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  ›   [Misión Simple] El hijo del traidor - Mision rango E
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El hijo del traidor - Mision rango E
Yoru Inuzuka
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14-09-2026, 08:04 PM
La primavera comenzaba a mitigarse y la gente lo estaba notando porque la cantidad de personas que iban yendo y viniendo de la aldea iria mermando poco a poco hasta que el poblado quedaria lentamente vacio, pero toda esa cantidad de personas causaria un pequeño gran problema, la cantidad de residuos habia crecido exponencialmente y claramente la gente no estaba demasiado contenta por tener que hacer una limpieza tan extensa, y la cantidad de gente dispuesta para esa tarea no era exactamente la mayor. Los comerciantes se encargaron de sus propios residuos como dictaba la norma del municipio, pero a los turistas no les importaba demasiada la limpieza y la zona cerca a la academia shinobi y sus alrededores habia sido el blanco del acumulamiento de este trabajo, y esta tarea se la darian al hijo del traidor de la aldea. No era la tarea mas linda para ese joven, pero le permitira estar alejado del blanco de las miradas de los turistas y los cuchicheos de los habitantes de la aldea, donde no todos lo querian, y otros les era indiferente que le ocurrian con su futuro, y pocas voces eran las que realmente le tenian algo de lastima o compasion por los pecados de su familia que cayeran sobre su cabeza.

Para el joven shinobi, la tarea no seria exactamente dificil porque le habian otorgado ropa, bolsas de tela y proteccion para la tarea, no porque fuese una ventaja para el sino que eran las reglas que tenian como municipio para con el, y no deseaban tener las repercusiones del Hokage actual de que su fuerza militar fuese herida por la inoperancia de su personal, asi que, cuando este llegaria al lugar veria que incluso los niños turistas habian vandalizado varias paredes con pirutas no exactamente bonitas hacia clanes como los inuzukas, los akimichis o los Uchihas, cosa que hacia mala propaganda a la aldea y el tenia que eliminarlos lo antes posible para que no le cayera el muerto a el.
Argeon
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14-09-2026, 08:53 PM
Vida: 300/300

Chakra: 280/280


✔Aprendida · 12-09-2026
◈Pasiva
✦Nivel: Cero
#ID: SENJ101B
◔Coste
Sin coste indicado
▣Descripción

El Clan Senju basa su poder en la acumulación progresiva de chakra mediante el Byakugō, un sello latente que se manifiesta una vez que el usuario ha adquirido sus especialidades. Esta técnica permite almacenar y posteriormente liberar dicho chakra, habilitando el uso de las especialidades mientras el Byakugō permanezca activo. Las especialidades se dividen en niveles [I], [II] y [III] que representan distintos grados de dominio y enfoque dentro del desarrollo del usuario.

El Byakugō dispone de una cantidad máxima de turnos de uso, los cuales pueden administrarse de forma fraccionada a lo largo del combate. Sin embargo, una vez activado por primera vez, el usuario deberá asumir el costo correspondiente de uso del Byakugō, quedando obligado posteriormente a pagar en su totalidad los costos en Posts indicados en las especialidades antes de poder volver a utilizarlo.

Al obtener sus especialidades, el usuario será clasificado dentro de uno de los tres tipos de Senju de acuerdo con el grupo de especialidades que posea en mayor número. Si existe un empate entre dos o más grupos, el usuario podrá escoger el estilo que adoptará al activar el Byakugō.

[I] - Jōkai (Constante): Estos manifiestan tres marcas permanentes en el rostro, reflejando una afinidad por la estabilidad y el uso constante de sus capacidades.

[II] - Jōkara (Equilibrio): Estos poseen una marca inicial que se expande por el cuerpo durante la activación del Byakugō y desaparece posteriormente, representando su naturaleza intermedia entre la constancia y el poder.

[III] - Chikara (Poder): Inicialmente no presentan marcas visibles; sin embargo, al liberar el Byakugō aparecen múltiples marcas distribuidas por todo el cuerpo, simbolizando la liberación masiva de poder acumulado.

✧Efecto
1 (MCCK) de Daño y Resistencia - 1 (MCCK) de Turnos Máximo

El calor residual de su reciente fricción corporal y la sutil canalización de chakra que había empleado para estimular su núcleo y zona lumbar aún disipaban cualquier rastro de frío, templando con firmeza sus músculos mientras Argeon avanzaba con paso sobrio, milimétricamente calculado y completamente silencioso por los recodos de la zona residencial, observando cada detalle del entorno urbano que se extendía ante su atenta y experimentada mirada de shinobi prófugo. Esa misma mirada aguda percibía cómo la primavera comenzaba a mitigarse de manera evidente en el aire fresco de la mañana, reflejando con exactitud en el pulso general de la aldea ese paulatino cambio estacional que marcaba el ritmo de la región, haciendo que el constante trasiego de caravanas, mercaderes y viajeros que poblaban los caminos durante los meses previos empezara a mermar de forma paulatina y constante hasta dejar los senderos principales con una circulación notablemente reducida.

