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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato   ›   Hospitales   ›   [Misión Simple] [Misión C] Guardia en el Hospital
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[Misión C] Guardia en el Hospital
Kuroitsuki
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Clan Sarutobi
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Especiales
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260
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28-09-2026, 04:31 PM
LINK A LA PETICIÓN DE LA MISIÓN

La orden fue entregada a Argeon durante las últimas horas de la tarde, en una oficina secundaria de la Torre del Hokage. No se trataba de una estancia destinada a reuniones importantes: dos escritorios ocupaban casi todo el espacio, varios expedientes se acumulaban dentro de cajas abiertas y el golpeteo de las primeras gotas podía escucharse contra una ventana mal cerrada. Sobre la mesa central esperaba una autorización sellada para prestar servicio nocturno en las instalaciones médicas secundarias de Konoha.

La encargada de explicar la misión era la doctora Kaede Fushimi, una mujer de cuarenta y siete años con el cabello recogido mediante dos agujas de madera y profundas marcas de cansancio bajo los ojos. Supervisaba la distribución del personal médico cuando el hospital principal alcanzaba su capacidad máxima. Su forma de hablar era precisa y poco paciente; no levantaba la voz, pero pronunciaba cada límite como si ya hubiera visto las consecuencias de ignorarlo.

—Esta noche no necesitamos una demostración de versatilidad. Necesitamos a alguien que cumpla una función concreta y no convierta un pabellón saturado en un lugar todavía más difícil de controlar.

Kaede colocó un dedo sobre la autorización. Las patrullas fronterizas habían informado de varios enfrentamientos menores durante los últimos días. Los heridos estables permanecían en puestos cercanos a la frontera, mientras los casos con hemorragias, intoxicaciones o daños internos eran enviados hacia Konoha. El hospital principal ya recibía a los pacientes más graves. Los edificios secundarios debían absorber a todos aquellos que continuaran llegando durante la noche.

—La prioridad de Argeon será mantener la estabilidad hemodinámica de cualquier paciente asignado. El chakra Yang se utilizará para acelerar la regeneración celular y ayudar a los tejidos a expulsar sustancias tóxicas. No para cerrar una herida encima del veneno ni para forzar una recuperación que el cuerpo no pueda sostener.

La única aplicación de agua autorizada quedaba limitada al instrumental. Una defensa básica debía sellar y aislar las bandejas utilizadas, evitando que sangre, residuos venenosos o fluidos contaminados alcanzaran al resto de los pacientes antes de que el equipo del amanecer pudiera retirarlas. Kaede recalcó que aquella protección no sustituía la limpieza ni debía entrar en contacto con una herida abierta. El agua servía como barrera; el tratamiento del paciente correspondía exclusivamente al chakra Yang.

—Si el pulso cae, se estabiliza. Si el veneno continúa avanzando, se trabaja sobre el tejido afectado. Si algo excede esas dos tareas, se llama a un superior. No hay premio por improvisar cuando alrededor hay veinte personas demasiado enfermas para apartarse de un error.

---

Al caer la tarde, las instalaciones médicas secundarias todavía conservaban cierto orden. El edificio había sido construido para atender lesiones menores y mantener pacientes durante recuperaciones breves. Disponía de dos salas comunes, cuatro habitaciones individuales y un pequeño pabellón de aislamiento. Antes de terminar la primera hora de guardia, todas las camas estaban ocupadas. Camillas adicionales llenaban los corredores y varias mesas de reconocimiento habían sido cubiertas con mantas para recibir heridos.

La lluvia se volvió torrencial poco después del anochecer. El agua descendía desde los aleros en cortinas continuas y golpeaba los cristales con fuerza suficiente para ahogar conversaciones. Cada vez que se abría la entrada, una ráfaga húmeda recorría el vestíbulo y dejaba barro sobre el suelo. Los mensajeros llegaban empapados; los camilleros necesitaban secarse las manos antes de tocar vendas limpias, y el personal debía cruzar cubetas bajo las goteras sin abandonar a los pacientes.

