20-09-2026, 01:54 AM
La lluvia había comenzado antes del amanecer y todavía resbalaba por los tejados de Kirigakure cuando Rin y Rei cruzaron el patio interior del edificio de Inteligencia. No era una tormenta, sino esa llovizna persistente que parecía formar parte de la aldea, suficiente para cubrir de brillo las piedras y convertir cada sonido lejano en un murmullo. Las hermanas habían recibido la citación durante la noche, sin descripción del encargo ni nombre de quien las esperaba. Aquello descartaba una misión corriente. Rin avanzó un paso por delante, con las manos libres y la mirada fija en las ventanas superiores; Rei contó las puertas, las guardias y las personas que evitaban mirarlas. Ninguna necesitó comentar que el silencio del lugar estaba demasiado organizado para ser casual.
Un funcionario de rostro estrecho las esperaba en una habitación sin ventanas. Se presentó como Hidemori, supervisor de archivos internos, aunque la cicatriz que atravesaba sus nudillos y la ausencia de tinta en sus dedos indicaban que no pasaba todos los días detrás de un escritorio. Sobre la mesa había cuatro carpetas, una bolsa de monedas sellada y una tablilla cubierta por una tela gris. Esperó a que las hermanas tomaran asiento antes de descubrirla. Debajo apareció el dibujo de un cangrejo verde al que le faltaba una pinza, marcado sobre trozos de papel, pequeños discos de madera y una esquina arrancada de un manifiesto portuario.
<La banda Cangrena. No son numerosos, pero venden aquello que puede causar más daño que un arma: información correcta entregada a la persona equivocada>
Rei acercó una de las carpetas y examinó las copias sin desprenderlas de la mesa. Había horarios de guardia, rutas comerciales, listas de suministros médicos y nombres de comerciantes con deudas que nunca debieron abandonar sus archivos correspondientes. Cada documento procedía de una oficina distinta. Aquello explicaba por qué nadie había detectado un robo grande: Cangrena obtenía fragmentos, los reunía y encontraba a quien estuviera dispuesto a pagar por ellos. Rin observó el sello incompleto. No era una firma destinada a presumir, sino una forma de confirmar que el vendedor pertenecía a la red sin revelar su identidad completa.
<¿Cuántas personas han comprado información y cuántas trabajan para ellos?>
Hidemori no respondió de inmediato. Abrió la segunda carpeta y mostró una lista demasiado corta para resultar tranquilizadora. Tres intermediarios habían sido identificados, pero ninguno conocía más que a la persona que le entregaba el siguiente paquete. Dos funcionarios de bajo rango confesaron haber vendido datos para pagar deudas; un tercero desapareció antes de ser interrogado. La red cambiaba lugares, contraseñas y compradores con frecuencia. Lo único constante era el emblema verde y un nombre repetido en testimonios contradictorios: el Viejo Cangrejo. Nadie sabía si correspondía al dirigente, a un puesto dentro de la organización o a una invención diseñada para absorber toda la atención.
<Esta noche celebrarán una venta. Creemos que ofrecerán cambios recientes en las patrullas costeras y registros de embarcaciones. Necesitamos a la banda completa, sus archivos y la identidad de quienes les proporcionan información. Si detienen solamente a los vendedores de la calle, otra persona ocupará su lugar mañana>
Rin desplazó la mirada desde los informes hasta la bolsa sellada. No parecía contener una recompensa, sino material para la operación. Hidemori confirmó la deducción: dentro había monedas marcadas, una copia falsa de los horarios de vigilancia del canal oriental y un fragmento de madera con el símbolo de Cangrena. El contacto debía hacerse en el mercado del pescado antes del mediodía. Una comerciante ambulante conocida como la Tía Sumi recibía peticiones de clientes, pero no se sabía si pertenecía a la banda o si trabajaba bajo amenaza. La orden permitía a las hermanas decidir el método, con una condición: los registros debían recuperarse antes de cualquier incendio, traslado o destrucción.