Debido a esta merma en el flujo de transeúntes, el poblado entero parecía prepararse para vaciarse lentamente conforme las estaciones avanzaban, regresando a su rutina hermética y cotidiana, pero dejando tras de sí una estela de movimiento que presagiaba semanas de una quietud casi fantasmal en los callejones principales y en las plazas comerciales que rodeaban los puntos neurálgicos de la comunidad shinobi y sus inmediaciones más cercanas. Sin embargo, toda aquella inmensa marea transitoria de visitantes que ahora se disipaba había dejado a su paso un pequeño gran problema logístico que las autoridades locales y los civiles residentes no tenían la menor intención de gestionar por cuenta propia, prefiriendo mirar hacia otro lado antes de ensuciarse las manos con los desperdicios acumulados y buscando desesperadamente a quién endosarle la sucia labor.

Como consecuencia directa de esa apatía generalizada, la acumulación exponencial de residuos, desperdicios domésticos y basura arrojada sin el menor cuidado se había concentrado de manera crítica y alarmante precisamente en los alrededores inmediatos de la Academia shinobi, convirtiendo el sector en un foco insalubre que afeaba notablemente el paisaje urbano y generaba un malestar generalizado entre los vecinos que exigían una solución inmediata. Para calmar ese descontento, los comerciantes locales, acatando de mala gana las normativas municipales que les exigían mantener limpios sus frentes comerciales, se habían encargado únicamente de sus propios desechos directos, dejando el resto del problema sin resolver para que la administración pública asumiera una responsabilidad que todos evitaban encarecidamente y que nadie deseaba asumir bajo ningún concepto.

Ante la negativa colectiva de los ciudadanos, la tarea de limpiar semejante foco de inmundicia recayó inevitablemente en el eslabón más débil, indefenso y manipulable de la cadena institucional de la aldea, quedando registrada formalmente como una misión de rango E bajo el despectivo y cruel designio de "El hijo del traidor" para este 41 de Verano, convirtiéndose en el castigo perfecto ideado por la burocracia local. Para el joven genin obligado a cumplir dicha orden, aunque el trabajo físico en sí mismo no era ni remotamente el más digno ni el más limpio que un shinobi pudiera desear, representaba paradójicamente un respiro amargo y una tregua temporal frente a la hostilidad abierta que reinaba en las calles principales, permitiéndole mantenerse ocupado lejos de las miradas más inquisitivas de la población civil. Esta asignación temporal a las afueras y a los callejones secundarios de la zona residencial lo alejaba momentáneamente del escrutinio directo, de las miradas cargadas de desprecio palpable y de los crueles cuchicheos de una población donde la inmensa mayoría era completamente indiferente a su destino o a las circunstancias que rodeaban su vida cotidiana.

Dentro de ese grupo de habitantes indiferentes, unos pocos lo señalaban abiertamente con rencor por los supuestos crímenes y la traición de su familia, mientras que apenas un puñado de voces silenciadas sentía una secreta lástima al ver su futuro sepultado bajo los pecados imperdonables de su padre, cargando con una cruz que jamás había pedido llevar sobre sus hombros. Para evitar demandas o protestas, las estrictas normativas del municipio —implementadas no por bondad o empatía, sino por el terror absoluto a las repercusiones directas del Hokage si un miembro activo de la fuerza militar sufría daños graves por negligencia administrativa— habían obligado a proveerle indumentaria reglamentaria adecuada para proteger su integridad durante la penosa faena. Provisto con esa ropa de trabajo resistente, bolsas de tela reforzada y el equipo de protección básico para lidiar con desechos y materiales pesados, el muchacho se enfrentaba finalmente a su destino al llegar al sitio asignado, sin imaginar que el panorama visual que descubriría en los muros colindantes superaría con creces la simple acumulación de basura y pondría a prueba su paciencia frente a la crueldad de los forasteros.

Mientras contemplaba la escena desde su posición oculta, observando cómo su hijo se equipaba con la indumentaria reglamentaria y asumía el peso de aquella faena denigrante, Argeon sintió que una densa corriente de frustración fría y contenida ascendía desde su núcleo hasta atenazarle la garganta. Aquella rabia sorda no era un estallido descontrolado de furia —la disciplina de un exiliado y el rigor del taijutsu de elemento tierra le impedían cometer errores de novato—, sino un fuego pesado, gris y punzante que se instalaba directamente en su pecho, recordándole con cada segundo el precio exorbitante que su descendiente estaba pagando por unos crímenes que jamás cometió y por una traición ajena que Otoki Uchiha había urdido en su contra.

