alrededor.
La pequeña multitud comenzó a dispersarse tan pronto como comprendió que el rescate había concluido. Algunos vecinos aprovecharon para preguntar por su estado; otros se ofrecieron a colaborar con el traslado, aunque ninguno recibió una tarea particularmente indispensable. El mismo hombre que había propuesto excavar bajo las raíces apareció nuevamente con la intención de acompañarlos, asegurando que conocía un camino más corto hacia la clínica.
—Por esta calle llegaremos antes. Mi cuñado vive cerca del establecimiento, así que conozco perfectamente la zona.
—Conozco el camino a mi propia clínica, gracias.
Farahan no consiguió evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro. La seguridad con que algunas personas ofrecían soluciones para problemas que otros ya tenían resueltos constituía una particularidad humana que difícilmente dejaría de encontrar entretenida.
El trayecto transcurrió sin mayores dificultades. La clínica ocupaba un pequeño establecimiento en una calle próxima, reconocible por las ilustraciones de distintos animales que adornaban su entrada. En el interior había varias jaulas destinadas a la recuperación de pacientes, una mesa de exploración y estanterías donde se almacenaban medicamentos, vendajes y herramientas de uso frecuente. El olor de los productos de limpieza se mezclaba con aquel característico de los establecimientos que recibían animales de distintas especies.
—Aquí. Vamos a colocarlo sobre la mesa.
Ambos realizaron la maniobra procurando conservar la posición del perro. Una vez acomodado, Hiroshi retiró parcialmente la manta y examinó la extremidad afectada con mayor detenimiento. La inflamación se concentraba cerca de la articulación y había una pequeña herida cubierta por sangre seca y restos de tierra. El veterinario comenzó por limpiar cuidadosamente los alrededores, mientras el animal respondía a cada manipulación con una mezcla de inquietud y agotamiento.
Farahan permaneció junto a la mesa, observando el procedimiento.
—¿Necesita que vuelva a utilizar la técnica?
—Preferiría que no. Ya conseguimos sacarlo y necesito comprobar cómo responde a la exploración. Si resulta necesario inmovilizarlo de otra manera, dispongo de los medios para hacerlo.
El muchacho aceptó la explicación sin insistir. Después de todo, el objetivo de su intervención había sido retirar al perro del lugar donde permanecía atrapado, no sustituir las competencias del especialista encargado de atenderlo.
Hiroshi continuó trabajando durante algunos minutos. Limpió la herida, examinó cuidadosamente la movilidad de la extremidad y comprobó si existían otras lesiones evidentes bajo el pelaje. Aunque no encontró motivos inmediatos para sospechar una situación crítica, la inflamación le impedía descartar por completo un daño más profundo.
—Tiene una herida que necesitará cuidados, además de una inflamación bastante pronunciada. Voy a mantenerlo en observación y comprobaré si hace falta realizar estudios adicionales. De momento, lo importante es que descanse y que no intente volver a correr.
—Considerando dónde decidió pasar la mañana, quizá convendría especificarle también que no trepe árboles.
Hiroshi dejó escapar una carcajada.
—Se lo mencionaré cuando esté dispuesto a escuchar recomendaciones.
Una vez terminada la primera revisión, el veterinario preparó un espacio de recuperación. Farahan lo ayudó a trasladar nuevamente al animal, esta vez una distancia considerablemente menor, hasta acomodarlo sobre una superficie limpia y acolchada. El perro pareció recibir favorablemente la posibilidad de permanecer quieto sin tener madera presionándole los costados, pues terminó por descansar el hocico sobre sus extremidades sanas.
Mientras Hiroshi organizaba los materiales utilizados, el muchacho aprovechó para examinar brevemente las instalaciones. No era un establecimiento particularmente grande, pero se encontraba razonablemente equipado y los animales que permanecían bajo observación parecían disponer de condiciones adecuadas. Le interesaba asegurarse de que el perro no terminara abandonado a su suerte una vez que él diera por concluido el encargo.
