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[Automisión |E] Lectura para los ancianos
Farahan
Rango Genin
Clan Yamanaka
Nivel 8
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Generales
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Ctrl. de Chakra75(4)
Inteligencia45(2)
Especiales
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Velocidad9
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Sigilo9
345
455
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24-09-2026, 11:35 PM
Lectura para los ancianos
Konohagakure no Sato
1 de Verano del 150

Sus ojos se abrieron, pero no había luz en ellos. El alba aún distaba de anunciarse, pero sus menesteres matutinos ya reclamaban su atención. Un bostezo pronunciado mientras se colocaba una camisa de compresión señalaba que el sueño no había cobrado sus horas completas; aun así, con botella en mano, salió a trotar.

Aquella salida tenía dos objetivos: el más evidente era el de activar el cuerpo; el segundo era el de ir a revisar si había alguna misión disponible, y sí la había.

No intercambió muchas palabras, o tal vez no lo recordaba. Al leer la descripción, se enteró de que le sobraba algo de tiempo, pues la biblioteca abría a las nueve de la mañana y aún ni siquiera eran las seis.

El regreso a casa incluyó una ducha rápida y el sueño cobró el tiempo que aún le quedaba pendiente de aquella noche.

Horas después, el sol ya había salido resplandeciente. Nubarrones lo cubrían cada tanto, pero no cortaban su ardiente influencia. Salió con ropa cómoda, estilizada, pero que permitiera respirar. Se perfumó con una loción de colonia y la bandera de la Hoja relucía en su brazo izquierdo, donde tenía asegurada su bandana; ponerla en su frente estaba fuera de discusión con el clima del momento, que seguramente le sofocaría un poco.

Su primera parada fue la biblioteca. El símbolo de la aldea, del País del Fuego y de algún nombre importante se citaba en el frente junto con «biblioteca» puesto en grande. Sin duda era más tema político que cultural la colocación de aquella información, y adentro había pergaminos y libros tan antiguos que parecían poder volverse polvo de solo mirarlos mal.

─Hola ─saludó con energía, y un par de ojos se asomaron de debajo del enorme monitor donde se llevaban los registros─. Soy Farahan, vengo por los libros para los viejitos.

Su mano sacó el pergamino de la misión, donde se detallaban los pormenores, así como el sello de la Hoja y su nombre. La mujer acomodó sus gafas, miró el papiro y luego al hombre presente; parecía verlo muy grande para una tarea tan simple, tal vez esperaba a algún estudiante adolescente en lugar de un joven adulto y, aunque los ojos del joven de cabellos argénteos se afilaron un poco, su sonrisa no dejó de brillar en ningún momento.

─Ah, sí…

La mujer examinó todo con bastante detalle y luego se paró. Llevaba una bata blanca, parecida a la de un médico, con una placa que decía «Hirume». Era especialmente delgada, un poco encorvada y su cabello no parecía encontrar forma alguna de acomodarse en el intento de coleta baja que traía; cientos de pequeños pelos se escapaban y brotaban en todas direcciones.

Se acercó hasta una barra contigua, donde una caja descansaba con varios libros en ella, e intentó levantarla sin mucho éxito. Farahan se acercó; medía cerca de treinta centímetros más, la diferencia de estatura era evidente, y tomó la caja confirmando que tenía bastante peso, pero no lo demostró: lo ocultó volviendo un poco más lento su movimiento, pero levantándola igualmente. Al tacto, la caja le revelaba que distaba de ser nueva; tenía algunas zonas donde el cartón ya no se sentía tan firme, regresando a una sensación de papel.

─Son todos estos.

Concretó la mujer y, de la caja, sacó una lista en papel amarillo. La letra era prolija, parecía de alguien que había practicado caligrafía durante décadas.

─Esta es la lista de libros que entregarás y esta…

Sacó un segundo papel, dejando nuevamente adentro el primero.

─Es la de los que debes recibir. Suerte.

La mujer volvió a lo suyo, aparentemente no prestando más atención a Farahan, quien ni siquiera alcanzó a agradecer por la aclaración. El shinobi se quedó un momento quieto y luego puso su atención en los libros. Tomó las listas y las leyó; entonces, por el rabillo del ojo, encontró a la mujer estudiándolo un poco más.

Salió de ahí con la caja sobre el hombro derecho. El olor de su fragancia hacía que, de vez en cuando, alguien mirara en su dirección, ignorara a su interlocutor o simplemente se detuviera un momento. Él mantuvo la mirada al frente y solo saludó a un par de personas, como si ellas fueran especiales y el resto simples figuras del fondo.

El asilo se miraba desde algunas manzanas de distancia. El edificio no era particularmente alto, pero sí amplio. Caminos empedrados guiaban al lobby; bancas y algunos árboles aislados se podían observar con claridad.