Ver al muchacho cargar con los desperdicios dejados por los forasteros y soportar el estigma silencioso de una aldea que lo marginaba le desgarraba el alma de una manera que ningún golpe físico o entrenamiento extremo jamás había logrado; sin embargo, en lugar de debilitarlo, esa punzada dolorosa se transformó en un combustible gélido que blindó su resolución. Apretó los dientes bajo el protector y ajustó con fuerza las correas de su equipo táctico, transformando la impotencia paterna en una concentración letal y absoluta: si la aldea entera y sus instituciones elegían tratar a su hijo como el eslabón desechable de la cadena, él se encargaría de permanecer en las sombras como el muro invisible que evitaría que cualquier amenaza mayor lo destruyera por completo, canalizando cada gramo de su dolor en un voto inquebrantable de supervivencia y protección clandestina. Dando de esa forma inicio a esa faena agotadora, por suerte podía resistir a su formación acética, además de acumular el chacra por medio de su sello en la frente.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
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16-09-2026, 08:42 PM
Última modificación: 16-09-2026, 08:43 PM por Yoru Inuzuka.
El trabajo no era exactamente el mas dificil pero tampoco era el que dejara una buena impresion para las personas que estaban pasando por las calles lindantes a la academia, si bien, la gente cuchicheaba por lo bajo al ver al Senju, ellos mismos se encargaba de expulsar a los turistas que siguen tirando desperdicios a golpes de escoba u otros objetos, no en defensa del senju sino en defensa de su propia comodidad acerca del olor y el bullicio de esos extranjeros. La cantidad de residuos diversos fue poco a poco reduciendose y se acumulaba en las bolsas de tela que habian sido entregada hacia el senju, si bien el aroma que le quedaria en las manos no seria exactamente el mejor, al menos no habia tenido que recoger ningun tipo de residuo animal o de otro tipo que pudieran haber dejado algun mal nacido que realmente causara una peste que no se pudiese limpiar sino fuese con lejia y mucha agua.

Para cuando el cielo comenzaba a ponerse oscuro, una mujer, delicada de unos 70 años o mas, sin ningun tipo de simbolo de algun clan que la distinguiera como lo decia la norma municipal, es decirm que se trataba de una sin clan, se acercaba a paso lento hacia el joven senju con dos objetos en la mana, uno era una especie de envoltorio de papel verde y el otro era un especie vaso hecho de bambu, la señora en cuestion se pararia al lado del Senju y le ofreceria ambos objetos - Tome señorito, se le nota que ha trabajado mucho y deber tener hambre, coma coma y siga siendo fuerte - seria lo que diria al señora sonriendole con la ternura que tiene una abuela otorgando comida a los menos agraciados. Si el shinobi tomara el envoltorio veria que tenia en su interior tres bolas de arroz triangulares agridulce y en aquel extraño vaso de bambu tendria te de sakura que se mantenia caliente, claramente era un gesto sin malas intensiones de la señora hacia este, porque parecia ser tan vieja como para saber lo que ocurrio con su padre pero no lo estaba juzgando por ello, teniendo la pequeña esperanza de que la gente en la aldea, la poca que no buscaba dañar su moral o su fisico, seguia estando escondida dentro de la podredumbre de la sociedad actual.
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17-09-2026, 03:10 AM
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Byakugō sigue activo

Desde su atalaya en las sombras, oculto tras el recodo de un muro agrietado, Argeon contemplaba la escena con los músculos de la mandíbula tensos y el parpadeo milimétricamente pausado de un depredador que jamás baja la guardia. La repentina aparición de la anciana y sus palabras de aliento no conmovieron la coraza mental del exiliado; por el contrario, activaron cada resorte de su recelo más visceral. En una aldea donde su estirpe había sido marcada a fuego con el estigma de la traición, la amabilidad gratuita y la ternura en apariencia desinteresada no existían o, peor aún, solían ser la antesala de una trampa sutil, un señuelo para medir la vulnerabilidad o una burla cruel perpetrada por los vecinos que lo vigilaban de reojo. Para Argeon, el calor de un té de sakura o unas bolas de arroz envueltas en papel verde no representaban un bálsamo, sino una anomalía peligrosa en un sistema donde la hostilidad y el desprecio generalizado hacia su sangre eran la única ley constante. La desconfianza le recorría las venas como un veneno frío; su mente calculadora evaluaba con severidad cada ángulo, preguntándose si la mujer era una herramienta involuntaria de los mandos o si aquel gesto buscaba fracturar el temple que tanto le había costado forjar en su descendiente.

Abajo, en el umbral polvoriento de la Academia, el joven genin experimentaba un profundo y desgarrador conflicto interno. Con las manos entorpecidas por el cansancio y manchadas de residuos, el muchacho observaba el envoltorio y el vaso humeante con una rigidez absoluta, atenazado por la duda. Su mente bullía de preguntas hirientes: ¿era una trampa para humillarlo públicamente? ¿Un ensayo de compasión falsa antes del golpe definitivo? En su corta y hostil existencia, jamás nadie le había ofrecido algo sin exigirle a cambio sumisión, vergüenza o el pago de sus culpas familiares. La absoluta ausencia de malicia en la mirada de la anciana sin clan lo descolocaba por completo, dejándolo suspendido en un limbo donde no sabía cómo negarse sin ofender a alguien indefenso, ni cómo aceptar sin sentirse deshonrado ante su propio linaje.

