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[Autonarrada C] La Banda Cangrena
Rin to Rei
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20-09-2026, 01:54 AM
Misión
● Nombre de la Misión: La Banda Cangrena
● Información de la Misión: La banda Cangrena es una pequeña red criminal que trabaja vendiendo información de privilegiados en el mercado negro. Rin y Rei fueron enviadas a detenerlos y acabar con ellos.
● Rango y Tipo de la Misión: Misión Autonarrada Rango C
● Fecha y Lugar: Krigakure 35 Verano 150
● Cantidad de Usuarios: Rin to Rei
● Cantidad máxima de horas por ronda: 0

La lluvia había comenzado antes del amanecer y todavía resbalaba por los tejados de Kirigakure cuando Rin y Rei cruzaron el patio interior del edificio de Inteligencia. No era una tormenta, sino esa llovizna persistente que parecía formar parte de la aldea, suficiente para cubrir de brillo las piedras y convertir cada sonido lejano en un murmullo. Las hermanas habían recibido la citación durante la noche, sin descripción del encargo ni nombre de quien las esperaba. Aquello descartaba una misión corriente. Rin avanzó un paso por delante, con las manos libres y la mirada fija en las ventanas superiores; Rei contó las puertas, las guardias y las personas que evitaban mirarlas. Ninguna necesitó comentar que el silencio del lugar estaba demasiado organizado para ser casual.

Un funcionario de rostro estrecho las esperaba en una habitación sin ventanas. Se presentó como Hidemori, supervisor de archivos internos, aunque la cicatriz que atravesaba sus nudillos y la ausencia de tinta en sus dedos indicaban que no pasaba todos los días detrás de un escritorio. Sobre la mesa había cuatro carpetas, una bolsa de monedas sellada y una tablilla cubierta por una tela gris. Esperó a que las hermanas tomaran asiento antes de descubrirla. Debajo apareció el dibujo de un cangrejo verde al que le faltaba una pinza, marcado sobre trozos de papel, pequeños discos de madera y una esquina arrancada de un manifiesto portuario.

<La banda Cangrena. No son numerosos, pero venden aquello que puede causar más daño que un arma: información correcta entregada a la persona equivocada>

Rei acercó una de las carpetas y examinó las copias sin desprenderlas de la mesa. Había horarios de guardia, rutas comerciales, listas de suministros médicos y nombres de comerciantes con deudas que nunca debieron abandonar sus archivos correspondientes. Cada documento procedía de una oficina distinta. Aquello explicaba por qué nadie había detectado un robo grande: Cangrena obtenía fragmentos, los reunía y encontraba a quien estuviera dispuesto a pagar por ellos. Rin observó el sello incompleto. No era una firma destinada a presumir, sino una forma de confirmar que el vendedor pertenecía a la red sin revelar su identidad completa.

<¿Cuántas personas han comprado información y cuántas trabajan para ellos?>

Hidemori no respondió de inmediato. Abrió la segunda carpeta y mostró una lista demasiado corta para resultar tranquilizadora. Tres intermediarios habían sido identificados, pero ninguno conocía más que a la persona que le entregaba el siguiente paquete. Dos funcionarios de bajo rango confesaron haber vendido datos para pagar deudas; un tercero desapareció antes de ser interrogado. La red cambiaba lugares, contraseñas y compradores con frecuencia. Lo único constante era el emblema verde y un nombre repetido en testimonios contradictorios: el Viejo Cangrejo. Nadie sabía si correspondía al dirigente, a un puesto dentro de la organización o a una invención diseñada para absorber toda la atención.

<Esta noche celebrarán una venta. Creemos que ofrecerán cambios recientes en las patrullas costeras y registros de embarcaciones. Necesitamos a la banda completa, sus archivos y la identidad de quienes les proporcionan información. Si detienen solamente a los vendedores de la calle, otra persona ocupará su lugar mañana>

Rin desplazó la mirada desde los informes hasta la bolsa sellada. No parecía contener una recompensa, sino material para la operación. Hidemori confirmó la deducción: dentro había monedas marcadas, una copia falsa de los horarios de vigilancia del canal oriental y un fragmento de madera con el símbolo de Cangrena. El contacto debía hacerse en el mercado del pescado antes del mediodía. Una comerciante ambulante conocida como la Tía Sumi recibía peticiones de clientes, pero no se sabía si pertenecía a la banda o si trabajaba bajo amenaza. La orden permitía a las hermanas decidir el método, con una condición: los registros debían recuperarse antes de cualquier incendio, traslado o destrucción.

<Entraremos, encontraremos los registros y cerraremos las salidas>

<Mi hermana quiere decir que intentaremos averiguar quién es inocente antes de encadenar a todo el mercado>

Rin dirigió hacia Rei una mirada breve, seca y perfectamente comprensible. Hidemori no sonrió, aunque una de sus cejas se movió lo suficiente para indicar que había entendido la diferencia entre ambas. Les entregó el paquete y explicó que nadie las seguiría de cerca. Cangrena había descubierto dos vigilancias anteriores, y una tercera podía provocar la cancelación de la venta. Si necesitaban refuerzos, debían dejar una tira de tela azul atada en la boca de una estatua situada frente al canal viejo. Hasta entonces trabajarían solas. Rei guardó la documentación falsa; Rin tomó las monedas y el disco de madera. Salieron sin prometer que el plan permanecería intacto, porque ambas sabían que ningún plan sobrevivía demasiado tiempo al primer mentiroso.

El mercado del pescado ocupaba varias calles estrechas próximas al puerto interior. A esa hora, los comerciantes gritaban precios bajo toldos empapados, los cuchillos golpeaban tablas de madera y el agua sucia corría por canales abiertos entre los puestos. Rei cambió su manera de caminar antes de entrar. Relajó los hombros, redujo el ritmo y permitió que sus ojos se detuvieran en mercancías que no le interesaban. Rin conservó una distancia de veinte pasos y avanzó por el lado opuesto de la calle, ocultando la coordinación bajo la apariencia de dos recorridos independientes. No necesitaban verse continuamente; conocían el ritmo de la otra lo bastante bien para calcular dónde estaría después de cada esquina.

La Tía Sumi resultó ser una mujer baja, de brazos gruesos y cabello gris recogido bajo un pañuelo amarillo. Vendía anguilas desde un puesto cercano a una canaleta, discutía con tres clientes al mismo tiempo y limpiaba su cuchillo con una paciencia incompatible con la rapidez de sus respuestas. Rei esperó a que el último comprador se alejara antes de colocar sobre el mostrador el disco con el cangrejo verde. No pronunció la contraseña inmediatamente. Primero señaló una anguila y preguntó el precio, como si estuviera comparando la mercancía con la de otros puestos. Sumi miró el disco una sola vez y continuó trabajando.

<Esa pieza no compra pescado>

<Me dijeron que aquí podía encontrar algo que nada mejor cuando las patrullas miran hacia otro lado>

La mujer dejó el cuchillo. Su expresión no cambió, pero dos dedos se cerraron alrededor de la cola de la anguila con fuerza excesiva. Respondió que los peces prudentes no preguntaban por la corriente en mitad del mercado. Rei replicó que los peces prudentes tampoco transportaban cargamentos sin conocer el horario de las redes. Aquella era la frase incluida en el informe de Hidemori, aunque la respuesta no estaba escrita. Sumi debía decidir si aceptarla. Durante varios segundos, solamente el ruido de los comerciantes y el golpeteo de la lluvia ocuparon el espacio entre ambas. Finalmente, la mujer envolvió la anguila que Rei no había comprado y deslizó dentro del papel una ficha de arcilla.

<Almacén de sal número nueve. Cuando suene la campana del mediodía. Pregunte por Haro y diga que viene a vender, no a comprar>

<¿Y si Haro decide que no le gusta lo que llevo?>

<Entonces la marea se llevará su nombre y yo no recordaré esta conversación>

Rei pagó la anguila para no dejar una deuda visible y se alejó sin preguntar si la amenaza pertenecía a Sumi o a la gente que la vigilaba. Rin había advertido a dos hombres que no compraban nada. Uno fingía reparar la cuerda de un toldo desde hacía demasiado tiempo; el otro sostenía una cesta vacía y cambiaba de puesto cada vez que Rei avanzaba. Ninguno miraba directamente hacia Sumi. Precisamente por eso resultaban evidentes. Rin cruzó frente a su hermana sin detenerse y rozó dos veces la costura de su manga: dos observadores. Rei contestó acomodándose el cabello detrás de la oreja derecha. Los había visto.

