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[Misión D] Operación de Apoyo Agrícola en los Campos de Konoha
Kuroitsuki
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14-09-2026, 09:30 PM
Misión
● Nombre de la Misión: Operación de Apoyo Agrícola en los Campos de Konoha
● Información de la Misión: La misión consiste en ayudar a los agricultores de las afueras de Konohagakure a trasladar los últimos cajones de la cosecha de temporada desde los campos hasta los almacenes principales. Además, el shinobi deberá revisar y clavar nuevos tablones de madera en los cercados perimetrales que resultaron dañados por el paso de animales silvestres.
● Rango y Tipo de la Misión: Simple D (con narrador)
● Fecha y Lugar: 12 de verano en los campos de cultivo de Konohagakure
● Cantidad de Usuarios: 1 + Narrador
● Cantidad máxima de horas por ronda: Sin máximo

12 Verano 150
Konohagakure no Sato
Campos de Cultivos de Konohagakure

La misión fue entregada a Argeon en una de las oficinas administrativas de Konohagakure. El lugar permanecía ocupado desde primeras horas de la mañana; varios shinobi entraban y salían con documentos, mientras los encargados distribuían tareas según su urgencia y dificultad. Tras comprobar el nombre del joven en el registro, un chūnin de cabello oscuro, recogido en una coleta corta, le indicó que tomara asiento frente a su escritorio.

El hombre vestía el uniforme reglamentario de la aldea y llevaba un lápiz sujeto detrás de la oreja. Su expresión era seria, aunque no hostil. Extendió sobre la mesa un informe acompañado por un mapa sencillo de los campos situados en las afueras. Dos sectores habían sido marcados con tinta roja: los almacenes principales y varios tramos del cercado perimetral.

—No encontrarás enemigos ni secretos de Estado —explicó el chūnin, señalando el primer punto—. Los agricultores terminaron la cosecha, pero todavía quedan cajones en los campos. Deben trasladarse antes del anochecer; si permanecen otra noche a la intemperie, la humedad podría estropear parte del contenido.

Su dedo avanzó después hacia las marcas distribuidas alrededor de los cultivos. Algunos animales silvestres habían atravesado los cercados durante las noches anteriores, rompiendo tablones y aflojando varios soportes. El trabajo consistía también en revisar el perímetro, sustituir las piezas dañadas y comunicar cualquier desperfecto que no pudiera solucionarse con las herramientas disponibles.

—Es una tarea sencilla, pero no la hagas a medias. Un cajón mal colocado puede perder una cosecha, y una abertura pequeña basta para que los animales regresen. Cuando termines, el responsable de los campos firmará el informe.

Horas después, los edificios de la aldea habían quedado atrás. El sol iluminaba las extensiones cultivadas sin resultar sofocante, mientras una brisa fresca descendía desde los bosques y agitaba las hojas que todavía permanecían adheridas a algunos tallos. La temporada de cosecha se encontraba en sus últimos días. La mayor parte de los campos había sido despejada, aunque varios trabajadores continuaban reuniendo herramientas, atando sacos y preparando carros.

Los cajones pendientes estaban agrupados junto a un sendero de tierra. Algunos contenían tubérculos cubiertos por restos de suelo; otros guardaban frutas protegidas con capas de paja. A cierta distancia se alzaban los almacenes principales, construcciones amplias de madera con techos inclinados y puertas dobles preparadas para permitir el paso de las carretas. A lo largo del perímetro podían distinguirse varios huecos irregulares donde los tablones habían cedido.

El encargado esperaba cerca de una carreta cargada con herramientas. Era un agricultor de edad avanzada, ancho de hombros y piel curtida por años de trabajo bajo el sol. Llevaba las mangas remangadas, un sombrero de paja sujeto a la espalda y un pañuelo alrededor del cuello. Al advertir la llegada de Argeon, dejó sobre la carreta el martillo que estaba revisando y consultó el documento de la misión.

—Llegas a buena hora. La brisa ayuda, pero esos cajones pesan igual con buen clima que bajo la lluvia —comentó, devolviéndole el informe—. Comenzaremos por los que están junto al canal. Los alimentos van al almacén de la izquierda; las semillas reservadas para la próxima temporada, al de la derecha. No deben mezclarse.

Después señaló la carreta. Sobre ella había martillos, clavos, una palanca, cuerda y varios tablones cortados con medidas diferentes. Los daños más evidentes estaban en el cercado meridional, aunque el agricultor advirtió que también debía revisarse el tramo cercano al bosque. No bastaba con observar la madera: cada tabla debía probarse con cuidado para descubrir clavos sueltos o soportes debilitados.

—Si el poste está firme, cambia el tablón y clávalo. Si el poste se mueve desde la base, márcalo con esta pintura y déjalo para los carpinteros. No quiero que una reparación bonita se venga abajo cuando el primer jabalí apoye el hocico.

El agricultor dejó un par de guantes sobre los cajones más próximos y se apartó del sendero, permitiendo que Argeon evaluara por dónde comenzar. Frente a él aguardaban la última parte de la cosecha, los almacenes abiertos y un perímetro de madera que debía quedar asegurado antes de terminar la jornada.
[Imagen: pBeQreq.jpeg]
Argeon
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14-09-2026, 10:06 PM
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✔Aprendida · 12-09-2026
◈Pasiva
✦Nivel: Cero
#ID: SENJ101B
◔Coste
Sin coste indicado
▣Descripción

El Clan Senju basa su poder en la acumulación progresiva de chakra mediante el Byakugō, un sello latente que se manifiesta una vez que el usuario ha adquirido sus especialidades. Esta técnica permite almacenar y posteriormente liberar dicho chakra, habilitando el uso de las especialidades mientras el Byakugō permanezca activo. Las especialidades se dividen en niveles [I], [II] y [III] que representan distintos grados de dominio y enfoque dentro del desarrollo del usuario.