Sin embargo, por encima del desconcierto y la sospecha, el pesado martillo del deber institucional seguía golpeando su conciencia. La misión de rango E no estaba concluida; las bolsas de tela aún guardaban espacio para más desperdicios y la normativa municipal dictaba que el sector debía quedar impecable antes del toque de queda, bajo la amenaza de sumar más castigos a su expediente. Atrapado entre la confusión emocional que le provocaba la ofrenda y la férrea disciplina del deber que se le había impuesto, el joven sintió que el tiempo se detenía mientras el crepúsculo avanzaba sobre los muros de la aldea, obligándolo a decidir si cedería a la tentación de un respiro humano o si endurecería su voluntad para terminar la sucia labor encomendada.

Cada fracción de segundo que se deslizaba en el aire frío de la tarde se convertía en una eternidad aplastante. Para el joven genin, cuyo entrenamiento se basaba en reaccionar ante amenazas físicas inmediatas, aquel vacío de silencio era infinitamente más aterrorizante que el filo de un kunai. En su mente, el tiempo se había desquiciado por completo: los latidos de su corazón retumbaban en sus sienes como golpes de tambor de guerra, haciendo que un par de segundos se sintieran como horas enteras de parálisis emocional. La respiración se le atascaba en el pecho, atrapada entre el frío rigor de su castigada realidad y el desconcierto absoluto que le provocaba la escena. Analizaba con desesperación cada detalle de la anciana: las arrugas profundas alrededor de sus ojos que hablaban de décadas de supervivencia en una aldea implacable, las manchas de la edad en el dorso de sus manos, y la forma en que el vapor del té de sakura se elevaba en una espiral frágil y pacífica que contrastaba brutalmente con la podredumbre de los desperdicios que acababa de recoger.

Una parte de su instinto, educado a base de desprecio, insultos y miradas de reojo, le gritaba que apartara las manos, que retrocediera de un salto y rechazara el obsequio con fiereza antes de que alguien lo interpretara como debilidad o, peor aún, como la trampa de un espía. Temía que, al menor movimiento de aceptación, las ventanas de los alrededores se abrieran de par en par para estallar en risas burlonas, recordándole una vez más que él era "el hijo del traidor", alguien indigno de compasión humana. Sin embargo, otra parte de su ser —un rincón tan profundamente hambriento de afecto y normalidad que apenas se atrevía a reconocerlo— se moría por aferrarse al papel verde y al calor del bambú, deseando creer, aunque fuera por un instante, que el mundo no era enteramente un nido de serpientes. Y allí seguía la mujer, inmutable bajo el cielo crepuscular. Su paciencia no era la de un shinobi evaluando a un objetivo, sino la de una abuela que entendía el peso invisible que cargaban los hombros de ese muchacho. Sostenía el peso de las bolas de arroz sin impaciencia, esperando que el muro de hielo y sospecha que rodeaba al joven cediera por sí solo, dejando el destino de aquel encuentro suspendido en el filo de una decisión que él, aterrorizado y exhausto, aún no se atrevía a tomar.

Sin embargo, el aroma que desprendía el té de sakura, impregnado con esa sutil y cálida nota de flor de cerezo y harina de arroz tostada, actuó como un dardo invisible que atravesó la coraza de sus defensas. En medio del frío crepuscular y la podredumbre del entorno, ese perfume exacto quebró el tiempo y el espacio, evocando con una nitidez dolorosa la imagen de su madre en los días más seguros de su infancia, cuando la cocina familiar aún exhalaba ese mismo calor hogareño antes de que el apellido de la familia fuera consumido por la infamia. Ese destello de memoria, lejos de quebrarlo por completo, encendió el mecanismo de supervivencia que llevaba grabado a fuego en la sangre. El rostro de su madre emergiendo en su mente vino acompañado de la enseñanza más valiosa que le había dejado para los momentos de crisis: el método ancestral de regulación interna para dominar el pánico. Cerrando los párpados por el espacio de un latido, el joven ejecutó la técnica de autocontrol, inspirando con una profundidad milimétrica que llenó sus pulmones de aire frío, mientras canalizaba de inmediato una sutil corriente de chakra desde su núcleo hacia la zona lumbar y el bajo vientre.

La energía fluyó con precisión quirúrgica, disipando el temblor de sus manos, congelando el nudo de ansiedad que le apretaba la garganta y devolviendo la rigidez y el temple a sus músculos fatigados. Cuando abrió los ojos, la vacilación había desaparecido por completo de su mirada, reemplazada por la fría y sobria determinación de un shinobi. Con un movimiento medido, extendió los dedos endurecidos por el trabajo y aceptó con firmeza tanto el papel verde como el vaso de bambú, inclinando levemente la cabeza en un gesto de silencioso reconocimiento hacia la anciana, antes de girarse para concluir la última fase de su encomienda bajo las sombras de la noche. —Gracias... de verdad, se lo agradezco —murmuró el muchacho con una voz baja, casi imperceptible, inclinando apenas el mentón en un gesto de sobrio respeto hacia la anciana antes de que ella se retirara a paso lento por el callejón.