Una vez dentro, los ojos del shinobi estudiaron el sitio hasta que encontraron a quien parecía ser la recepcionista, misma que se mostraba demasiado ocupada con un crucigrama como para saber que alguien había entrado. El aroma de la colonia llegó primero, y esta alzó su mirada con claro letargo antes de sonrojarse al ver al Yamanaka frente a ella.

─Buenos días, señorita, traigo el pedido de libros.

─¿E… es hoy?

La mujer pareció rebuscar algo en sus notas y finalmente miró una caja similar a la que portaba el hombre, con apenas un par de libros en el interior.

─L… lo lamento mucho, ay no, Hirume me va a matar.

Lo primero que le vino a Farahan fue la placa con el nombre, luego los pelos desaliñados.

─¿Quieres que te ayude a recolectarlos?

Su tono sonaba gentil y amistoso; la chica pareció perderse en la mirada del recién llegado por un momento. Lo cierto es que él consideraba que podría acelerar mucho el proceso de recolectarlos si él mismo se encargaba. Además, ¿qué tan complicado podría ser sacarle los libros a los viejitos?

Un hombre mayor se acercó para introducir el tercero de diez libros. Se apoyaba en un bastón, pero no engañaba al mentalista; por la marcada musculatura de sus brazos y la piel que no colgaba cual trapo viejo, Farahan lo veía como un retirado shinobi que buscaba momentos de paz antes de que su cuerpo terminara de fallar. Las miradas se cruzaron, se sostuvieron por un momento y no hubo mayor intercambio. Una gota de sudor cayó por la frente del joven al percibir la absurda presencia del anciano.

─S… sí, bien, yo iré por unos y… ¿Pero cómo encontrarás quiénes son? Ya sé, te pasaré sus nombres.

La mujer anotó siete nombres distintos y le acercó el papel, pero luego lo retiró rápido para ponerles una cruz a tres. Farahan dejó la caja con los libros recién llegados para tomar el listado de los que debía recolectar y, de ahí, él marcó los tres que ya estaban en su caja; para cuando recapacitó, el anciano ya había tomado uno de los libros y partía con su lectura. Había sido tan hábil y sigiloso que, para Farahan, el anciano solo había tomado el primero que tuvo cerca, cuando en realidad había revisado todos y cada uno por sus lomos.

La cacería comenzó repartiéndose entre las alas este y oeste. La mujer le señaló que tres de los ancianos estaban en la segunda y podría recolectarlos, mientras ella se encargaba del resto.

Farahan asintió, pero cuando giró su rostro, creyendo que nadie lo veía, dejó de emular una sonrisa y estudió el mapa expuesto del lugar. Había varias habitaciones y la amplitud de estas señalaba que había varios ancianos en las mismas. Apresuró el paso y encontró el primer libro sobre una mesa de noche. Dos ancianas hablaban tejiendo algo; cada una continuaba una conversación que para nada tenía que ver con la otra, como si estuvieran hablando con personas completamente distintas.

─Hola, hola, buenos días. Las nuevas lecturas han llegado, tomaré este libro de aquí.

Las mujeres escucharon al joven y una de ellas abandonó su tejido para ponerse unas pantuflas y «correr», en términos de anciano, por algún libro, esperando poder escoger primero. La otra solo dijo algo de que no tenía ganas de «verduras».

Dos habitaciones más no tenían rastro alguno de libros. La tercera casi la descartó hasta que, a punto de abandonarla, encontró uno de los títulos siendo usado como soporte para una mesa desbalanceada. Su mano viajó hasta su barbilla y comenzó a estudiar el lugar en busca de algún reemplazo adecuado. El libro no era particularmente denso, pero sí daba suficiente rigidez y un amplio punto de apoyo para que la mesa no se tambaleara.

Recordó la caja; esta tenía unas solapas que podían servir. Volvió sus pasos atrás, dejó el libro y, usando una kunai, realizó un corte limpio para retirar la pieza. La dobló y aseguró con un poco de hilo, y volvió para reemplazar el ejemplar buscado.

Si bien la misión no estaba saliendo tan rápido como había considerado, los halagos del anciano por la solución y el aplauso de su compañera le hicieron olvidar esos detalles.

El tercer libro del ala oeste estaba aún en manos de una mujer acostada en su camilla. La mujer parecía tener dificultad para leer, pero se veía que le faltaban tan solo un par de páginas.

─Ya le falta poquitísimo, ¿quiere que se lo termine de leer?

La boca de la mujer se extendió como dos cortinas tiradas por cuerdas, los pliegues de su piel se juntaron y entregó el libro al misionero, quien acercó una silla para sentarse cerca y le pidió que le indicara dónde se había quedado. La mujer señaló y Farahan, haciendo una entonación que cambiaba según el diálogo o la narración, finalizó en pocos minutos lo que restaba de la lectura.