El Byakugō dispone de una cantidad máxima de turnos de uso, los cuales pueden administrarse de forma fraccionada a lo largo del combate. Sin embargo, una vez activado por primera vez, el usuario deberá asumir el costo correspondiente de uso del Byakugō, quedando obligado posteriormente a pagar en su totalidad los costos en Posts indicados en las especialidades antes de poder volver a utilizarlo.

Al obtener sus especialidades, el usuario será clasificado dentro de uno de los tres tipos de Senju de acuerdo con el grupo de especialidades que posea en mayor número. Si existe un empate entre dos o más grupos, el usuario podrá escoger el estilo que adoptará al activar el Byakugō.

[I] - Jōkai (Constante): Estos manifiestan tres marcas permanentes en el rostro, reflejando una afinidad por la estabilidad y el uso constante de sus capacidades.

[II] - Jōkara (Equilibrio): Estos poseen una marca inicial que se expande por el cuerpo durante la activación del Byakugō y desaparece posteriormente, representando su naturaleza intermedia entre la constancia y el poder.

[III] - Chikara (Poder): Inicialmente no presentan marcas visibles; sin embargo, al liberar el Byakugō aparecen múltiples marcas distribuidas por todo el cuerpo, simbolizando la liberación masiva de poder acumulado.

✧Efecto
4 (MCCK) de Daño y Resistencia - 4 (MCCK) de Turnos Máximo

El trayecto desde su hogar hasta la oficina administrativa se desarrolló como un ejercicio de rigurosa contención geométrica. Al cerrar la puerta de su vivienda al alba, el silencio matutino no trajo alivio; cada paso que dio a través de las calles de Konoha estuvo marcado por la disciplina marcial con la que ajustó las vendas en sus antebrazos y ciñó su chaleco táctico. Sus oscuros ojos registraban con frialdad analítica el flujo de los transeúntes, las esquinas de los edificios y los reflejos del sol naciente sobre la piedra de la aldea, mientras su mente procesaba cada mínimo detalle del entorno para evitar que el foco de presión en su interior alterara su andar. Ese ritmo constante, casi mecánico, le devolvía el eco de las lecciones matutinas de su infancia, cuando la repetición de los katas básicos en el patio trasero era la única respuesta permitida ante cualquier atisbo de debilidad emocional.

Al cruzar el umbral de las oficinas administrativas, el aire viciado de papeles, el eco de las botas sobre el piso de madera y el murmullo constante de los chūnin gestionando trámites exigieron una capa adicional de enfoque. El espacio interior, abarcado por escritorios atiborrados de expedientes y rostros hastiados por la burocracia, desprendía un aroma a tinta seca y pergamino viejo que le recordaba las interminables horas de teoría en la academia. Cuando el oficial de coleta corta le tendió el informe de la misión de rango D y el mapa de los campos, Argeon mantuvo los hombros firmes y la respiración bajo estricto dominio, aceptando la tarea menor sin que un solo músculo de su rostro delatara la sorda irritación que le producía ser relegado a una labor logística.

La salida de las oficinas administrativas marcó el inicio de la transición hacia un espacio completamente distinto. Al empujar la puerta y dejar atrás el bullicio burocrático, el ambiente urbano comenzó a transformarse de manera gradual a medida que avanzaba hacia la periferia. Argeon observó cómo las imponentes estructuras de piedra gris y las murallas residenciales de Konoha daban paso a construcciones más bajas, talleres de aperos agrícolas y, finalmente, al dominio rural del flanco norte. Cada callejón que dejaba atrás ensanchaba el horizonte, sustituyendo el eco de la aldea por el murmullo lejano del viento que bajaba de los bosques colindantes.


A lo largo de ese camino hacia las afueras, el sendero pavimentado se desvanecía lentamente para convertirse en una ruta de tierra compacta, surcada por las roderas profundas de las carretas de carga y alfombrada por los restos vegetales de la temporada, una textura irregular bajo sus sandalias shinobi que le recordaba los viejos caminos de desplazamiento táctico hacia los puestos de vigilancia secundaria. Percibió el cambio definitivo en la atmósfera: el aire de la ciudad se tornó denso, pesado, cargado con el vapor húmedo que emanaba de la tierra arcillosa y el aroma ferroso de la hojarasca en descomposición bajo el sol de septiembre, un olor que de inmediato le trajo a la memoria los húmedos sótanos de entrenamiento donde su madre solía exigirle repeticiones hasta el agotamiento absoluto.

Ya en el sector asignado, sus pequeños y oscuros ojos examinaron metodológicamente cada elemento del entorno rural: los perfiles irregulares de los cajones de madera abandonados junto al sendero, las brechas en los cercados meridionales por donde la fauna silvestre había fracturado los soportes, y la silueta encorvada del capataz que aguardaba junto a una carreta de herramientas. Cada estímulo visual fue catalogado y archivado en su mente con fría precisión operativa, evocando los manuales de topografía y fortificación rústica que había memorizado durante sus primeros años en la academia.

No obstante, la mayor amenaza para su equilibrio no provenía del exterior, sino del interior de su propio organismo. Dentro de su estructura, el sello primigenio de los Senju —latente y permanentemente activo tras las exigencias operativas previas— operaba como un motor implacable, extrayendo y acumulando chakra denso en su sistema circulatorio sin hallar un cauce de combate. En el centro de su rostro, cruzando verticalmente su piel, los trazos oscuros del sello se dibujaban con nitidez, pulsando al ritmo exacto de la energía acumulada. La vena en su frente comenzó a latir con un ritmo tenso y punzante, avivando una oleada de calor interno que amenazaba con quebrar su compostura.