Sin embargo, en el fuero interno del joven genin, la gratitud coexistía con la cruda y fría desconfianza propia de su realidad. Mientras sostenía el envoltorio y el vaso humeante, su mente sopesaba el peor de los escenarios con la fría lucidez que la supervivencia en la aldea le había impuesto: ¿y si aquello era veneno? ¿Y si tras la fachada de la bondad civil se ocultaba una dosis letal destinada a eliminar de forma silenciosa al "hijo del traidor"? A pesar de la duda que le carcomía las entrañas, una pequeña chispa de determinación se encendió en su pecho. Sabía perfectamente que aún estaba a años luz de convertirse en un verdadero ninja médico, que le faltaba dominar un sinfín de técnicas avanzadas y que su control del chakra distaba mucho de ser el ideal. No obstante, albergaba una mínima esperanza: confiaba en que la afinidad y la vitalidad de su naturaleza Yang, arraigada en su linaje, le sirvieran al menos para intentar contrarrestar o purgar cualquier toxina si el peor de los presagios se cumplía. Con ese pensamiento cruzando su mente como el filo de un kunai, ajustó su carga y se preparó para dar el último empuje a su labor, enfrentándose a la noche con los sentidos alerta y el cuerpo listo para cualquier consecuencia, por eso tomo la decisión de beberlo.

El líquido tibio se deslizó por su garganta, dejando una agradable estela dulce y reconfortante que contrastaba de forma violenta con la tensión que oprimía su pecho. El vaso de bambú seguía aferrado con fuerza entre sus palmas encallecidas; los dedos del joven apretaban la madera pulida con tal intensidad que los nudillos se le ponían blancos, como si al soltarlo desatara una catástrofe inminente. Para Argeon, apostado en la oscuridad del callejón, cada milisegundo que pasaba sin que su hijo sufriera convulsiones o espasmos era un triunfo minúsculo pero angustiante. Su olfato hiperdesarrollado continuaba analizando el ambiente, incapaz de hallar rastro alguno de veneno químico en el vapor del té, aunque la sombra de la duda —la certeza de que existían toxinas mudas e indetectables— seguía pesando sobre su mente como una losa. Sin embargo, el golpe más fuerte lo recibía el alma: aquella fragancia exacta a harina de arroz tostada y flor de cerezo era el mismo eco imborrable de los días en que su propia madre aún les sonreía antes de que la infamia destruyera su linaje.

Con el vaso de bambú aún temblando levemente en sus manos, el muchacho mantuvo los ojos fijos en la anciana, conteniendo el aliento y canalizando frenéticamente su naturaleza Yang a través de su núcleo para blindar su organismo por dentro. Esperaba con muda tensión la siguiente instrucción o movimiento de la mujer, rogando en lo más profundo de su ser a sus ancestros que aquella tregua humana fuera real y que el sabor de hogar que acababa de probar no se convirtiera en el preludio de una traición. El calor de la madera pulida se aferraba con firmeza a sus palmas mientras el joven genin terminaba de beber el último sorbo del té de sakura. El sabor dulce y el delicado aroma a harina de arroz tostada y cerezo —aquel eco nostálgico que le arrebataba un recuerdo casi olvidado de su madre— se mezclaban en su paladar con un nudo seco de terror absoluto. Internamente, su chakra de naturaleza Yang seguía circulando de forma frenética y preventiva a través de su núcleo y canales, listo para contener cualquier toxina muda e indetectable si el veneno decidía manifestarse de un segundo a otro en su organismo.

Con la respiración controlada y el cuerpo en máxima alerta, el muchacho mantuvo la mirada fija sobre la anciana. Venciendo la rigidez de la sospecha, le devolvió con cuidado el vaso de bambú ya vacío, inclinando ligeramente la cabeza mientras le expresaba su gratitud con un hilo de voz sincero:

—Gracias... de verdad, se lo agradezco mucho por el té. Si hace algo por hacer, solo Usted digame y lo haré con gusto.—

Tras el breve intercambio, y mientras esperaba con el corazón en la garganta que su organismo resistiera cualquier posible traición oculta tras el bondadoso gesto, el joven apartó el envoltorio vacío sin dejar de vigilar a la mujer. Recordando de inmediato las obligaciones pendientes de su castigo institucional, volvió la vista hacia las bolsas de tela y el perímetro de la Academia, preguntándose si aún faltaba algo por recoger en su tarea antes de dar por concluida la jornada. Y mientras esperaba que la  la anciana recibíera el vaso de bambú con una sonrisa apacible y comenzaba a alejarse con paso pausado entre las sombras crepusculares del callejón, el joven genin experimentó una punzada de vértigo físico. Cada segundo que transcurría sin que su organismo colapsara se sentía como una pequeña victoria contra el miedo, pero la tensión en sus músculos no disminuía; sus dedos permanecían semicerrados en una postura defensiva, listos para canalizar un flujo más denso de chakra curativo si el veneno latente decidía atacar sus órganos vitales en el momento menos pensado. Con la mirada fija en la silueta que se difuminaba en la penumbra, su mente repasó con rigor militar cada rincón del perímetro: las hojas secas amontonadas junto al muro sur, los papeles dispersos cerca de los escalones de la Academia y el peso exacto de las bolsas de tela que repletaban su carga de desperdicios. En medio de aquella atmósfera opresiva, y con la inalcanzable pero vigilante presencia de Argeon ocultándose en lo alto, el muchacho se preguntó con fría exigencia si su castigo institucional estaba finalmente cumplido o si las altas jerarquías le reservaban una última prueba antes de permitirle cruzar los límites de la zona.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
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18-09-2026, 04:45 AM
La mujer llegaria a desaparecer de su vision tras verle que entraria en lo que parecia ser un pequeño santuario para irse a rezar, claramente estaba lo suficientemente lejos como para que escucharas sus rezos pero tampoco era algo que realmente fuese algo que le prestaras demasiada la suficiente atencion, no por ahora. De todas maneras, la cantidad de residuos si bien se habian acumulado entre tus manos, pero ya no habia demasiado por los terrenos de la academia porque no tardaria demasiado tiempo en que otros shinobis vinieran con solo un objetivo, supervisar como habia progresar del Senju. Si bien, no le dijieron nada, le quitaron las bolsas para llevarlas al incinerador porque tenian otro tipo de mision y claramente esto le quitaria la mayor carga de trabajo mientras que otros shinobis les tocaria la limpieza de las paredes por los grafitis hechos niños turistas donde esto seria otra carga que le sustraerian de su responsabilidad general.