Las hermanas abandonaron el mercado por rutas distintas. Rei llevó la anguila hasta una calle más ancha y se detuvo junto a una tienda de cerámica, aparentando interés en los cuencos expuestos. El hombre de la cesta apareció un minuto después. Rin seguía al segundo desde un nivel superior, utilizando aleros y pasarelas sin aproximarse lo suficiente para llamar su atención. Cangrena no se limitaba a recibir contactos; comprobaba quiénes llegaban con ellos, de dónde venían y si alguien los protegía. Rei permitió que su perseguidor la observara entrar en una posada, pedir una habitación y salir por una puerta trasera después de cambiar su capa por otra guardada en el paquete de la misión.
Rin no intervino cuando el primer vigilante perdió el rastro. Esperó a que se reuniera con el hombre del toldo en un callejón y observó cómo discutían. El de la cesta quería regresar al mercado; el otro señaló hacia los tejados y propuso dividirse. No habían detectado a Rin, pero sospechaban que Rei podía llevar protección. Cuando se separaron, Rin eligió al segundo. No por intuición, sino porque antes de marcharse había guardado dentro de su chaqueta un pequeño rollo de papel recibido del compañero. Lo siguió durante seis calles, cruzó por encima de un patio de secado y descendió detrás de un muro cuando el hombre entró en una casa de baños cerrada por reparaciones.

Rei la encontró diez minutos después en el tejado vecino. No preguntó cómo había localizado el lugar; siguió la dirección de su mirada hasta una chimenea sin humo y una puerta lateral reforzada desde dentro. La campana del mediodía aún no había sonado. Podían entrar, capturar al vigilante y arriesgarse a que la red notara su ausencia, o mantener la cobertura y acudir al almacén indicado. Rin señaló una ventana del segundo piso donde acababa de aparecer una sombra. Rei observó el reflejo en los cristales y distinguió a otra persona recibiendo el papel.

<El almacén puede ser la entrada. Este lugar parece donde deciden quién merece cruzarla>

<Primero el almacén. Volvemos si mienten>

La campana comenzó a sonar cuando llegaron al distrito de depósitos. El almacén de sal número nueve tenía las puertas principales abiertas y cinco trabajadores trasladaban sacos desde un carro. Nada en la fachada sugería una reunión clandestina. Rei entró sosteniendo la ficha de arcilla y la bolsa con el documento falso, mientras Rin permaneció fuera de la vista inmediata, desplazándose entre las construcciones laterales. Un capataz con barba rala se acercó a Rei y pidió la orden de entrega. Ella respondió que buscaba a Haro y venía a vender. El hombre dejó de interpretar su papel de trabajador con tanta rapidez que confirmó haber escuchado la frase correcta.

<Haro no recibe a cualquiera que pronuncie su nombre>

<Por eso traje algo que le molestaría perder>

El capataz extendió una mano. Rei no le entregó la bolsa; sacó únicamente una esquina del horario falso, suficiente para mostrar el sello interno de la oficina de vigilancia. A su alrededor, dos cargadores dejaron los sacos y cambiaron de posición. Uno bloqueó la salida principal; el otro se situó cerca de su costado. Rei continuó sonriendo, aunque redujo ligeramente la separación entre sus pies. El capataz preguntó quién le había proporcionado el documento. Ella dijo que las fuentes que podían nombrarse no servían para vender secretos. La respuesta pareció complacerlo más que cualquier identidad inventada.

Rin observaba desde una abertura bajo el alero. Había contado siete personas dentro, no cinco. Dos permanecían detrás de una pared falsa formada por sacos apilados, y una octava vigilaba el callejón posterior. El trabajador más próximo a Rei escondía una hoja corta en la manga. Rin apoyó los dedos sobre el Kōketsu, preparada para romper la cobertura si aquella mano descendía un poco más. No lo hizo. El capataz condujo a Rei hacia una oficina lateral, cerró la puerta y colocó una campanilla sobre el escritorio. Si alguien entraba sin permiso, el sonido alertaría al almacén entero.

Haro era un hombre delgado, con la piel amarillenta y varias manchas verdes de tinta alrededor de las uñas. No llevaba el símbolo de Cangrena a la vista, pero sobre su escritorio descansaban seis discos de madera idénticos al recibido por las hermanas. Examinó el fragmento del documento, lo olió y lo sostuvo frente a una lámpara. Rei se permitió una expresión de impaciencia calculada. Quien robaba información temía más ser descubierto que perder unos minutos, pero quien la vendía debía parecer interesado únicamente en el precio.

<El sello es correcto. El papel también. Eso no demuestra que el contenido sea reciente>

<Entonces compre una copia vieja y compruébelo cuando sus clientes terminen en una celda. Yo habré cobrado igualmente>

Haro levantó la mirada. La respuesta no le gustó, pero sí la clase de persona que aparentaba haberla pronunciado. Sacó una moneda de cobre ennegrecida y la dejó girar sobre la mesa. Explicó que aquella noche habría una selección privada en una tintorería abandonada junto al canal de las Tres Compuertas. La entrada se abriría después del segundo cambio de guardia. Rei debía llevar el documento completo y la moneda; si acudía acompañada, nadie cruzaría la puerta. Cuando preguntó quién compraría los horarios, Haro sonrió y tocó la campanilla sin hacerla sonar.

<Usted vende. Cangrena decide quién merece comprar>

Rei aceptó la moneda, pero antes de salir dejó que sus dedos rozaran el borde del escritorio. Había una marca rectangular en el polvo, reciente y del tamaño aproximado de un libro grueso. Algo había sido retirado poco antes de su llegada. Haro siguió su mirada y apoyó deliberadamente un codo sobre la marca. No hizo falta preguntar. Los registros se movían entre sedes, quizá antes de cada venta. Cuando Rei abandonó la oficina, los cargadores habían vuelto a sus sacos y el camino hacia la calle permanecía abierto. La dejaron marcharse porque creían saber dónde encontrarla por la noche.

Rin descendió del alero cuando su hermana dobló la segunda esquina. Caminaron sin mirarse hasta alcanzar un puente concurrido, donde el ruido del agua y de los carros dificultaba cualquier escucha distante. Rei le entregó la moneda sin detenerse. Rin la giró entre los dedos y descubrió una muesca en el canto: tres líneas, una por cada compuerta del canal. También le informó, con frases breves, de las ocho personas contadas y del hombre armado junto a la salida. Rei añadió la marca del libro ausente. Ninguna creyó que la tintorería fuese el único lugar importante.

<Nos invitaron a una venta para que miremos a los compradores mientras otra persona protege los registros>

<Seguimos al libro>

No tuvieron que esperar mucho. El vigilante del callejón posterior salió del almacén con una caja estrecha envuelta en lona. Caminó hacia el norte sin prisa, mezclándose con los trabajadores del distrito, y cambió de dirección dos veces sin motivo aparente. Rin tomó el seguimiento cercano; Rei se mantuvo más atrás, reconociendo los puntos desde los cuales otros miembros podían cubrir la ruta. El hombre cruzó un patio, descendió por una escalera junto al canal y entregó la caja a una muchacha que esperaba en una barca de fondo plano. Aquella joven no parecía mayor que ellas, pero recibió el paquete con la seguridad de alguien acostumbrado a transportar cosas por las que otros podían morir.

