16-09-2026, 07:52 PM
La ausencia del cargamento fue comunicada poco después del amanecer. Tres cajas de medicinas preparadas en la Isla del Norte debían haber llegado a Kirigakure durante la madrugada, pero el puesto de vigilancia que controlaba la ruta de los manglares no registró su paso. El conductor tampoco envió la confirmación prevista al alcanzar el embarcadero. Con la siguiente marea aproximándose, la demora dejó de considerarse ordinaria.
Rin y Rei fueron convocadas a una oficina próxima a las puertas de la aldea. Allí las esperaba Daigo, un chūnin de rostro delgado y cabello recogido en una cola baja. Sobre el escritorio había desplegado un mapa de la Isla del Norte. Una línea oscura representaba el camino construido sobre el manglar, mientras varias marcas azules indicaban las zonas que quedarían cubiertas cuando subiera el agua.
—El cargamento salió antes del amanecer con un conductor y una ayudante. —explicó Daigo—. Transportaban tres cajas impermeables: una contiene antídotos, otra vendas tratadas y la última medicamentos para controlar infecciones. Necesitamos recuperar las tres, pero las personas tienen prioridad.
El conductor se llamaba Masao y conocía aquella ruta desde hacía años. Su ayudante, Hana, era una aprendiz del herbolario responsable de preparar el envío. Viajaban en un carro ligero tirado por una bestia de carga. Ninguno de los dos poseía entrenamiento shinobi.
La ruta no era especialmente larga, pero atravesaba una sección de manglares donde el terreno cambiaba con las lluvias y las mareas. El agua ocultaba raíces, pozos de barro y canales estrechos. La fauna local acostumbraba evitar el camino durante las horas de tránsito, aunque los jabalíes de pantano podían volverse agresivos si alguien se acercaba a sus crías.
—No sabemos si sufrieron un accidente o si abandonaron la ruta por otro motivo. —continuó el chūnin—. El último temporal dañó dos puentes menores. Fueron declarados transitables ayer, pero quiero que comprueben cada paso antes de utilizarlo.
Daigo entregó a las hermanas una bolsa con cuerda, vendas, dos bengalas protegidas de la humedad y un documento que identificaba las marcas de las cajas. Cada recipiente llevaba una placa metálica con el símbolo del hospital de Kirigakure y un número: uno, dos o tres. No debían abrirlos salvo que fuera indispensable utilizar su contenido para atender a los desaparecidos.
El viaje hasta la Isla del Norte se realizó en una embarcación pequeña. Al desembarcar, la mañana continuaba nublada y el aire transportaba un olor intenso a sal, madera húmeda y vegetación estancada. Un vigilante llamado Gorō las recibió junto al comienzo de la ruta. Era un hombre bajo y robusto, vestido con un impermeable verde y botas que le alcanzaban las rodillas.
—El carro pasó por aquí cuando todavía estaba oscuro. —informó—. Masao dijo que regresaría antes de que la marea alcanzara las estacas rojas. Ya cubrió la primera.
Detrás del vigilante, el camino se internaba entre árboles retorcidos y raíces expuestas. A varios metros de altura, unas estacas pintadas permitían medir el ascenso del agua. La primera había desaparecido bajo la superficie. Quedaban aproximadamente cuatro horas antes de que las secciones más bajas de la ruta fueran intransitables.
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