<Entraremos, encontraremos los registros y cerraremos las salidas>
<Mi hermana quiere decir que intentaremos averiguar quién es inocente antes de encadenar a todo el mercado>
Rin dirigió hacia Rei una mirada breve, seca y perfectamente comprensible. Hidemori no sonrió, aunque una de sus cejas se movió lo suficiente para indicar que había entendido la diferencia entre ambas. Les entregó el paquete y explicó que nadie las seguiría de cerca. Cangrena había descubierto dos vigilancias anteriores, y una tercera podía provocar la cancelación de la venta. Si necesitaban refuerzos, debían dejar una tira de tela azul atada en la boca de una estatua situada frente al canal viejo. Hasta entonces trabajarían solas. Rei guardó la documentación falsa; Rin tomó las monedas y el disco de madera. Salieron sin prometer que el plan permanecería intacto, porque ambas sabían que ningún plan sobrevivía demasiado tiempo al primer mentiroso.
El mercado del pescado ocupaba varias calles estrechas próximas al puerto interior. A esa hora, los comerciantes gritaban precios bajo toldos empapados, los cuchillos golpeaban tablas de madera y el agua sucia corría por canales abiertos entre los puestos. Rei cambió su manera de caminar antes de entrar. Relajó los hombros, redujo el ritmo y permitió que sus ojos se detuvieran en mercancías que no le interesaban. Rin conservó una distancia de veinte pasos y avanzó por el lado opuesto de la calle, ocultando la coordinación bajo la apariencia de dos recorridos independientes. No necesitaban verse continuamente; conocían el ritmo de la otra lo bastante bien para calcular dónde estaría después de cada esquina.
La Tía Sumi resultó ser una mujer baja, de brazos gruesos y cabello gris recogido bajo un pañuelo amarillo. Vendía anguilas desde un puesto cercano a una canaleta, discutía con tres clientes al mismo tiempo y limpiaba su cuchillo con una paciencia incompatible con la rapidez de sus respuestas. Rei esperó a que el último comprador se alejara antes de colocar sobre el mostrador el disco con el cangrejo verde. No pronunció la contraseña inmediatamente. Primero señaló una anguila y preguntó el precio, como si estuviera comparando la mercancía con la de otros puestos. Sumi miró el disco una sola vez y continuó trabajando.
<Esa pieza no compra pescado>
<Me dijeron que aquí podía encontrar algo que nada mejor cuando las patrullas miran hacia otro lado>
La mujer dejó el cuchillo. Su expresión no cambió, pero dos dedos se cerraron alrededor de la cola de la anguila con fuerza excesiva. Respondió que los peces prudentes no preguntaban por la corriente en mitad del mercado. Rei replicó que los peces prudentes tampoco transportaban cargamentos sin conocer el horario de las redes. Aquella era la frase incluida en el informe de Hidemori, aunque la respuesta no estaba escrita. Sumi debía decidir si aceptarla. Durante varios segundos, solamente el ruido de los comerciantes y el golpeteo de la lluvia ocuparon el espacio entre ambas. Finalmente, la mujer envolvió la anguila que Rei no había comprado y deslizó dentro del papel una ficha de arcilla.
<Almacén de sal número nueve. Cuando suene la campana del mediodía. Pregunte por Haro y diga que viene a vender, no a comprar>
<¿Y si Haro decide que no le gusta lo que llevo?>
<Entonces la marea se llevará su nombre y yo no recordaré esta conversación>
Rei pagó la anguila para no dejar una deuda visible y se alejó sin preguntar si la amenaza pertenecía a Sumi o a la gente que la vigilaba. Rin había advertido a dos hombres que no compraban nada. Uno fingía reparar la cuerda de un toldo desde hacía demasiado tiempo; el otro sostenía una cesta vacía y cambiaba de puesto cada vez que Rei avanzaba. Ninguno miraba directamente hacia Sumi. Precisamente por eso resultaban evidentes. Rin cruzó frente a su hermana sin detenerse y rozó dos veces la costura de su manga: dos observadores. Rei contestó acomodándose el cabello detrás de la oreja derecha. Los había visto.