La barca avanzó bajo una pasarela baja. Rin corrió por el borde del canal, oculta tras almacenes y montones de redes, mientras Rei tomó una calle paralela para anticipar su recorrido. La embarcación no se dirigió hacia la tintorería. Giró hacia un ramal utilizado para evacuar agua de lluvia y se detuvo ante una pequeña puerta metálica instalada bajo el nivel de la calle. La muchacha golpeó tres veces, esperó dos y golpeó una cuarta. Alguien abrió desde dentro. Antes de cruzar, ella miró hacia ambos extremos del canal. Rin ya estaba inmóvil bajo un balcón; Rei se había ocultado detrás de un carro cargado de juncos.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, las hermanas se reunieron sobre el puente siguiente. El edificio situado encima era una antigua fábrica de redes aparentemente abandonada. Las ventanas estaban tapiadas, pero una de las chimeneas expulsaba un hilo de vapor. Rei sugirió que aquel podía ser el archivo real. Rin señaló las marcas húmedas junto a la puerta: la barca había realizado el mismo viaje varias veces durante aquella semana. Sin embargo, entrar de inmediato podía alertar a la tintorería y dispersar a los compradores. Necesitaban conocer cuántas personas protegían el edificio y si la caja contenía el libro visto por Rei o solamente otra parte del engaño.
<Cangrena vende información porque sabe esperar hasta que todos paguen. Podemos devolverles la cortesía>

<Esperamos hasta que salgan. Después hacemos hablar a uno>

Eligieron posiciones distintas alrededor de la fábrica. Rin permaneció cerca del canal, desde donde podía vigilar la puerta metálica y las dos barcas amarradas. Rei rodeó el edificio y encontró una salida trasera oculta detrás de un cobertizo derrumbado. Pasó una hora antes de que alguien apareciera. No fue la muchacha, sino un hombre ancho de hombros que llevaba una chaqueta impermeable y una bolsa vacía. Cerró la puerta, comprobó el callejón y caminó hacia una taberna. Rin dejó que avanzara hasta un tramo donde el sonido del canal cubría sus pasos. La cadena de su Kōketsu salió por debajo de la palma y se deslizó a ras del suelo.

El hombre oyó el metal demasiado tarde. La cadena se cerró alrededor de uno de sus tobillos y Rin tiró con un movimiento corto, derribándolo antes de que alcanzara la esquina. Él intentó gritar, pero Rei apareció desde el costado y cubrió su boca con una mano mientras la otra retiraba el cuchillo oculto bajo la chaqueta. No lo golpearon después de inmovilizarlo. Lo arrastraron detrás del cobertizo, aseguraron sus muñecas con la propia cuerda que llevaba en el cinturón y esperaron hasta que dejó de forcejear. Rin sostuvo la cadena alrededor de sus piernas; Rei se agachó frente a él.

<Puedes ayudarnos de dos maneras. La primera es respondiendo. La segunda consiste en mentir y demostrar cuánto tiempo puede sostener mi hermana esa cadena antes de cansarse>

Rin tensó apenas el metal. El hombre observó su expresión y comprendió que la amenaza no dependía del cansancio. Rei retiró la mano de su boca y le preguntó cuántas personas permanecían dentro. Respondió que cuatro. Ella señaló las seis tazas de cerámica que había visto secándose junto a la ventana posterior. Corrigió la cifra a siete. Preguntó por la caja. Dijo que contenía dinero. Rei mencionó la forma rectangular marcada en el escritorio de Haro y el cuidado con el que la mensajera había sostenido el paquete lejos del agua. El prisionero cerró los ojos antes de admitir que se trataba del registro de vendedores.

<No es el libro completo. Son nombres codificados, pagos y entregas de este mes. El archivo grande lo lleva el Viejo Cangrejo encima. Nunca lo deja en una sede>

<¿Y estará esta noche en la tintorería?>

<Estará donde estén los compradores. Le gusta ver cuánto valen sus secretos>

El hombre se llamaba Genta y llevaba seis meses trabajando como cargador. Aseguró no conocer a los informantes reales; recibía cajas, vigilaba puertas y cobraba lo suficiente para no preguntar. Rei no aceptó aquella ignorancia como inocencia, pero distinguió miedo verdadero cuando mencionó al Viejo Cangrejo. Según Genta, la venta sería una subasta. Doce miembros de la banda custodiarían el edificio, sin contar a los compradores. Había tres salidas: la puerta principal, una ventana sobre el canal y un corredor subterráneo que comunicaba con una cisterna antigua. Si algo salía mal, el dirigente escaparía por el corredor con el archivo y prenderían fuego a la sala.

Rin y Rei intercambiaron una mirada. La misión acababa de adquirir una forma concreta: entrar sin provocar la alarma, localizar al dirigente, impedir el incendio y cerrar el túnel antes de que pudiera utilizarlo. Genta añadió la contraseña de la noche y describió al Viejo Cangrejo como un hombre mayor, de cabello afeitado y mano izquierda cubierta por un guante verde. Rei memorizó cada detalle. Después colocaron al prisionero dentro del cobertizo, atado a una viga que no podía mover. Rin revisó el nudo; Rei dejó agua a su alcance, pero no el cuchillo.

<Si gritas, vuelvo>

<No pensaba hacerlo>

<Ahora sí parece sincero>

Antes de dirigirse a la tintorería, Rei dejó la tira azul en la estatua indicada por Hidemori. No solicitaba una intervención inmediata. El nudo utilizado informaba que había un detenido en el cobertizo y que los refuerzos debían esperar fuera del distrito hasta recibir una segunda señal. Una patrulla visible arruinaría la entrada; ninguna patrulla permitiría que los capturados permanecieran asegurados al final. Rin observó el movimiento desde la otra acera y después tomó la ruta de los tejados. La noche había comenzado a caer sobre Kirigakure, y con ella llegaba la hora en que Cangrena convertía los secretos de la aldea en mercancía.

La tintorería ocupaba una construcción larga junto al canal de las Tres Compuertas. Había cerrado años atrás, cuando una crecida contaminó los pozos de pigmento y obligó a trasladar el negocio, pero los muros de piedra continuaban en pie. Desde el exterior podían verse dos plantas, un techo inclinado y una pasarela de carga sobre el agua. Las ventanas inferiores estaban cubiertas con tablas; las superiores dejaban escapar líneas delgadas de luz violeta. Rei llegó por la calle principal con la moneda ennegrecida oculta en la manga. Rin recorrió el perímetro desde los tejados y localizó una claraboya, dos vigilantes y el corredor que conducía hacia las antiguas cisternas.

No podían hablar sin acercarse, de modo que recurrieron a señales conocidas. Rin se dejó ver durante un instante sobre la construcción vecina y levantó dos dedos: dos hombres fuera. Después señaló la parte posterior y cerró el puño: salida vigilada. Rei tocó su propia muñeca, confirmando que entraría según el plan, y continuó hacia la puerta principal. Un farol verde colgaba encima, apagado pese a la oscuridad. La entrada no tenía aldaba. Rei golpeó con los nudillos tres veces, esperó el intervalo descrito por Genta y añadió otras dos.

Una abertura rectangular apareció a la altura de sus ojos. Del otro lado solamente se distinguió una parte de un rostro masculino.

<El canal está enfermo>

<Por eso los cangrejos caminan fuera del agua>

La abertura se cerró y la puerta cedió unos centímetros. Antes de permitirle pasar, el guardia exigió la moneda. Rei la sostuvo sobre la palma sin entregarla. La muesca triple quedó visible bajo la luz interior. El hombre comprobó el borde y abrió por completo. No le pidió el documento; eso ocurriría dentro. Tampoco la registró, quizá porque consideraba imposible esconder un arma importante bajo aquella ropa o porque la venta dependía de que compradores peligrosos aceptaran acudir. El error permitió que el Kōketsu permaneciera cubierto bajo su manga, listo para responder cuando la situación dejara de necesitar cortesía.
El interior todavía conservaba las grandes cubas de la tintorería. Algunas estaban vacías; otras contenían agua oscura y residuos secos adheridos a sus bordes. Entre ellas habían colocado mesas bajas, lámparas protegidas por vidrio y doce sillas ocupadas de manera desigual. Había seis compradores. Rei reconoció a un comerciante de herramientas, a la asistente de un funcionario portuario y a un capitán de embarcaciones pequeñas. Los demás escondían el rostro bajo capuchas o pañuelos. Ocho miembros de Cangrena permanecían visibles alrededor de la sala. Los cuatro restantes mencionados por Genta podían estar en el piso superior, en el túnel o mezclados entre los supuestos clientes.