De todas maneras, ese tipo de trabajo no seria algo que te involucrara directamente porque a ti solamente te habia tocado hacer la limpieza general y ahora ya habias terminando practicamente todo lo que realmente estaba dentro de tus capacidades fisicas, y si bien, la hostilidad hacia tu persona por el resto de shinobis se notaria a leguas por las miradas furtivas que hacian con cada movimiento que hacias, tampoco murmurarian nada por obvias razones, el tiempo era algo valioso y sabotearse era una tonteria porque el dia siguiente estarian las clases en la academia donde los niños mas pequeños necesitarian tener sus terrenos de entrenamiento limpios, y sus paredes sin frases desafortunadas o dibujos obsesos que solo adolescentes rebeledes colocarian en paredes que no le correspondian. Ahora que el trabajo estaba terminando, el shinobi se podria retirar a su hogar con la calma en su cabeza de que al menos la anciana habia dicho cosas buenas a las personas que se encargaban de dar las misiones porque, aparentemente, ella habia ido despues de ir a rezar y habia dicho esas palabras a favor del "traidor" pero sin buscar nada a cambio. 
Argeon
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18-09-2026, 05:11 AM
La silueta de la mujer desapareció de su campo visual al internarse en el interior de lo que identificó como un pequeño santuario, un espacio apartado donde la observó con la aparente intención de consagrarse al acto de rezar. Los rezos de la pobladora alcanzaron sus oídos de manera distante y difusa, filtrándose a través de la atmósfera del lugar sin que ello representara un estímulo prioritario al que debiera concederle mayor atención en ese preciso instante.

Con los residuos firmemente acumulados entre sus manos tras concluir su labor, contempló cómo los extensos terrenos de la academia shinobi comenzaban a despejarse de manera paulatina conforme avanzaba la fase final de la jornada. La presencia de otros operativos comenzó a manifestarse en el perímetro con una directriz clara y definida, la cual consistía en supervisar de cerca el progreso general de las tareas asignadas al Senju.

Aquellos individuos se acercaron a su posición y, sin pronunciar palabra alguna dirigida hacia su persona, procedieron a retirarle de las manos las bolsas de basura acumuladas para emprender la marcha con rumbo directo al incinerador. Dicha intervención imprevista por parte del personal de supervisión tuvo el efecto operativo de sustraerle de las manos una carga sustancial de trabajo físico que todavía formaba parte de sus responsabilidades pendientes.

De manera simultánea y coordinada, otro sector de shinobis fue designado de manera específica para encargarse de la limpieza integral de las paredes perimetrales e internas de las instalaciones. Dichas superficies estructurales se encontraban visiblemente afectadas por grafitis plasmados por niños turistas y por diversas frases desafortunadas dejadas por adolescentes rebeldes en zonas que no correspondían.

La ejecución de estas tareas secundarias respondía a una necesidad organizativa ineludible, orientada a preparar de manera óptima las instalaciones de cara a las clases que darían inicio al día siguiente con los alumnos más jóvenes. Este conjunto de labores de saneamiento visual quedó completamente desligado de su responsabilidad directa, limitándose su participación operativa exclusivamente a la limpieza general que ya había desarrollado en el terreno.
Habiendo finiquitado por completo todo aquello que se hallaba estrictamente dentro del margen de sus capacidades físicas actuales, su labor en el lugar dio por terminada su etapa más demandante. No obstante la conclusión formal de sus deberes, la hostilidad ambiental dirigida hacia su figura por parte de los demás shinobis presentes se percibía con absoluta claridad en cada rincón del espacio.

Dicha animadversión colectiva se reflejaba de manera constante a través de las miradas furtivas que le lanzaban con cada uno de los desplazamientos y movimientos que realizaba dentro del perímetro. A pesar de la evidente tensión en el ambiente y el rechazo generalizado, ninguno de los presentes emitió murmullos audibles o provocaciones directas hacia su persona por razones de estricta conveniencia táctica.