Las hermanas abandonaron el mercado por rutas distintas. Rei llevó la anguila hasta una calle más ancha y se detuvo junto a una tienda de cerámica, aparentando interés en los cuencos expuestos. El hombre de la cesta apareció un minuto después. Rin seguía al segundo desde un nivel superior, utilizando aleros y pasarelas sin aproximarse lo suficiente para llamar su atención. Cangrena no se limitaba a recibir contactos; comprobaba quiénes llegaban con ellos, de dónde venían y si alguien los protegía. Rei permitió que su perseguidor la observara entrar en una posada, pedir una habitación y salir por una puerta trasera después de cambiar su capa por otra guardada en el paquete de la misión.
Rin no intervino cuando el primer vigilante perdió el rastro. Esperó a que se reuniera con el hombre del toldo en un callejón y observó cómo discutían. El de la cesta quería regresar al mercado; el otro señaló hacia los tejados y propuso dividirse. No habían detectado a Rin, pero sospechaban que Rei podía llevar protección. Cuando se separaron, Rin eligió al segundo. No por intuición, sino porque antes de marcharse había guardado dentro de su chaqueta un pequeño rollo de papel recibido del compañero. Lo siguió durante seis calles, cruzó por encima de un patio de secado y descendió detrás de un muro cuando el hombre entró en una casa de baños cerrada por reparaciones.
Rei la encontró diez minutos después en el tejado vecino. No preguntó cómo había localizado el lugar; siguió la dirección de su mirada hasta una chimenea sin humo y una puerta lateral reforzada desde dentro. La campana del mediodía aún no había sonado. Podían entrar, capturar al vigilante y arriesgarse a que la red notara su ausencia, o mantener la cobertura y acudir al almacén indicado. Rin señaló una ventana del segundo piso donde acababa de aparecer una sombra. Rei observó el reflejo en los cristales y distinguió a otra persona recibiendo el papel.
<El almacén puede ser la entrada. Este lugar parece donde deciden quién merece cruzarla>
<Primero el almacén. Volvemos si mienten>
La campana comenzó a sonar cuando llegaron al distrito de depósitos. El almacén de sal número nueve tenía las puertas principales abiertas y cinco trabajadores trasladaban sacos desde un carro. Nada en la fachada sugería una reunión clandestina. Rei entró sosteniendo la ficha de arcilla y la bolsa con el documento falso, mientras Rin permaneció fuera de la vista inmediata, desplazándose entre las construcciones laterales. Un capataz con barba rala se acercó a Rei y pidió la orden de entrega. Ella respondió que buscaba a Haro y venía a vender. El hombre dejó de interpretar su papel de trabajador con tanta rapidez que confirmó haber escuchado la frase correcta.
<Haro no recibe a cualquiera que pronuncie su nombre>
<Por eso traje algo que le molestaría perder>
El capataz extendió una mano. Rei no le entregó la bolsa; sacó únicamente una esquina del horario falso, suficiente para mostrar el sello interno de la oficina de vigilancia. A su alrededor, dos cargadores dejaron los sacos y cambiaron de posición. Uno bloqueó la salida principal; el otro se situó cerca de su costado. Rei continuó sonriendo, aunque redujo ligeramente la separación entre sus pies. El capataz preguntó quién le había proporcionado el documento. Ella dijo que las fuentes que podían nombrarse no servían para vender secretos. La respuesta pareció complacerlo más que cualquier identidad inventada.
Rin observaba desde una abertura bajo el alero. Había contado siete personas dentro, no cinco. Dos permanecían detrás de una pared falsa formada por sacos apilados, y una octava vigilaba el callejón posterior. El trabajador más próximo a Rei escondía una hoja corta en la manga. Rin apoyó los dedos sobre el Kōketsu, preparada para romper la cobertura si aquella mano descendía un poco más. No lo hizo. El capataz condujo a Rei hacia una oficina lateral, cerró la puerta y colocó una campanilla sobre el escritorio. Si alguien entraba sin permiso, el sonido alertaría al almacén entero.