Una mujer de cabello rojizo recibió a Rei y le indicó una silla alejada de la puerta. Se presentó como Naho, encargada de registrar acuerdos. Llevaba una tablilla contra el pecho y tinta verde en la yema del pulgar. Preguntó qué ofrecía. Rei extrajo el horario falso, doblado de manera que el sello pudiera verse sin mostrar todavía el contenido. Naho sostuvo la mano, pero Rei no se lo entregó.

<Haro ya comprobó el papel. Si cada persona que encuentro necesita repetir su trabajo, comenzaré a pensar que Cangrena cobra por desconfiar de sí misma>

<Haro comprueba que no traiga basura. Yo decido cuánto vale. El Viejo Cangrejo decide si usted sale sabiendo nuestros nombres>

Rei permitió que la amenaza quedara entre ambas. Miró hacia las cubas, no como alguien intimidada, sino como quien calculaba cuánto dinero podía extraer de la sala. En la planta superior, una tabla crujió apenas. Rin había alcanzado el techo por la construcción contigua y se desplazaba sobre una viga oculta encima del salón. Desde allí veía la distribución mejor que Rei: dos hombres tras una cortina, uno junto a una caja de arena y otro sosteniendo una jarra que olía a aceite. El incendio no era solamente una salida de emergencia; ya estaba preparado.

La venta comenzó cuando un hombre mayor apareció sobre la pasarela interior. Tenía el cabello afeitado y un guante verde cubría su mano izquierda hasta la mitad del antebrazo. No anunció su nombre. Naho golpeó dos veces una campana pequeña y las conversaciones cesaron. El Viejo Cangrejo explicó que aquella noche ofrecían cuatro lotes: rutas de transporte de medicinas, fechas de inspección en los muelles, deudas privadas de tres familias comerciales y cambios provisionales en la vigilancia costera. No mostró los documentos completos. Naho levantaba una tarjeta por cada lote y los compradores escribían ofertas en tablillas individuales.

Rin observó cómo el dirigente mantenía la mano enguantada sobre una cartera sujeta a su cintura. Tenía el tamaño adecuado para guardar un cuaderno pequeño, no el archivo completo descrito por Genta. También advirtió que cada vez que Naho terminaba de leer una oferta, no se la entregaba al anciano. La colocaba dentro de una caja y un muchacho la transportaba al piso superior. Alguien más decidía cuáles compradores eran aceptados o llevaba un segundo registro lejos de la sala. Rin desplazó la atención hacia la puerta del corredor subterráneo. Uno de los guardias la comprobaba después de cada lote, aunque nadie intentaba entrar.

Rei fingió interés en las rutas medicinales y ofreció una cantidad baja para obligar a Naho a acercarse. Cuando la mujer se inclinó, preguntó si los datos incluían cantidades o únicamente fechas. Naho respondió que Cangrena no vendía rumores y señaló una marca verde en la tarjeta. Rei reconoció el código de un almacén médico utilizado durante emergencias. Aquella información permitiría robar cargamentos antes de que llegaran a los hospitales. El siguiente lote contenía nombres de inspectores y horarios de relevo. No estaban reuniendo chismes útiles para comerciantes deshonestos; estaban exponiendo puntos capaces de debilitar la aldea entera.

<Han reunido una colección impresionante. Casi parece demasiado valiosa para guardarla en un edificio con tantas salidas>

Naho la miró con más atención. Rei sostuvo la expresión curiosa, como si el comentario fuera admiración y no una prueba. La mujer respondió que el edificio no guardaba nada después de cada venta. Todo viajaba con personas diferentes y ninguna conocía el contenido completo. Sin embargo, antes de apartarse, dirigió una mirada involuntaria hacia el guante verde del anciano. Rei la siguió y comprendió que la cartera contenía algo indispensable, aunque no todo. Quizá una clave para interpretar los nombres codificados, quizá las direcciones de las otras sedes. Capturarlo seguía siendo esencial.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Rin to Rei
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20-09-2026, 01:57 AM
El tercer lote fue adjudicado al capitán. Cuando Naho anunció la cifra, uno de los hombres del piso superior descendió y susurró al oído del Viejo Cangrejo. El anciano no reaccionó de inmediato. Miró a cada comprador, deteniéndose un instante adicional sobre Rei, y luego ordenó una pausa. Las puertas principales se cerraron. Los guardias dejaron de fingir que estaban allí para servir bebidas. El hombre de la jarra se colocó junto a la caja de arena; otro extrajo una hoja corta. Rei no sabía qué habían descubierto, pero la ausencia de Genta o la visita a la fábrica podían haber activado alguna alarma.

<Antes de continuar, revisaremos las credenciales. Parece que uno de nuestros trabajadores decidió abandonar su puesto sin permiso>

Los compradores protestaron con distintos grados de indignación. El comerciante de herramientas exigió salir; el capitán llevó la mano hacia su cintura. Cangrena los obligó a permanecer sentados. Rei dejó el documento falso sobre la mesa y apoyó ambas manos a la vista, una decisión calculada para parecer cooperativa sin alejar el Kōketsu de su alcance. Sobre las vigas, Rin se detuvo. Podía atacar al hombre del aceite antes de que encendiera la sala, pero hacerlo revelaría su presencia y permitiría al anciano alcanzar el túnel. Necesitaban esperar hasta que ambos riesgos quedaran dentro de una misma oportunidad.

Naho comenzó a revisar las monedas. Cada una tenía muescas diferentes vinculadas con el intermediario que la había entregado. Cuando sostuvo la de Rei, frunció el ceño. La giró tres veces y la comparó con una lista. Haro debía haber registrado la entrega, pero aún no había enviado confirmación. El Viejo Cangrejo pidió ver el horario. Rei lo deslizó hacia el centro de la mesa. El anciano bajó de la pasarela, abrió el papel y examinó la tinta. Hidemori había preparado una falsificación impecable en apariencia, aunque no pretendía resistir la comparación con registros reales durante mucho tiempo.

<¿Quién se lo dio?>>

<Una persona que prefiere recibir monedas a preguntas. Pensé que esa clase de prudencia sería apreciada aquí>

<La prudencia también consiste en saber cuándo un cebo parece demasiado limpio>

Rei vio que Naho daba un paso hacia la escalera. El anciano mantenía una mano sobre la cartera y la otra señalaba discretamente hacia el guardia del aceite. Era el momento. Rei levantó la vista hacia la viga sin buscar directamente a su hermana y rozó la mesa con el pulgar dos veces. Rin soltó la cadena. El metal descendió entre las lámparas, rodeó la muñeca del hombre que sostenía la jarra y se tensó antes de que pudiera verterla. Un tirón lo separó de la caja de arena y lanzó el recipiente hacia una cuba vacía, donde cayó sin romperse.

La segunda cadena apareció desde el nivel inferior. Rei descubrió el Kōketsu con un movimiento del brazo y disparó los eslabones hacia las piernas de Naho, buscando impedir que alcanzara la escalera. La mujer intentó retroceder; la cadena se cerró alrededor de su tobillo y Rei tiró hacia un costado, derribándola contra el suelo sin dirigir las estrellas afiladas hacia zonas vitales. Al mismo tiempo, Rin descendió desde la viga y aterrizó entre el Viejo Cangrejo y el corredor subterráneo. El impacto hizo vibrar las tablas, pero no apartó su mirada del hombre del guante verde.

<La venta terminó>

Los guardias reaccionaron con rapidez desigual. Dos corrieron hacia Rin; otros tres se dirigieron contra Rei. Los compradores buscaron refugio detrás de las mesas y las cubas, creando obstáculos que Cangrena no había previsto. Rin liberó la muñeca del hombre del aceite y recogió parte de la cadena con un giro. El primer atacante llegó con un cuchillo levantado. Ella desvió el brazo desde el interior, golpeó su codo y utilizó la tensión del metal para envolverle el antebrazo. En lugar de disputar fuerza, avanzó sobre él, descargó el hombro contra su pecho y lo arrojó hacia el compañero que venía detrás.
Rei retrocedió alrededor de una mesa para impedir que los tres hombres la rodearan. Uno intentó alcanzarla por la izquierda; ella lanzó la cadena hacia una pata de madera, la rodeó y tiró con ambas manos. La mesa se volcó entre los atacantes, obligando al primero a saltar y al segundo a frenar. Rei utilizó el instante para acercarse al tercero. Las garras metálicas del Kōketsu rozaron la hoja que él empuñaba, desviándola lejos de su cuerpo, y su rodilla golpeó el muslo del hombre. No buscó derribarlo de un solo ataque; quería romper la formación y conservar una ruta hacia su hermana.