Lejos de ceder a la frustración, Argeon mantuvo intacta la calma mediante una disciplina inquebrantable. Consciente de que la pérdida de control ante una tarea menor constituía un fallo inaceptable, ralentizó deliberadamente el ritmo de sus latidos mediante un control respiratorio milimétrico. Inhaló el aire húmedo con extrema lentitud por la nariz, sintiendo cómo sus pulmones se expandían de forma uniforme, y canalizó de manera consciente el torrente de chakra desbocado desde la presión de su cráneo hacia la base de su columna y su centro de gravedad. Al exhalar con suavidad por entre los labios ligeramente apretados, la pulsación bajo el sello de su frente disminuyó de intensidad de forma progresiva. La oleada de calor interno se templó, convirtiéndose en una sólida coraza de estabilidad física. Con la mirada completamente despejada y la calma absoluta restaurada en cada fibra de su ser, Argeon detuvo su marcha con precisión milimétrica a un metro exacto del capataz, listo para iniciar el protocolo de trabajo.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
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15-09-2026, 02:09 PM
El agricultor esperó mientras Argeon terminaba de prepararse. Las marcas que atravesaban el rostro del joven llamaron brevemente su atención, pero no hizo preguntas ni modificó las instrucciones. Había solicitado ayuda para completar una jornada de trabajo, no una explicación sobre las particularidades de los shinobi enviados por la aldea. En cuanto consideró que Argeon estaba dispuesto a comenzar, se aproximó al primer grupo de cajones y retiró la paja que cubría parcialmente sus tapas.

Ocho cargas continuaban pendientes. Cinco contenían tubérculos destinados al almacén occidental, mientras las otras tres guardaban semillas reservadas para la siguiente temporada y debían depositarse en el edificio oriental. Cada cajón tenía una marca diferente grabada junto a las asas, aunque la tierra acumulada impedía distinguir algunas con facilidad.

—El círculo corresponde a los alimentos y la línea doble identifica las semillas. —explicó el agricultor, limpiando una de las señales con la manga—. Comprueba cada marca antes de moverlos. Si las semillas terminan con la cosecha destinada al mercado, alguien tendrá que revisar todo el almacén para encontrarlas.

La carreta disponible podía transportar dos cajones en cada recorrido, pero una de sus ruedas mostraba cierta inestabilidad. El pasador que la mantenía unido al eje se había aflojado y sobresalía ligeramente cada vez que la estructura se inclinaba. Junto a las herramientas había piezas de repuesto, cuerda y una pequeña maza. El desperfecto no impedía utilizarla, aunque cargarla sin asegurar primero el pasador podía provocar que la rueda se desprendiera en mitad del sendero.

Uno de los cajones también requería atención previa. La humedad había debilitado dos tablas de la base y la madera crujía cuando el contenido se desplazaba. Levantarlo directamente mediante las asas podía abrirlo por debajo y esparcir los tubérculos sobre el camino. Reforzarlo con cuerda o colocar una tabla bajo su estructura permitiría trasladarlo sin perder parte de la cosecha.

—Ese es el único que no debe levantarse todavía. —advirtió el agricultor, golpeando suavemente uno de sus costados—. El resto soportará el viaje. Ese necesita una base nueva o un amarre que distribuya el peso.

Después dirigió la atención hacia el cercado meridional. El daño no se limitaba a los huecos visibles desde el sendero. Dos tablones habían sido partidos en el centro, otro había desaparecido completamente y varios clavos permanecían doblados sobre uno de los soportes. Las huellas marcadas en la tierra indicaban el paso reciente de jabalíes. Uno de los animales había empujado repetidamente la madera hasta inclinar un poste desde su base.

El tramo próximo al bosque presentaba un problema diferente. Los tablones continuaban completos, pero estaban demasiado separados del suelo y dejaban una abertura por la cual podían entrar animales pequeños. Varias plantas aparecían mordidas cerca de aquel punto. Había madera suficiente sobre la carreta para cubrir la separación, siempre que se escogieran las piezas de menor tamaño y se conservaran las tablas largas para el sector destruido.

—Primero asegura la carreta y lleva los cajones firmes. Después podrás reforzar el que está húmedo y ocuparte del cercado. —indicó el encargado—. Si ese poste inclinado cede al presionarlo, márcalo con pintura roja. No intentes sostener una base podrida utilizando más clavos.

El agricultor se apartó para regresar junto a los otros trabajadores. Frente a Argeon quedaron la carreta con su pasador flojo, los ocho cajones separados por sus marcas y las herramientas necesarias para reparar el perímetro. El sol continuaba despejado sobre los campos, pero la sombra proyectada por los almacenes comenzaba a acortarse. Las labores debían completarse antes de que la humedad de la tarde volviera a cubrir la cosecha.
[Imagen: pBeQreq.jpeg]
Argeon
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El sonido sordo de la maza golpeando el pasador metálico resonó con una precisión milimétrica, fundiéndose con el murmullo constante de la brisa que descendía de los flancos boscosos. El shinobi no emitió sonido ni gesto alguno de refutación; en su código de conducta, arraigado desde los días más estrictos de su formación en el clan, la autoridad del capataz representaba una ley absoluta dentro del terreno de operaciones que debía cumplirse sin objeciones. Con los labios firmemente sellados y el rostro esculpido en una gélida compostura, el hijo del traidor asumió la jerarquía establecida como una directriz inquebrantable, transformando el silencio en una muestra de subordinación táctica y respeto institucional.

Una vez que el capataz se hubo retirado hacia el otro extremo del campo, el veterano volcó toda su agudeza mental en la inspección detallada de las ocho cargas pendientes. Sus oscuros ojos escanearon la superficie de los contenedores hasta localizar las marcas de clasificación: cinco cajones portaban el círculo distintivo que los señalaba como tubérculos destinados al almacén occidental, mientras que los tres restantes mostraban la doble línea reservada para las valiosas semillas de la siguiente temporada, cuyo destino final era el edificio oriental. Sabiendo que una mezcla en el trayecto alteraría por completo la logística de la cosecha, el Senju organizó mentalmente el orden de apilamiento para garantizar una descarga limpia y sin cruces de ruta.

