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[Autonarrada D] Chequeo de Tuberias
Kishue
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14-09-2026, 03:43 PM
Chequeo de Tuberías
La misión comenzó antes de que Kishue estuviera completamente despierto. Su madre abrió la puerta de la habitación, anunció que ya era tarde y dejó el comunicado sobre una mesa cercana antes de retirarse. Él tardó algunos segundos en recordar que, cuando ella afirmaba que eran las siete de la mañana, normalmente significaba que apenas pasaban de las cinco. La claridad grisácea que entraba por la ventana confirmó la sospecha.

Kishue se incorporó todavía envuelto en la manta y leyó el documento con los ojos entrecerrados. El ayuntamiento solicitaba su presencia para colaborar con una inspección del sistema de drenaje de Kirigakure. No mencionaba criminales, desaparecidos ni amenazas inmediatas. Solamente aparecían el nombre de Aiko Hozuki, varias rutas hidráulicas y una advertencia sobre la duración probable del trabajo.

—Mekka, creo que hoy conoceremos la parte de la aldea que nadie presume durante las visitas oficiales.

La esfera donde transportaba a su compañero permaneció junto al resto de sus pertenencias. Kishue interpretó el silencio como una falta absoluta de entusiasmo. Después de vestirse, aseguró la esfera entre sus ropas y bajó a desayunar. Su madre había preparado arroz, pescado y suficiente comida adicional para que pudiera llevar una parte consigo. También había colocado sobre una silla unas prendas viejas que, según explicó, podían sacrificarse en caso de que la misión cumpliera con lo que prometía.

Kishue observó la camisa remendada, luego su ropa habitual y finalmente el comunicado.

—Todavía existe la posibilidad de que las alcantarillas estén perfectamente limpias.

Su madre respondió que también existía la posibilidad de que él regresara sin ensuciar la entrada, pero ninguna de las dos merecía demasiada confianza. Kishue aceptó las prendas viejas y guardó la comida. Antes de marcharse, prometió dejar cualquier herramienta contaminada fuera de casa y no utilizar el fregadero de la cocina para lavar aquello que encontrara bajo las calles.

Kirigakure amanecía cubierta por una niebla ligera. La humedad se había depositado sobre los tejados y las piedras, dejando una película brillante que convertía las calles en un recordatorio constante de por qué el drenaje resultaba importante. El cielo permanecía cubierto, aunque todavía no llovía. Algunos canales llevaban más agua de lo normal debido a las precipitaciones de los días anteriores.

Kishue llegó al ayuntamiento poco después de que comenzaran las actividades. Presentó el comunicado en recepción y fue dirigido hacia una sala lateral donde ya habían extendido varios mapas sobre una mesa. Había planos de las calles, dibujos de conductos subterráneos y hojas cubiertas por símbolos que diferenciaban colectores, respiraderos, cámaras de sedimentación y salidas hacia los canales.

Aiko Hozuki esperaba junto a la mesa. Vestía ropa de trabajo impermeable y llevaba el cabello recogido para impedir que cayera sobre los planos. Tenía varias marcas de tiza en las mangas, una libreta sujeta al cinturón y la expresión de alguien que había explicado demasiadas veces que una tubería no dejaba de existir solo porque nadie pudiera verla.

No perdió tiempo con una presentación extensa. Confirmó el nombre de Kishue, comprobó que hubiera llevado calzado apropiado y señaló el mapa principal. La red de drenaje de Kirigakure se dividía en diferentes sistemas conectados entre sí. Los canales superficiales recogían el agua de lluvia; las tuberías menores conducían residuos domésticos hacia colectores más amplios, y varias compuertas impedían que la marea devolviera agua hacia las calles.

—La mayoría de las personas cree que todo corre hacia el mar y desaparece —explicó Aiko mientras recorría una línea del plano con el dedo—. El problema es que las cosas no desaparecen. La grasa se adhiere, la arena se deposita, las raíces encuentran grietas y la basura se acumula donde el agua pierde velocidad. Cuando alguien descubre el resultado, normalmente ya tiene el piso cubierto.

Kishue se inclinó sobre el mapa. Algunas rutas atravesaban la zona comercial, otras descendían desde los barrios residenciales y varias convergían cerca de un colector construido muchos años atrás. Aiko había marcado cinco puntos de revisión. No todos presentaban fallos confirmados; algunos solo necesitaban mantenimiento preventivo antes de la siguiente temporada de lluvias.