<Rin, el guante guarda algo. No dejes que llegue al túnel>

Rin ya se había desplazado para cerrar esa dirección. El Viejo Cangrejo sacó de debajo de la ropa una espada corta y la mantuvo pegada al cuerpo, sin la torpeza de un comerciante que utilizaba un arma por primera vez. Atacó con una estocada dirigida al abdomen. Rin giró lo necesario para dejarla pasar junto a su costado y trató de atrapar la muñeca con la cadena, pero el hombre retiró el brazo antes de que el metal completara la vuelta. No era más fuerte que ella; era paciente y conocía el espacio. Retrocedió hacia una cuba, utilizando el borde para impedir que Rin avanzara directamente.

El hombre del aceite recuperó el equilibrio y corrió hacia la lámpara más cercana. Rin no podía alcanzarlo sin abandonar la salida. Rei lo vio desde el otro extremo, aunque dos adversarios ocupaban el espacio intermedio. Lanzó su cadena por debajo de la mesa volcada, no hacia el incendiario, sino hacia uno de los soportes de la lámpara. Tiró antes de que él llegara. La estructura cayó lejos de la jarra y la llama se apagó contra el suelo húmedo. La oscuridad aumentó en media sala. Los compradores gritaron; Cangrena perdió durante un momento la certeza de dónde estaban las hermanas.

Ese instante bastó para que Rin cambiara el ritmo. Saltó sobre el borde de la cuba y descendió por el otro lado frente al anciano. La espada volvió a buscarla, esta vez hacia el hombro. Rin levantó el guante, permitió que el metal rozara las garras y golpeó el antebrazo del hombre con la mano libre. La hoja se desvió. Su cadena salió en un arco corto, tratando de rodear el torso del dirigente, pero uno de los guardias sujetó el extremo antes de que se cerrara y tiró desde atrás. Rin quedó atrapada entre dos fuerzas durante apenas un segundo.

Rei reconoció la tensión en el brazo de su hermana. Abandonó la cobertura de la mesa, esquivó un corte que le rozó la manga y corrió hacia el guardia que sostenía la cadena. No intentó vencerlo de frente. Enrolló su propia cadena alrededor de una pata de la cuba junto a él y cambió de dirección, haciendo que el metal cruzara a la altura de sus tobillos. El hombre retrocedió para no caer y aflojó las manos. Rin recuperó el control con un tirón violento que arrastró el extremo fuera de su alcance.

<Podrías avisar cuando decidas compartir tu cadena con desconocidos>

<Estabas mirando>

La respuesta seca confirmó que Rin no estaba herida. Rei no tuvo tiempo para otra provocación. Naho se había liberado del lazo alrededor del tobillo cortando una sección de su propia bota y corría hacia la escalera con la tablilla apretada contra el pecho. Rei la siguió. Un guardia intentó bloquearle el paso, pero Rin extendió el brazo desde la cuba y lanzó su cadena alrededor de la cintura del hombre. No confirmó el agarre hasta sentir la resistencia; entonces tiró hacia atrás, apartándolo de la trayectoria de su hermana. Rei subió los peldaños de dos en dos.

La planta superior contenía una oficina, un corredor estrecho y una plataforma desde la cual se veía toda la sala. Naho abrió la puerta de la oficina y arrojó su tablilla dentro antes de intentar cerrarla. Rei introdujo el Kōketsu entre la hoja y el marco. La madera golpeó el guante metálico sin atrapar sus dedos. Naho empujó desde el otro lado. Rei no compitió directamente; cedió medio paso, dejó que la puerta se abriera por el impulso contrario y lanzó la cadena a través del espacio. Los eslabones rodearon el hombro de la mujer y la obligaron a girar.

Dentro de la oficina había estanterías vacías, una mesa y el muchacho que había transportado las ofertas. Sostenía una caja de madera contra el pecho. Al ver a Rei, corrió hacia una ventana sobre el canal. Ella soltó a Naho y dirigió la cadena hacia el marco, no hacia el muchacho. Las estrellas se engancharon en la contraventana y un tirón la cerró antes de que pudiera saltar. Él frenó, atrapado entre el vidrio y la kunoichi. Naho aprovechó para golpear a Rei con la tablilla en la sien. El borde abrió una herida pequeña y convirtió la habitación en un destello blanco durante un instante.

Rei cayó sobre una rodilla, pero no perdió la cadena. Naho levantó nuevamente la tablilla. Antes de que pudiera descargarla, Rei recogió el metal y golpeó con el dorso del Kōketsu la muñeca de la mujer. La tablilla cayó. Rei se levantó, empujó a Naho contra la pared y utilizó la cadena para sujetar juntos sus antebrazos. El muchacho dejó la caja en el suelo y levantó las manos. No tendría más de catorce años. El terror en su rostro era distinto al cálculo de los otros miembros.

<Aléjate de la ventana y siéntate. No voy a perseguirte si no me obligas>

Él obedeció. Rei abrió la caja sin apartar completamente la atención. Dentro encontró las ofertas de aquella noche, listas de compradores anteriores y una serie de recibos marcados con símbolos. Era evidencia suficiente para implicar a varias personas, pero no contenía los nombres de las fuentes ni la clave completa. Naho comenzó a reír contra la pared. Explicó que el libro verdadero ya estaba en movimiento. La pausa no había sido provocada únicamente por Genta. Un vigía había encontrado la señal azul, y el Viejo Cangrejo había ordenado evacuar el archivo antes de comenzar las comprobaciones.

<Aunque nos detengan aquí, mañana nadie podrá demostrar quién vendió una sola palabra. El registro bajó a las cisternas antes de que su amiga tocara el techo>

Rei se limpió con la manga la sangre que descendía desde la sien. Naho esperaba frustración; recibió una mirada atenta. Si el archivo había salido antes de la alarma, el anciano que continuaba abajo no lo llevaba. La cartera y el guante atraían deliberadamente la atención. Cangrena utilizaba incluso a su dirigente visible como distracción para proteger la estructura real. Rei guardó los documentos de la caja dentro de su ropa, aseguró a Naho con una cuerda de las cortinas y miró al muchacho.

<¿Quién llevó el registro?>

Él miró a Naho antes de responder. La mujer le ordenó callar, pero Rei no necesitó amenazarlo. Señaló la ventana cerrada y los gritos que continuaban debajo. Le explicó que, si el edificio ardía, quienes habían enviado el archivo ya habían decidido abandonar a todos los presentes. El muchacho tragó saliva. Finalmente dijo que una mujer llamada Ema había bajado con dos escoltas y una caja impermeable. Debían cruzar la cisterna, tomar un bote en el canal de desagüe y entregar el archivo en la fábrica de redes.

<Rin tenía razón. El libro vuelve al lugar del que salió>

Rei dejó al muchacho sentado y regresó a la pasarela. Abajo, cuatro miembros de Cangrena estaban en el suelo y otros tres continuaban peleando. Rin había recibido un corte superficial en la parte alta del brazo, pero mantenía al Viejo Cangrejo alejado del corredor. El anciano vio aparecer a Rei y comprendió que Naho había fallado. Arrojó la espada hacia Rin, no para alcanzarla, sino para obligarla a apartarse, y corrió hacia la puerta subterránea. Rin desvió el arma con el Kōketsu y lanzó la cadena tras él. Las estrellas rozaron el guante verde sin cerrarse sobre su brazo.