La atención del exiliado se desvió entonces hacia la estructura crítica que el agricultor le había señalado: el cajón inferior cuyas tablas de la base se encontraban carcomidas por la humedad ambiental y el tiempo. Consciente de que la presión del contenido haría estallar el fondo al primer intento de levantarlo por las asas, el ninja se movió con la cautela de un artificiero. Tomó el rollo de cuerda resistente dispuesto junto al equipo de faena y comenzó a tejer un arnés improvisado alrededor del cuerpo del contenedor. Con nudos de tensión cruzada y una distribución de fuerza milimétricamente calculada, reforzó la base debilitada para que el peso de los tubérculos quedara suspendido y repartido de manera uniforme sobre los lazos de cáñamo, anulando por completo el riesgo de un derrame en medio del sendero.

Con el cajón frágil asegurado, el siguiente obstáculo técnico residía en la carreta de transporte. La rueda derecha presentaba una holgura peligrosa debido a un pasador de sujeción que se desplazaba hacia afuera con cada oscilación del terreno. Empuñando la pequeña maza de madera, el veterano midió la fuerza exacta del impacto para no deformar el eje de metal: un golpe seco, certero y controlado devolvió el perno a su alojamiento, fijando el conjunto con la solidez requerida para soportar el peso de las cajas sin bloquear la rotación libre de la rueda.

Finalmente, con el medio de transporte estabilizado y la carga clasificada bajo un riguroso orden operativo, el shinobi se irguió lentamente, regulando su respiración diafragmática para mantener el centro de gravedad perfectamente equilibrado. La tensión acumulada en el sello primigenio de su frente latía de manera sorda, pero la disciplina marcial con la que había ejecutado cada paso de la preparación convirtió esa energía en una coraza de absoluta concentración. Todo estaba dispuesto para iniciar el traslado hacia los almacenes, cumpliendo la tarea asignada con una precisión tan impecable que parecía más una maniobra de infiltración táctica que una simple faena agrícola en las afueras de la aldea.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
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15-09-2026, 03:15 PM
El pasador permaneció en su sitio después del último golpe. Cuando la carreta volvió a inclinarse por el desnivel del terreno, la rueda giró sin separarse del eje ni producir el traqueteo irregular de antes. El agricultor regresó al escuchar la maza y comprobó el arreglo apoyando ambas manos sobre uno de los costados. Empujó la estructura hacia delante, la hizo retroceder y terminó golpeando el borde de la rueda con la punta de su sandalia.

—Ahora sí soportará la carga. Habría sido una lástima descubrir que el arreglo estaba flojo cuando los tubérculos ya estuvieran repartidos por el camino

La cuerda colocada alrededor del cajón húmedo también llamó su atención. Introdujo dos dedos bajo uno de los amarres, probó la tensión y observó la forma en que los nudos distribuían el peso alrededor de la base debilitada. No encontró tablas sobresaliendo ni espacios por los cuales pudiera escapar el contenido. El refuerzo no devolvería su resistencia original a la madera, pero bastaría para llevarla hasta el almacén sin abrirla durante el trayecto.

Los siete cajones restantes podían transportarse por parejas. El sendero hasta los almacenes no era largo, aunque las ruedas debían atravesar dos surcos profundos dejados por las carretas de mayor tamaño. Cerca del canal, una sección de tierra conservaba todavía parte de la humedad del riego matutino. La superficie parecía firme, pero el barro blando acumulado debajo podía frenar una rueda si la carreta pasaba demasiado cerca del borde.

El encargado retiró la paja de los dos primeros cajones marcados con círculos. Ambos contenían tubérculos y debían llegar al almacén occidental. Las cargas tenían un peso semejante, lo cual permitía distribuirlas a ambos lados de la plataforma sin inclinar innecesariamente la carreta.

—Dos por recorrido y siempre con marcas iguales. El camino de la izquierda lleva al almacén de alimentos. Descarga los cajones bajo el alero para que el encargado los revise antes de introducirlos. Si atraviesas la puerta sin registrarlos, mañana tendremos ocho cajas y nueve versiones distintas de dónde salieron

Una mujer esperaba junto a las puertas del almacén occidental con una tablilla de inventario. Llevaba un pañuelo verde sobre el cabello y tenía las manos cubiertas de tierra hasta las muñecas. Cada carga debía quedar frente a ella el tiempo suficiente para comprobar la marca, revisar el estado de la madera y anotar su recepción. El almacén oriental seguía el mismo procedimiento con las semillas, aunque sus puertas se encontraban cerradas para protegerlas de la humedad.

El agricultor dejó dos cuñas de madera junto a la carreta. Podían colocarse detrás de las ruedas durante la carga y la descarga para evitar que la plataforma retrocediera por la ligera pendiente. Después señaló el cajón reforzado.

—Ese viajará solo y en el último recorrido de alimentos. Coloca una tabla debajo antes de levantarlo y no retires la cuerda cuando llegues. Que lo abra la encargada sobre una superficie firme; bastante trabajo hemos tenido sin convertir una caja dañada en una lluvia de papas

Con la carreta reparada, la carga clasificada y el primer destino identificado, la siguiente parte de la misión quedaba claramente establecida. Argeon debía trasladar los cinco cajones de alimentos al almacén occidental, llevar después las tres cajas de semillas al oriental y comprobar que cada entrega quedara registrada. El cercado permanecería pendiente hasta que toda la cosecha estuviera protegida bajo techo.