—¿Se sabe si tiene propietario?
—Todavía no. Ninguno de los vecinos lo reconoció, aunque tampoco hemos tenido oportunidad de investigar demasiado.
Cuando se encuentre mejor, preguntaré por los alrededores. Si nadie lo reclama, tendremos que buscarle un lugar donde puedan hacerse cargo de él.
Farahan dirigió una mirada hacia el animal.
—Supongo que disponer de cuatro patas no garantiza tener un lugar al cual regresar.
—Lamentablemente, no.
El joven guardó silencio durante algunos instantes.
Conocía suficientemente bien la diferencia entre mantener a un animal bajo resguardo y ofrecerle un lugar donde pudiera vivir adecuadamente.
No todos los recintos destinados a protegerlos cumplían realmente semejante propósito, aunque tampoco consideraba razonable juzgar las circunstancias de una institución sin conocer sus condiciones. Por lo pronto, el perro disponía de atención médica, alimento y una persona responsable de su recuperación. Era una mejor perspectiva que la de permanecer indefinidamente bajo las raíces de un árbol.
Se aproximó una última vez al espacio donde descansaba. El animal levantó ligeramente la cabeza al percibir su presencia y, después de olfatear los dedos que Farahan mantenía cerca, permitió que le acariciara brevemente detrás de una oreja.
—Procura elegir un alojamiento menos complicado la próxima vez.
La única respuesta fue un pequeño movimiento de la cola.
Hiroshi regresó con una hoja donde había comenzado a registrar las circunstancias del rescate. Además de las observaciones médicas, necesitaba dejar constancia de la intervención del shinobi que había atendido la solicitud, tanto para informar a los responsables de la misión como para facilitar cualquier aclaración posterior.
—Farahan Yamanaka, ¿correcto?
—Farahan, sí. Aunque me gustaría que escribiera mi nombre correctamente si va a figurar en algún documento.
El veterinario le mostró la anotación.
—¿Así está bien?
—Perfectamente.
Hiroshi terminó de redactar el informe, haciendo constar que la intervención mediante la técnica del clan Yamanaka había permitido extraer al perro sin recurrir a maniobras que pudieran agravar su lesión. También indicó que el animal había quedado bajo su responsabilidad para recibir el tratamiento correspondiente.
—Te agradezco la ayuda. Cuando solicitaron a alguien del clan no estaba seguro de qué podían hacer exactamente en una situación como esta. Admito que esperaba algo bastante distinto.
—¿Como convencerlo de salir mediante una conversación telepática?
—Algo por el estilo.
—Habría sido considerablemente menos práctico. Además, no parecía particularmente dispuesto a conversar.
Ambos intercambiaron una sonrisa antes de que el veterinario regresara a sus ocupaciones.
Farahan dedicó unos momentos a revisar el informe y comprobó que no quedaran asuntos pendientes relacionados con su participación. El perro estaba fuera de peligro inmediato, disponía de supervisión profesional y no sería necesario mantenerlo bajo los efectos de una técnica para que pudiera recibir atención. La solicitud había sido cumplida en los términos establecidos.
Al abandonar la clínica, el calor del verano volvió a recibirlo en las calles de Konohagakure. Los establecimientos continuaban atendiendo a sus clientes y la actividad de la aldea parecía haber recuperado su ritmo habitual. A lo lejos todavía podía distinguirse la copa del árbol donde había comenzado aquella pequeña movilización vecinal.
Farahan la observó unos instantes antes de reanudar la marcha.
No había necesitado combatir contra ningún enemigo, recorrer grandes distancias ni arriesgar su integridad para cumplir el encargo. Únicamente había tenido que emplear sus conocimientos para resolver una situación en la que las buenas intenciones de los presentes resultaban insuficientes.
Una misión sencilla, una criatura menos expuesta a sufrir y una remuneración pendiente de cobrar. Considerando las posibilidades, no había sido una mala manera de aprovechar la mañana.