Argeon tenía asignado un puesto próximo a la sala compartida oriental. Desde allí quedaban accesibles el pabellón de aislamiento, el armario de instrumental y la entrada utilizada por los equipos procedentes de la frontera. La doctora Fushimi permanecía en el edificio, aunque dividida entre dos salas y una intervención de urgencia. Dos enfermeros atendían cambios de vendajes, mientras una auxiliar llamada Nao Komori organizaba suministros y decidía qué material podía utilizarse sin comprometer el cambio de turno.

Cerca de la medianoche, tres golpes apresurados resonaron contra la puerta principal. Dos camilleros entraron cargando a un shinobi cubierto por una capa empapada. Tras ellos apareció un explorador con barro hasta las rodillas, intentando mantener presión sobre la pierna izquierda del herido. El paciente había sido identificado durante el trayecto como Daichi Muro, chūnin de treinta y un años asignado a una patrulla de vigilancia en la frontera septentrional.

—Shuriken envenenado. El fragmento principal fue retirado hace cinco horas, pero la fiebre comenzó durante el traslado. El explorador tuvo que respirar antes de continuar. —Hace una hora todavía podía responder. Ahora apenas reconoce su nombre.

Nao retiró la capa y encontró tres heridas. Dos eran cortes superficiales en el antebrazo derecho y cerca de las costillas; la tercera penetraba profundamente en la cara interna del muslo izquierdo. Alrededor de aquella lesión, la piel estaba inflamada y presentaba una coloración violácea irregular. Finas líneas oscuras ascendían hacia la ingle siguiendo los vasos superficiales. La venda colocada en la frontera permanecía saturada por una mezcla de sangre diluida, secreción espesa y agua de lluvia.

El pulso del chūnin era rápido y débil. Su respiración se producía mediante inspiraciones cortas, separadas por pausas desiguales. La piel del rostro se encontraba pálida y húmeda pese a la fiebre; los labios habían perdido color y los dedos reaccionaban lentamente cuando Nao presionaba las uñas para comprobar el retorno sanguíneo. Daichi abrió los ojos durante unos segundos, pero su mirada no logró fijarse en ninguna persona.

—Presión descendente, pulso por encima de ciento treinta y temperatura cercana a cuarenta. Nao examinó la sala antes de mirar hacia el corredor. —Fushimi está tratando una hemorragia interna y el pabellón de aislamiento sigue ocupado. No tenemos otra cama.

Una sección de la habitación compartida fue separada mediante dos biombos y una cortina encerada. Los pacientes más cercanos fueron trasladados algunos metros, tanto como permitía la saturación del lugar. Sobre el suelo se extendió una tela gruesa e impermeable, y encima de ella colocaron a Daichi con la pierna herida elevada mediante mantas dobladas. No era una posición digna ni cómoda, pero permitía mantenerlo apartado de las demás camillas y contener los fluidos contaminados.

Nao depositó junto a la tela una bandeja con pinzas, tijeras, agujas, vendas y recipientes para residuos. Otra auxiliar dejó preparados paños limpios y solución de lavado, pero ninguno de los instrumentos utilizados podría regresar al armario antes de quedar aislado. La lluvia continuaba golpeando el edificio. Desde el otro lado de los biombos llegaban quejidos, órdenes breves y el movimiento constante de un hospital trabajando por encima de su capacidad.

—Argeon queda a cargo de estabilizarlo hasta que Fushimi pueda intervenir o llegue el relevo del amanecer. Nao señaló primero el muslo infectado y después la bandeja. —Yang para sostener la circulación, regenerar el tejido viable y favorecer la desintoxicación. El agua solamente alrededor del instrumental contaminado. Si la presión sigue cayendo o las líneas oscuras superan esta marca, avise de inmediato.