Para cuando se giró, la anciana tenía ya los ojos cerrados. Su cabeza descansaba en la almohada y las patas de sus gafas se encajaban en su rostro. El genin retiró con cuidado las gafas, dejándolas en una charola al lado, y partió en silencio. Ese era el último de aquella ala. Al volver sus pasos, notó que la chica ya tenía tres de los libros y parecía buscar algo.

─Y… ya terminaste, qué veloz.

Pero la mujer había sido más rápida aún. La miró con escepticismo, pero luego fingió rascarse la cabeza con nerviosismo.

─Fuiste más rápida, se ve que te manejas bien.

La chica sonrió por el cumplido, luego recordó lo que estaba haciendo.

─Oh, e… el último lo tiene la señora Kariya.

La expresión sonaba a que habría problemas, pero Farahan se tomó aquello como algo personal: debía ser, al menos, el que más libros trajera.

─No te preocupes, yo la encuentro.

Dijo, soltando los libros que traía en la caja y partiendo sin siquiera preguntar dónde la podría encontrar. La mujer no lo detuvo; tal vez el problema no estaba en encontrarla, o tal vez no sabía cómo hacerlo.

La mujer estaba en el jardín trasero. Alimentaba a las aves con algo de migas de pan. Una de las enfermeras se la señaló sin mucho problema.

─Señorita Kariya, he venido por el… ─leyó el nombre del libro, que ya se había olvidado─. Viajes de un soñador.

─¡Oh! ¡Qué buena lectura! Fue un libro fantástico. Recuerdo que mi esposo me lo leyó una vez hace años…

La mujer comenzó a hablar. Las vivencias de la mujer venían a su mente con mucha vividez, pero no había señal alguna de que siquiera recordara por qué el tema había salido; comenzó a contar escenas que se juntaban con recuerdos de vivencias y personas que poco a poco iban restando paciencia al ninja de cabellos argénteos.

─Es momento de pasar a la siguiente lectura, ¿será que me lo pueda dar?

─¡Oh, sí! El libro debe estar en el invernadero, vamos.

La mujer tomó su mano y comenzó a guiarlo con su paso tranquilo. Continuó su plática, relatando las aventuras que tenía con su esposo, los viajes a tierras extrañas y cómo había cosas bastante misteriosas. Farahan calculaba las veces que pudo haber ido y venido en ese tiempo, que se acrecentaban con cada nuevo fragmento de la historia.

Al llegar al invernadero, sin embargo, no había rastro del libro, sino una tetera con una taza a medio tomar.

─Oh, no, no, aquí estaba el té. Ya está frío.

Dijo la mujer al comprobarlo con un trago.

─Ya sé, debe estar en la banca cerca del estanque.

La mujer ya había pescado la mano de Farahan antes de terminada su frase y lo guio personalmente, para su terror personal. Tampoco estaba. Farahan se llevó una mano a la cara y la arrastró, pudiendo haber arrancado su rostro en el proceso.

─¡Oh, qué pena, qué pena! ¡Ah, ya sé!

La mujer no dijo nada. Farahan simplemente extendió la mano y se dejó guiar. Esta vez el camino era más largo; la mujer seguía hablando sin parar, mientras él intentaba mantener aunque fuera el más pequeño de los hilos de cordura.

El lugar en el que terminaron fue una lápida. En ella había múltiples nombres grabados; no era una fosa común ni mucho menos, sino un monumento a héroes de guerra. Sobre este estaba el libro, abierto en una página. La mujer besó dos dedos de su mano, los puso sobre la piedra y tomó el libro.

─Esta era una de las lecturas favoritas de mi marido.

Farahan recibió el libro con una mano y luego extendió el brazo para emprender el camino de vuelta, esta vez no necesitando guía, sino sirviendo de soporte a la mujer, que ya parecía cansada.

El sol ya había pasado el meridiano y la recepcionista miró llegar a Farahan con una sonrisa.

─C… conociste todo el lugar, por lo visto.

Comentó con gracia. Farahan suspiró con algo de cansancio. Kariya agradeció la compañía y el shinobi echó el último libro, antes de tomar la caja para marcharse. El hambre molestaba en sus entrañas, pero con volver a la biblioteca, su misión acababa.

─Tardaste.

Hirume se acomodó sus anteojos; sonaba filosa.

─Se les pasó que hoy era día de la recolección.

─Sí, desde que Hiruka está ahí, pasan esas cosas, por eso prefiero que otros se encarguen.

Farahan entendía lo que decía, pero no estaba para lidiar con más temas humanos. Tan solo extendió el pergamino de la misión para que se lo firmara y pudiera recolectar su pago.
Masashi Kishimoto
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25-09-2026, 12:12 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión |E] Lectura para los ancianos (TID 14996)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: E
  • Dōma Farahan Yamanak — Autor (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Shinigami
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Clan Sin Clan
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25-09-2026, 12:12 AM
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