La brisa continuaba recorriendo los campos, moviendo la paja suelta alrededor de los cajones. El sol todavía concedía varias horas de trabajo, pero la tierra cercana al canal comenzaría a humedecerse nuevamente cuando se reanudara el riego. Frente a Argeon aguardaban los dos primeros cajones, las cuñas y una carreta finalmente preparada para iniciar el traslado.
[Imagen: pBeQreq.jpeg]
Argeon
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15-09-2026, 03:28 PM
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El pasador metálico resistió sin aflojarse cuando el agricultor probó el chasis, empujándolo de ida y vuelta antes de golpear el borde con la sandalia. Ante la aprobación del viejo, quien revisó con dos dedos los nudos del cajón húmedo y dictó la orden de que esa caja específica viajaría sola al final, el shinobi permaneció en absoluto silencio. Ningún músculo de su rostro delató desacuerdo; la autoridad local se acataba con obediencia estricta y se ejecutaba con precisión quirúrgica. Inclinándose con rigurosidad geométrica, el exiliado recogió las dos cuñas de madera del suelo y las colocó con exactitud detrás de las ruedas de la carreta para inmovilizarla sobre la ligera pendiente. Sus manos se movieron con soltura al levantar la primera pareja de cajones marcados con círculos, equilibrando con precisión el peso de los tubérculos a ambos lados de la plataforma para proteger el eje recién reparado.

Inició el trayecto con paso firme y medido, sintiendo cómo el sol del mediodía comenzaba a calentar de manera implacable la tela de su chaleco táctico y a secar la capa superficial del sendero. Cada paso exigía un cálculo milimétrico de la tensión muscular: sus oscuros ojos vigilaban los dos surcos profundos dejados por carretas pesadas y esquivaban el tramo de barro blando junto al canal, donde la humedad retenida amenazaba con morder las ruedas. El esfuerzo físico, constante y repetitivo, comenzó a cobrar factura en sus articulaciones, pero en lo más profundo de su memoria corporal resonaba el eco de los entrenamientos infantiles bajo la tutela severa de su madre. Aquellas interminables jornadas de disciplina ascética, donde la fatiga estaba prohibida y la resistencia se forjaba a base de pura voluntad, habían dotado a su estructura de una dureza muy superior a la de cualquier civil o shinobi promedio, permitiéndole absorber el desgaste sin que su compostura flaqueara. A pesar de ello, la energía denso-circulante del sello primigenio en su frente amenazaba con avivar un foco de calor interno; por lo que, mediante un férreo control de su respiración diafragmática, canalizó el ardor hacia la base de su columna, manteniendo la columna erguida y la mente completamente blindada frente al cansancio.

Al llegar al almacén occidental, la mujer del pañuelo verde aguardaba con la tablilla de inventario y las manos manchadas de tierra. El ninja detuvo el vehículo con precisión milimétrica, fijó las cuñas y descargó los contenedores bajo el alero sin emitir sonido alguno. Permitió que la encargada revisara las marcas y los bordes de madera bajo su atenta mirada, cumpliendo el protocolo burocrático con la misma fría neutralidad con la que inspeccionaba un terreno operativo. Con la primera entrega validada y anotada, el veterano dio media vuelta para emprender el regreso por el camino polvoriento, manteniendo el ritmo constante y calculando el tiempo exacto que le quedaba antes de que la tarde alterara nuevamente la consistencia de los campos.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
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16-09-2026, 01:52 AM
La encargada del almacén occidental comprobó ambos círculos, examinó los cierres y anotó la recepción de los primeros dos cajones. No encontró daños causados durante el traslado. Antes de permitir que los introdujeran definitivamente, presionó con la punta del lápiz la madera inferior y confirmó que ninguna tabla se hubiese desplazado al cruzar los surcos del camino.

—Dos cajones de tubérculos recibidos y completos. El eje de esa carreta sonaba como una caja de clavos esta mañana; parece que finalmente alguien decidió arreglarlo antes de perder una rueda

Durante el regreso de Argeon, varios agricultores terminaron otras labores y comenzaron a colaborar con las cargas pendientes. Los tres cajones de semillas fueron llevados hasta el almacén oriental por una carreta de mayor tamaño, acompañados por otro de los cajones firmes de alimentos. Cada entrega quedó registrada por sus respectivos encargados, reduciendo considerablemente el trabajo que continuaba esperando junto al canal.

Cuando Argeon regresó al punto inicial, solamente permanecían allí dos cajones marcados con círculos. Uno era el contenedor reforzado mediante el arnés de cuerda; el otro conservaba su base intacta y podía transportarse sin ninguna precaución adicional. El agricultor de hombros anchos aguardaba junto a ellos, sosteniendo el informe de la misión y una brocha cubierta con pintura roja.

—Los demás aprovecharon la carreta grande y adelantaron las semillas. Te quedan estas dos cargas. Lleva primero la caja firme y deja la húmeda para el último recorrido, sola y con la tabla debajo. Cuando ambas aparezcan en el registro occidental, terminaremos con el cercado

La parte restante del perímetro había sido revisada mientras Argeon realizaba la primera entrega. Los daños quedaron limitados a dos sectores concretos. En el tramo meridional faltaban tres tablones largos: dos se habían partido por el centro y el tercero había sido arrancado completamente. Los soportes laterales continuaban firmes, por lo que bastaba retirar los clavos doblados, colocar las tres tablas de reemplazo y asegurar cada una mediante seis clavos.

Cerca del bosque permanecía la abertura inferior causada por la separación entre la madera y el suelo. Dos tablones cortos podían instalarse horizontalmente para cubrirla sin desmontar la estructura existente. Las piezas necesarias estaban separadas sobre la carreta de herramientas: tres largas junto al martillo y dos cortas atadas mediante una cuerda.

El poste inclinado constituía la única reparación que no debía intentar. El agricultor apoyó una mano sobre la madera y ejerció una presión moderada. La base se desplazó dentro de la tierra húmeda, revelando una sección oscurecida por la podredumbre.