—Entonces nuestra misión consiste en encontrar problemas antes de que empiecen a flotar dentro de una casa.

—Exactamente. Y si algo ya está flotando, quiero saber por qué.

La primera parte del recorrido se realizaría sobre la superficie. Revisarían rejillas, pendientes y canales abiertos. Después descenderían por un acceso municipal para inspeccionar las cámaras internas. La última etapa dependería de la marea. Si el nivel exterior descendía lo suficiente, podrían comprobar las compuertas cercanas al mar sin que la corriente dificultara demasiado el trabajo.

Aiko abrió un armario y le entregó guantes, una máscara de tela gruesa y un cinturón de herramientas. Había ganchos, cepillos metálicos, una pequeña palanca, tiza, cuerda encerada y varias tiras de madera graduadas para medir la profundidad del sedimento. Kishue examinó cada pieza antes de colocársela. Las nudilleras kunai permanecieron guardadas; difícilmente podría solucionar una obstrucción amenazándola con un arma.

—Las marcas rojas indican daños que requieren una cuadrilla —continuó Aiko—. Las blancas señalan limpieza pendiente. Si encontramos una grieta, no la golpees para comprobar su resistencia. Si algo está atascado, no tires hasta que sepamos qué retiene. Y si digo que salgas del agua, sales.

—Eso último sonó sospechosamente dirigido a mí.

—Leí tu expediente.

Kishue no encontró una respuesta capaz de mejorar su posición. Recogió una cesta con herramientas adicionales y siguió a Aiko fuera del ayuntamiento. La Hozuki llevaba el plano doblado dentro de una funda impermeable, aunque parecía conocer cada ruta sin necesidad de consultarlo. Durante el camino señaló pequeñas aberturas que Kishue había cruzado cientos de veces sin prestarles atención.

Los primeros canales eran poco profundos y discurrían junto a los bordes de las calles. Pequeñas pendientes conducían el agua hacia rejillas de piedra o hierro. Aiko explicaba qué zonas recibían sedimentos procedentes de los caminos, cuáles acumulaban hojas y cuáles se contaminaban con desperdicios de los negocios cercanos. Kishue escuchaba mientras observaba la dirección del agua.

La primera revisión ocurrió frente a una hilera de viviendas. A simple vista, el canal funcionaba. Una corriente fina avanzaba hacia la rejilla y desaparecía sin formar charcos. Aiko introdujo una de las tiras graduadas entre los barrotes y la retiró cubierta por una capa oscura. Existía sedimento en el fondo, pero todavía no alcanzaba un nivel preocupante.

Kishue se agachó y acercó el oído. Podía escuchar la caída del agua debajo de la superficie y distinguir que continuaba avanzando. Su oído desarrollado no convertía cada tubería en un mapa, pero le permitía reconocer diferencias entre un flujo libre y otro obligado a pasar por un espacio estrecho.

—El agua golpea algo después de la caída. No parece completamente bloqueado, pero el sonido se divide.

Aiko retiró la rejilla con ayuda de la palanca. Debajo encontraron dos conductos: uno principal y una derivación más pequeña. Un trozo de tela se había enganchado en la entrada lateral, reduciendo parcialmente el paso. Kishue utilizó el gancho para retirarlo. La tela salió acompañada por hojas, cabellos y una cantidad de barro que parecía excesiva para una abertura tan pequeña.

La Hozuki observó cómo cambiaba el sonido del agua y anotó el hallazgo. Aquella obstrucción no habría provocado una inundación inmediata, pero podía crecer durante semanas hasta bloquear la derivación. Kishue limpió los bordes, volvió a colocar la rejilla y marcó el punto en el plano.

El recorrido continuó hacia la zona comercial. Conforme se acercaban al mercado, el olor del pescado, las especias y el aceite cocinado desplazó temporalmente el aroma de los canales. Había vendedores preparando sus puestos, trabajadores descargando cajas y clientes intentando llegar antes de que los mejores productos desaparecieran. El agua circulaba entre todos ellos arrastrando pequeñas cantidades de suciedad.

Aiko se detuvo antes de llegar a la sección de pescaderías. Una fila de charcos ocupaba el borde de la calle, aunque la pendiente debía conducirlos hacia una rejilla cercana. El agua se movía con tanta lentitud que varias escamas de pescado permanecían flotando sin ser arrastradas.

