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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato   ›   Hospitales   ›   [Común] Misión de grado C - Asistencia Hospitalaria
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Misión de grado C - Asistencia Hospitalaria
Narrador Renacuajo-Kun
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18-09-2026, 08:15 PM
54 de Verano 150
— Konohagakure no Sato (Hospital)

-¿Dónde se han metido todos los ninjas médicos?, mierda, las urgencias nos comen, aseguró aquel hombre de mediana edad con las gafas de pasta, su bata mientras hacia un gesto al muchacho que parecían haber enviado para ayudar a los pacientes,-Perdona el jaleo, todo está manga por hombro, al parecer los ninjas médicos tuvieron que salir en su mayoría a un incidente mayor y estamos tirando de ninjas con dotes médicas, ¿puedes ayudarnos?, preguntó este haciendo un pequeño gesto para subir sus gafas, fue un gesto cuanto menos mínimo pero claro, solo observo al chico y le hizo un gesto con sus dedos, esperaba que lo siguiera hacia la zona donde los ninjas y kunoichis esperaban, podía verse los pasillos limpios con algún persona sanitario, moviendo pequeños carritos con medicación y algunas vendas, la zona era un lugar de reposo, contaba con camillas y algunos sitio donde, los pacientes podían meterse para hacer ejercicios de hidroterapia, como si fuera unos cubículos donde meterse en agua fría y caliente para ayudar a los músculos, el hombre le hizo un peque tour por las instalaciones antes de dejarlo allí, pudiendo enseñarle, la zona de ninjas médicos, donde había algún que otro médico de guardia por si ocurría algo más grave, la zona de medicamentos y equipamiento, custodiada por el que parecía un Jounin de la aldea, unos pasillos con escaleras y algunas salas que estaban tapadas con unas cortinas.

-¿Listo para empezar?, es el momento si tienes alguna duda, te dejare solo conforme empieces, comentó con calma mirando al joven chico mientras metía las manos en los bolsillos de la bata, podía escuchar toda clase de improperios y habladurias de las salas cercanas, algunos ninjas habían quedado más que extasiados del entrenamiento arduo que habían llevado, por lo que, tendrían que recuperar fuerzas allí, aplicando algo de energía yang, masajes y una serie de procedimientos podrían recuperarse, ciertamente ese chico deberían darles una buena reprimenda por su comportamiento, quizás cuando fuera conociendo a aquellas personas entendieran su motivo y por qué, esa fuerza de voluntad por entrenar sin descanso, la aldea estaba en un punto crítico, los ninjas eran una herramienta valiosa y, querer separarse del resto, mostrar dominio y fuerza era un pilar

-EH EH, ¿¡¡Dónde están los ninjas médicos?¿es que aquí no trabaja nadie!!?, parecía la voz de un hombre adulto, de mediana edad el cual bueno, parecía estar perdiendo un poco la paciencia al estar en ese sitio algo más de tiempo del debido, quizás quería ser tratado el primero por el contrario quería otra cosa, la gente lo miraba con cierto desdén, por el alboroto que generaba y lo ruidoso que era, tal vez si no se le trataba pronto bueno, podría ir mas haya esa especie de queja o broma.

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Resumen: Bueno esta es la entrada a la misión, espero que lo pases bien y disfrutes, cualquier cosa que necesites tienes mi mp abierto.

Importante: Deja un resumen de tus acciones, sin más, que comience la misión.
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza70(3)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad12
Tenketsu12
Sigilo9
360
330
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18-09-2026, 08:56 PM
l alba se filtró a través de los postigos agrietados de su modesta morada, revelando el inicio de una nueva jornada en la que el aislamiento estricto y la disciplina marcial constituían las únicas constantes inquebrantables de su existencia. Con movimientos mecánicos y una precisión absoluta, Argeon se levantó de su futón, revisando minuciosamente cada uno de los componentes de su equipamiento táctico antes de ajustarlo con firmeza sobre su indumentaria habitual.



Su mente, gobernada por el recuerdo constante de las exigencias que su madre le imponía en la antigua residencia anexa del Clan Senju, rechazó cualquier atisbo de distracción mientras aseguraba las correas de sus pertrechos. Tras verificar que el refugio quedaba completamente sellado frente al exterior, el shinobi abrió la puerta y abandonó la precaria vivienda, emprendiendo la marcha con un paso firme que ignoraba por completo el bullicio de las calles circundantes.



El trayecto hacia las instalaciones médicas obligatorias transcurrió bajo una atmósfera de rigurosa reserva, manteniendo los sentidos alertas y la mirada fija al horizonte sin conceder la menor atención a las dinámicas sociales de los clanes prósperos. Al llegar al sector designado, su figura se recortó frente a la entrada del recinto sanitario de emergencia, un edificio donde la crisis operativa ya comenzaba a manifestarse a través de la tensión palpable del personal que deambulaba por los accesos principales.



Cruzó el umbral con la espalda erguida y la red de chakra estabilizada, adentrándose en un escenario donde el desorden administrativo y la saturación de los espacios comunes amenazaban con quebrar la tranquilidad de cualquier operativo desprevenido. La abrumadora avalancha de quejas emitidas por aquel hombre de mediana edad de gafas de pasta resonó en su mente con la potencia de una directriz imprevista, alterando de forma abrupta el esquema de aislamiento estricto al que estaba habituado.



El caos imperante en el pasillo, con los pequeños carritos de medicación desplazándose y el desborde absoluto en las urgencias debido a la ausencia masiva de los verdaderos especialistas, activó de inmediato sus mecanismos de alerta táctica ante un escenario descontrolado. Sin embargo, antes de que pudiera procesar la magnitud real de aquel desorden operativo o dar una respuesta inmediata al requerimiento de asistencia que el médico le señalaba con un gesto de su bata, sintió cómo el estrés propio de verse inmiscuido en un entorno tan caótico amenazaba con nublar su objetividad analítica.

La tensión acumulada en el centro de su pecho comenzó a expandirse con rapidez, amenazando con desestabilizar el flujo interno de su chakra ante la perspectiva de tener que lidiar con un descontrol ajeno y con la inminente exigencia de aplicar dotes médicas sin previo aviso. Consciente de que permitir que esta alteración emocional comprometiera su rendimiento constituía una negligencia imperdonable, decidió aplicar de inmediato la técnica de respiración profunda heredada de su madre para neutralizar el impacto del entorno.



Cerró los ojos por una fracción de segundo para desconectarse visualmente del ajetreo del hospital, inhalando aire de manera lenta y controlada a través de las fosas nasales para expandir su diafragma al máximo volumen posible sin generar sospechas sobre su estado interno. En su memoria resonó con firmeza la voz inflexible de su progenitora, recordándole la exigencia de mantener siempre el orden interno y la compostura marcial sin importar cuán hostil o desorganizado fuera el escenario exterior al que se enfrentara.



Retuvo el oxígeno en su interior durante un conteo exacto de cinco segundos, permitiendo que la presión interna contrarrestara físicamente el nudo de ansiedad que oprimía su sistema, mientras ordenaba a cada músculo de su cuerpo relajar la rigidez acumulada. Al exhalar de manera pausada a través de los labios entreabiertos, visualizó cómo el estrés y el descontento abandonaban su organismo en un siseo casi imperceptible, devolviendo sus pulsaciones al nivel basal y estabilizando su red de chakra en un estanque de absoluta frialdad.



Con el sistema energético completamente purificado y la mente reinstalada en su habitual estado de severidad analítica, Argeon abrió los ojos para enfocar su atención en los detalles del recorrido que el médico de bata le estaba ofreciendo de manera apresurada por las instalaciones. Mantuvo la espalda erguida y la mandíbula firme mientras observaba las camillas dispuestas para el reposo, los cubículos destinados a la hidroterapia con agua fría y caliente para la recuperación muscular, y la zona de medicamentos custodiada por un Jounin de la aldea.



Absolutamente fiel a su estricto código de conducta y a la directriz imperativa de no dar nada por sentado, se abstuvo categóricamente de asumir las intenciones, el nivel de competencia o los pensamientos ocultos del personal sanitario que deambulaba por los pasillos con los pequeños carritos de suministros.  No emitió ninguna suposición sobre la gravedad real de los pacientes que ocupaban las salas tapadas con cortinas, ni prejuzgó las razones del alboroto que se escuchaba desde las habitaciones cercanas donde los shinobis extasiados por el entrenamiento extremo debían recuperar fuerzas mediante masajes y energía yang.



La presencia del médico, quien metía las manos en los bolsillos de su bata tras terminar el breve tour y le preguntaba si estaba listo para empezar dejándolo solo, fue registrada por el Senju como una simple variable logística dentro de un entorno operativo desconocido y de carácter temporal. Tampoco dio por sentadas las motivaciones de la aldea respecto a la dureza de los entrenamientos ni intentó adivinar por qué aquellos sujetos priorizaban mostrar dominio y fuerza en un punto tan crítico, limitándose estrictamente a procesar la información empírica que sus sentidos captaban en ese preciso instante.



El estallido de gritos proveniente del exterior inmediato, protagonizado por un adulto de mediana edad que perdía la paciencia y exigía atención prioritaria mientras los presentes lo miraban con desdén, irrumpió en su campo auditivo como un nuevo factor de fricción en el ambiente. Argeon giró la mirada hacia la fuente del alboroto con una frialdad milimétrica, evaluando el lenguaje corporal del sujeto alterado, el volumen de su voz y la reacción de rechazo de la gente circundante, sin emitir ningún juicio moral sobre su comportamiento ni anticipar si aquel reclamo derivaría en un conflicto físico mayor.



El hombre ruidoso representaba una anomalía estridente en el recinto, un elemento disruptivo que amenazaba con romper los márgenes de orden que el hospital intentaba mantener en medio de la crisis por la escasez de ninjas médicos en la zona. No obstante, en lugar de dejarse arrastrar por la molestia generalizada o de intervenir de manera espontánea, el shinobi mantuvo su postura estatuaria y su equipamiento táctico ajustado, a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos sin asumir ninguna obligación de calmar al sujeto por iniciativa propia en un territorio ajeno.



La acumulación de este nuevo estímulo hostil comenzó a generar una ligera presión en su sistema nervioso, un eco de estrés que amenazaba con perturbar la calma que tanto le había costado recuperar mediante la disciplina materna al ingresar al edificio. Obligado a lidiar nuevamente con las secuelas de la tensión ambiental, Argeon se preparó mentalmente para repetir el ciclo de control respiratorio si la situación lo ameritaba, manteniendo los brazos libres y la mirada gélida fija en el entorno cambiante.



Permaneció en su sitio, plantado con la solidez de un muro de piedra, completamente consciente de que cualquier movimiento en falso en medio de aquel hospital colapsado podría comprometer su discreción y su seguridad personal en el cumplimiento de la misión asignada.



Y tras haber evaluado con absoluta frialdad las anomalías del entorno y el comportamiento del paciente alterado, el shinobi consideró que era el momento operativo idóneo para dar el siguiente paso en su asignación. Con un movimiento fluido y controlado, despegó su calzado de la superficie del pasillo y comenzó a avanzar hacia el interior de las instalaciones médicas con una marcha rítmica y silenciosa.



Su objetivo principal en ese instante consistía en localizar de manera directa a la figura responsable de coordinar las labores dentro de aquel improvisado centro de emergencia para ponerse formalmente a su disposición. Mientras sus botas resonaban de manera apenas perceptible sobre el suelo pulido, sus ojos escudriñaban cada una de las intersecciones y salas laterales en busca de algún oficial o médico principal que ostentara la autoridad de mando.



La tensión acumulada en el centro de su pecho intentó manifestarse de nuevo ante la incertidumbre de la búsqueda, obligándolo a mantener un control absoluto sobre su sistema respiratorio mediante la visualización heredada. Inhaló aire con extrema lentitud a través de la nariz, permitiendo que la contracción diafragmática estabilizara su red de chakra y disipara cualquier rastro de impaciencia impropia de su estricta disciplina marcial.



Al retener el oxígeno durante el conteo reglamentario de cinco segundos, su mente volvió a proyectar la imagen severa de su progenitora, recordándole que la sumisión a la jerarquía operativa era un deber inquebrantable. Exhaló con un siseo imperceptible que eliminó por completo la rigidez de sus hombros, devolviendo sus pulsaciones a un estado de absoluta calma y frialdad analítica antes de doblar hacia un nuevo pasillo.

En ese nuevo trayecto, visualizó los pequeños carritos de suministros y las cortinas que ocultaban a los pacientes en recuperación, absteniéndose categóricamente de prejuzgar o dar por sentado el estado de salud de los ocupantes. Su avance se mantuvo estatuario y firme, proyectando una presencia de rigurosa formalidad que impedía cualquier malentendido sobre su propósito dentro del complejo sanitario colapsado por la crisis de personal.



Al fondo del corredor principal, sus agudos sentidos captaron la silueta de un operativo con rango de mando que revisaba unos pergaminos logísticos junto a la zona de almacenamiento custodiada por el Jounin. Acelerando ligeramente el paso sin perder la elegancia táctica de su postura, Argeon acortó la distancia restante que lo separaba de aquel encargado de la supervisión general en el ala médica de urgencias.



Se plantó a una distancia prudente y reglamentaria frente al individuo, manteniendo la espalda completamente erguida, la mandíbula firme y las manos libres de cualquier movimiento innecesario o amenazante. Esperó una fracción de segundo a que el responsable levantara la vista de sus documentos, asegurando que el contacto visual fuera directo, frío y exento de cualquier emoción superflua o vacilación juvenil.



—Reportándome para la asignación de labores médicas —



Enunció con voz seca, grave y perfectamente medida, declarando su presencia sin rodeos ni explicaciones innecesarias sobre su procedencia u ostracismo. La formulación de su presentación no buscaba la validación personal ni establecía un diálogo de cortesía, sino que constituía un requerimiento estrictamente profesional enfocado en recibir las directrices operativas del encargado.



Permaneció inmóvil en su sitio tras la declaración, esperando que el supervisor emitiera su respuesta o le indicara el sector específico donde debía comenzar a aplicar sus conocimientos de asistencia sanitaria de inmediato.

Resumen: Argeon sale de su casa y se dirige a las instalaciones, al llegar observa la situación y se va a reportar para ponerse a cumplir las ordenes que le asignen.