Rei descendió saltando desde la mitad de la escalera. Aterrizó junto a una mesa, recogió con el pie una de las patas rotas y la impulsó hacia la puerta. La madera se introdujo entre la hoja y el suelo cuando el anciano intentó cerrarla, dejando un espacio estrecho. Rin llegó primero. Introdujo ambas manos, forzó la puerta con el hombro y la abrió lo suficiente para seguirlo. Rei se volvió hacia los compradores, que todavía permanecían ocultos.
<Quédense aquí si quieren que sus explicaciones parezcan cobardía y no complicidad. El primero que intente marcharse será tratado como parte de Cangrena>

Nadie discutió. Rei tomó la jarra de aceite, la vació dentro de una cuba con agua y cubrió las lámparas restantes antes de alcanzar a su hermana. Los miembros de la banda capaces de moverse estaban desarmados o atrapados bajo mesas y cadenas improvisadas con sus propias cuerdas. No era una detención definitiva, pero los refuerzos encontrarían la puerta principal cerrada desde dentro y la segunda señal atada a su tirador. Rin dejó el nudo mientras atravesaba el umbral subterráneo. Después, ambas descendieron tras el Viejo Cangrejo y el archivo que escapaba por debajo de Kirigakure.

El corredor bajaba mediante escalones húmedos hasta un túnel construido con piedra antigua. El agua alcanzaba los tobillos en los primeros metros y aumentaba conforme se aproximaban a las cisternas. No había lámparas, pero el anciano llevaba una pequeña luz cubierta que aparecía y desaparecía entre los arcos. Rin avanzó delante. El corte de su brazo había manchado la manga sin limitar todavía el movimiento, y el eco le permitía reconocer los pasos apresurados a cierta distancia. Rei corría detrás, manteniendo una mano cerca de la pared para orientarse mientras la sangre de su sien se mezclaba con el agua que le había caído del cabello.

El Viejo Cangrejo derribó una estantería de mantenimiento al cruzar una intersección. Rin alcanzó a ver el movimiento y frenó antes de que la madera bloqueara todo el paso. La estructura cayó entre las hermanas y el fugitivo con cubos, herramientas oxidadas y una maraña de cuerda. En vez de intentar atravesarla de frente, Rei señaló una abertura lateral por donde corría una corriente más estrecha. Los dos túneles debían alimentar la misma cisterna. Rin tomó la ruta principal para continuar presionando al anciano; Rei se desvió sin necesitar una discusión.

<Procura no terminar la misión antes de que vuelva a encontrarte>

<No tardes>

Rin trepó sobre la estantería. Una tabla cedió bajo su peso y una punta oxidada le rozó la pierna, pero consiguió atravesar sin detenerse. El anciano había apagado la luz. Sus pasos ya no sonaban delante, aunque el agua continuaba moviéndose en una dirección que no coincidía con la corriente natural. Rin redujo el ritmo. No necesitaba verlo para saber que esperaba oculto cerca de una esquina. Soltó parte de la cadena de su Kōketsu y dejó que los últimos eslabones rozaran el suelo, utilizando el sonido para cubrir el cambio de sus propios pasos.

La espada corta apareció desde un hueco en la pared. Rin inclinó el torso y sintió el filo atravesar la tela junto a sus costillas sin alcanzar la piel. Cerró la mano sobre la muñeca del anciano y trató de sacarlo del escondite. Él giró en lugar de resistir, dejó que la articulación acompañara el movimiento y golpeó con el guante verde hacia el rostro de Rin. Ella recibió el impacto en el antebrazo. Algo rígido estaba oculto bajo aquella tela, quizá placas de metal o el borde de otra arma. El golpe no la derribó, pero permitió que el hombre recuperara la espada.

<Les ofrecieron una misión demasiado grande para dos niñas>

<Sigues huyendo de las dos>

El anciano respondió con dos ataques rápidos. Rin retrocedió ante el primero y desvió el segundo con las garras del Kōketsu, dejando que el filo resbalara junto a su mano. Después lanzó la cadena hacia la pierna adelantada. El hombre saltó hacia atrás y abandonó la esquina, justo lo que ella necesitaba. Rin avanzó, manteniéndolo lejos de la intersección por la que Rei reaparecería. No intentó vencerlo allí. Cada segundo que permaneciera ocupado era un segundo durante el cual no podía alcanzar el bote ni advertir a Ema.

Rei avanzó por el conducto lateral casi inclinada. El techo descendía y el agua le llegaba a media pantorrilla. A través de pequeñas rejillas escuchaba fragmentos del combate de Rin, pero el sonido rebotaba demasiado para determinar la distancia exacta. Delante apareció una luz y, poco después, voces. Ema discutía con uno de los escoltas. El bote no podía salir porque una compuerta estaba cerrada; el segundo hombre intentaba levantarla mediante una rueda atascada. La caja impermeable descansaba sobre el asiento central. Rei se agachó detrás del último arco y observó antes de actuar.

La embarcación estaba amarrada a un pequeño muelle de piedra dentro de una cisterna circular. Una salida baja conducía al canal exterior, pero la reja permanecía descendida. Ema sostenía una ballesta pequeña. Uno de los escoltas empujaba la rueda; el otro vigilaba el túnel principal, esperando al Viejo Cangrejo. Rei podía intentar tomar la caja y quedar expuesta a los tres, o convertir la preocupación de ellos en una amenaza distinta. Recogió una piedra del agua y la lanzó hacia el conducto opuesto. El golpe resonó contra la pared. El vigilante giró; Ema levantó la ballesta hacia el sonido.

Rei salió desde el lateral y disparó la cadena de su Kōketsu hacia la caja. Los eslabones la rodearon, aunque una de las estrellas solamente se enganchó bajo la correa. Tiró antes de que Ema pudiera corregir la puntería. El archivo salió del bote, golpeó el borde del muelle y se deslizó sobre la piedra mojada hacia Rei. Ema disparó. El proyectil pasó junto a su hombro cuando ella se dejó caer y utilizó el impulso de la cadena para arrastrar la caja detrás del arco.

<¡Recupérenla! ¡El libro vale más que nosotros!>

<Esa es una forma muy triste de negociar el salario>

Los dos escoltas abandonaron la compuerta. El primero llegó al arco con una porra de madera. Rei mantuvo la caja detrás de sí y bloqueó el golpe con el antebrazo protegido por el Kōketsu. El impacto le entumeció la mano. Respondió tirando de la cadena a la altura de las rodillas; el hombre saltó sobre ella, pero tuvo que inclinarse al caer bajo el techo reducido. Rei aprovechó la postura, lo empujó con el hombro y lo lanzó contra el borde del conducto. El segundo intentó pasar junto a ambos. Ella soltó la caja únicamente el tiempo necesario para sujetar su chaqueta y frenar el avance.

Ema recargaba la ballesta dentro del bote. Rei vio el movimiento y se apartó del arco, utilizando al primer escolta como obstáculo sin mantenerlo deliberadamente frente al disparo. El proyectil se clavó en la piedra. El segundo hombre consiguió sujetar la caja y tiró en dirección contraria. Durante un instante, ambos disputaron la correa sobre el suelo mojado. Rei no tenía la fuerza de Rin y lo sabía. En lugar de insistir, aflojó de repente. El escolta cayó hacia atrás con la caja contra el pecho. Ella lanzó la cadena hacia una argolla del muro, la tensó y se impulsó sobre el hombre antes de que pudiera levantarse.

Las garras metálicas se detuvieron junto a su garganta. Rei no necesitó hundirlas. El escolta soltó la caja y levantó las manos, pero el primero ya recuperaba el equilibrio. Ella giró, recibió un golpe parcial en el hombro y cayó contra la pared. Ema aprovechó para saltar desde el bote con la ballesta descargada utilizada como garrote. Las tres figuras cerraron el espacio. Rei recogió la cadena, protegió la caja con una pierna y calculó cuánto tardaría su hermana en llegar sin permitirse depender de ello.

El sonido de metal arrastrándose surgió desde el túnel principal. Ema miró hacia allí, esperando al dirigente. En cambio, el Viejo Cangrejo apareció retrocediendo mientras la cadena de Rin se cerraba alrededor de su antebrazo armado. La kunoichi emergió detrás, tirando del hombre para impedir que recuperara distancia. Él golpeó el muro con el guante verde y desplegó desde debajo de la tela una lámina corta. Cortó uno de los enlaces externos que rozaban su muñeca, sin romper por completo la cadena, y consiguió liberarse. Cuando vio la caja junto a Rei, abandonó cualquier intento de seguir peleando con Rin.