Haro era un hombre delgado, con la piel amarillenta y varias manchas verdes de tinta alrededor de las uñas. No llevaba el símbolo de Cangrena a la vista, pero sobre su escritorio descansaban seis discos de madera idénticos al recibido por las hermanas. Examinó el fragmento del documento, lo olió y lo sostuvo frente a una lámpara. Rei se permitió una expresión de impaciencia calculada. Quien robaba información temía más ser descubierto que perder unos minutos, pero quien la vendía debía parecer interesado únicamente en el precio.
<El sello es correcto. El papel también. Eso no demuestra que el contenido sea reciente>
<Entonces compre una copia vieja y compruébelo cuando sus clientes terminen en una celda. Yo habré cobrado igualmente>
Haro levantó la mirada. La respuesta no le gustó, pero sí la clase de persona que aparentaba haberla pronunciado. Sacó una moneda de cobre ennegrecida y la dejó girar sobre la mesa. Explicó que aquella noche habría una selección privada en una tintorería abandonada junto al canal de las Tres Compuertas. La entrada se abriría después del segundo cambio de guardia. Rei debía llevar el documento completo y la moneda; si acudía acompañada, nadie cruzaría la puerta. Cuando preguntó quién compraría los horarios, Haro sonrió y tocó la campanilla sin hacerla sonar.
<Usted vende. Cangrena decide quién merece comprar>
Rei aceptó la moneda, pero antes de salir dejó que sus dedos rozaran el borde del escritorio. Había una marca rectangular en el polvo, reciente y del tamaño aproximado de un libro grueso. Algo había sido retirado poco antes de su llegada. Haro siguió su mirada y apoyó deliberadamente un codo sobre la marca. No hizo falta preguntar. Los registros se movían entre sedes, quizá antes de cada venta. Cuando Rei abandonó la oficina, los cargadores habían vuelto a sus sacos y el camino hacia la calle permanecía abierto. La dejaron marcharse porque creían saber dónde encontrarla por la noche.
Rin descendió del alero cuando su hermana dobló la segunda esquina. Caminaron sin mirarse hasta alcanzar un puente concurrido, donde el ruido del agua y de los carros dificultaba cualquier escucha distante. Rei le entregó la moneda sin detenerse. Rin la giró entre los dedos y descubrió una muesca en el canto: tres líneas, una por cada compuerta del canal. También le informó, con frases breves, de las ocho personas contadas y del hombre armado junto a la salida. Rei añadió la marca del libro ausente. Ninguna creyó que la tintorería fuese el único lugar importante.
<Nos invitaron a una venta para que miremos a los compradores mientras otra persona protege los registros>
<Seguimos al libro>
No tuvieron que esperar mucho. El vigilante del callejón posterior salió del almacén con una caja estrecha envuelta en lona. Caminó hacia el norte sin prisa, mezclándose con los trabajadores del distrito, y cambió de dirección dos veces sin motivo aparente. Rin tomó el seguimiento cercano; Rei se mantuvo más atrás, reconociendo los puntos desde los cuales otros miembros podían cubrir la ruta. El hombre cruzó un patio, descendió por una escalera junto al canal y entregó la caja a una muchacha que esperaba en una barca de fondo plano. Aquella joven no parecía mayor que ellas, pero recibió el paquete con la seguridad de alguien acostumbrado a transportar cosas por las que otros podían morir.