Resumen, Personaje
Estadísticas de Argeon
Argeon
Estadísticas Generales
Fuerza
70 M: 3
Inteligencia
5 M: 1
Destreza
10 M: 1
Ctrl. Chakra
5 M: 1
Estadísticas Especiales
Salud
9
Tenketsu
12
Sigilo
9
Velocidad
12
Vida 360 Chakra 330 Reg. Chakra 48


Vida: 360/360


Chakra: 330/330


✔Aprendida · 12-09-2026
◈Pasiva
✦Nivel: Cero
#ID: SENJ101B
◔Coste
Sin coste indicado
▣Descripción

El Clan Senju basa su poder en la acumulación progresiva de chakra mediante el Byakugō, un sello latente que se manifiesta una vez que el usuario ha adquirido sus especialidades. Esta técnica permite almacenar y posteriormente liberar dicho chakra, habilitando el uso de las especialidades mientras el Byakugō permanezca activo. Las especialidades se dividen en niveles [I], [II] y [III] que representan distintos grados de dominio y enfoque dentro del desarrollo del usuario.

El Byakugō dispone de una cantidad máxima de turnos de uso, los cuales pueden administrarse de forma fraccionada a lo largo del combate. Sin embargo, una vez activado por primera vez, el usuario deberá asumir el costo correspondiente de uso del Byakugō, quedando obligado posteriormente a pagar en su totalidad los costos en Posts indicados en las especialidades antes de poder volver a utilizarlo.

Al obtener sus especialidades, el usuario será clasificado dentro de uno de los tres tipos de Senju de acuerdo con el grupo de especialidades que posea en mayor número. Si existe un empate entre dos o más grupos, el usuario podrá escoger el estilo que adoptará al activar el Byakugō.

[I] - Jōkai (Constante): Estos manifiestan tres marcas permanentes en el rostro, reflejando una afinidad por la estabilidad y el uso constante de sus capacidades.

[II] - Jōkara (Equilibrio): Estos poseen una marca inicial que se expande por el cuerpo durante la activación del Byakugō y desaparece posteriormente, representando su naturaleza intermedia entre la constancia y el poder.

[III] - Chikara (Poder): Inicialmente no presentan marcas visibles; sin embargo, al liberar el Byakugō aparecen múltiples marcas distribuidas por todo el cuerpo, simbolizando la liberación masiva de poder acumulado.

✧Efecto
1 (MCCK) de Daño y Resistencia - 1 (MCCK) de Turnos Máximo


Virtud de Brújula Innapta, Curandero, Disciplina Ascética y Capacidad Sensorial Aumentada II: Olfato y Tacto.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Narrador Renacuajo-Kun
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19-09-2026, 10:36 AM
Al muchacho no tardaron mucho en llamar, estaba allí esperando y fue guiado por una mujer del servicio sanitario, ¿su edad?, rondaría los treinta años, pelo cobrizo y pecas en la cara, parecía muy dispuesta a ayudar pero, en esos sitios siempre faltaban manos, mucho ajetreo y follón a la hora de curar a los pacientes, -Por favor sígueme, empezaremos con el señor Oswalt, aclaro para desplazarse hasta una sala contigua, no muy lejos de allí donde había un ninja de mediana edad, con barba y un aspecto claro de agotamiento, estaba tumbado en una camilla y parecía molesto, aunque sin motivo aparente, estaba ahí farfullando y maldición en voz baja,-Menudo entrenamiento, esto de ser un ninja no está pagado, explicó casi como queja, en sus brazos podían verse una vendas y su actitud era estar a la defensiva, quizás si alguien le diera un poco de conversación esa especie de ánimo de crispación del hombre cedería, ¿sería nuestro compañero Argeon quien lo haría?, el hombre solo renegaba, podía verse incluso como en sus brazos los músculos se motivan como si estuvieran acalambrados por el intenso entrenamiento realizado, estaba quieto aunque molesto, ¿Qué haría el chico?

-Eh, chico, chico, si no vas a tratar a ese cascarrabias entonces, ¿puedes tratarme a mí?, resonó la voz de una camilla cercana, era un hombre mucho más joven, moreno, ojos verde y una sonrisa en sus labios, casi parecía ser alguien tremendamente inocente, estaba ahí, incorporado intentado que alguien lo curara para volver al entrenamiento, desprendía un halo de interés por su profesión, por ser mejor ninja y aprender, quizás este fue el hecho que lo marco y le provoco el daño, estar demasiado entusiasmado o tener un comportamiento pasota lo había podido dañar. El hombre más cercano al ninja lanzó una mirada fulminante hacia el otro individuo, el que se había “metido en la conversación”, ahora el ninja medico tendría que elegir, ¿a quién curar primero al hombre que tenía ese carácter agrio o al chico más amigable?, todo estaba por decidir y dependía exclusivamente del ninja que ahora estaba haciendo la ronda, la gente en las camillas próximas guardaba un especial silencio, quizás expectante a ver qué decisión tomaban Argeon, si se guiaba por el orden establecido entonces tendría que curar al hombre de mal carácter pero, si se guiaba por el corazón entonces bueno, tal vez debería curar al chico simpático, fuera como fuese tendría sus críticos y sus apoyos.

En la puerta se podía escuchar a la mujer que lo guio hasta aquí recibir un informe que, leyó en voz alta, “No tendremos disponibilidad de ninjas médicos en unas horas, tendréis que ocuparos con los ninjas disponibles, lo siento”, la mujer quedo callada sin decir nada y prosiguió con sus tareas, el ninja podría haber escuchado esas palabras pero los internos no, debido a que estaban hablando o simplemente haciendo ruido, quejándose o demás comportamiento bueno, cuanto menos cuestionables.

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Resumen: El chico es llevado a la sala donde están las personas que debe curar, ante el se abre un dilema, dos pacientes se estan peleando en busca a quien curar.

El primero es solicitarlo (y al que te lleva la enfermera) es Oswalt (la persona de carácter agrio), por otro lado tenemos al desconocido simpático que, propone curarlo a él antes, ¿A quien elegiras?, que comience el juego….
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza70(3)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad12
Tenketsu12
Sigilo9
360
330
Enlace al Post
19-09-2026, 11:54 AM
Con la mirada gélida y analítica que dictaba su rigurosa formación por parte de su madre, quien en vida fue una extraodinaria Kunoichi en la rama de la medicina y del clan Senju, Argeon se detuvo en el umbral del área de tratamiento, absorbiendo con precisión milimétrica cada detalle visual, espacial y auditivo del caótico entorno que lo rodeaba. Su campo de visión evaluó de manera metódica las facciones contraídas del señor Oswalt, registrando un animo de posible cansancio, molestia y claramente por su forma de hablar de irritación, por otro lado, se observo en el paciente un vendaje que pudiera indicar posiblemente una laceración leve, fractura o algo más. Esta evaluación parcial era algo que la mente comenzaba a registrar, pero no se detuvo allí si no que noto en los brazos de ese hombre adulto cierto signos de calambre, por lo que su prioridad ante una emergencia era baja, dado que ya había recibido atención médica, por lo cual seria solo revisión y en caso de necesitar aplicación de técnicas médicas. Aunque, recordó el orden de atención en caso de no existir una emergencia y debería seguir el protocolo de atención según el orden de llegada, quizás molesto para muchos, pero ante el estado de como se encontraba la situación era lo más adecuado.

Posteriormente sus orbes se clavaron en otro paciente un poco más joven, el cual poseía una actitud más calmada, pero no mostraba signos que alarmarán al Senju para darle prioridad en el momento de atención, sin embargo, no podía descuidar porque desconocía el historial de ambos pacientes, quizás era una lástima, pero era esa las limitaciones. Y si eso fuera poco se sumo a cierta fricción latente entre ambos pacientes flotaba en el ambiente del recinto sanitario, creando un clima cargado de una tensión innecesaria que amenazaba con ralentizar los procedimientos médicos, desestabilizar la disciplina del sector y comprometer la operatividad. En consecuencia, no podía permitir que se instaura la anarquía y el desorden verbal constituían un obstáculo inaceptable para la correcta administración de los recursos sanitarios disponibles, el joven Senju decidió intervenir con una firmeza institucional incuestionable, dando un paso al frente con una elegancia marcial totalmente desprovista de vacilaciones.

Y fue así que actuó en cuestión de minutos, lo cual era caminar y posicionarse exactamente en el punto medio entre ambas camillas para arbitrar la disputa bajo los protocolos formales de mediación, Argeon elevó su tono de voz lo suficiente para cortar de raíz los reclamos cruzados, proyectando una autoridad sobria que exigía silencio absoluto y compostura inmediata a los dos heridos.

—Les pido colaborar y así en la brevedad le atenderemos. — Hizo pausa. —Ante una situación como esta existe un protocolo, y ante el mismo me debo regir. — Observo ambos hombres. —Por esa razón atenderé primero al Sr, Oswalt. —

Este omitió la razón, porque no solo era por el orden de llegada, sino por el estado de salud del mismo, ya que la otra persona solo parecía mostrar indicios críticos visibles, quizás internos, pero este no logro observar alguno que le hicieran darle prioridad al mismo, sin embargo, no podía dejarlo descuidado. No obstante, tras pronunciar estas palabras orientadas a pacificar el ambiente y restablecer los parámetros básicos de convivencia institucional, el shinobi se dispuso a proseguir con sus deberes médicos conforme al orden de prioridad establecido por el protocolo de crisis.

Su primera acción operativa consistió en girarse formalmente hacia el veterano Oswalt, reconociendo en él el foco de mayor crispación en el área y preparándose para abordar los calambres musculares que aquejaban al agotado ninja mediante una aproximación estructurada. Extendió ambas manos con una concentración milimétrica, dirigiéndose al paciente con un saludo cordial y medido que cumplía rigurosamente con los protocolos de aproximación exigidos.

—Señor Oswalt, déjeme presentarme— Hizo pausa.  —Soy Argeon Senju. — Lo examino buscando otro síntoma del cual no hubiera visto antes, pero solo eso no le bastaba por eso le pregunto. —Cuénteme Sr. Oswalt ¿Por qué ha venido? Y si algo le duele y en caso de ser así, por favor indíqueme el lugar de la dolencia. —

Expreso con un tono frio como un veterano en la medicina, algo más lejos de la realidad, pero si con cierta experiencia y entrenamiento dado por su madre, para así ser clasificado como curandero. Además, empleo su sentido olfativo, el cual se encontraba algo con mayor desarrollo intento buscar un aroma extraño, quizás algo de sangre, orina o eses. Sin embargo, aparentemente no podía provenir de él o del paciente que estaba cercano a este, es decir, ese joven. Este signo era algo bueno, ya que no hablaba de una emergencia critica. Sin embargo, el bullicio generalizado del hospital, los quejidos lejanos de otros heridos y la presión invisible de la crisis exterior comenzaron a generar una repentina sobrecarga sensorial en su interior, manifestándose como una opresión punzante e incómoda que intentó golpear el centro de su pecho.

Consciente de que permitir que el estrés ambiental afectara su rendimiento táctico constituía una negligencia imperdonable según las enseñanzas de su linaje, Argeon detuvo momentáneamente sus acciones físicas para aplicar el método de respiración profunda heredado de su madre. Cerró los ojos por una breve fracción de segundo para desconectarse visualmente del entorno, inhalando aire lentamente a través de la nariz y forzando la expansión controlada de su diafragma al máximo volumen posible para oxigenar su sistema nervioso.

En su mente resonó con autoridad inquebrantable la voz severa de su progenitora, exigiéndole mantener una compostura inquebrantable y un orden interno absoluto frente a cualquier manifestación de caos externo que pretendiera doblegar su disciplina. Retuvo el preciado oxígeno en su interior durante un conteo métrico exacto de cinco segundos, utilizando esa presión interna para disipar milimétricamente cualquier rastro de tensión somática acumulada en su musculatura y estabilizar su flujo energético.

Al exhalar de manera pausada a través de sus labios ligeramente entreabiertos, un siseo imperceptible barrió por completo el estrés residual, devolviendo su ritmo cardíaco al nivel basal y afianzando la firmeza de su red de chakra. Con el sistema completamente purificado y la mente reinstalada en su habitual frialdad analítica, Argeon reabrió los ojos con una mirada gélida, manteniendo su posición estricta frente a la camilla del señor Oswalt.

Manteniendo una compostura estatuaria y con la rigidez marcial que caracterizaba su postura, Argeon conservó los brazos extendidos a una distancia prudencial de la camilla, sometiéndose voluntariamente al compás de espera que dictaban los protocolos formales de aproximación médica. Consciente de que la disciplina institucional le prohibía actuar de manera precipitada o avasallar la voluntad del paciente sin su consentimiento verbal explícito, el joven Senju contuvo cualquier movimiento impulsivo, permitiendo que el silencio se prolongara el tiempo necesario mientras evaluaba milimétricamente cada espasmo en los músculos del veterano.

La tensión en el ambiente continuaba latente, pero el shinobi mantuvo su mirada gélida fija en el rostro del señor Oswalt, demostrando con su absoluta inmovilidad que el respeto al procedimiento estricto prevalecía por encima de la urgencia operativa del hospital de campaña. Cada segundo de espera refuerza la obligatoriedad de la mediación y el protocolo de consentimiento previo, evitando cualquier asomo de imposición que pudiera avivar la hostilidad del hombre barbudo o contravenir las normas de decencia sanitaria heredadas de su formación.

Y sin descuidar ni un solo instante la camilla del señor Oswalt ni romper la estricta postura de espera reglamentaria, Argeon amplió de manera sutil su campo de percepción periférica para monitorear simultáneamente la condición del joven de ojos verdes. Su aguda capacidad sensorial y analítica midió con precisión los signos vitales visibles del muchacho, evaluando la regularidad de su respiración, la tensión en su musculatura y cualquier cambio orgánico sutil que delatara una complicación derivada de su entusiasmo o del esfuerzo físico previo. Mantener esa doble vigilancia exigía un control absoluto de su atención, dividiendo su enfoque entre el veterano hostil que aún sopesaba su respuesta y el paciente contiguo, consciente de que las condiciones de salud podían alterarse de forma imprevisible en cuestión de segundos.