La auxiliar trazó con tinta una señal sobre la piel sana, unos centímetros por encima de la inflamación, para permitir comprobar el avance de la infección. Daichi permanecía consciente de manera intermitente, con un pulso inestable y la herida todavía exudando. Frente a Argeon quedaban dos tareas inmediatas y observables: impedir que el deterioro circulatorio continuara y contener la progresión del veneno mediante chakra Yang. Los instrumentos aguardaban sin sellar junto a la tela, preparados para ser aislados únicamente cuando comenzaran a contaminarse.
[Imagen: pBeQreq.jpeg]
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza90(4)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra80(4)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad17
Tenketsu12
Sigilo14
525
550
Enlace al Post
29-09-2026, 07:19 AM
La tarde moría bajo un cielo plomizo y plácido que de manera súbita comenzó a desatar una cortina de lluvia fría, pesada y constante sobre las calles solitarias y empedradas de la aldea. Argeon ajustó con absoluta firmeza milimétrica y sin emitir sonido alguno cada una de las correas de cuero de su equipo médico sobre la tela oscura y sobria del uniforme reglamentario. Caminó despacio a lo largo de los senderos de piedra volcánica completamente empapados de Konoha, manteniendo en todo momento un paso profundamente metódico, regulado, silencioso y predecible frente a los embates de la intemperie. El agua helada y punzante golpeaba con furia sorda los aleros de los tejados vecinos mientras su cuerpo cubría la distancia que separaba su vivienda del perímetro del distrito médico central.

El trayecto transcurrió bajo una monotonía calculada, con el repiqueteo constante de las gotas rebotando contra la lona impermeable de su maletín de instrumental y las suelas de sus botas golpeando el asfalto mojado. Sus ojos oscuros escanearon de forma periférica los callejones desiertos, donde la escasa iluminación de los faroles apenas perforaba la densa neblina provocada por la tormenta vespertina. No registró pensamientos superfinos ni desvíos en su atención, limitando su actividad mental a la conservación de energía y al mantenimiento de una temperatura corporal óptima mediante una sutil regulación de chakra. Al cruzar el umbral del edificio del Hokage, sacudió el exceso de humedad con un movimiento seco antes de adentrarse en los pasillos interiores con pasos idénticos a los del inicio de su marcha.

El recinto secundario de la Torre del Hokage conservaba un ambiente denso, cargado por el olor a papel viejo y el repiqueteo sordo de la lluvia contra los cristales mal cerrados. Argeon mantuvo los hombros relajados y la postura estática frente a la mesa central de madera, escuchando cada límite operativo dictado por la doctora Kaede Fushimi sin emitir la menor señal de impaciencia. Su mente catalogó las directrices con frialdad matemática: la prioridad absoluta residía en sostener la estabilidad hemodinámica mediante la canalización precisa de chakra Yang, evitando estrictamente el error táctico de sellar los tejidos por encima de la sustancia tóxica activa. Cada restricción sobre el uso de la energía vital —destinada exclusivamente a la desintoxicación celular y no a una regeneración apresurada— fue sopesada como un parámetro crítico para prevenir el colapso del paciente en un entorno ya saturado de bajas.

Asimismo, procesó la limitación impuesta sobre las técnicas de agua, cuyo uso quedó estrictamente confinado a la creación de una barrera defensiva para aislar y sellar las bandejas de instrumental contaminado y los recipientes de residuos biológicos. Comprendió que la protección líquida no debía entrar jamás en contacto directo con una herida abierta ni sustituir los protocolos elementales de higiene del equipo. Con el rostro completamente inexpresivo y la mirada fija en el pliego de autorización autorizado, asimiló la advertencia final sobre la prohibición de improvisar ante la inminencia de un fallo orgánico generalizado. Tras registrar mentalmente la orden de delegar cualquier complicación superior a los mandos del pabellón, guardó el documento en su compartimento interior y ejecutó un giro preciso para asumir su posición de guardia en el lugar indicado.

El avance de las horas nocturnas consolidó el estado de saturación en el pabellón médico secundario, donde las camillas adicionales y los heridos procedentes de la frontera ya ocupaban cada rincón disponible bajo el persistente eco de la tormenta. Argeon ingresó al área restringida destinada al personal médico antes de iniciar formalmente su turno de guardia, despojándose de la capa exterior empapada por el agua de lluvia. En la estancia de aseo asignada para los shinobi, procedió a realizar el lavado riguroso de manos y antebrazos, eliminando cualquier rastro de suciedad acumulada durante su desplazamiento por los senderos de la aldea. Cambió el uniforme exterior por una indumentaria seca y esterilizada, ajustando nuevamente las protecciones de tela oscura y asegurando los compartimentos de su instrumental clínico con movimientos mecánicos, precisos y desprovistos de prisa.