—Este no se salva con más clavos. Márcalo con pintura roja por ambos lados y déjalo para los carpinteros. Si intentas enderezarlo, parecerá firme hasta que algo vuelva a empujarlo y entonces caerá con todos los tablones nuevos detrás

No quedaban daños ocultos ni otras secciones pendientes. La misión podía finalizarse mediante una secuencia exacta: transportar los dos cajones restantes al almacén occidental, obtener la confirmación de recepción, sustituir los tres tablones largos del cercado meridional, cubrir la abertura del bosque con las dos piezas cortas y marcar el poste podrido sin tratar de repararlo.

El encargado dejó el informe sobre la carreta. En la parte inferior había un espacio reservado para su firma, que colocaría una vez revisadas las cinco tablas y comprobado el registro de los almacenes.

—Completa esas cinco piezas, marca el poste y tráeme la tablilla firmada por la encargada. Si todo coincide, podrás regresar a la aldea con la misión terminada antes de que reanuden el riego

El sol había comenzado a descender, pero todavía quedaba tiempo suficiente. Frente a Argeon aguardaban dos cargas, cinco tablones previamente seleccionados y un único poste destinado a ser marcado. Ninguna otra tarea sería añadida después de completar aquella lista.
[Imagen: pBeQreq.jpeg]
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza90(4)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra80(4)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad17
Tenketsu12
Sigilo14
525
550
Enlace al Post
16-09-2026, 03:02 AM
Vida: 300/300

Chakra: 280/280


El agricultor de hombros anchos apartó la mano del poste con un gesto seco y retrocedió un paso, dejando que el silencio denso de los campos de cultivo volviera a cerrarse sobre el entorno. Argeon permaneció completamente estático, con el rostro esculpido en una gélida seriedad y los hombros rectos, procesando cada directriz operativa con la frialdad metódica de un analista militar. Sus pequeños ojos oscuros barrieron los alrededores con una cautela instintiva, registrando la posición de las herramientas, la trayectoria del sol que comenzaba a teñir el horizonte de tonos ocres y el estado del terreno antes de emitir la menor respuesta. Sin emitir palabra alguna, el joven Senju se inclinó con rigurosidad geométrica para iniciar la secuencia final. Tomó primero el cajón firme, sintiendo el peso muerto de los tubérculos y equilibrándolo con absoluta precisión sobre la plataforma de la carretilla, mientras regulaba con rigor su respiración diafragmática para mantener bajo control la sutil pulsación de su energía interna. Con un paso firme, constante y medido, inició el trayecto hacia el almacén occidental; sus ojos vigilaban cada bache y rastro de humedad en el camino, desconfiando de cualquier irregularidad que pudiera desestabilizar la carga, hasta entregar el contenedor bajo la atenta y escrutadora mirada de la encargada.

Tras obtener el registro parcial y validar que el protocolo se cumplía sin anomalías, emprendió el regreso inmediato al punto de partida bajo la brisa cálida de la tarde. Al llegar, se posicionó junto al último obstáculo: el cajón húmedo. Aplicando estrictamente la advertencia previa, colocó una tabla de soporte por debajo para evitar que la madera debilitada cediera bajo su propio peso. Completó el segundo viaje con idéntica pulcritud, depositando el contenedor final y asegurando la firma de recepción en la tablilla de control antes de retornar con paso marcial hacia los campos de cultivo. Con el transporte de la cosecha finiquitado, Argeon centró su atención en el perímetro de madera deteriorado. Acudió al tramo meridional portando las tres tablas de reemplazo, el martillo y los clavos necesarios, adoptando una postura de trabajo tensa pero controlada. Posicionándose frente a la estructura dañada, retiró con golpes secos, calculados y certeros los clavos doblados de los soportes que aún resistían firmes, observando cómo la astillada madera caía a sus pies. A continuación, alineó los tres tablones largos y, aplicando seis clavos por pieza con una precisión quirúrgica que no admitía margen de error, fijó los tablones para blindar el cerco ante cualquier futura presión exterior o embate de la fauna silvestre.

A continuación, su atención se desplazó con sigilo hacia el sector cercano al bosque para resolver la abertura inferior. Agachándose con soltura, tomó los dos tablones cortos que colgaban atados de la carreta de herramientas y los instaló horizontalmente, cubriendo el espacio vacío mediante ajustes milimétricos que respetaban el armazón original del cercado sin forzarlo indebidamente. Su mirada escrutaba los matorrales circundantes entre cada movimiento, manteniendo la guardia alta ante la posibilidad de cualquier sorpresa en la linde de los árboles. Finalmente, cumpliendo al pie de la letra con la advertencia del agricultor sobre el poste con base podrida, se detuvo ante la madera inestable. Tomó la brocha impregnada de pintura roja y, sin intentar aplicar fuerza física ni arriesgarse a un colapso estructural al intentar enderezarlo, marcó con una franja visible, brillante y definitiva ambos lados del poste, señalizándolo de forma inequívoca para la futura intervención de los carpinteros de la aldea.

Con todas las tareas ejecutadas con pulcritud absoluta, Argeon regresó junto al agricultor y le entregó la tablilla firmada por la encargada del almacén. Tras aguardar en silencio a que el encargado comprobara que los registros coincidían y que las cinco piezas del cercado cumplían con los estándares requeridos, observó cómo estampaba la firma definitiva en el informe de la misión. Realizando una leve e impecable inclinación respetuosa, el joven Senju dio por concluida su labor en los campos de Konoha; giró sobre sus talones y emprendió el camino de regreso a su hogar con paso constante, manteniendo el control absoluto de su respiración diafragmática y la mente blindada bajo el crepúsculo. El descenso del sol sobre las murallas de Konoha tiñó el cielo de un tono anaranjado profundo, marcando el fin de la jornada operativa. Argeon caminaba de regreso a su hogar con el paso constante y disciplinado que caracterizaba cada uno de sus movimientos, manteniendo el control rítmico de su respiración diafragmática para disipar la fatiga muscular acumulada en los campos de cultivo. Sin embargo, a medida que avanzaba por los adoquines de la aldea, una sensación física distinta comenzó a manifestarse: un vaciamiento estomacal y un cansancio metabólico que ninguna técnica de alineación corporal podía disimular. El desgaste calórico de levantar cajones pesados, enderezar cercados y caminar kilómetros con carga había superado las reservas de su organismo.