Por otro lado, mientras permanecía en ese estado de alerta absoluta y preparación defensiva ante cualquier fluctuación imprevista en el sector, el joven Senju mantuvo los canales de su red de chakra firmemente anclados a su frialdad analítica. Cualquier alteración en el ritmo respiratorio del joven moreno o el más mínimo indicio de agravamiento en su cuadro clínico sería inmediatamente registrada por su mente metódica, permitiendo una rápida adaptación táctica si el orden de prioridad médica requería una modificación de emergencia. Sin embargo, ante este panorama, su disciplina no le permitía mostrar duda o mucho menos algún cambio, esto era porque poseía algo casi rígido en su disciplina, a la estricta espera de que el señor Oswalt rompiera el silencio y concediera la autorización verbal requerida para proceder con el examen físico de sus extremidades.

Resumen
Fiel a la rigurosa y gélida formación médica heredada de su madre kunoichi, Argeon Senju evalúa con precisión milimétrica el caótico entorno del área de tratamiento, identificando la irritación y los calambres del veterano Oswalt y la actitud calmada de un segundo paciente más joven. Ante la tensión latente que amenaza la disciplina del sector, el joven shinobi interviene con firmeza institucional para establecer el orden, determinando que atenderá primero a Oswalt conforme a los protocolos formales y su estado clínico. Tras presentarse formalmente e indagar sobre las dolencias del veterano mientras descarta riesgos críticos mediante su agudeza sensorial, Argeon experimenta una repentina sobrecarga ambiental que combate de inmediato aplicando una técnica de respiración profunda y control mental heredada de su linaje. Finalmente, con el flujo de su chakra estabilizado y su frialdad analítica restaurada, mantiene una postura estatuaria y de estricta espera del consentimiento verbal de Oswalt, mientras divide hábilmente su atención y percepción periférica para monitorear simultáneamente la condición del paciente contiguo ante cualquier fluctuación imprevista.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Narrador Renacuajo-Kun
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19-09-2026, 02:17 PM
El sitio se quedó callado cuando el joven muchacho empezó a preguntar hacia el hombre, Oswalt, se oían comentarios de todo tipo quizás por la escasa edad del muchacho, “¿Qué hace un niño aquí?¿no tendría que estar en la academia?¿seguro que puede aplicar tratamientos médicos?”, era algo normal, las personas más mayores miraban con cierto recelo al muchacho, quizás nada de lo que hiciera podría corregir esto, estaban uhm, mas “chapados a la antigua”, era de otro modo y no entendía del todo como alguien tan joven podía haberse convertido ya en un shinobi, era por esto que los comentarios, pese a hacerlos en voz baja podrían haber llegado a los oídos del bueno de Argeon,  el hombre s incorporo viendo la cara del chico, se dio cuenta de que era muy joven pero no le importó, para el antiguo ninja aquello solo era signo de que, el chaval sería un erudito dentro de ese ámbito, lo que, en cierta medida hizo que se relajara y se sintiera mucho más cómodo, -Siento mucho calambre en los brazos, practica con técnica Raiton, me dejo los músculos aturdidos, reconoció quitándole ligeramente las vendas de sus brazos, dejando que Argeon pudiera ver ciertas cicatrices y molestias en las extremidades.

-Parece que sabes muy bien cómo afrontar esta clase de situaciones, ¿llevas mucho siendo ninja medico?, preguntó el hombre mientras esperaba que el medico empezara a revisar lo que eran sus extremidades, no sentía dolor intenso pero si una pesadez notable por el uso excesivo del entrenamiento, eso y no haber cuidado nunca estas “herramientas de trabajo”, cada persona a fin de cuentas era un mundo, tener que cuidarse, mejorar y aprender no todo el mundo lo llevaba a cabo, si le preguntabas a Oswalt te diría que nunca quiso ser ninja sino que, por cuestiones familiares y por reputación medio se vio obligado a serlo, eran sin duda otros tiempos donde las cosas eran distintas, o al menos así podía verlas ese ninja más mayor.

***

-¡¡PASO, PASO PASO!!, era otra camilla siendo movida por una de las mujeres del servicio médico, la transportaba con una rapidez pasmosa, al parecer había un incendio en el bosque de la mujer, un altercado con algunos bandidos o gente que estaba realizando algún tipo de práctica ilegal en el sitio, el caso es que, varios ninjas de bajo rango que intentaba ayudar había salido mal parados y tenía que ser movidos a este centro, la cosa se complicaba y el ninja medico posiblemente tendría que actuar,  era otra clase de heridas, daños por caída, sangrado leve y alguna que otra contusión, nadie podía obligar al joven chico a quedarse en la sala pero, quizás en esos momentos necesitan más la ayuda los heridos del bosque que las personas que estaban en esa sala, sala de personas con ligeros daños por sobreesfuerzo.

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Resumen: Oswalt habla contigo cuando, pasado unos momentos después de tratarlo entra una camilla a toda velocidad hacia una sala interior, al parecer un invidente producido en el bosque de la muerte causo algunos heridos, ahora viene la pregunta.

¿te quedaras en la sala con las personas que mencionaste que curarías o te desplazarías a la zona nueva (abandonando al chico simpático que ibas a curar)?
Gracias.
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza70(3)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad12
Tenketsu12
Sigilo9
360
330
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19-09-2026, 03:44 PM
Última modificación: 19-09-2026, 03:52 PM por Argeon.
Estadísticas de Argeon
Argeon
Estadísticas Generales
Fuerza
70 M: 3
Inteligencia
5 M: 1
Destreza
10 M: 1
Ctrl. Chakra
5 M: 1
Estadísticas Especiales
Salud
9
Tenketsu
12
Sigilo
9
Velocidad
12
Vida 360 Chakra 330 Reg. Chakra 48


El murmullo incrédulo de los veteranos «chapados a la antigua» sobre la corta edad y capacidad de Argeon se extinguió en el aire, disuelto de inmediato por la respuesta del señor Oswalt. El hombre, despojándose de las vendas para revelar las extremidades entumecidas y surcadas de cicatrices por el uso de técnicas de Raiton, reconoció la pericia del joven y le dirigió una pregunta directa sobre su experiencia como ninja médico mientras aguardaba la revisión.

Pero la frágil calma del recinto se fracturó de golpe. Un grito desgarrador de “¡PASO, PASO PASO!” irrumpió desde la entrada, acompañado por el rodar frenético de una camilla conducida a velocidad pasmosa por una de las asistentes médicas. Un altercado con bandidos y prácticas ilegales en el bosque cercano había dejado a varios ninjas de bajo rango heridos con contusiones, sangrados leves y daños por caídas. La crisis exterior estallaba de lleno en el centro sanitario, reconfigurando instantáneamente las prioridades operativas de la sala.

Ante este repentino torbellino de caos y urgencia real, el sello en forma de rombo situado en la frente de Argeon se activó levemente. De inmediato, una pulsación energética comenzó a emanar de la marca, manifestando de manera visible la naturaleza dual de su chakra: una sinergia perfecta y brillante que entrelazaba la fluidez y adaptabilidad del Suiton con la densidad vital, templada y expansiva de la naturaleza Yang.

✔Aprendida · 12-09-2026
◈Mejora
✦Nivel: 1
#ID: SENJ305M
◔Coste
15 de Chakra
▣Descripción

El flujo de chakra del usuario se expande, incrementando sus Tenketsu y acelerando su regeneración natural. Gracias a su control de chakra, optimiza la circulación y recuperación de su energía.

✧Efecto
1 (MCCK) de Tenketsu


✔Aprendida · 17-09-2026
◈Mejora
✦Nivel: 1
#ID: SENJ301M
◔Coste
15 de Chakra
▣Descripción

El usuario profundiza el equilibrio entre Yin y Yang, aumentando en 1 punto el efecto mejorado y añadiendo un nuevo nivel de complejidad.

✧Efecto
[1] de Efecto Mejorado


✔Aprendida · 16-09-2026
◈Pasiva
✦Nivel: Cero
#ID: YANG101B
◔Coste
Sin coste indicado
▣Descripción

Esta técnica pasiva solo se activa una vez el usuario obtiene la virtud Afinidad Yang. A partir de entonces, todas las técnicas de naturaleza Yang, ya sean mantenidas o de activación única, sin importar si pertenecen a este árbol o no, ven reducido su costo de Chakra en 1 punto base, más 1 adicional por cada nivel adquirido en las ramas de este árbol, hasta un máximo total de 10 puntos de descuento.

✧Efecto
No tiene efecto adicional especificado.


✔Aprendida · 16-09-2026
◈Yang
✦Nivel: Cero
#ID: YANG001R
◔Coste
15 de Chakra, 5 de Chakra por Turno
▣Descripción

El usuario canaliza energía Yang hacia su interior, concentrando el flujo de chakra en las zonas dañadas de su cuerpo para inducir un proceso de regeneración activa. Esta técnica requiere que el usuario dedique un turno completo exclusivamente a la curación, sin realizar ninguna otra acción ofensiva o disruptiva. La sanación puede abarcar tanto heridas internas como externas, siempre que el usuario mantenga el enfoque y la circulación de chakra fluya adecuadamente hacia los puntos afectados.

Además, el usuario puede apoyarse en herramientas diseñadas específicamente con Efecto Curación para potenciar la eficacia del proceso regenerativo. Estas herramientas deben tener únicamente un propósito médico y no pueden haber sido empleadas de forma ofensiva. Al combinar el poder vital del chakra Yang con este tipo de asistencia, la técnica alcanza un nivel de restauración más profundo y eficiente, fortaleciendo la conexión entre cuerpo y energía vital.

✧Efecto
1 (MCCK) de Curación


Bajo el brillo de ese chakra revelado, la mirada gélida del joven Senju no vaciló ni un solo segundo. Con la disciplina inquebrantable de su linaje restaurada al máximo por la activación de su sello, Argeon evaluó el nuevo panorama: la prioridad clínica ya no recaía en el sobreesfuerzo muscular de Oswalt, sino en los nuevos ingresos críticos del bosque. Manteniendo la compostura estatuaria, sus orbes fijos en el veterano mientras procesaba la emergencia ambiental, giró ligeramente el eje de su atención y postura para decidir el siguiente movimiento táctico ante el inminente desborde del servicio médico.

La repentina estampida de la camilla con los nuevos heridos del bosque sacudió el ambiente del recinto, pero el pulso de Argeon no experimentó la más mínima alteración. El sello en forma de rombo en su frente latía con una cadencia rítmica, derramando sobre su piel un haz de chakra visible donde la fluidez adaptable del Suiton se fundía con la densidad cálida, expansiva y regenerativa del Yang.

Entonces tomo la rigurosidad del protocolo enseñado por su madre, primero terminar de atender al paciente con que uno se encontraba, por esa razón su deber con el veterano y consciente de que los protocolos de la profesión médica exigían una respuesta inmediata ante la crisis entrante, el joven Senju tomó una decisión táctica: no podía abandonar a Oswalt a medias, pero tampoco ignorar el flujo crítico. Ejecutaría una técnica de alivio rápido y mejorada combinada antes de redirigir su enfoque operativo. Con una precisión milimétrica, Argeon extendió su mano diestra, envuelta en ese resplandor armónico de chakra Yang, y la posó directamente sobre la musculatura entumecida y cargada de Raiton en el brazo del señor Oswalt.

—No se preocupe por los murmullos de los inexpertos, señor Oswalt, ni por el bullicio exterior —respondió Argeon con su habitual tono gélido, sobrio y carente de titubeos, mientras el calor vital de su chakra comenzaba a penetrar los tejidos del veterano. —Respecto a su pregunta, mi experiencia proviene de una instrucción rigurosas y temprana, dictada bajo estrictos estándares clínicos. Ahora, manténgase firme.—

Mientras el chakra Yang de Argeon inundaba las fibras musculares de Oswalt —esperando de esa manera que pudieran revitalizar las células atrofiadas por el estallido eléctrico y disipando la pesadez de los calambres de forma casi instantánea, sin embargo, no estaba seguro, porque no tenía esa capacidad de un ninja médico que aplicaría esto en cuestión de segundos, su mente analítica procesaba la bifurcación crítica de la situación.

“El flujo de heridos del bosque incrementará la presión sobre el personal disponible... desatenderlos constituiría una negligencia táctica imperdonable. Sin embargo, dejar este tratamiento inconcluso violaría los parámetros de atención inicial”, sopesó el joven Senju en su fuero interno, manteniendo su mirada fija y calculadora.

La solución lógica se estructuró en su mente con la misma claridad de su formación: concluiría la aplicación de la técnica Yang en las extremidades de Oswalt para estabilizar su movilidad en tiempo récord, al menos eso esperaba, además había imbuido para que sus canales de chacra ahora pudieran regenerar su capacidad un poco más, quizás no era como los legendarios ancestros de su clan, pero algo era mejor que nada y asegurando que el veterano terminará de recibir la técnica en su organismo le comentó.

—¿Qué le ha parecido? — Hizo pausa. —¿Cómo se siente ahora? ¿Acaso siente alguna mejoría? —

El Shinobi espero respuesta, ya que, si bien existía una emergencia, este no podía dejar a un paciente a la deriva porque surgió un problema más gravedad. De igual manera observo al joven, el cual no presentaba una complicación y eso era un alivio, por ende, pudiera hacerle esperar un poco más, en caso de complicación indicaría que le busquen. En consecuencia, el Senju opto por concluir e Inmediatamente después, rotaría su posición hacia la nueva línea de emergencia para absorber el impacto del flujo entrante de los ninjas lesionados del bosque, demostrando que la disciplina de un Senju no solo dominaba el arte de curar, sino la capacidad absoluta de gestionar el caos sin perder la compostura.

El tratamiento de Oswalt había terminado, una cosa era si tenía éxito o no. Este deseaba concluir para seguir con la escala de prioridades y lamentablemente el joven no seguía, ya que desde lo observo no mostro alguna alteración, por lo cual podía esperar un poco más, mientras el caso de los heridos que habían llegado dentro de ese margen de atención al paciente veterano era algo que no se podía dejar de lado. Por consiguiente, le expreso al joven.

—Joven, lamento informarle que debo atender el caso que ha llegado, pero no se preocupe que pronto regresare, o quizás uno de mis compañeros pudiera venir, por lo único que puedo hacer es informar que en caso de existir un cambio me avisen y en la brevedad posible le podre prestar los servicios. —

Le expreso mientras seguía esperando respuesta del veterano, este shinobi no era dejar las cosas inconclusas, pero era cuestión de tiempo, y por eso al terminar de escuchar la respuesta del veterano se marcharía, quizás era algo injusto para el joven, sin embargo, los protocolos deberían regir el orden de prioridad, y aun así todos tienen ese derecho de ser atendidos. Sin embargo, este desconocía el estado de esos pacientes que habían llegado y que tal eran sus complicaciones. Por consiguiente espero el tiempo adecuado, este esperaba dejar todo en ese lugar en cierto control clínico, a pesar, que no pudo cumplir su promesa, así que paso minutos y al tener la respuesta se marcha a donde se encontraba la emergencia.