El factor tiempo operaba en ese momento como un recurso sumamente valioso para todos los implicados, volviendo cualquier intento de confrontación o sabotaje interno en una pérdida de tiempo completamente innecesaria. La prioridad institucional imperativa era garantizar que los niños más pequeños encontraran al día siguiente unos terrenos de entrenamiento impecables y unas paredes completamente libres de obscenidades o mensajes inapropiados.

Ante este panorama logístico y con su labor principal ya finiquitada, el shinobi evaluó mentalmente la viabilidad de retirarse de manera definitiva hacia su hogar con una relativa calma en sus pensamientos. En su ponderación de los acontecimientos recientes, sopesó la extraña circunstancia de que la anciana hubiera intercedido verbalmente a su favor ante los oficiales encargados de otorgar las misiones.

Recordó cómo la mujer, tras haberse retirado previamente a rezar al pequeño santuario, había expresado conceptos positivos respaldando al individuo públicamente catalogado como un «traidor». Lo más llamativo de dicha acción altruista por parte de la pobladora era la absoluta ausencia de pretensiones, ya que no había solicitado ningún tipo de retribución o compensación a cambio de su inesperado apoyo.

Con la resolución tomada en su mente, el shinobi emprendió su marcha abandonando los límites de los terrenos de la academia, recorriendo los senderos circundantes con un paso firme y constante que denotaba su acostumbrada disciplina marcial, mientras dejaba atrás la tensión ambiental y el escrutinio silencioso de los demás operativos que continuaban con sus respectivas labores de acondicionamiento de cara al inminente inicio de las clases.

El trayecto de regreso hacia su morada transcurrió bajo la atmósfera silenciosa y serena de las calles y veredas que serpenteaban por la zona, un entorno donde la soledad del camino le permitía procesar con mayor frialdad los acontecimientos recientes, manteniendo todos sus sentidos alerta ante cualquier eventualidad a pesar de que la urgencia de las tareas de limpieza ya había quedado completamente atrás en el complejo escolar.

Durante su caminar solitario, su mente analítica continuó sopesando la extraña repercusión de las palabras emitidas por la anciana, intentando hallar una lógica táctica o psicológica a la defensa pública de alguien estigmatizado como él, aunque sin encontrar una respuesta definitiva que justificara la inusual acción altruista de la pobladora tras sus prolongadas oraciones en el santuario local.

La ausencia total de demandas o solicitudes de compensación por parte de la mujer reforzaba la naturaleza enigmática de su intervención ante los mandos encargados de las misiones, un factor que para un estratega metódico representaba una variable anómala imposible de ignorar por completo, pero que por el momento debía quedar archivada en el plano de las incógnitas sin resolver mientras se enfocaba en su retorno seguro al hogar.

Al aproximarse a los dominios de su vivienda, el perfil arquitectónico del lugar se recortó ante su vista ofreciendo el refugio y la privacidad necesarios para despojarse de la rigidez operativa que había mantenido durante toda la jornada, un espacio controlado donde finalmente podría descansar y reponer por completo las energías mermadas tras el esfuerzo físico y mental desplegado en el cumplimiento de sus deberes obligatorios.
Con un movimiento preciso, manipuló los accesos para ingresar al interior de su hogar, cerrando el umbral a sus espaldas con absoluta cautela y sellando de este modo el perímetro frente al mundo exterior, asegurando un entorno de aislamiento absoluto donde ninguna mirada furtiva ni murmuración ajena pudiera alcanzarlo ni perturbar la quietud de su espacio personal durante el descanso que se avecinaba.

Una vez dentro, se despojó de los elementos más pesados de su equipamiento táctico, depositándolos con orden metódico en el lugar asignado para sus pertrechos, comprobando una vez más que el rigor en la disposición de sus herramientas formaba parte inquebrantable de sus hábitos cotidianos, sin importar cuán fatigosos hubieran sido los eventos acaecidos en las instalaciones de la academia shinobi durante el transcurso del día.

La tranquilidad del interior de su casa contrastaba marcadamente con la atmósfera cargada de animadversión y hostilidad que había imperado en el área de entrenamiento, permitiéndole relajar ligeramente la tensión acumulada en la mandíbula y en los músculos del cuello, aunque sin llegar jamás al extremo de bajar la guardia por completo en un mundo donde la cautela permanente era la única garantía real de supervivencia.

Mientras la penumbra del atardecer comenzaba a filtrarse a través de las aberturas de las habitaciones, el shinobi se acomodó en un sitio estratégico de la estancia, dedicando los primeros momentos de su llegada a evaluar el estado general de sus recursos personales y a repasar mentalmente los posibles escenarios que podrían presentarse una vez que las actividades cotidianas del pueblo se reanudaran con la llegada del nuevo día escolar.