Ante esta necesidad biológica ineludible, su mente táctica procesó la situación con la misma frialdad con la que evaluaba un terreno adverso. Un shinobi hambriento perdía eficiencia en los reflejos; por lo tanto, proveer combustible al cuerpo era un paso logístico tan necesario como limpiar herramientas o firmar informes. Desviándose de su ruta habitual hacia el sector comercial, decidió hacer una parada técnica en el establecimiento de comida más accesible y concurrido de la zona. El vapor denso y el característico aroma a caldo de huesos y salsa de soya lo recibieron al detenerse frente a la clásica cortina de lona de Ichiraku Ramen. El pequeño local estaba tenuemente iluminado por farolillos de papel que empezaban a parpadear contra la brisa nocturna. Argeon cruzó la entrada con rigurosa seriedad, manteniendo la guardia alta y una postura tensa, observando brevemente a los pocos clientes que ocupaban los asientos de madera antes de elegir un extremo libre de la barra.

Se sentó con los hombros rectos, apoyando las manos callosas sobre la superficie pulida. Cuando el cocinero se acercó con una mirada amable para tomar su orden, el joven Senju se limitó a formular su petición con un tono gélido, pausado y carente de cualquier afectación social:

—Un tazón de ramen de cerdo. Caldo tradicional.—

Cuando el humeante tazón fue colocado frente a él, Argeon ajustó su postura y tomó los palillos con precisión quirúrgica para comenzar a comer de manera metódica. Sin embargo, a medida que el sabor del caldo tradicional y la suavidad del cerdo percutían en su paladar, una densa sombra nostálgica cruzó por su mente. Aquel sabor le devolvió de golpe la memoria de su madre, quien solía compartir cada pequeño triunfo y avance de su rigurosa formación con esa misma comida cuando las circunstancias lo permitían. Ahora, tras concluir formalmente su segunda misión de Rango D, podía permitirse disfrutar nuevamente de aquel sabor reconfortante; un lujo que le era completamente negado en el pasado, cuando las precarias asignaciones de rango E apenas dejaban el presupuesto necesario para la subsistencia básica. Mientras consumía los últimos fideos en estricto silencio, guardó ese fugaz destello de calor familiar en lo más profundo de su disciplina, listo para pagar, ponerse de pie y reanudar el trayecto definitivo hacia la soledad de su hogar. Tras dejar el importe exacto sobre la barra de madera y dedicarle una fría e impecable inclinación de cabeza al cocinero, Argeon salió del local, reincorporándose a las calles de Konoha que ya se encontraban sepultadas bajo el manto de la noche.

El trayecto final transcurrió con la precisión de una marcha militar. Sus pequeños ojos oscuros patrullaban el entorno con cautela automática, escrutando cada sombra y cada callejón desierto. Sin embargo, al llegar frente a su morada y comprobar meticulosamente los sellos de seguridad del umbral, algo en la atmósfera cambió. Al deslizar la puerta corrediza y dar el primer paso hacia el interior, el silencio que lo recibió no era un simple vacío acústico; era una entidad densa, pesada y sofocante. La soledad absoluta de la casa se abalanzó sobre él, marcando un contraste brutal con la calidez y el murmullo de la aldea que acababa de dejar atrás. Aseguró la entrada con rigurosa disciplina, se despojó del calzado, colocándolo en perfecta simetría, y avanzó hacia la penumbra de su habitación. Al dejarse caer sobre el tatami con la columna rígidamente recta, la guardia que había mantenido alta durante toda la jornada comenzó a ceder de forma microscópica. El sabor residual del ramen en su paladar fue el detonante involuntario que resquebrajó la barrera de su mente táctica, inundándolo con el recuerdo de su familia.

La imagen de su madre muerta se proyectó en la oscuridad de la sala. Recordó su severidad, la forma en que ella lo había forjado a base de un rigor ascético y castigos implacables, preparándolo para sobrevivir en un mundo despiadado. Su ausencia era una herida fría que nunca terminaba de cerrar, un vacío que la soledad de esas cuatro paredes amplificaba hasta volverlo casi insoportable. Ella le había enseñado a no demostrar debilidad, a tragar el dolor, y ahora, en la quietud de su hogar, Argeon honraba esa enseñanza apretando los puños sobre sus rodillas hasta que los nudillos palidecieron. Pero detrás del fantasma de su madre, se alzó una sombra mucho más oscura y destructiva: el recuerdo de su padre. El rostro de Argeon, habitualmente esculpido en una gélida seriedad, se tensó con una mezcla de ira contenida y un profundo resentimiento. Un hombre del cual desconocía por completo su paradero, un fantasma que había huido dejándolo atrás en la aldea. Por culpa de él, Argeon no era visto simplemente como un joven Senju, sino que llevaba grabada a fuego una marca invisible y asfixiante: la del "hijo del traidor". Cada mirada de reojo de los aldeanos, cada susurro a sus espaldas, cada barrera invisible que debía derribar para demostrar su valía en misiones miserables, era el legado envenenado de las decisiones de un padre que lo había abandonado a su suerte.