—Por favor avíseme si algo en el estado de esos dos pacientes cambia o de algún otro. —

Agrego a una de las que se encontraban de aquí allá con la emergencia, pero era personal de ese lugar. Esto era lo único que podía hacer por ellos. En ese trayecto el Shinobi intento recuperar su chacra. Acto seguido camino hasta donde se encontraban los pacientes con mayor gravedad, los cuales venían del hecho ocurrido en el bosque, esto era porque era lo que marcaba el protocolo. Sin embargo a llegar la situación, este se encontraba preparado para aplicar los jutsu medicinales avanzado por su técnica, la cual había dado ese plus a la sanación que pudiera dar.

—¿Algo que deba conocer?. —Pregunto y examino la situación. 


Resumen y Chacra


Mientras Argeon examinaba y trataba las extremidades entumecidas por Raiton del veterano Oswalt, la llegada urgente de una camilla con ninjas heridos por bandidos en el bosque alteró las prioridades del centro sanitario. Activando el sello en forma de rombo de su frente para manifestar su brillante chakra dual (Suiton y Yang), el joven Senju resolvió el dilema táctico aplicando una técnica de alivio rápido en Oswalt para no dejarlo a medias. Tras verificar su estado y dejar instrucciones al personal, Argeon gestionó el caos con total disciplina y se dirigió sin vacilar a atender la nueva emergencia crítica de los recién llegados.


Chacra
Gasto de Chacra: Todas las técnicas cuestan -1 de Chacra por pasiva por pasiva Yang

Sijun No Shinzo 15-1= 14, 5 – 4 Turno =28
Efecto mejorado por ser Senju (Rama 3) 15-1=14

Tenketsu Ionmyoin 15-1=14


Total: 56 

Chakra: 274/330


Recuperación de Chacra

12 Base + Tenketsu Ionmyoin 1 = 52

Chakra: 326/330

Narrador Renacuajo-Kun
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19-09-2026, 04:14 PM
El hombre pudo sentirse mucho mejor tras la aplicación de la energía dada por Argeon, incrédulo novio las manos de manera suave, fijándose en cada de sus falanges, comprendiendo que estaba mejor, no sentía dolor, pesar ni nada parecía, si le hubieses preguntado pensaría que era algo más cercano a la magia que la medicina era increíble, casi hasta la pesadez del mismo alma se le alivio, veía bueno, la vida de otra manera, entreabrió los ojos y la boca ligeramente por la sorpresa, seguía haciendo pruebas, comprobando que sus manos estaban en perfecto estado, era como un puñetero milagro, así lo veía el mismo, -Eres todo un especialista, joder, me siento como nuevo, reconoció Oswalt ante su compañero, debía ser un talento natural, el hombre estaba feliz, casi podía verse sus ojos brillosos por la impresión y la sensación de sentir, ahora si sanado.

Luego se movió hacia la zona de la camilla, ese hombre si podría tener problemas mucho más serios que el veterano, solo tenía que verlo para comprender que había recibido algunos buenos golpes, si revisabas su cuerpo podrías comprender la magnitud del incidente, en su pecho varios hematomas por los golpes, ¿tenía alguna costilla rota?, no lo podías saber a menos que lo examinaras con cuidado, raspones en la cara y algunos trozos de madera clavados en el hombro derecho, la verdad es que estaba hecho polvo, quedo inconsciente aunque, no peligraba su vida, pero si estaba maltrecho, tenía que actuar cuanto antes y revisarlo concienzudamente, a lo mejor portaba alguna herida que no fuera visible a primera vista, ¿daños en la espalda o la columna?, tendría que verse el informe colocado en la camilla, una hoja de una primera revisión hecha en el sitio donde se encontró al ninja herido, era importante conocer el caso en especio para saber cómo actuar, aquello no era moco de pavo, y el tiempo como siempre apremiaba.

¿Qué cojones ponía en el informe?, “Hombre encontrado tras caer de un árbol, al parecer un bandido le ataco con algún tipo de explosivos que daño su cuerpo, no se encontraron quemaduras pero sí daños en la zona, trozo de metralla clavado en su hombro y sangrado abundante, moratones en el tórax y posible perforación de costilla en el pulmón diestro”, esa era la información de la nota, estaba todo detallado, ese trabajo no sería nada compañero con lo hecho a Oswalt, tenía mucha más faena, tendría que sacar a relucir todo sus trucos si quería salvarlo, o al menos estabilizarlo para que, el daño no fuera a mas, todas las miradas estaban puestas en Argeon, el silencio pareció hacerse en la sala y la tensión podía cortarse en el ambiente, tenía que tener cuidado, los siguientes movimientos podrían tener consecuencias, quedaba ver como se desenvolvía el shinobi, en esta situación mucho más laboriosa.


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Resumen: Argeon se acerca al hombre de la camilla, lo primero es una inspección exhaustiva, puede que el informe estuviera herrado o faltaran cosas, podías ver los moratones de su pecho y los trozos de madera clavados en su hombro, esto sería lo primero a tratar pero, cuidado con moverlo o manipularlo, podía tener alguna sorpresa nada deseable.

Importante: La efermera con la que intentas hablar pasa de ti, tiene que traer mas gente herida.
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza70(3)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
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Tenketsu12
Sigilo9
360
330
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20-09-2026, 12:34 AM
El destello del recuerdo, ese instante fugaz de gratitud y asombro que parpadeó en las pupilas dilatadas de Oswal,  se extinguió de inmediato al chocar contra la muralla de impasibilidad que conformaba el semblante de Argeon. En el centro de su frente, el sello característico continuaba emitiendo un pulso rítmico, constante y monocorde; un parpadeo de luz tenue que actuaba como un metrónomo biológico, armonizando y equilibrando las sutiles corrientes de su chakra Yang con la fría, densa y controlada fluidez del Suiton.



Ante el reconocimiento explícito del compañero al que acababa de arrancar de las fauces del colapso circulatorio, el joven médico se limitó a inclinar levemente la cabeza. Fue un movimiento sobrio, seco, casi automático, ejecutado con la precisión milimétrica de un engranaje que no requiere justificar su función. Mantenía el control absoluto de su propia energía, conteniendo cualquier atisbo de desgaste emocional antes de girar de inmediato, con un giro de talones ensayado hasta el hastío, hacia la siguiente prioridad en la lista de urgencias. El tiempo de emergencia era lo más valioso, ese recurso infinitamente más escaso y valioso que los propios medicamentos o el propio personal,  no concedía tregua alguna para vanidades, cruces de miradas o elogios innecesitados. Cada segundo de retraso equivalía a una estadística de mortalidad que ascendía de forma exponencial en las tablas de bajas del escuadrón.



La atmósfera dentro de la tienda de campaña era una mezcla asfixiante de olores y texturas: el dulzón y pesado rastro del hierro de la sangre coagulada, el amargor químico del antiséptico barato, el tufo a pólvora quemada impregnado en las fibras de los uniformes desgarrados y el calor corporal de una veintena de cuerpos al límite de la resistencia humana. Los murmullos ahogados de los heridos menos graves y el goteo rítmico de un suero improvisado componían una banda sonora monótona que acentuaba la gravedad del aislamiento táctico en el que se encontraban. No había refuerzos en camino; el perímetro exterior estaba asegurado por la mínima línea de defensa posible, y la supervivencia interna dependía exclusivamente de la eficacia gélida de las manos que operaban bajo aquellas lonas manchadas de barro.



Argeon, anclado en el presente con una disciplina que rayaba en lo inhumano, se encontraba ya junto a la camilla metálica donde yacía el segundo herido. El cuerpo del hombre era un mapa desgarrado de la violencia del frente. Sus fríos ojos de estratega —ojos que habían cartografiado campos de batalla y calculado probabilidades de bajas con la misma facilidad con que otros respiraban— evaluaron el panorama físico con la precisión analítica de un bisturí láser.



No necesitó tocarlo todavía para registrar el daño; su mente procesaba la información a una velocidad vertiginosa. Los profundos hematomas de un violáceo oscuro que amorataban la piel del tórax delataban una compresión brutal por onda expansiva; los raspones irregulares, cubiertos de tierra y grava seca en el rostro y los pómulos, indicaban una proyección violenta contra superficies duras; y, como el epicentro macabro de todo el cuadro, las astillas de madera astillada y los fragmentos de metralla oxidada incrustados con saña criminal en el tejido blando del hombro derecho pintaban el cuadro inconfundible de un impacto de alta intensidad.



Aquello no era una simple contusión aislada provocada por un golpe fortuito; el organismo del sujeto entero estaba severamente castigado, al borde de una falla sistémica multisistémica que amenazaba con apagar sus funciones vitales en cuestión de minutos si no se aplicaba una contención radical.



Con un movimiento fluido, calculado y desprovisto de cualquier atisbo de nerviosismo, Argeon extendió los dedos de su mano derecha. Tomó con extrema delicadeza el informe médico de campaña, un pliego de papel áspero, manchado de sangre seca en los bordes y deformado por múltiples dobleces debido al trajín del traslado. Sus pupilas recorrieron las anotaciones manuscritas, absorbiendo los datos técnicos en cuestión de segundos: caída desde altura significativa, exposición directa a ataque con explosivos de fragmentación, ausencia absoluta de quemaduras térmicas superficiales pero con graves indicios de daños internos por conmoción, presencia de metralla profunda en el hombro derecho, sangrado activo en capas musculares intermedias y la latente, peligrosa y altamente probable sospecha de una costilla fracturada cuyo extremo libre amenazaba con perforar el pulmón diestro.



Cada palabra escrita con tinta corrida en aquel papel no hacía más que confirmar lo que su instinto clínico ya había diagnosticado a primera vista: se trataba de un cuadro crítico absoluto que exigía una intervención quirúrgica de urgencia, donde el más mínimo error de cálculo en la dosificación del chakra o en la presión del contacto físico se pagaría con la vida irrevocable del paciente.



"La física del impacto y la metralla incrustada en el tejido blando complican de manera drástica el pronóstico a corto plazo, pero la prioridad absoluta, indiscutible e intransable es asegurar la estabilidad respiratoria y contener el colapso pulmonar antes de intentar cualquier maniobra para extraer el cuerpo extraño", pensó Argeon de forma profundamente analítica y práctica, estructurando los pasos mentales necesarios para dar el mejor servicio posible al paciente dentro de las limitaciones paupérrimas del campamento.



Ajustando su postura con una precisión milimétrica, los pies firmemente plantados en el suelo de tierra batida, la columna vertebral recta para evitar fatigas musculares innecesarias y el centro de gravedad perfectamente equilibrado, el shinobi médico presionó con firmeza metódica las yemas de sus dedos sobre el pecho del herido. En ese instante de contacto físico directo, se estableció un puente táctico y biológico directo, invisible pero de una densidad energética colosal, entre su propia dermis y la del paciente.



Concentró de golpe el flujo de su energía vital y regenerativa directamente a través del punto de contacto, canalizando el chakra puro de su cuerpo hacia el interior del organismo ajeno con el objetivo claro de intentar estabilizar los tejidos colapsados y contener la hemorragia interna sin margen de error. Este era el plan trazado en su mente; otra realidad muy diferente, sin embargo, era si lograría materializarlo con éxito, ya que el propio Argeon albergaba una duda sorda y persistente en su fuero interno: él no era un ninja médico especialista formado en los grandes hospitales de la élite, sino un estratega adaptado a la fuerza de la supervivencia en campaña. Cada intento de curación a este nivel exigía un tributo orgánico que su propio cuerpo no siempre estaba diseñado para soportar de manera indefinida.

.

El contacto físico directo buscaba establecer el canal conductor indispensable; a través del firme y medido soporte de las yemas de sus dedos sobre el tórax magullado del herido, Argeon comenzó a verter la energía vital generada de manera exclusiva desde su propio organismo. Sin intermediarios mecánicos, sin herramientas de alta tecnología y sin proyecciones abstractas que diluyeran la eficacia del procedimiento, el chakra puro de sus reservas fluyó de manera estricta por el puente dérmico recién creado. Penetró con la fuerza de una corriente subterránea en el sistema biológico del paciente, abriéndose paso a través de las capas musculares inflamadas para atender el daño interno con un rigor clínico inquebrantable.



La concentración requerida para tal hazaña era absoluta, casi tiránica. La transferencia de energía propia exigía un monitoreo constante, milimétrico y agotador para evitar el agotamiento prematuro de sus propias fuentes de reserva. Un error en la lectura de la resistencia del paciente y el chakra colapsaría, provocando un efecto de rebote que drenaría al médico antes de salvar al herido. Mientras el calor sutil y denso de su chakra inundaba el área contundida del pecho, el shinobi evaluó con fría frialdad la respuesta orgánica del tejido subyacente. Sus sentidos entrenados comprobaron cómo el organismo receptor, convulsionado y aturdido por el trauma, comenzaba a asimilar con torpeza el flujo foráneo para mitigar los espasmos de dolor y sellar los microvasos rotos.



"El intercambio biológico se desarrolla dentro de los parámetros esperados", meditó Argeon con su habitual tono mental sobrio y desprovisto de exaltación, manteniendo la presión exacta e inquebrantable de sus dedos sobre la zona afectada mientras regulaba con precisión de cirujano la cantidad exacta de energía que cedía desde su propio núcleo corporal.



Sin embargo, el margen de error era un abismo invisible. El informe preliminar dictaminaba una posible y letal perforación pulmonar derivada directamente de la costilla fracturada, un riesgo latente y dinámico que exigía desviar de inmediato parte de ese flujo energético hacia la estabilización estructural de la caja torácica. Con una precisión quirúrgica que desafiaba el temblor natural de cualquier extremidad sometida al estrés del combate, redirigió la corriente de su chakra interno hacia la estructura ósea dañada. Su objetivo era contener el desplazamiento del hueso fracturado, fijándolo mediante presión energética pura para evitar que se convirtiera en una hoja de afeitar dentro del tórax, todo ello sin requerir el uso de herramientas o férulas adicionales que no poseían en ese improvisado quirófano.