La barca avanzó bajo una pasarela baja. Rin corrió por el borde del canal, oculta tras almacenes y montones de redes, mientras Rei tomó una calle paralela para anticipar su recorrido. La embarcación no se dirigió hacia la tintorería. Giró hacia un ramal utilizado para evacuar agua de lluvia y se detuvo ante una pequeña puerta metálica instalada bajo el nivel de la calle. La muchacha golpeó tres veces, esperó dos y golpeó una cuarta. Alguien abrió desde dentro. Antes de cruzar, ella miró hacia ambos extremos del canal. Rin ya estaba inmóvil bajo un balcón; Rei se había ocultado detrás de un carro cargado de juncos.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, las hermanas se reunieron sobre el puente siguiente. El edificio situado encima era una antigua fábrica de redes aparentemente abandonada. Las ventanas estaban tapiadas, pero una de las chimeneas expulsaba un hilo de vapor. Rei sugirió que aquel podía ser el archivo real. Rin señaló las marcas húmedas junto a la puerta: la barca había realizado el mismo viaje varias veces durante aquella semana. Sin embargo, entrar de inmediato podía alertar a la tintorería y dispersar a los compradores. Necesitaban conocer cuántas personas protegían el edificio y si la caja contenía el libro visto por Rei o solamente otra parte del engaño.
<Cangrena vende información porque sabe esperar hasta que todos paguen. Podemos devolverles la cortesía>
<Esperamos hasta que salgan. Después hacemos hablar a uno>
Eligieron posiciones distintas alrededor de la fábrica. Rin permaneció cerca del canal, desde donde podía vigilar la puerta metálica y las dos barcas amarradas. Rei rodeó el edificio y encontró una salida trasera oculta detrás de un cobertizo derrumbado. Pasó una hora antes de que alguien apareciera. No fue la muchacha, sino un hombre ancho de hombros que llevaba una chaqueta impermeable y una bolsa vacía. Cerró la puerta, comprobó el callejón y caminó hacia una taberna. Rin dejó que avanzara hasta un tramo donde el sonido del canal cubría sus pasos. La cadena de su Kōketsu salió por debajo de la palma y se deslizó a ras del suelo.
El hombre oyó el metal demasiado tarde. La cadena se cerró alrededor de uno de sus tobillos y Rin tiró con un movimiento corto, derribándolo antes de que alcanzara la esquina. Él intentó gritar, pero Rei apareció desde el costado y cubrió su boca con una mano mientras la otra retiraba el cuchillo oculto bajo la chaqueta. No lo golpearon después de inmovilizarlo. Lo arrastraron detrás del cobertizo, aseguraron sus muñecas con la propia cuerda que llevaba en el cinturón y esperaron hasta que dejó de forcejear. Rin sostuvo la cadena alrededor de sus piernas; Rei se agachó frente a él.
<Puedes ayudarnos de dos maneras. La primera es respondiendo. La segunda consiste en mentir y demostrar cuánto tiempo puede sostener mi hermana esa cadena antes de cansarse>
Rin tensó apenas el metal. El hombre observó su expresión y comprendió que la amenaza no dependía del cansancio. Rei retiró la mano de su boca y le preguntó cuántas personas permanecían dentro. Respondió que cuatro. Ella señaló las seis tazas de cerámica que había visto secándose junto a la ventana posterior. Corrigió la cifra a siete. Preguntó por la caja. Dijo que contenía dinero. Rei mencionó la forma rectangular marcada en el escritorio de Haro y el cuidado con el que la mensajera había sostenido el paquete lejos del agua. El prisionero cerró los ojos antes de admitir que se trataba del registro de vendedores.
<No es el libro completo. Son nombres codificados, pagos y entregas de este mes. El archivo grande lo lleva el Viejo Cangrejo encima. Nunca lo deja en una sede>
<¿Y estará esta noche en la tintorería?>
<Estará donde estén los compradores. Le gusta ver cuánto valen sus secretos>
El hombre se llamaba Genta y llevaba seis meses trabajando como cargador. Aseguró no conocer a los informantes reales; recibía cajas, vigilaba puertas y cobraba lo suficiente para no preguntar. Rei no aceptó aquella ignorancia como inocencia, pero distinguió miedo verdadero cuando mencionó al Viejo Cangrejo. Según Genta, la venta sería una subasta. Doce miembros de la banda custodiarían el edificio, sin contar a los compradores. Había tres salidas: la puerta principal, una ventana sobre el canal y un corredor subterráneo que comunicaba con una cisterna antigua. Si algo salía mal, el dirigente escaparía por el corredor con el archivo y prenderían fuego a la sala.