Ya con el equipo dispuesto y la temperatura corporal regulada mediante un sutil flujo interno de energía, cruzó el umbral hacia el sector asignado próximo a la sala compartida oriental. Su campo visual registró la presencia del chūnin Daichi Muro, estabilizado de manera precaria sobre la lona impermeable, junto a las bandejas dispuestas y las señales de tinta trazadas por la auxiliar en la piel del muslo infectado. Argeon asumió su puesto con los hombros relajados y la respiración pausada, plenamente consciente del estado crítico del paciente y de las estrictas limitaciones operativas impuestas por la superioridad. Sin emitir palabra alguna, posicionó los dedos sobre la zona afectada y comenzó a canalizar el flujo preciso de chakra Yang necesario para sostener la circulación, manteniendo sus reflejos preparados para contener cualquier avance imprevisto de la toxina durante las horas venideras.

El espacio reducido del cubículo improvisado se encontraba impregnado por un olor acre a sudor frío, sangre diluida y la sutil putrefacción tisular que emanaba de la herida profunda en el muslo izquierdo. Argeon mantuvo los dedos firmes sobre la zona afectada del chūnin, aplicando una precisión absolutamente milimétrica que aislaba por completo el entorno caótico del hospital saturado. Canalizó un flujo medido y estrictamente regulado de chakra Yang, buscando que la energía penetrara en el tejido dañado para sostener la microcirculación al borde del colapso y favorecer la depuración celular. Sin embargo, la respuesta del organismo no mostró una mejoría inmediata; la toxina de origen fronterizo demostró una resistencia inesperada, entorpeciendo la asimilación del chakra y manteniendo las constantes vitales en una situación de extrema vulnerabilidad.

Lejos de constituir un éxito garantizado, la intervención exigió un esfuerzo de cálculo constante para evitar que la energía aplicada empeorara la inflamación tisular circundante. Las finas líneas necróticas continuaron su avance ascendente hacia la ingle superando sutilmente la marca de tinta previa, evidenciando que la propagación del agente tóxico no había sido completamente detenida. La presión arterial de Daichi osciló peligrosamente a la baja y su respiración se mantuvo irregular, obligando al sanador a reajustar la intensidad del flujo vital sin violar la prohibición de sellar la herida en falso. Con la mano libre, Argeon supervisó que la barrera acuosa en el instrumental mantuviera los residuos aislados, plenamente consciente de que el margen de fallo era mínimo y el cuadro clínico seguía pendiendo de un hilo.

La tormenta exterior continuaba azotando con violencia los cristales deteriorados del pabellón, mientras el eco lejano de las pisadas y los murmullos de los enfermeros marcaban el lento transcurso de las horas nocturnas. Argeon mantuvo una postura estática junto al paciente, con los hombros relajados y los reflejos preparados para responder de inmediato ante una posible falla sistémica o un colapso circulatorio definitivo. Sus ojos oscuros vigilaban la marca de tinta superada en el muslo del chūnin, constatando que el veneno seguía activo y que la estabilización conseguida era meramente precaria y temporal. Ninguna palabra rompió el mutismo absoluto de su guardia, operando como un engranaje silencioso dentro de un hospital que trabajaba al límite mientras el cuerpo del herido continuaba resistiendo con dificultad la toxicidad acumulada.

Al aproximarse las primeras luces del alba, el paciente seguía en una situación de delicada inestabilidad, demostrando que el procedimiento había servido para ganar tiempo pero sin asegurar la resolución del cuadro. Los pasos apresurados del personal que iniciaba el turno de la mañana comenzaron a resonar en el pasillo principal, anunciando la llegada inminente de los equipos de relevo y de la doctora Fushimi para evaluar el estado real del herido. Argeon retiró las manos con un movimiento seco y preciso, disolviendo el sello de agua que aislaba las bandejas sucias sin alterar la disposición de los materiales. Permaneció firme en su puesto, con el registro exacto del deterioro y contención anotado mentalmente, a la espera de transferir el control del paciente al equipo entrante conforme a los protocolos estrictos de Konoha.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
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