Las contusiones severas en el pecho comenzaron a reaccionar de forma favorable ante el estímulo energético directo. La inflamación superficial redujo su volumen de manera visible, y la presión opresiva que ahogaba las vías respiratorias del paciente inconsciente comenzó a ceder, permitiendo que el aire hallara un paso mínimamente más holgado. Aunque el proceso dependía en su totalidad de la resistencia física inquebrantable de Argeon y de su capacidad sobrenatural para dosificar cada porción milimétrica de su energía, los resultados preliminares validaban con creces la eficacia de aquel método tradicional de emergencia.

Consciente de que la metralla de metal oxidado alojada en las profundidades del hombro derecho representaba un foco infeccioso inminente y una fuente activa de sangrado arterial que no podía desatenderse por mucho tiempo, el estratega apartó momentáneamente la mano izquierda de la zona pectoral. La movió con rapidez calculada para preparar el instrumental básico de extracción, sin descuidar ni por un solo milisegundo el flujo principal de chakra que mantenía activo en el tórax del paciente. Cada movimiento obedecía a un protocolo estricto y militar, priorizando de manera inflexible las lesiones con riesgo vital inmediato antes de atender los daños periféricos de menor urgencia táctica.



El silencio dentro de la tienda volvió a acentuar la tensión sofocante del momento, un silencio roto únicamente por el sonido regulado, casi metronómico, de su propia respiración y por el sonido sordo del monitor improvisado que marcaba los latidos erráticos del herido. La transferencia constante de chakra continuaba su curso ininterrumpido, funcionando de manera literal como un ancla biológica que impedía el colapso definitivo del sistema circulatorio del paciente bajo su estricta tutela. A través de la firme conexión de sus manos, Argeon sentía la extrema y patética fragilidad del organismo ajeno contrastando con la férrea disciplina de sus propias reservas energéticas. No había margen para la improvisación creativa, ni mucho menos para exceder los límites físicos de su propio cuerpo; cada pequeña fracción de energía cedida al herido era, de manera inexorable, un recurso restado a su propia capacidad de combate futuro, una variable crítica que su mente analítica calculaba con frialdad matemática mientras el sudor comenzaba a perlar su frente, amenazando con llegar al sello frontal que regulaba su estabilidad.



La estabilización temporal del tejido pulmonar concedió una tregua efímera al cuadro clínico, permitiendo que el ritmo respiratorio del herido mostrara una ligera y casi imperceptible mejoría en su frecuencia. Sin embargo, en la mente calculadora de Argeon, el trabajo principal apenas alcanzaba su ecuador. La extracción inminente del cuerpo extraño y el sellado definitivo del sangrado profundo exigían una fase posterior de mucha mayor precisión táctica y manual, donde un solo espasmo muscular por fatiga echaría a perder todo el progreso obtenido.



Manteniendo el contacto físico indispensable para seguir proveyendo el soporte energético necesario, Argeon ajustó su postura con rigurosa firmeza, dispuesto a culminar la intervención sin permitir que el cansancio mermara la perfección clínica de su labor como especialista médico de emergencia. No obstante, un leve indicio de fricción interna cruzó por su mente analítica: aunque la transferencia directa de chakra había estabilizado temporalmente el cuadro crítico del herido, la eficiencia de todo el procedimiento dependía única y exclusivamente de sus propias reservas corporales, lo que evidenciaba una vulnerabilidad latente que un estratega de su calibre no podía permitirse ignorar de cara a las futuras contingencias de la campaña.



La disciplina gélida que regía su criterio médico dictaba que un estratega competente jamás debía dar por sentado el rendimiento de sus técnicas sin someterlas a una optimización constante. Si una fluctuación en su propio desgaste físico o una merma imprevista en el flujo directo llegase a comprometer la precisión milimétrica del tratamiento, las consecuencias para el paciente, y para su propia supervivencia y la del escuadrón en el campo. habrían sido absolutamente desastrosas. No había espacio para la autocomplacencia.



Manteniendo el contacto físico indispensable con el herido, Argeon comenzó a replantear mentalmente los parámetros de su dosificación energética, buscando erradicar cualquier margen de desvío en la canalización del chakra. Cada gramo de energía cedida debía ser medido con la exactitud milimétrica de una fórmula matemática, asegurando que el soporte vital no mermara de forma crítica su capacidad de respuesta ante un eventual ataque sorpresa del exterior, algo demasiado común en las líneas del frente.



El estricto autocontrol que ejercía sobre su propio organismo le permitió corregir de inmediato la distribución del flujo, optimizando el rendimiento de su energía vital para que el proceso fuera menos taxativo y desgastante para sus propias reservas internas. Esta autocrítica implacable era precisamente la línea divisoria que separaba a un sanador mediocre de un especialista médico de élite capaz de operar bajo presión extrema sin comprometer sus recursos tácticos fundamentales.



—La prevención de errores sistémicos es tan vital como la cura misma —murmuró Argeon con su tono sobrio y glacial, intensificando la concentración mental necesaria para blindar su técnica contra cualquier ineficiencia imprevista que pusiera en riesgo la misión.


"¿Es este nivel de eficiencia clínica verdaderamente suficiente para garantizar un margen de seguridad absoluto, o existe una variable oculta que mis cálculos aún no han logrado prevenir lo lamentable? ¿Acaso me estaba equivocando en el tratamiento? ¿Qué falatba?", se cuestionó Argeon en el gélido silencio de su mente, mientras las yemas de sus dedos continuaban transmitiendo el flujo constante de su chakra Yang al cuerpo del paciente.



La disciplina analítica que lo definía le prohibía dar un procedimiento por concluido basándose únicamente en una mejoría superficial de los signos vitales. Aunque el sangrado interno se había ralentizado de forma favorable y la presión sobre la caja torácica había disminuido, el daño infligido por los explosivos y la metralla dejaba demasiado margen para un fallo orgánico sistémico que no tardaría en manifestarse si pasaba por alto algún detalle microscópico en los tejidos circundantes.



Consciente de que un verdadero especialista médico debía anticiparse al colapso antes de que este ocurriera de manera inevitable, el joven Senju profundizó su escaneo energético a través del punto de contacto físico, buscando con rigurosidad quirúrgica cualquier microfisura arterial o daño tisular periférico que hubiera escapado a la primera revisión del informe preliminar de campaña.



—La estabilización primaria es solo una fase temporal; si omito la evaluación de los vasos sanguíneos colindantes, la hemorragia podría reproducirse desde el interior en cuestión de minutos — murmuró con voz baja, gélida y sobria, mientras reajustaba milimétricamente la intensidad de su chakra para inspeccionar las capas más profundas del tejido dañado.



La densa y sofocante atmósfera de la tienda de campaña parecía comprimirse aún más a medida que los minutos avanzaban, convirtiendo cada inspiración de aire en un ejercicio de resistencia. Argeon no prestaba atención a la fatiga que comenzaba a acumularse en las fibras de sus hombros; para él, el cuerpo humano no era más que un complejo entramado de poleas, conductos y presiones que debían ser mantenidas en equilibrio mediante la estricta aplicación de la lógica y la energía. El flujo de chakra Yang, que un instante antes descendía en línea recta hacia la caja torácica del herido, comenzó a ramificarse en finas hebras invisibles, filamentos de energía pura que serpenteaban a lo largo de las vías sanguíneas menores.



Su mente, fría como el acero templado en invierno, cartografiaba con exactitud geométrica cada milímetro de tejido afectado. Sabía que la aparente calma del monitor de latidos podía ser una ilusión efímera, un espejismo biológico sostenido únicamente por la fuerza artificial de su propia intervención.



"Un colapso secundario en la red capilar del mediastino... si el flujo de energía se desvía tan solo un tres por ciento hacia la zona equivocada, la presión arterial sufrirá una caída en picada que no podré revertir a mano limpia", analizó en el monólogo ininterrumpido de su conciencia.



Con un movimiento imperceptible de la muñeca izquierda, manteniendo siempre el anclaje fundamental sobre el esternón con la mano derecha, reorganizó la distribución del chakra. Cada gramo de energía vital transferida era una apuesta calculada en un tablero donde la muerte jugaba con piezas negras. La fricción mental que experimentaba no era el producto del miedo, sino de la frustración ante las limitaciones de su propia formación: él no pertenecía al selecto círculo de médicos de élite consagrados exclusivamente a la investigación biológica en los grandes hospitales centrales de la aldea. Su conocimiento provenía del barro de las trincheras, de la urgencia de los manuales de campaña leídos a la luz de una vela y de la fría experiencia de haber visto morir a demasiados compañeros por errores de cálculo que se habrían podido evitar con una mayor precisión técnica.



El herido emitió un leve y ronco murmullo gutural, un reflejo involuntario del sistema nervioso que intentaba rechazar la presencia invasiva del chakra ajeno en su organismo. El cuerpo del hombre tembló con un espasmo seco que amenazó con desplazar la costilla fracturada hacia el tejido pulmonar.



"Controla la respuesta refleja" se ordenó Argeon a sí mismo con un tono mental de autoridad absoluta, intensificando de inmediato la presión de sus yemas sobre el hueso comprometido.


El sello frontal en su frente emitió un pulso más intenso, un destello rítmico que coincidía con el latido de sus sienes. El chakra Suiton fluyó con mayor frialdad a través de su sistema circulatorio interno, enfriando la temperatura de sus manos para contrarrestar el calor generado por la fricción celular y evitar así un daño térmico en los tejidos ya inflamados del paciente. Era un delicado ejercicio de termodinámica biológica ejecutado en condiciones precarias, donde un exceso de calor coagularía la sangre de forma prematura y un exceso de frío detendría por completo los procesos regenerativos del Yang.



"La temperatura del tejido receptor desciende de forma controlada. El riesgo de shock térmico local queda reducido al mínimo aceptable " verificó mentalmente, mientras sus ojos evaluaban la palidez extrema en el rostro del herido.



La metralla incrustada en el hombro derecho seguía latente, supurando un hilo constante de sangre oscura que manchaba la lona de la camilla. Argeon sabía que no podía extraerla todavía; intentar sacarla sin haber asegurado por completo la estabilidad vascular del tórax equivalía a abrir una compuerta en una presa a punto de estallar. Cada fase tenía su orden cronológico inexorable dentro del protocolo que su mente había diseñado. La improvisación era el preludio del camposanto, y un estratega militar jamás improvisaba cuando tenía el control de las variables.



"Mantener la línea. Soportar el desgaste. La eficiencia no es una virtud opcional; es la única diferencia entre la vida y la estadística de bajas", concluyó con su habitual sobriedad, mientras preparaba las siguientes directrices de su intervención médica en el gélido silencio de la tienda.



El eco sordo del exterior, el crujir lejano de botas sobre la hojarasca seca, el silbido tenue del viento cortando las lonas del puesto de avanzada y el murmullo apagado de los centinelas relevándose en el perímetro, parecía pertenecer a otro mundo, a una realidad distante donde los hombres aún conservaban el lujo de la distracción. Dentro de aquella tienda de campaña, el tiempo se había contraído hasta convertirse en una línea vertical y estrecha, dictada exclusivamente por el goteo rítmico del suero y la frecuencia cardíaca del herido que se aferraba a la vida a través del puente de energía tendido por Argeon.



Las finas hebras de chakra Yang, que un momento antes serpenteaban con cautela por la red vascular menor, comenzaron a ensancharse bajo el control férreo del joven Senju. Cada filamento energético actuaba ahora como una pinza microscópica, rodeando los capilares lacerados en las proximidades del mediastino para constreñir el flujo sanguíneo desbocado sin necesidad de recurrir a suturas físicas que el tejido blando, en su actual estado de degradación, habría rechazado de inmediato.



"La contención vascular proximal ha alcanzado el noventa por ciento de efectividad o eso espero haber logrado. Si mantengo esta tasa de transferencia sin picos de descompensación, el riesgo de un derrame interno masivo quedará neutralizado antes de que concluya el minuto actual", analizó Argeon, con la voz mental tan gélida y metódica como el metal de su instrumental.



Sin embargo, el mantenimiento de este equilibrio dinámico exigía un peaje biológico altísimo. Las reservas de chakra de Argeon, aunque vastas gracias a su estirpe y a su riguroso entrenamiento marcial, comenzaban a acusar el desgaste de una jornada ininterrumpida de operaciones bajo fuego. El sello frontal en su frente, ese pulso rítmico que equilibraba su afinidad Suiton con la energía vital, parpadeaba con una intensidad ligeramente más deslucida, una advertencia sutil de que el margen de seguridad de su propio organismo empezaba a estrecharse.



Un médico común, enfrentado al mismo nivel de fatiga y a la presión de operar a un paciente con múltiples traumas cruzados, ya habría cometido un error de cálculo: una fluctuación en la dosificación, un exceso de chakra que habría inflamado los tejidos circundantes o una bajada de tensión que habría precipitado el colapso circulatorio del herido. Pero Argeon no era un médico común. Su mente funcionaba como un autómata de precisión implacable, desprovisto de pánico, donde el cansancio físico era simplemente otra variable matemática que debía ser integrada y compensada en tiempo real dentro de la fórmula de supervivencia.



"El desgaste acumulado en los meridianos de la mano derecha representa una pérdida de eficiencia del cuatro por ciento. Compensaré incrementando la concentración mental en el núcleo del chakra Yang y reduciendo el radio de dispersión periférica " murmuró para sí mismo con voz baja, ronca y sobria, apenas audible por encima del zumbido del monitor.



Con un movimiento milimétrico, ajustó la posición de sus dedos sobre el esternón del paciente. La presión exacta de las yemas se desplazó medio milímetro hacia la izquierda, bloqueando de forma definitiva el microdesplazamiento de la costilla fracturada que había estado a punto de rasgar la pleura en un espasmo reflejo anterior. El rostro del herido, surcado de sudor frío y tierra, experimentó una momentánea relajación; los músculos de la mandíbula se descontrajeron y la frecuencia respiratoria, antes errática y superficial, encontró un compás marginalmente más estable, aunque todavía peligrosamente frágil.



Argeon apartó por un instante la mirada del tórax para evaluar el estado del hombro derecho. La metralla oxidada continuaba allí, alojada profundamente en el tejido muscular, rodeada por un halo de inflamación purulenta que amenazaba con desencadenar una septicemia fulminante si no era extirpada con presteza. Pero extraerla ahora, con el sistema circulatorio del paciente apenas sosteniéndose por el ancla de su chakra, equivalía a saltar al vacío sin red de seguridad.