<¡Al agua con el archivo!>
Ema obedeció sin vacilar. Se lanzó hacia la caja, pero Rei colocó el pie sobre la correa y extendió la cadena delante de ella. Rin comprendió antes de que el movimiento terminara. Disparó sus propios eslabones hacia una columna situada al otro lado del muelle y corrió en dirección al dirigente. El anciano pretendía interceptar a Rei; Rin cruzó su trayectoria y lo golpeó con el hombro, desviándolo hacia el borde de la cisterna. No confirmó la caída. Mantuvo el cuerpo entre él y su hermana mientras recuperaba la cadena alrededor de la columna.

<El archivo>

<Sigue seco. Yo no tanto>

Rei enrolló la correa de la caja alrededor de su antebrazo y se desplazó hacia la columna elegida por Rin. Las hermanas quedaron espalda contra espalda durante un instante. Frente a Rei estaban Ema y los escoltas; frente a Rin, el Viejo Cangrejo. La compuerta continuaba cerrada y el bote permanecía amarrado. Aquella ventaja podía desaparecer si alguien conseguía mover la rueda. Rei advirtió que el muchacho al que había obligado a rendirse no formaba parte de aquel grupo; al menos una persona había elegido no seguir descendiendo hacia una salida que podía convertirse en tumba.

El dirigente atacó primero. La lámina del guante buscó el costado herido de Rin mientras la espada corta avanzaba hacia su hombro. Ella bloqueó la lámina con las garras y dejó que la espada pasara por fuera, aceptando otro corte superficial en la manga para acercarse. Su mano libre atrapó el codo armado. El anciano intentó girar como antes, pero la cadena sujeta a la columna limitaba el espacio. Rin la recogió de golpe. Los eslabones cruzaron detrás de las rodillas del hombre y tensaron su postura, obligándolo a elegir entre mantener el equilibrio o completar el ataque.

Rei enfrentó a los escoltas sin separarse de la caja. Ema volvió a cargar la ballesta, esta vez apuntando hacia la mano con la que sujetaba el archivo. Rei movió la cadena en un arco amplio. Las estrellas no buscaron herir; golpearon el mecanismo del arma antes del disparo y desviaron la punta hacia el techo. El primer escolta aprovechó la apertura para sujetarla por el hombro. Rei giró sobre sí misma, enredó el brazo del hombre con la cadena y lo llevó hacia el recorrido del segundo. Ambos chocaron junto al borde del muelle.

Ema soltó la ballesta inutilizada y corrió hacia la rueda de la compuerta. Rei no podía perseguirla sin permitir que los escoltas alcanzaran la caja. Miró por encima del hombro. Rin tenía al dirigente atrapado, pero todavía no controlado. No hizo falta pedirle que eligiera. Rin soltó el codo del anciano, pasó por debajo de su brazo y lanzó el extremo libre de la cadena hacia la rueda. El metal se introdujo entre dos radios. Cuando Ema intentó girarla, la tensión quedó anclada a la columna y el mecanismo se detuvo.

<Eso cuenta como vigilar mi espalda>

<Concéntrate>

El Viejo Cangrejo utilizó la distracción para liberar una pierna y golpear a Rin en las costillas. Ella retrocedió medio paso. Él levantó la espada, pero la cadena continuaba entre ambos. Rin dejó que avanzara, envolvió el metal alrededor de su propia muñeca protegida y tiró hacia abajo. La espada chocó contra el suelo. Antes de que el anciano recuperara el brazo, Rin pisó la hoja y descargó un golpe directo contra su pecho. El hombre perdió el aire, aunque todavía intentó alcanzar la cartera de su cintura. Rin cerró las garras del Kōketsu alrededor del guante verde y mantuvo la mano lejos del escondite.

Rei consiguió apartar a los dos escoltas mediante otro giro de la cadena y lanzó la caja detrás de la columna. Ya no necesitaba protegerla con el cuerpo. Avanzó hacia Ema, quien arrancaba los radios de la rueda uno por uno con una barra. La mensajera levantó la herramienta para golpearla. Rei se detuvo fuera del primer alcance y dejó que el ataque descendiera. La barra chocó con la piedra. Su cadena rodeó el extremo antes de que Ema pudiera levantarla, y un tirón lateral le arrancó el arma de las manos. Rei redujo la distancia y apoyó las garras contra la parte exterior de su brazo.

<La caja ya no está contigo, la salida no abre y tu jefe acaba de perder la espada. Esta es la parte en la que decides cuánto más quieres empeorar la noche>

Ema observó al anciano. Rin había torcido el brazo del guante verde detrás de su espalda y utilizaba la cadena para mantener juntas sus piernas. Los escoltas continuaban de pie, pero ninguno avanzó sin una orden. El dirigente exigió que pelearan. Uno miró el agua profunda de la cisterna; el otro miró la puerta cerrada y bajó la porra. No eran leales. Eran personas pagadas para creer que Cangrena siempre tenía una salida. Cuando esa certeza desapareció, también lo hizo el deseo de recibir heridas por un libro que, según Ema, valía más que todos ellos.

El primer escolta dejó caer el arma. El segundo lo imitó después de una vacilación. Ema mantuvo la mandíbula apretada, pero soltó la barra. Rei utilizó las cuerdas del bote para asegurar sus muñecas y ordenó a los hombres sentarse separados. Rin desarmó el guante del dirigente con cuidado. Debajo encontró dos láminas pequeñas, una aguja y un compartimento plano que contenía una hoja cubierta de símbolos verdes. No era el archivo completo, sino la clave necesaria para relacionar cada código con nombres, lugares y funciones. Sin ella, el libro sería difícil de interpretar; con ambos, la red quedaba expuesta.

<No comprenden lo que han tomado. Hay nombres que no pueden arrestar, familias que comprarán jueces y funcionarios capaces de hacer desaparecer cualquier prueba>

Rei recogió la hoja sin responder de inmediato. La comparó con la primera página del registro y encontró las mismas marcas utilizadas en las ofertas. Había columnas para fuentes, intermediarios, compradores y pagos. Algunas entradas tenían símbolos de oficinas públicas; otras correspondían a comerciantes, capitanes y mensajeros. Cangrena no era grande porque tuviera muchos miembros permanentes, sino porque convertía las debilidades de personas comunes en puertas de acceso. El anciano esperaba que aquella amplitud las intimidara.

<Entonces será un informe largo. Por suerte, hablar es una de las partes de la misión que mi hermana prefiere dejarme>

<Demasiado largo>

La respuesta de Rin no suavizó la vigilancia. Registró la cartera, retiró la espada y comprobó cada nudo. Rei protegió el libro dentro de la caja impermeable y guardó la clave por separado. Si alguien conseguía arrebatarles uno durante el regreso, todavía necesitaría el otro. Después levantó el farol cubierto del anciano y realizó desde la entrada del túnel la señal acordada: tres destellos, una pausa y dos más. Los refuerzos que esperaban cerca de la estatua entrarían en la tintorería y seguirían el corredor hasta la cisterna.

El tiempo transcurrido hasta que aparecieron las primeras guardias pareció más largo de lo que fue. Rin permaneció junto a los prisioneros; Rei vigiló el túnel lateral y la compuerta. Nadie intentó escapar. El Viejo Cangrejo utilizó el silencio para prometer dinero, protección y nombres aún más importantes que los registrados. Rei le preguntó si alguna oferta incluía devolver la información ya vendida o reparar el daño causado. El anciano dejó de hablar con ella. Intentó dirigirse a Rin, pero una sola mirada le indicó que tendría todavía menos éxito.

Hidemori apareció con seis agentes. Dos se encargaron de los detenidos de la cisterna; otros continuaron hacia la tintorería. El supervisor examinó primero la caja, después la clave y finalmente las heridas de las hermanas. No expresó alivio hasta confirmar que los documentos estaban secos. Informó que el edificio superior había quedado bajo control. Ocho miembros de Cangrena fueron asegurados dentro, junto con seis compradores. Naho, Haro y la Tía Sumi serían interrogados por separado. Genta continuaba en el cobertizo exactamente donde ellas lo dejaron, muy dispuesto a recordar detalles adicionales.
<¿El hombre del guante es el dirigente?>>

<Es el Viejo Cangrejo al que obedecen y llevaba la clave. Todavía debemos comprobar si dirigía toda la red o si alguien utilizaba su nombre desde más arriba>

<Intentó quemar a los compradores con sus hombres dentro>

Hidemori miró al anciano. Aquella información revelaba más sobre su autoridad que cualquier título. Ordenó colocarle sellos de restricción y separar a Ema de los escoltas. Ninguno sería interrogado en el mismo edificio. La fábrica de redes también quedó rodeada antes de que sus ocupantes advirtieran la captura; las personas que permanecían dentro se rindieron al ver la caja en manos de Inteligencia. Al amanecer, las cuatro sedes conocidas de Cangrena estaban cerradas, sus mensajeros detenidos y los documentos trasladados a una cámara segura.