La frustración y el estigma hicieron que la sutil pulsación del sello en su frente amenazara con desestabilizarse. El chakra Suiton comenzó a vibrar de forma latente en sus palmas, respondiendo al caos emocional que amenazaba con desbordar su autocontrol, mientras su Elemento Tierra permanecía sordo, inerte y dormido en lo profundo de su ser, como una metáfora de su propia identidad fracturada. La frustración y el estigma hicieron que la sutil pulsación del sello en su frente amenazara con desestabilizarse. El chakra Suiton comenzó a vibrar de forma latente en sus palmas, respondiendo al caos emocional que amenazaba con desbordar su autocontrol, mientras su Elemento Tierra permanecía sordo, inerte y dormido en lo profundo de su ser, como una metáfora de su propia identidad fracturada. 

Y con la respiración diafragmática ya estabilizada y el flujo de su energía interna devuelto a su cauce, Argeon mantuvo la mirada fija en la oscuridad del techo, donde el eco de sus propios pensamientos comenzó a chocar contra las paredes de su aislamiento. La carga de ser etiquetado como "el hijo del traidor" pesaba como plomo sobre sus hombros, recordándole que cada paso que daba en Konoha estaba bajo la sombra de un progenitor ausente que lo había abandonado a la infamia. Sin embargo, en medio de esa amargura, su mente analítica y su profunda memoria sobre la historia oculta de las aldeas trajeron a la superficie una verdad incómoda, un precedente histórico que desafiaba su resignación.

Pensó en figuras del pasado que, al igual que él, habían cargado con un estigma social insoportable desde la infancia, marcados por el repudio colectivo, la soledad y la culpa de crímenes ajenos. Recordó los registros de aquel shinobi que, a pesar de haber sido tratado como un paria, despreciado por los mismos aldeanos que hoy fingían indiferencia, y relegado al fondo de la jerarquía sin más recursos que su propia voluntad de hierro, logró desafiar el destino impuesto por su sangre. Aquel individuo no solo había resistido el rechazo absoluto, sino que había ascendido desde el fango de la discriminación hasta convertirse en un pilar indiscutible, un héroe para la misma aldea que lo juzgaba, e incluso en la cúspide del poder político y militar: un Kage del pasado. La revelación funcionó como una chispa gélida dentro de su mente táctica. Si otro había logrado romper las cadenas de un linaje maldito y la deshonra pública mediante pura disciplina y perseverancia en misiones que nadie más valoraba, entonces el estigma de los Senju y la traición de su padre no eran una sentencia definitiva, sino una prueba de resistencia.

Girando con lentitud sobre el tatami, Argeon adoptó una postura de descanso más firme, cerrando los ojos con una determinación renovada. La soledad de su hogar dejó de sentirse como una tumba fría para transformarse en el refugio de un estratega en silencio. Si el camino hacia el reconocimiento exigía pasar por incontables misiones de rango D, soportar la ignorancia de sus superiores y cargar con el peso de un apellido manchado, lo aceptaría sin vacilar, sabiendo que el verdadero valor de un shinobi no se definía por el punto de partida, sino por la cumbre que era capaz de alcanzar por cuenta propia. El cansancio acumulado tras la larga jornada, sumado a la reciente descarga emocional de sus pensamientos, terminó por doblegar la inquebrantable resistencia de su cuerpo. La rigidez de su postura sobre el tatami se desvaneció de forma gradual; los brazos se aflojaron a los costados y la respiración de Argeon se tornó lenta y profunda, arrastrándolo hacia el umbral del sueño.

La oscuridad de su mente se disipó de golpe, reemplazada por la luz cálida y artificial de una estancia que creía enterrada en el olvido. Ya no estaba en la frialdad de su hogar actual, sino en la pequeña y ordenada casa de su infancia. El aire olía a tinta fresca, a madera pulida y al tenue aroma del té humeante. Sintió un pequeño peso sobre su cabeza y, al alzar la vista, se vio a sí mismo con el tamaño y la fragilidad de un niño de seis años. Frente a él, arrodillada con esa elegancia severa que siempre la caracterizó, estaba su madre. Su rostro, habitualmente marcado por el rigor del entrenamiento y la disciplina inquebrantable, dibujaba en ese instante una inusual y genuina sonrisa de orgullo.

—Feliz cumpleaños, Argeon — susurró ella con suavidad, extendiendo las manos para entregarle un pequeño paquete envuelto con pulcritud, celebrando su sexto año de vida como el primer gran hito de su formación.

A un costado, de pie junto al marco de la puerta y observando la escena con una expresión de serena autoridad, se encontraba su padre. En aquella época dorada, antes de que el nombre de la familia fuera arrastrado por la deshonra y el abandono, él era un shinobi de postura impecable, respetado por sus iguales y admirado en silencio por el pequeño Argeon, un pilar inquevalible dentro de Konoha. El hombre le dedicó una palmada firme y afectuosa en el hombro, un gesto de aprobación que en aquel entonces lo hizo sentirse blindado contra cualquier amenaza del mundo. La escena comenzó a difuminarse lentamente, convirtiéndose en un torbellino de luces doradas y sombras nostálgicas que se desvanecían en el fondo de su subconsciente. De vuelta en el presente, tendido sobre el tatami en la más absoluta soledad de su habitación en tinieblas, Argeon exhaló un último suspiro en silencio. Su rostro relajado en el sueño guardó el eco de aquel cumpleaños lejano, un refugio efímero donde la familia aún estaba entera y el futuro todavía no conocía la mancha de la traición, preparándolo para abrir los ojos ante el frío amanecer del día siguiente.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Masashi Kishimoto
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16-09-2026, 09:10 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión D] Operación de Apoyo Agrícola en los Campos de Konoha (TID 14902)
Tipo: Misión Normal · Rango: D
  • Kuroitsuki — Narrador No Oficial (100%): 500 Ryos, 0 Tobis, 50 Exp, Pergamino PERG001
  • Argeon — Participante (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Rin
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16-09-2026, 09:10 AM
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