"Cada fase tiene su jerarquía inquebrantable en el protocolo clínico" se repitió con severidad mental, recordando los innumerables manuales de táctica médica de campaña que había memorizado hasta el manual de protocolo de emergencias medico más insignificante. La estabilidad cardiopulmonar precede a la cirugía de extracción de cuerpos extraños. Saltear este paso por impaciencia táctica es el error de un novato, y los novatos en el frente no sobreviven a su primera rotación.



El silencio dentro del recinto médico volvió a cerrarse sobre ellos como una losa de plomo. Argeon cerró los ojos por el espacio de un segundo, no por cansancio físico, sino para calibrar internamente la pureza de su flujo energético, asegurándose de que ninguna traza de frustración o duda emocional contaminara la transferencia del Yang. Su disciplina era su armadura más sólida; una coraza construida a base de rigor, análisis frío y una autoexigencia tan absoluta que rozaba la crueldad consigo mismo.



"¿Es este nivel de eficiencia clínica suficiente para garantizar un margen de seguridad absoluto frente a una eventual ofensiva enemiga en el exterior, o el agotamiento de mis propias reservas terminará convirtiéndome en la siguiente baja del informe de esta jornada?", se cuestionó en el santuario gélido de su conciencia, mientras sus dedos continuaban bombeando vida, segundo a segundo, en el pecho destrozado del hombre que yacía bajo su cuidado.



El zumbido constante y sordo del monitor de constantes vitales improvisado parecía alterar su frecuencia, marcando un compás que ya no solo medía el pulso del paciente en la camilla, sino que parecía sintonizarse con los latidos del propio Argeon. El joven Senju permanecía inmóvil, convertido en una estatua de carne y hueso cuya única evidencia de vida residía en la sutil vibración de sus manos y en el parpadeo constante y rítmico del sello frontal sobre su frente. Aquella luz tenue, un destello pálido que equilibraba la densa energía vital del Yang con la frialdad disciplinada del Suiton, comenzó a adquirir un matiz ligeramente intermitente, la primera señal visible de que el desgaste energético comenzaba a exigir un tributo real a su organismo.



Sin embargo, en la mente de Argeon no existía el concepto de la tregua voluntaria. Para un estratega formado en la crudeza del frente, detenerse antes de que el ciclo operativo se completara al ciento por ciento equivalía a una negligencia punible con la derrota.



"El flujo de chakra hacia la cavidad torácica se mantiene estable, pero la resistencia del tejido receptor muestra signos de fatiga celular prematura debido a la falta de oxígeno acumulada antes de la intervención", analizó en un murmullo interno, gélido y desprovisto de la más mínima alteración emocional.



Con una precisión que desafiaba el temblor latente en sus antebrazos, Argeon reajustó la distribución de su energía. Las finas hebras de chakra Yang que actuaban como pinzas microscópicas sobre los microcapilares del mediastino se tensaron ligeramente, adaptándose a la nueva elasticidad del tejido tisular. No podía permitir que la presión sanguínea volviera a caer; un solo bajón en la perfusión cerebral del herido desencadenaría un daño neurológico irreversible que convertiría la victoria médica en una mera prolongación artificial de la muerte cerebral.



La atmósfera en la tienda de campaña continuaba siendo un recordatorio constante de la tragedia exterior. A través de la lona gruesa filtrábase el eco lejano pero inconfundible de órdenes militares cortantes, el roce de correajes y el crujir de botas sobre el terreno arrasado. Cada segundo que pasaba sin novedades en el perímetro aumentaba la probabilidad de un repliegue forzoso o de una nueva oleada de heridos que saturaría por completo los escasos recursos del puesto de avanzada.



"Si la línea defensiva exterior cede antes de que concluya la extracción de la metralla, este recinto se convertirá en una zona de impacto directo" evaluó con fría lógica Argeon, sopesando la variable táctica del entorno mientras sus dedos continuaban ejerciendo la presión exacta sobre el tórax del herido. La contingencia exige agilizar el proceso sin comprometer la precisión milimétrica del tratamiento.



Concentrando su voluntad, incrementó de forma imperceptible la proporción de chakra Suiton en su sistema circulatorio interno, canalizando una corriente de frescor mental que despejó de golpe cualquier atisbo de fatiga cognitiva en su cerebro. Era una técnica de autodisciplina extrema, un recurso mental que utilizaba su propia afinidad elemental para enfriar el flujo sanguíneo cerebral y mantener la lucidez analítica en los niveles más altos de exigencia operativa.



Bajo el estímulo de esta energía depurada, el cuerpo del paciente reaccionó con un leve estremecimiento. La costilla fracturada, que había amenazado con perforar el pulmón derecho en cada espasmo involuntario, quedó firmemente anclada gracias a la férrea presión energética que Argeon mantenía sobre el esternón. El ritmo respiratorio del herido, antes roto y superficial, adquirió una cadencia marginalmente más profunda, un indicio clínico de que el colapso pulmonar había sido evitado de manera temporal.



—La estabilización primaria ha superado el umbral crítico de riesgo inmediato — verificó el shinobi médico con su tono sobrio y glacial, apartando finalmente y con absoluta pulcritud la mano izquierda de la zona pectoral para posarla sobre el instrumental metálico dispuesto en la bandeja auxiliar.



La siguiente fase, la más delicada y cruenta del procedimiento, estaba a punto de comenzar: la extracción de la metralla incrustada en el tejido blando del hombro derecho, una tarea que exigía separar la carne dañada, extraer el metal oxidado y sellar los vasos sangrantes en cuestión de segundos, todo ello sin descuidar el delicado equilibrio cardiopulmonar que acababa de conseguir con tanto esfuerzo.



El frío acero de las pinzas quirúrgicas tintineó levemente al entrar en contacto con la bandeja metálica, un sonido clínico y cortante que se recortó con nitidez sobre el fondo opresivo de la tienda de campaña. Argeon, con la mano derecha aún firmemente anclada al esternón del herido para mantener el puente de chakra Yang que evitaba el colapso de la caja torácica, extendió los dedos de la mano izquierda para asir el instrumento con una precisión milimétrica. Sus ojos de estratega, fríos y desprovistos de cualquier titubeo, se posaron sobre el foco de la infección inminente: el hombro derecho del paciente, donde la metralla oxidada y las astillas de madera supuraban un líquido viscoso y sanguinolento.



"El cuerpo extraño se encuentra a una profundidad aproximada de tres centímetros, alojado entre las fibras deltoides y la proximidad inmediata de la arteria subclavia" analizó Argeon en el monólogo gélido de su mente, calculando la trayectoria exacta de extracción para no seccionar ningún vaso colateral importante.



La dificultad de la maniobra radicaba en la dualidad de la acción: mientras la mano derecha debía conservar una presión constante, inalterable y milimétrica en el tórax para impedir que la costilla fracturada desgarrara el pulmón diestro, la mano izquierda debía operar con total independencia, ejecutando un movimiento de palanca y tracción en un ángulo completamente distinto. Cualquier desajuste de una sola micra en el sistema nervioso del médico se traduciría en un desgarro tisular catastrófico.

"El margen de error mecánico es inferior al dos por ciento" se advirtió a sí mismo con voz mental sobria, mientras exhalaba el aire con lentitud para sincronizar los latidos de su propio corazón con el ritmo del procedimiento.



Con un movimiento fluido y controlado, las puntas de las pinzas penetraron en el tejido blando del hombro. El metal frío rozó las fibras musculares inflamadas, provocando que el cuerpo inconsciente del herido se estremeciera en un espasmo reflejo de dolor. Los músculos del paciente se contrajeron violentamente, oponiendo una resistencia orgánica natural que amenazaba con bloquear el instrumento dentro de la herida.



"Controla el espasmo mediante la distribución del flujo energético " se ordenó Argeon de inmediato, canalizando un hilo secundario de chakra Yang hacia la zona del hombro para relajar las fibras musculares adyacentes sin descuidar el frente principal en el tórax.



La tensión en el recinto era tan densa que parecía palpable. El sello frontal en su frente parpadeó con un destello rítmico más tenue, reflejando el desgaste físico progresivo que empezaba a pasar factura a sus reservas. Cada segundo de intervención exigía un consumo calórico y energético extraordinario, obligando al joven Senju a regular milimétricamente cada gramo de chakra para no cruzar el umbral del agotamiento prematuro. En las líneas del frente, quedarse sin energía equivalía a una sentencia de muerte segura.



"Las pinzas han tomado contacto firme con la aleación metálica de la metralla" verificó mentalmente, sintiendo a través del metal del instrumento la textura rugosa y fría del cuerpo extraño incrustado en la carne.



Con una precisión quirúrgica que desafiaba la fatiga acumulada en sus antebrazos, Argeon aplicó la fuerza de tracción exacta, girando levemente la muñeca para liberar el fragmento de metal de entre las fibras musculares desgarradas. Un hilo de sangre oscura brotó con mayor intensidad al quedar libre el canal de salida, amenazando con inundar el área quirúrgica en cuestión de segundos si no se aplicaba una contención inmediata.



—Extracción completada dentro del tiempo estimado. Iniciando fase de sellado vascular secundario — murmuró Argeon con su tono sobrio, glacial y metódico, mientras retiraba con rapidez la pinza con la metralla y preparaba el siguiente movimiento para contener la hemorragia antes de que el sistema circulatorio sufriera una nueva descompensación crítica.



El chorro de sangre oscura que brotó del canal muscular recién liberado no hizo titubear al joven médico. Para Argeon, el flujo hemorrágico no era una emergencia caótica que provocara pánico, sino una variable hidráulica que debía ser corregida mediante la aplicación inmediata de presión y control energético. Sin apartar la mano derecha de su posición crítica sobre el esternón —manteniendo intacto el anclaje que salvaguardaba la costilla fracturada—, los dedos de su mano izquierda se movieron con velocidad felina y precisión milimétrica, abandonando las pinzas metálicas para presionar de forma directa el punto de sangrado activo.



"La sección transversal del vaso lacerado se encuentra en la capa intermedia del deltoides. Si permito que la pérdida de volumen sanguíneo supere los cien mililitros adicionales, el ritmo cardíaco entrará en un bucle de taquicardia compensatoria que anulará la estabilidad pulmonar conseguida previamente" analizó Argeon en el gélido santuario de su mente, calculando la ecuación de supervivencia con la frialdad de un autómata.



El chakra Yang, denso y cálido, fluyó de inmediato a través de las yemas de sus dedos izquierdos, transformándose en una densa red de coagulación inducida que comenzó a sellar las paredes de los vasos rotos desde el interior. Era un proceso de una exigencia titánica; mantener dos puntos focales de intervención simultánea en diferentes regiones del cuerpo del paciente, mientras su propio organismo experimentaba una merma progresiva de reservas, empujaba su resistencia al borde de la frontera biológica.



El sello frontal sobre su frente emitió un pulso cada vez más intermitente y tenso. La luz rítmica que armonizaba su afinidad Suiton con la energía vital parpadeaba con un brillo cansado, reflejando el esfuerzo sobrehumano requerido para mantener la temperatura corporal interna regulada y evitar que el calor del chakra Yang provocara una inflamación secundaria en los tejidos colindantes.



"El margen de tolerancia en los meridianos de energía se reduce al tres por ciento. Cualquier fluctuación imprevista en la concentración mental comprometerá la integridad del sellado vascular" se advirtió a sí mismo con voz mental sobria, intensificando la concentración hasta un punto donde el entorno exterior parecía desvanecerse por completo.



A través de la lona de la tienda, el eco de la campaña seguía recordándoles que aquel quirófano improvisado flotaba sobre un mar de inestabilidad. Un estallido sordo, lejano pero perceptible, sacudió levemente la tierra bajo la camilla, haciendo que el monitor improvisado de latidos emitiera un parpadeo errático. El cuerpo del herido dio un respingo involuntario, amenazando con romper el delicado equilibrio que Argeon mantenía con ambas manos.



"Estabiliza la postura. No hay margen para distracciones externas" se ordenó con severidad absoluta, bloqueando cualquier rastro de sobresaltos mediante la férrea disciplina de su voluntad.



Con un esfuerzo supremo de control muscular y energético, Argeon reajustó la presión simultánea: la mano derecha mantuvo anclada la estructura ósea del tórax, mientras la mano izquierda consolidaba el taponamiento celular en el hombro hasta que el sangrado quedó totalmente reducido a cero. La hemorragia había sido contenida. El flujo oscuro se detuvo, sustituido por el color rosáceo y limpio del tejido en proceso de regeneración inducida.



—La fase de contención quirúrgica y extracción ha concluido con éxito dentro de los parámetros de seguridad clínica —murmuró Argeon con su habitual voz baja, gélida y monótona, exhalando un suspiro imperceptible que disipó la tensión acumulada en sus hombros.



Sin embargo, fiel a su inquebrantable naturaleza de estratega perfeccionista, su mente no se concedió ni un solo segundo de autocomplacencia. La supervivencia inmediata del herido era tan solo la primera fase de un protocolo mucho más amplio que exigía una vigilancia continua ante cualquier fallo orgánico sistémico tardío.



El silencio que siguió a la contención del sangrado no trajo consigo una sensación de alivio, sino la constatación gélida de que la batalla por la vida de aquel hombre aún no estaba completamente ganada. Para Argeon, la ausencia de una crisis inmediata no significaba el final del procedimiento, sino el umbral hacia una fase de escrutinio aún más implacable: la verificación microscópica de los daños periféricos que el ojo inexperto habría pasado por alto de inmediato.



"La estabilización macroscópica es una ilusión si las microfisuras en el lecho vascular secundario quedan desatendidas"  analizó Argeon con su habitual monólogo interno, mientras mantenía una presión residual y sumamente dosificada sobre el hombro intervenido.



Con la mano derecha liberada momentáneamente de la presión directa sobre el esternón "una vez que el tejido óseo demostró la capacidad de mantenerse firme por sí mismo tras el anclaje inicial de chakra", el joven Senju penso y extendió sus dedos para realizar un escaneo bioenergético de alta resolución a lo largo de toda la extremidad superior del paciente. Sus pupilas, frías y concentradas, recorrían la anatomía expuesta bajo la penumbra de la tienda buscando cualquier indicio de edema oculto o coágulos errantes que pudiesen desencadenar un trombo en las horas siguientes.