Rin y Rei regresaron al edificio de Inteligencia cuando el cielo comenzaba a aclararse detrás de la neblina. La lluvia había cesado, pero ambas llevaban suficiente agua de las cisternas como para dejar marcas sobre el suelo. La manga de Rin estaba cortada en dos lugares y el brazo le dolía al moverlo; la sien de Rei había dejado de sangrar, aunque una hinchazón comenzaba a formarse bajo el cabello. Antes del informe, un médico limpió las heridas y confirmó que ninguna requería permanecer en observación. Rin aceptó el vendaje sin comentarios. Rei preguntó si al menos podía elegir un color menos visible. No recibió esa opción.

El informe ocupó la misma habitación sin ventanas donde había comenzado la misión. Esta vez las cuatro carpetas de Hidemori parecían pequeñas frente al registro recuperado. Rei relató el contacto en el mercado, la prueba del almacén, la fábrica, la venta y el intento de evacuación. Diferenció con cuidado los hechos de sus deducciones: Sumi podía haber actuado bajo amenaza; el muchacho del piso superior se había rendido y colaborado; Genta conocía tareas logísticas, pero no las fuentes. No convirtió a cada persona relacionada con Cangrena en culpable del mismo modo. La red sería desmantelada mejor si comprendían por qué cada pieza permanecía dentro.

Rin intervino solamente cuando resultaba necesario. Describió las posiciones de los guardias, las armas utilizadas y el intento de incendio. Confirmó que el Viejo Cangrejo ordenó destruir el archivo incluso cuando aquello ponía en peligro a sus propios hombres y a los compradores. También señaló que la fábrica de redes poseía rutas acuáticas no incluidas en los mapas ordinarios. Si Cangrena las había utilizado durante meses, otros grupos podían conocerlas. Hidemori añadió la inspección de los túneles a las medidas posteriores.

<Con el libro y la clave podemos identificar a las fuentes. Las detenciones de esta noche no serán el final; algunos nombres pertenecen a oficinas donde una acusación equivocada tendría consecuencias graves. Tendremos que confirmar cada entrada>

<Pero ya no podrán venderlas mientras ustedes confirman>

<No. Cangrena dejó de operar esta noche>

Rin apoyó la espalda contra la pared. Habían cumplido el objetivo, aunque la palabra final no significaba que todo el daño desapareciera. Parte de la información ya había sido vendida. Los compradores detenidos podían haber compartido copias y algunas fuentes descubrirían la caída de la red antes de que los agentes llegaran. Rei también lo sabía. Por eso entregó una lista adicional preparada durante el regreso: los cuatro lotes ofrecidos en la subasta, sus posibles usos y las oficinas que debían recibir advertencias inmediatas. Hidemori la leyó y envió mensajeros antes de concluir la reunión.

Las consecuencias comenzaron a extenderse durante esa misma mañana. Los horarios de patrulla costera fueron modificados; los suministros médicos cambiaron de rutas y escoltas; tres inspecciones portuarias se adelantaron para impedir que los compradores aprovecharan las fechas adquiridas. Los comerciantes cuyas deudas aparecían en el catálogo recibieron protección discreta mientras se investigaban posibles extorsiones. La operación no podía recuperar cada secreto, pero sí volver inútiles muchos de ellos antes de que produjeran daño. El mercado negro perdió en pocas horas la confianza que Cangrena había construido durante meses.

Cuando Hidemori les permitió marcharse, Rei permaneció sentada un momento más. Había sostenido la voz durante todo el informe, pero el cansancio se notaba en la manera en que masajeaba el hombro golpeado. Rin se acercó y le retiró con dos dedos una mancha verde de la mejilla, residuo de alguna cuba o de la tinta utilizada en los registros. Rei miró la marca sobre el guante de su hermana y encontró otra igual en su manga. Después de una noche persiguiendo a Cangrena, ambas parecían llevar fragmentos de la banda encima.

<Nos enviaron a acabar con ellos y terminamos oliendo como su tintorería>

<Se quita con agua>

<Venimos de una cisterna, Rin. Empiezo a sospechar que el agua no será suficiente>

Rin no encontró necesario responder. Abandonaron el edificio y caminaron hacia la zona comercial mientras Kirigakure recuperaba su movimiento habitual. Los puestos abrían, las primeras embarcaciones descargaban mercancía y nadie en las calles parecía saber cuánto habían valido sus horarios, sus nombres o sus rutas durante la noche. Aquella normalidad no les molestó. La misión existía precisamente para conservarla. Rei compró dos tazones calientes en un establecimiento cercano; Rin pagó antes de que su hermana pudiera afirmar que había olvidado las monedas durante la persecución.

Comieron bajo un alero, todavía vendadas y con las ropas húmedas. Rei repasó en voz alta algunos momentos de la operación, no para corregir el informe, sino para comprobar cuántas decisiones habían dependido de que ambas comprendieran a la otra sin hablar. Rin había seguido al libro cuando la subasta pretendía distraerlas. Rei había reconocido el incendio antes de que comenzara. Una sostuvo las salidas mientras la otra protegía la evidencia; después cambiaron de función sin detenerse a discutirlo. No era una coordinación perfecta. Habían recibido golpes, permitido que el dirigente alcanzara los túneles y dependido de una compuerta atascada. Pero ninguna había quedado sola cuando importaba.

<La próxima vez que alguien diga que vender información es un crimen sin violencia, deberíamos invitarlo a cargar la caja mientras doce personas intentan incendiar el edificio>

<No habrá próxima vez para Cangrena>

Rei sostuvo el tazón entre ambas manos y observó el vapor. Esa era la forma de Rin de aceptar la conclusión: breve, absoluta y sin concederle al enemigo más espacio del necesario. La banda ya no poseía sedes seguras, compradores anónimos ni registros con los cuales reconstruirse. Sus miembros principales estaban detenidos; sus fuentes comenzarían a caer conforme se descifrara el libro; los secretos más peligrosos habían perdido utilidad mediante los cambios ordenados al amanecer. Acabar con Cangrena no había significado eliminar a cada persona vinculada con ella, sino destruir aquello que permitía que funcionara como red.
Rin terminó primero y dejó el tazón vacío a un lado. Miró hacia la calle, donde la neblina escondía parcialmente el edificio de Inteligencia. Rei todavía tenía varias preguntas sobre los nombres del registro, pero ya no les correspondía perseguirlos a todos durante aquella mañana. Habían entregado pruebas, prisioneros y rutas. La misión estaba completa. Cuando su hermana se levantó, Rei bebió lo último de su caldo y la siguió, acomodándose el vendaje del hombro bajo la ropa.

<Admite que mi conversación con Haro fue más útil que irrumpir por el techo desde el principio>

<Tardó demasiado>

<Eso no es una negación>

Rin continuó caminando sin concederle la respuesta que buscaba. Rei sonrió apenas y ocupó su lugar a su lado. Detrás de ellas, las oficinas comenzaban a trabajar sobre el archivo de Cangrena; delante, Kirigakure seguía despertando sin saber que una parte de sus secretos había estado a punto de venderse al mejor postor. Las hermanas se internaron juntas en la niebla, cansadas, heridas y todavía manchadas de verde, pero con la certeza concreta de haber cerrado cada puerta por la que aquella información podía escapar.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Masashi Kishimoto
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20-09-2026, 02:03 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada C] La Banda Cangrena (TID 14973)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Rin to Rei — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Shinigami
Rango Staff
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Nivel 3
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20-09-2026, 02:03 AM
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