El silencio de la casa se convirtió en su principal aliado para consolidar el proceso de introspección, permitiéndole sopesar el peso de su propia reputación frente a los inesperados matices que la intervención de la anciana había introducido en la percepción de los superiores, recordándole que la dinámica de su entorno inmediato era mucho más compleja y volátil de lo que los simples prejuicios de sus colegas permitían vislumbrar a simple vista.
Consciente de que la jornada venidera traería consigo nuevas directrices y exigencias operativas derivadas de su estatus y de las misiones que pudieran asignársele, aprovechó el aislamiento de su hogar para consolidar la estabilidad de su sistema energético, permitiendo que el flujo interno de chakra se asentara de manera definitiva tras las exigencias físicas vividas en los terrenos de la academia durante las horas previas.

La penumbra ambiental se densificó conforme avanzaban los minutos, envolviendo la figura de Argeon en una quietud absoluta que marcaba el cierre formal de un día marcado por el esfuerzo físico, la incomprensión de sus pares y la enigmática intercesión de una pobladora que había decidido romper el molde de la hostilidad generalizada sin pedir nada a cambio, dejando el futuro inmediato en suspenso a la espera de la siguiente orden.

La oscuridad de la estancia propició el inicio de un sueño profundo y pesado, transportando su mente hacia los recuerdos de su infancia en los terrenos del Clan Senju, donde su madre solía encomendarle exactamente esa misma labor de limpieza rigurosa en los pasillos y dependencias de la residencia anexa que habitaban.

Aquellos días pasados bajo el cobijo de la familia principal contrastaban dolorosamente con la realidad presente, recordándole cómo el fallecimiento de su progenitora alteró de manera drástica su posición dentro de la estructura familiar, despojándolo de su hogar legítimo y obligándolo a trasladarse a un sitio considerablemente menos digno.

Mientras su mente procesaba las imágenes oníricas del pasado, el subconsciente revivía la precisión con la que su madre le exigía mantener la pulcritud en los espacios del clan, una disciplina doméstica que en su momento parecía un castigo cotidiano pero que ahora se revelaba como la semilla de la rigidez marcial que regía toda su existencia adulta.

La residencia anexa del Clan Senju, con sus acabados tradicionales, sus amplios tatamis y la madera pulida que él mismo tallaba y limpiaba bajo la atenta mirada materna, se desvanecía en el sueño para dejar paso al recuerdo inevitable del momento en que la muerte de ella quebró el frágil estatus que poseía en el lugar. La expulsión tácita de aquellos dominios tras la pérdida familiar lo había relegado a habitar una morada precaria y carente de prestigio, un refugio solitario y modesto que simbolizaba la caída en desgracia y la marginación social que ahora sufría por parte de sus propios compañeros de profesión en la aldea.

En el transcurso del sueño, la figura de su madre se interponía entre las paredes de la antigua residencia, dictando órdenes con voz serena pero inflexible sobre cómo un miembro de estirpe debía comportarse ante la adversidad, un mandato moral y operativo que él intentaba cumplir a rajatabla a pesar de las circunstancias indignas que le rodeaban actualmente. La transición onírica acentuaba el peso de la soledad nocturna, contraponiendo el calor de aquel hogar perdido con la fría y austera realidad de su vivienda actual, donde las paredes agrietadas y la falta de comodidades recordaban constantemente que ya no pertenecía al círculo privilegiado de los Senju.

Cada rincón del sueño recreaba con nitidez los utensilios de limpieza que utilizaba de niño, estableciendo un paralelismo implacable entre el trabajo doméstico que realizaba obligado en el pasado y la tarea de saneamiento general que acababa de culminar en los terrenos públicos de la academia bajo las miradas hostiles de los demás operativos. La muerte de su madre no solo había significado la ausencia de un afecto filial fundamental, sino también el desmantelamiento administrativo de su vida, provocando que los altos mandos lo relegaran a la categoría de paria y lo desplazaran hacia las zonas más deprimidas y olvidadas del asentamiento urbano.

Mientras su cuerpo descansaba inmóvil sobre el futón, la mente continuaba atada a esa dicotomía entre la dignidad heredada de su linaje materno y la humillación cotidiana de habitar un espacio indigno, un recordatorio constante de que su existencia actual se sostenía únicamente sobre los cimientos de una férrea disciplina autoimpuesta. El peso de la injusticia social y del destierro tácito de la residencia principal del clan operaba como un motor silencioso en su interior, alimentando su carácter severo y su absoluta indiferencia hacia las opiniones mezquinas de quienes ahora lo juzgaban sin conocer la magnitud de su pasado ni los sacrificios que su linaje le había exigido.

Conforme las horas avanzaban en la profundidad de la noche, el sueño comenzó a disipar los ecos de la memoria infantil, devolviendo gradualmente a Argeon a la quietud de su presente, preparado para afrontar con la misma frialdad heredada el nuevo amanecer que pronto se alzaría sobre su modesto refugio.
[Imagen: uYoQ0If.jpeg]
Narro           ||        -Hablo-     ||      "Pienso"    ||  Ninja Médico  ||  Cronología
Masashi Kishimoto
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18-09-2026, 12:09 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: El hijo del traidor - Mision rango E (TID 14899)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Yoru — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001
  • Argeon — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Shinigami
Rango Staff
Clan Sin Clan
Nivel 3
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia45(2)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu12
Sigilo9
270
255
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18-09-2026, 12:09 PM
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