El sello frontal en su frente continuaba emitiendo un pulso rítmico, aunque la intensidad de su luz se había atenuado ligeramente, reflejando el peaje metabólico que exigía mantener el control absoluto sobre su propia energía Yang y el flujo refrescante del Suiton. Cada gramo de chakra gastado era un recurso menos en su inventario personal de supervivencia, una variable que su mente de estratega calculaba con la frialdad implacable de un registrador de bajas.



"El nivel de perfusión en la extremidad distal muestra una recuperación del noventa y cuatro por ciento. La circulación colateral ha compensado de manera adecuada la sección del vaso principal "verificó mentalmente, mientras sus dedos percibían el retorno sutil y constante del pulso periférico bajo la dermis del paciente.



A través de las paredes de lona del puesto de avanzada, el sonido de los acontecimientos exteriores comenzó a intensificarse. Unas pisadas apresuradas y el eco de una voz dando órdenes a la entrada de la tienda rompieron la monotonía del ambiente. Argeon no giró la cabeza; su disciplina le prohibía desviar la atención de la tarea prioritaria hasta dar el parte médico por concluido de forma formal.



—El paciente requiere reposo absoluto, monitoreo térmico constante y una segunda ronda de transferencia de chakra Yang dentro de cuatro horas, siempre y cuando la evolución del tejido pulmonar se mantenga dentro de los parámetros estables — dictaminó Argeon en voz baja, sobria y glacial, formulando las directrices que dejaría anotadas para el siguiente relevo.



Con movimientos limpios, metódicos y absolutamente desprovistos de fatiga visible, retiró definitivamente las manos del cuerpo del herido. Se incorporó con la columna perfectamente recta, ajustando los pliegues de su uniforme de campaña con una pulcritud que contrastaba violentamente con el caos sangriento del quirófano improvisado. La frialdad de su semblante permanecía intacta, una muralla inexpugnable tras la cual se ocultaba el desgaste de un estratega que entendía que en la guerra, la perfección no era un ideal estético, sino la única línea de defensa contra la aniquilación total.



El último rastro del protocolo médico quedó sellado con la misma pulcritud glacial con la que había comenzado. Argeon recogió el instrumental metálico, depositándolo en la bandeja con un repiqueteo seco y ordenado que se extinguió en el silencio denso de la tienda. El paciente yacía ahora con un ritmo respiratorio regular, monitorizado y contenido; la fractura torácica había sido estabilizada mediante el anclaje energético y la metralla extraída sin comprometer los vasos colaterales principales. Desde la perspectiva estricta de la técnica y la ejecución quirúrgica, el joven Senju había hecho absolutamente todo lo que estaba en sus manos, llevando su resistencia al límite exacto de la eficiencia militar y médica.



Sin embargo, el peso del esfuerzo no se tradujo en una sensación de triunfo. Mientras se enderezaba por completo, ajustando los pliegues de su uniforme con rigurosa disciplina, su mirada se detuvo un instante más en el rostro pálido y sudoroso del hombre al que acababa de arrancar de las garras de la muerte. Los cálculos fríos, las fórmulas de dosificación de chakra, el equilibrio entre el Yang y el Suiton, y la autocrítica implacable habían cumplido con su cometido formal. Pero el santuario analítico de su mente albergaba una fisura que ninguna ecuación podía cerrar por completo.



—La intervención técnica se ha ejecutado conforme al protocolo óptimo — murmuró Argeon para sí mismo con su habitual voz baja, sobria y distante, mientras guardaba los últimos elementos en su equipo—. No había margen para un rendimiento superior bajo estas condiciones.



Aun así, el eco de su propia autocrítica resonó con un tono distinto, más áspero, al cruzar la frontera entre la teoría y la cruda realidad del porvenir. Una cosa era la perspectiva milimétrica del sanador que evalúa su propio esfuerzo con la frialdad de un estratega, y otra muy diferente era el veredicto implacable del verdadero resultado que el tiempo y el frente se encargarían de dictar. La biología humana era un terreno volátil, caprichoso y plagado de variables invisibles que escapaban incluso al escrutinio más riguroso. ¿Había blindado realmente el organismo del herido contra un colapso sistémico tardío, o el cuerpo terminaría rechazando el esfuerzo foráneo en medio de la próxima escaramuza?



Argeon dio media vuelta con paso firme, dirigiéndose hacia la salida de la tienda de campaña para atender la siguiente emergencia en la lista interminable de bajas. Pero, justo antes de alzar la lona y exponerse de nuevo al viento helado y hostil del campo de batalla, una última y sombría interrogante cruzó el gélido silencio de su conciencia, dejándolo suspendido en la cuerda floja de la incertidumbre:



"Hice exactamente lo máximo que mis manos y mis cálculos permitían... pero ¿tendrá todo este esfuerzo, al final del día, un verdadero objetivo, o solo estoy postergando una muerte que el destino ya tiene escrita en los registros de la guerra?"


Resumen

Resumen
Argeon, un shinobi médico y estratega de disciplina inquebrantable, lucha contra reloj dentro de una tienda de campaña saturada de tensión, sangre y olor a pólvora. Tras estabilizar a un compañero previo, Argeon se concentra de inmediato en un segundo paciente que se encuentra al borde de una falla multiorgánica tras una explosión. A través de un análisis clínico riguroso y el uso milimétrico de su chakra Yang y su afinidad Suiton (regulada por el característico sello en su frente), Argeon evalúa la gravedad del herido: contusiones severas en el tórax por onda expansiva, posible perforación pulmonar por una costilla fracturada y metralla oxidada incrustada en el hombro derecho. Mediante un control mental férreo y una transferencia directa de energía vital a través de las yemas de sus dedos, el estratega logra contener la hemorragia interna, fijar la estructura ósea dañada para evitar una perforación pulmonar y estabilizar provisionalmente los signos vitales del paciente. Todo esto lo ejecuta superando su propio desgaste físico, evaluando constantemente los riesgos tácticos del entorno y recordando que en el frente la precisión no es una opción, sino la única línea entre la vida y la estadística de bajas. El relato concluye justo en el momento en que, tras superar la fase crítica de estabilización cardiopulmonar, Argeon se dispone a tomar el instrumental quirúrgico para iniciar la delicada extracción de la metralla del hombro del herido.

Tenketsu Ionmyoin activo. -5 Chacra

T_T no coloco lo del chacra porque me volví 8 con eso y no se cuanto esta.
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Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Narrador Renacuajo-Kun
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21-09-2026, 06:28 PM
El tiempo parecer ir muy despacio en aquella tesitura, el tiempo parecían congelarse mientras el joven crio aplicaba cada una de sus dotes médicas en el hombre que estaba al borde del colapso, no era broma, si me preguntabas a mi te diré que aquel chico era una eminencia en el campo de la medicina pero, el tiempo era el que era y a veces, por muchos conocimientos que tuvieras la gente moría, daba igual cuanto te esforzaras porque, la vida no era justa y el cuerpo humano podía aguantar hasta cierto punto, ¿era eso justicia?, para nada, el chico siguió aplicando sus curas, limpiando las heridas y aplicando energía Yang en el procedimiento, era increíble verlo trabajar, casi era como si no existiera nada más, yendo a un grado de concentración que todo lo demás quedaba en un segundo plano, era algo mágico de ver, como catártico, no podía explicarse con acciones ni palabras, el hombre dejo caer su diestra casi amenazando con que hubiera podido perder la vida, nada más lejos de la realidad, cada acción que el muchacho hacia tenía sus consecuencias, aquel hombre era muy valiente, estaba luchando por su vida y Argeon lo estaba ayudando, era un duelo juntos contra la infatigable muerte, un acto de valentía en pos de la vida, intentando en parte ir contra natura, intentado que, esa persona pudiera ver un nuevo amanecer, ¿lo podrían conseguir o era más bien una agónica lucha antes de morir en la orilla?, tenía que intentarlo, lo haría por todos, esa clase de cosas motivaban y hacia qué bueno, la gente creyera en los ninjas médicos, era un arduo trabajo para nada compensado con lo que tenía vivir y sufrir, esos pequeños momentos era lo que marcaba la diferencia entre un ninja médico y un erudito, una eminencia médica, como era este caso.

Las puertas se abrieron con un fuerte sonido entrando varias personas, seria como diez ninjas médicos que parecían haber acabado sus labores y habían vuelto sobre sus pasos para ayudar a la instalaciones médicas, -VAMOS VAMOS, ¿Quién necesita ayuda?, comentó uno de los hombres con una prisa clara por ayudar, ya estaba uniformados y listos para empezar con las labores, tal vez el movimiento de Argeon no fue tomado en cuenta pero, en la mirada de los médicos que acaban de llegar solo se le veía agradecimiento, amor y cierto compromiso por su labor, el chico había dejado listón muy alto en aquellas curas, los pacientes lo sabían y quedaron más que enmudecidos por la cátedra dada por el joven, era increíble que alguien tan joven atesorara esa clase de conocimientos, esa prueba ni fue determinante, gracias a que llegaron los ninjas médicos toda la situación podría corregirse pero, el mérito real era del muchacho, que, sin comerlo ni beberlo estuvo ayudando a la espera de refuerzos, un trabajo más que envidiable, por ello gano un enorme aplauso por parte de los sanitarios como de los demás pacientes, a veces era eso, demostrar entereza hasta en los momentos más oscuros, quedaba que limpiara sus utensilios y diera informe de la misión, fue increíble, no solo para los presentes sino para el personal sanitario que dio su visto bueno a las enormes actitudes del crio, ese dia fue el claro ejemplo el que, no solo valía el talento sino también el esfuerzo, ese ninja en un futuro seria…alguien importante…siempre y cuando claro tuviera esa misma convicción por bandera.

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Resumen: llegan los demás médicos y el chico se gana un enorme aplauso por sus cualidades médicas, haciendo enmudecer a todos los presentes con sus intervenciones médicas.

Bueno, doy por concluida mi participación en el tema, si os ha gustado el tema recomendadme a vuestros amigos pero sobre todo a vuestras amigas, gracias y un saludo.
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza70(3)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad12
Tenketsu12
Sigilo9
360
330
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21-09-2026, 09:58 PM
El Umbral del Colapso y la Inflexión del Tiempo

El tiempo en aquella sala de urgencias de la clínica de Konoha poseía una textura densa, extraña y completamente ajena al transcurrir habitual del mundo exterior, un paréntesis gélido donde las leyes comunes de la física y la cronología parecían disolverse por completo. Para un shinobi, la percepción temporal suele estar intrínsecamente ligada a la velocidad de los acontecimientos tácticos, a la fracción de segundo en que se decide el curso de un enfrentamiento a muerte, al parpadeo fugaz de una hoja afilada cortando el aire o a la trayectoria milimétrica de un proyectil lanzado a quemarropa en medio de una emboscada. Sin embargo, bajo el frío, clínico e implacable resplandor de las lámparas quirúrgicas, el tiempo pareció congelarse de forma absoluta, convirtiéndose en una pausa agónica y estática donde cada latido del paciente agonizante se dilataba hasta parecer una eternidad insoportable. Si alguien me observara desde fuera, si un espectador ajeno a los rigores extremos de la medicina de combate evaluara mi posición en este preciso instante, tal vez se atrevería a juzgar la escena con ligereza, otorgándome títulos pomposos o etiquetas prematuras que no reflejan ni remotamente la cruda realidad de la carne y el sufrimiento. Decían por lo bajo, en los pasillos de la academia y entre algunos instructores de rango medio, que el joven crío poseía destellos precoces de una eminencia médica, que mi manejo de las técnicas de primeros auxilios rozaba una perfección anómala para mis cortos trece años; no obstante, la cruda realidad del terreno clínico se encargaba de despojar de inmediato cualquier ilusión romántica o barniz de genialidad de la labor sanitaria. 

El tiempo era el que era, implacable, indiferente, frío y absolutamente neutral ante el esfuerzo o la desesperación humana. Por muchos conocimientos teóricos avanzados que se acumularan en los manuales de la biblioteca de la aldea, por más detallados que fueran los pergaminos de anatomía dejados por los predecesores o por más precisa que resultara la manipulación del chakra en mis manos, la gente moría de formas trágicamente sencillas. La muerte no entendía de títulos nobiliarios, de legados legendarios ni de apellidos consagrados como el de los Senju; llegaba con la misma naturalidad inexorable con la que el invierno sucede al otoño, y daba exactamente igual cuánto sudor, cuánta concentración mental o cuánta energía vital se volcara de manera desesperada en el procedimiento quirúrgico. La vida humana, comprendí en ese preciso instante con una claridad desoladora, no era justa en lo más mínimo, ni guardaba simetría alguna con el mérito o la voluntad de quien la poseía. El cuerpo físico es una maquinaria biológica extraordinariamente compleja, pero al mismo tiempo de una fragilidad alarmante, capaz de soportar castigos inimaginables en el fragor del combate gracias a la adrenalina y al chakra, pero profundamente propensa a colapsar de manera abrupta ante un daño sistémico severo, aguantando únicamente hasta cierto límite biológico infranqueable antes de cruzar la línea invisible del no retorno. ¿Era eso justicia? Desde luego que no; la mortalidad es el recordatorio más violento, crudo y desprovisto de sentido de nuestra propia finitud, una imposición implacable contra la cual los ninjas médicos libran una batalla perpetua, sabiendo de antemano, con fría lucidez, que a la larga la parca siempre termina reclamando su tributo.

A pesar de esa certeza aplastante que amenazaba con paralizar el juicio de cualquier novato, mis manos no se detuvieron ni un solo instante en su labor metódica. La desesperanza y la autocompasión son lujos inaceptables que un descendiente del clan Senju no puede permitirse en medio de una intervención crítica donde cada segundo cuenta como un tesoro irrepetible. Continué aplicando mis curas con una minuciosidad casi robótica, limpiando la sangre oscura y espesa que se acumulaba incesantemente en los bordes de la herida abierta con gasas esterilizadas, mientras mantenía un flujo constante, denso y rigurosamente controlado de energía Yang en el epicentro mismo del trauma tisular. La energía Yang, la manifestación física de la vitalidad orgánica, el crecimiento y la estimulación celular intensiva, fluía desde el centro de mis palmas como un torrente cálido que penetraba directamente en los meridianos colapsados del paciente, buscando desesperadamente encender una chispa de respuesta en los tejidos al borde de la necrosis. Era un procedimiento sumamente delicado y peligroso; cada gramo de chakra que introducía en su organismo debía ser calculado con precisión milimétrica para evitar sobrecargar un sistema cardiovascular y nervioso que ya operaba peligrosamente al borde del fallo multiorgánico total. Observar el desarrollo de esta técnica desde una perspectiva externa podía parecer algo mágico, poético o incluso catártico, un espectáculo visual donde el sanador se aísla por completo de su entorno, sumergiéndose en un grado de concentración tan profundo que el resto del universo, con todo su ruido y su furia, simplemente dejaba de existir. No existían ruidos molestos a mi alrededor, ni el zumbido eléctrico de las instalaciones, ni la presión psicológica del entorno; solo existíamos el paciente, sus órganos lacerados y mi propia voluntad convertida transitoriamente en un escudo contra el abismo.