Rin y Rei intercambiaron una mirada. La misión acababa de adquirir una forma concreta: entrar sin provocar la alarma, localizar al dirigente, impedir el incendio y cerrar el túnel antes de que pudiera utilizarlo. Genta añadió la contraseña de la noche y describió al Viejo Cangrejo como un hombre mayor, de cabello afeitado y mano izquierda cubierta por un guante verde. Rei memorizó cada detalle. Después colocaron al prisionero dentro del cobertizo, atado a una viga que no podía mover. Rin revisó el nudo; Rei dejó agua a su alcance, pero no el cuchillo.
<Si gritas, vuelvo>
<No pensaba hacerlo>
<Ahora sí parece sincero>
Antes de dirigirse a la tintorería, Rei dejó la tira azul en la estatua indicada por Hidemori. No solicitaba una intervención inmediata. El nudo utilizado informaba que había un detenido en el cobertizo y que los refuerzos debían esperar fuera del distrito hasta recibir una segunda señal. Una patrulla visible arruinaría la entrada; ninguna patrulla permitiría que los capturados permanecieran asegurados al final. Rin observó el movimiento desde la otra acera y después tomó la ruta de los tejados. La noche había comenzado a caer sobre Kirigakure, y con ella llegaba la hora en que Cangrena convertía los secretos de la aldea en mercancía.
La tintorería ocupaba una construcción larga junto al canal de las Tres Compuertas. Había cerrado años atrás, cuando una crecida contaminó los pozos de pigmento y obligó a trasladar el negocio, pero los muros de piedra continuaban en pie. Desde el exterior podían verse dos plantas, un techo inclinado y una pasarela de carga sobre el agua. Las ventanas inferiores estaban cubiertas con tablas; las superiores dejaban escapar líneas delgadas de luz violeta. Rei llegó por la calle principal con la moneda ennegrecida oculta en la manga. Rin recorrió el perímetro desde los tejados y localizó una claraboya, dos vigilantes y el corredor que conducía hacia las antiguas cisternas.
No podían hablar sin acercarse, de modo que recurrieron a señales conocidas. Rin se dejó ver durante un instante sobre la construcción vecina y levantó dos dedos: dos hombres fuera. Después señaló la parte posterior y cerró el puño: salida vigilada. Rei tocó su propia muñeca, confirmando que entraría según el plan, y continuó hacia la puerta principal. Un farol verde colgaba encima, apagado pese a la oscuridad. La entrada no tenía aldaba. Rei golpeó con los nudillos tres veces, esperó el intervalo descrito por Genta y añadió otras dos.
Una abertura rectangular apareció a la altura de sus ojos. Del otro lado solamente se distinguió una parte de un rostro masculino.
<El canal está enfermo>
<Por eso los cangrejos caminan fuera del agua>
La abertura se cerró y la puerta cedió unos centímetros. Antes de permitirle pasar, el guardia exigió la moneda. Rei la sostuvo sobre la palma sin entregarla. La muesca triple quedó visible bajo la luz interior. El hombre comprobó el borde y abrió por completo. No le pidió el documento; eso ocurriría dentro. Tampoco la registró, quizá porque consideraba imposible esconder un arma importante bajo aquella ropa o porque la venta dependía de que compradores peligrosos aceptaran acudir. El error permitió que el Kōketsu permaneciera cubierto bajo su manga, listo para responder cuando la situación dejara de necesitar cortesía.
El interior todavía conservaba las grandes cubas de la tintorería. Algunas estaban vacías; otras contenían agua oscura y residuos secos adheridos a sus bordes. Entre ellas habían colocado mesas bajas, lámparas protegidas por vidrio y doce sillas ocupadas de manera desigual. Había seis compradores. Rei reconoció a un comerciante de herramientas, a la asistente de un funcionario portuario y a un capitán de embarcaciones pequeñas. Los demás escondían el rostro bajo capuchas o pañuelos. Ocho miembros de Cangrena permanecían visibles alrededor de la sala. Los cuatro restantes mencionados por Genta podían estar en el piso superior, en el túnel o mezclados entre los supuestos clientes.
Una mujer de cabello rojizo recibió a Rei y le indicó una silla alejada de la puerta. Se presentó como Naho, encargada de registrar acuerdos. Llevaba una tablilla contra el pecho y tinta verde en la yema del pulgar. Preguntó qué ofrecía. Rei extrajo el horario falso, doblado de manera que el sello pudiera verse sin mostrar todavía el contenido. Naho sostuvo la mano, pero Rei no se lo entregó.
<Haro ya comprobó el papel. Si cada persona que encuentro necesita repetir su trabajo, comenzaré a pensar que Cangrena cobra por desconfiar de sí misma>
<Haro comprueba que no traiga basura. Yo decido cuánto vale. El Viejo Cangrejo decide si usted sale sabiendo nuestros nombres>
Rei permitió que la amenaza quedara entre ambas. Miró hacia las cubas, no como alguien intimidada, sino como quien calculaba cuánto dinero podía extraer de la sala. En la planta superior, una tabla crujió apenas. Rin había alcanzado el techo por la construcción contigua y se desplazaba sobre una viga oculta encima del salón. Desde allí veía la distribución mejor que Rei: dos hombres tras una cortina, uno junto a una caja de arena y otro sosteniendo una jarra que olía a aceite. El incendio no era solamente una salida de emergencia; ya estaba preparado.
La venta comenzó cuando un hombre mayor apareció sobre la pasarela interior. Tenía el cabello afeitado y un guante verde cubría su mano izquierda hasta la mitad del antebrazo. No anunció su nombre. Naho golpeó dos veces una campana pequeña y las conversaciones cesaron. El Viejo Cangrejo explicó que aquella noche ofrecían cuatro lotes: rutas de transporte de medicinas, fechas de inspección en los muelles, deudas privadas de tres familias comerciales y cambios provisionales en la vigilancia costera. No mostró los documentos completos. Naho levantaba una tarjeta por cada lote y los compradores escribían ofertas en tablillas individuales.
Rin observó cómo el dirigente mantenía la mano enguantada sobre una cartera sujeta a su cintura. Tenía el tamaño adecuado para guardar un cuaderno pequeño, no el archivo completo descrito por Genta. También advirtió que cada vez que Naho terminaba de leer una oferta, no se la entregaba al anciano. La colocaba dentro de una caja y un muchacho la transportaba al piso superior. Alguien más decidía cuáles compradores eran aceptados o llevaba un segundo registro lejos de la sala. Rin desplazó la atención hacia la puerta del corredor subterráneo. Uno de los guardias la comprobaba después de cada lote, aunque nadie intentaba entrar.
Rei fingió interés en las rutas medicinales y ofreció una cantidad baja para obligar a Naho a acercarse. Cuando la mujer se inclinó, preguntó si los datos incluían cantidades o únicamente fechas. Naho respondió que Cangrena no vendía rumores y señaló una marca verde en la tarjeta. Rei reconoció el código de un almacén médico utilizado durante emergencias. Aquella información permitiría robar cargamentos antes de que llegaran a los hospitales. El siguiente lote contenía nombres de inspectores y horarios de relevo. No estaban reuniendo chismes útiles para comerciantes deshonestos; estaban exponiendo puntos capaces de debilitar la aldea entera.
<Han reunido una colección impresionante. Casi parece demasiado valiosa para guardarla en un edificio con tantas salidas>
Naho la miró con más atención. Rei sostuvo la expresión curiosa, como si el comentario fuera admiración y no una prueba. La mujer respondió que el edificio no guardaba nada después de cada venta. Todo viajaba con personas diferentes y ninguna conocía el contenido completo. Sin embargo, antes de apartarse, dirigió una mirada involuntaria hacia el guante verde del anciano. Rei la siguió y comprendió que la cartera contenía algo indispensable, aunque no todo. Quizá una clave para interpretar los nombres codificados, quizá las direcciones de las otras sedes. Capturarlo seguía siendo esencial.
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