El hombre que yacía inmóvil sobre la fría superficie de la camilla luchaba con cada gramo de fuerza residual que le quedaba en las últimas reservas de su cuerpo. Su respiración era un estertor irregular y agonizante, un sonido húmedo, rasposo y débil que amenazaba con apagarse de forma definitiva en cualquier parpadeo. En un movimiento involuntario pero profundamente revelador de su estado crítico, su mano diestra se deslizó pesadamente hacia un costado, dejándose caer con una languidez que sugería de manera alarmante que la vida se le escurría de los dedos, amenazando con hacernos creer que ya había perdido la batalla en ese mismo segundo. Nada más lejos de la realidad táctica y médica; cada acción que ejecutaba poseía consecuencias directas, medidas y calculadas para contrarrestar ese declive. Aquel hombre estaba demostrando una valentía inquebrantable, aferrándose a la existencia con una tenacidad digna de todo respeto, y yo estaba allí para respaldar esa resistencia mediante el rigor de la ciencia médica. Era un duelo conjunto, una alianza silenciosa, desesperada y sin palabras entre el paciente herido y el sanador contra la infatigable marcha de la muerte, un acto de absoluta rebeldía en pos de la vida que intentaba, en parte, ir en contra de la propia naturaleza de las cosas, forzando los límites biológicos para intentar que aquella persona tuviera una oportunidad real de ver un nuevo amanecer.

¿Lo conseguiríamos o se trataría meramente de una agónica y estéril lucha antes de expirar trágicamente en la orilla del camino? No lo sabía con certeza matemática, pues la medicina no es una ciencia infalible, pero la incertidumbre jamás ha sido un motivo válido para deponer las herramientas de trabajo o bajar los brazos ante el sufrimiento. Tenía la obligación moral, ética y profesional de intentarlo con todas mis fuerzas; lo haría por él, por la institución que representaba y por la convicción íntima de que el deber de un shinobi no termina en el campo de batalla al aniquilar al enemigo, sino que encuentra su máxima expresión cuando se protege la vida de los inocentes y de los camaradas caídos. Esa clase de motivaciones internas, arraigadas en el núcleo de nuestra disciplina, son las que moldean la mentalidad colectiva, haciendo que la gente corriente crea firmemente en la utilidad y el valor incuestionable de los ninjas médicos. Sin embargo, reflexionar sobre el trasfondo ideológico no aliviaba en absoluto el peso físico y mental de la tarea. Ser un sanador de élite en situaciones de emergencia representaba un trabajo sumamente árduo, desgastante y, en la inmensa mayoría de las ocasiones, para nada compensado con las condiciones de vida, el sufrimiento emocional y la profunda soledad que implicaba cargar perpetuamente con la responsabilidad de la vida ajena sobre los hombros.

Esos pequeños matices de sacrificio silencioso, esos momentos críticos donde la balanza de la existencia se inclinaba por meros milímetros entre la salvación definitiva y el deceso irreversible, eran precisamente los que marcaban una brecha insalvable entre un simple ninja médico convencional y un erudito o una eminencia clínica capaz de cambiar el destino de un paciente en el quirófano. Mis dedos continuaron operando los tejidos profundos con precisión quirúrgica, cerrando con suturas de chakra estabilizado las fisuras vasculares mientras el sudor frío comenzaba a perlar mi frente sin que apartara la mirada ni un solo segundo del campo operatorio. La densidad del aire en la sala parecía aumentar por momentos, comprimiendo el espacio físico, pero mi ritmo cardíaco se mantenía plenamente estable, controlado mediante la respiración rítmica y profunda que me había inculcado el rigor de mi clan. No había espacio para el error humano, ni para el cansancio muscular, ni para la duda existencial; el presente se reducía de manera absoluta a la punta de mis dedos y al flujo vital que intentaba mantener encendido dentro de aquel cuerpo al borde del colapso, sentando las bases de una lucha que aún exigía el máximo de mis capacidades.

El Pulso contra la Naturaleza y la Soledad del Sanador

El peso de la responsabilidad médica sobre la camilla adquirió una densidad casi insoportable a medida que los segundos se prolongaban en una agonía silenciosa. En este plano de concentración absoluta, donde el mundo exterior y los ruidos lejanos de la clínica se desvanecían por completo, la soledad del sanador se manifestaba en su estado más puro. No había instructores a quienes pedir consejo, ni manuales abiertos que consultar en busca de una respuesta rápida; solo existían la anatomía destrozada del paciente, la resistencia menguante de sus tejidos y la firmeza de mis propias manos guiadas por el legado Senju. La energía Yang continuaba fluyendo desde mis palmas en un circuito cerrado y continuo, un esfuerzo físico y mental que exigía un control milimétrico de cada fibra nerviosa para evitar que el chakra se desbocara y destruyera los frágiles vasos sanguíneos que intentaba reparar. La fatiga comenzó a escalar discretamente por mis antebrazos, manifestándose como un temblor casi imperceptible que combatí de inmediato mediante la regulación milimétrica de mi respiración, recordándome a mí mismo que un shinobi médico no puede permitirse el lujo de flaquear cuando la vida de un hombre pende de un hilo tan frágil.

Cada intervención sobre los órganos internos requería una toma de decisiones instantánea, calculada con la fría precisión de un estratega en el campo de batalla pero ejecutada con la extrema delicadeza que exige la carne humana. La hemorragia interna había cedido parcialmente gracias a las suturas de chakra, pero el shock sistémico amenazaba con apagar de forma definitiva las funciones vitales del paciente. El sudor frío que perlabla mi frente descendía lentamente por las sienes, amenazando con irritar mis ojos, aunque mi mirada permanecía imperturbable, clavada con una intensidad férrea en el campo operatorio. Este era el verdadero rostro de la medicina de combate: un pulso incesante contra la implacable maquinaria de la naturaleza, un intento desesperado por dobrar las leyes de la mortalidad humana mediante el sacrificio de la propia energía y la concentración mental absoluta. La sociedad ninja suele ensalzar la gloria de los guerreros que triunfan en la línea de frente destruyendo al enemigo, pero rara vez se detiene a reflexionar sobre el desgaste invisible, silencioso y profundamente solitario de quienes se quedan atrás intentando remendar los estragos de la guerra.

A mis trece años, cargar con semejante responsabilidad exigía una madurez forzada a golpes de disciplina y autocontrol. No existía espacio para la frustración ni para el titubeo ante la incertidumbre del resultado. El paciente dio un leve y espasmódico suspiro, un reflejo involuntario que sacudió ligeramente su caja torácica y puso a prueba la estabilidad de las suturas recién colocadas. Mi cuerpo reaccionó de forma automática, ajustando la intensidad del flujo de chakra Yang para estabilizar el tejido circundante y evitar un desgarro secundario. Era una danza macabra y silenciosa contra el tiempo, donde cada exhalación mía parecía sincronizarse con los débiles latidos del herido en un pacto tácito de supervivencia. Si la muerte deseaba reclamar esta vida, tendría que abrirse paso a través de cada gramo de mi voluntad y de cada gota de energía vital que mis manos pudieran volcar sobre su cuerpo. La lucha continuaba sin tregua, convirtiendo el quirófano en un santuario de resistencia donde la vida y la muerte medían sus fuerzas en absoluta igualdad de condiciones, a la espera de que el esfuerzo incansable inclinara la balanza hacia un nuevo amanecer.

Llegada de los Refuerzos y el Juicio Clínico

El silencio sepulcral que había dominado la estancia durante la larga y extenuante intervención se quebró de manera abrupta cuando las pesadas puertas de madera y metal de la clínica se abrieron con un fuerte y seco estruendo. A través del umbral irrumpió un grupo numeroso de personas, compuesto por aproximadamente diez ninjas médicos que, tras concluir sus respectivas labores en otros sectores de la aldea, habían vuelto sobre sus pasos para reforzar las instalaciones sanitarias ante la alerta de heridos críticos. —¡VAMOS, VAMOS! ¿Quién necesita ayuda? —exclamó con voz firme y clara uno de los hombres al frente del grupo, impregnando la atmósfera con una urgencia palpable, completamente uniformados, con las mangas ajustadas y listos para integrarse de inmediato en las tareas de emergencia que el flujo de pacientes demandaba. En un primer instante, el movimiento de entrada de los refuerzos apenas pareció registrarse en mi campo de visión, tan absorto como me encontraba manteniendo el delicado flujo de chakra Yang sobre el paciente; sin embargo, al alzar ligeramente la vista, pude percibir la expresión en los rostros de los médicos recién llegados.

En sus miradas no había asombro incrédulo, sino una mezcla profunda de agradecimiento sincero, amor por la profesión y un claro compromiso ético con su labor humanitaria. El trabajo silencioso y metódico que había estado ejecutando en solitario había dejado el listón sumamente alto, y los sanitarios experimentados que acababan de ingresar lo comprendieron de inmediato al observar la estabilidad precaria pero constante que conservaba el herido. Los pacientes y heridos leves que aguardaban en los alrrededores, testigos mudos de la intervención, quedaron completamente enmudecidos ante la cátedra clínica impartida por un muchacho de mi edad, demostrando que el talento riguroso y la disciplina superan con creces las barreras de la juventud. Ciertamente, esta intervención puntual no requirió que yo cargara con todo el peso hasta el final, pues la llegada oportuna de los refuerzos médicos garantizaba que toda la situación pudiera corregirse y estabilizarse bajo protocolos múltiples; no obstante, el mérito real de haber mantenido con vida al hombre al borde del colapso durante los minutos más críticos recaía enteramente en el esfuerzo solitario que acababa de desplegar.

Haber estado sosteniendo el umbral de la vida a la espera de los refuerzos se convirtió en una demostración envidiable de temple y técnica. Por ello, en cuanto los médicos asumieron el control de los equipos de soporte vital y confirmaron que el paciente superaría el peligro inminente, la sala entera rompió en un espontáneo y rotundo aplauso dirigido tanto hacia los sanitarios como, de manera muy especial, hacia mi persona. A veces, la esencia de un shinobi médico radica precisamente en eso: en demostrar una entereza inquebrantable y una frialdad absoluta incluso en los momentos más oscuros y desesperados de la jornada, cuando la muerte parece inevitable. Con la situación bajo control y los profesionales especializados ocupándose de los procedimientos secundarios, me aparté con absoluta discreción del perímetro de la camilla, dejando que el equipo médico continuara con el protocolo mientras yo comenzaba la tarea metódica de limpiar, esterilizar y ordenar cada uno de mis utensilios quirúrgicos, preparándome para redactar y entregar el informe formal de la misión cumplida.

El Cierre del Protocolo y el Informe Final

La tensión acumulada en mis músculos comenzó a disiparse de manera muy gradual mientras mis manos se movían con una meticulosidad mecánica, limpiando y esterilizando cada uno de los instrumentos quirúrgicos que había utilizado durante la intervención crítica. Con un paño de lino limpio, sequé las hojas metálicas y los mangos de los bisturíes, eliminando cualquier rastro de sangre antes de colocarlos ordenadamente en su estuche de almacenamiento. La sala de urgencias de la clínica había recuperado un ritmo de trabajo organizado y constante gracias a la intervención de los refuerzos médicos que habían asumido el control definitivo del paciente. Sin embargo, para mí, el deber no concluía con la estabilización clínica; la disciplina estricta de un shinobi exige un ciclo completo de rendición de cuentas. Me puse de pie con absoluta rectitud, acomodando los pliegues de mi indumentaria oscura y asegurando el protector en mi frente con un movimiento automático, antes de tomar la tablilla con el reporte médico preliminar que detallaba los procedimientos de urgencia aplicados durante los minutos más críticos.

Me dirigí con pasos firmes y silenciosos hacia la oficina de supervisión sanitaria, donde el médico jefe de guardia me aguardaba para recibir el parte oficial de la emergencia. Al entregar el documento, el veterano sanitario revisó las anotaciones detalladas sobre la administración del chakra Yang, el control de la hemorragia interna y el tiempo de respuesta ante el colapso del paciente. Su rostro maduro, surcado por las cicatrices y el cansancio de años en la primera línea de la medicina de Konoha, se suavizó en una expresión de profunda aprobación y respeto silencioso. El informe fue aprobado sin objeciones, reconociendo oficialmente la eficacia de mi intervención en solitario antes de la llegada de los refuerzos. Tras concluir formalmente con todos los trámites burocráticos y administrativos requeridos por la institución, abandoné las instalaciones de la clínica, cruzando el umbral hacia las calles de la aldea que comenzaban a sumirse en la penumbra del atardecer.

El camino de regreso hacia mi hogar en el distrito tradicional transcurrió en completo silencio, bajo la luz tenue de los faroles de papel que empezaban a encenderse en los callejones. Las reflexiones sobre la fragilidad de la vida y el peso de la responsabilidad médica resonaban con fuerza en mi interior, recordándome que el talento natural jamás sustituye al esfuerzo constante y a la disciplina férrea. Al llegar frente a mi refugio, deslicé la puerta corredera de madera con suavidad milimétrica, crucé el umbral y cerré el exterior a mis espaldas, sellando herméticamente el espacio. Deposité mi equipo en el altar designado, realicé una última revisión de mis herramientas y me dejé caer sobre el tatami para un merecido descanso, con la absoluta tranquilidad del deber cumplido y la firme convicción de que mi camino como sanador apenas comenzaba a forjar su verdadero temple.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Masashi Kishimoto
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22-09-2026, 05:00 PM
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Tema: Misión de grado C - Asistencia Hospitalaria (TID 14966)
Tipo: Misión Normal · Rango: C
  • Argeon — Participante (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp
  • Kinzo Funato — Narrador Oficial (100%): 1500 Ryos, 0 Tobis, 65 Exp, Pergamino PERG003

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Rin
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22-09-2026, 05:01 PM
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