—Aquí tenemos quejas desde hace tres días —dijo Aiko—. Los comerciantes aseguran que limpian sus puestos. El drenaje asegura algo distinto.

—Nunca había conocido una tubería capaz de presentar testimonio.

—Las tuberías no mienten. Las personas que arrojan grasa dentro de ellas sí.

Kishue dejó la cesta a un lado y examinó la rejilla. Alrededor de los barrotes se había formado una masa compuesta por escamas, cuerdas finas, algas y restos de embalaje. Aquello explicaba parte del problema, pero no todo. Después de retirar la capa superior, el agua siguió bajando con lentitud.

Uno de los vendedores se acercó para informar que la rejilla había sido limpiada la tarde anterior. Afirmó que los negocios cercanos utilizaban cestas para retener desperdicios y sugirió que el problema debía encontrarse dentro del sistema municipal. Aiko no discutió. Le pidió que mostrara las cestas empleadas y comprobó que existían, aunque varias tenían agujeros demasiado amplios para detener las escamas pequeñas.

Kishue levantó la rejilla. El olor aumentó inmediatamente y consiguió que dos clientes cambiaran de dirección. Debajo había una cámara rectangular donde el agua debía depositar los sólidos más pesados antes de continuar. La cámara se encontraba casi llena. Una capa compacta de arena, espinas, grasa y materia orgánica había reducido el espacio disponible.

La limpieza no requería técnicas ninja. Requería paciencia, cubetas y aceptar que los guantes no protegerían del olor. Kishue introdujo una pala estrecha en la cámara y comenzó a retirar el sedimento. Cada carga era depositada dentro de un recipiente sellado que Aiko había solicitado a los comerciantes.

Al principio, varios vendedores observaron desde una distancia prudente. Cuando comprendieron que la obstrucción estaba compuesta principalmente por residuos producidos en sus puestos, dejaron de ofrecer opiniones. Aiko aprovechó el silencio para explicar cómo debían separar la grasa, colocar filtros más finos y evitar barrer desperdicios hacia el canal.

Kishue continuó trabajando mientras el agua recuperaba lentamente su nivel. Encontró anzuelos sin punta, trozos de madera, una cuchara doblada y una pequeña figura tallada con forma de barco. Limpió esta última con agua y la colocó sobre el borde de la rejilla. Un niño que observaba desde uno de los puestos la reconoció de inmediato.

El pequeño explicó que el juguete había caído al canal durante la lluvia y que su madre le había prohibido acercarse para recuperarlo. Kishue le entregó la figura después de comprobar que no tuviera bordes peligrosos.

—Tu barco sobrevivió tres días en una alcantarilla. Creo que se ganó el derecho de navegar únicamente dentro de una palangana.

El niño aceptó la condición con una seriedad que provocó algunas risas alrededor. Su madre agradeció la devolución y prometió mantenerlo lejos de las rejillas. Kishue regresó a la cámara, donde todavía quedaban varios centímetros de sedimento por retirar.

La última parte de la obstrucción resultó más resistente. Había una cuerda gruesa enrollada alrededor de una barra interior. La grasa y las algas la habían convertido en el centro de una masa compacta. Kishue intentó liberarla con el gancho, pero apenas consiguió moverla.

Recordó la advertencia de Aiko y no tiró inmediatamente con toda su fuerza. Primero palpó la cuerda, comprobó hacia dónde continuaba y descubrió que uno de sus extremos se introducía en el conducto de salida. Si la arrancaba sin cuidado, podía dejar parte dentro o dañar la unión.

Aiko cerró temporalmente la entrada del canal mediante una pequeña compuerta. Con menos agua ingresando, Kishue pudo introducir ambos brazos en la cámara y desenredar la cuerda alrededor de la barra. Cortó las secciones demasiado deterioradas y retiró el resto poco a poco. La masa salió completa, acompañada por un ruido húmedo que nadie alrededor recibió con entusiasmo.

Cuando abrieron nuevamente el paso, el agua descendió con rapidez. Los charcos comenzaron a vaciarse y la corriente arrastró las últimas escamas hacia la cesta recién instalada. Aiko midió el nivel, revisó la unión y anotó que la cámara necesitaba una limpieza mensual mientras permaneciera cerca de las pescaderías.

Kishue se incorporó con las mangas mojadas y observó los recipientes llenos.

—Mekka, si alguna vez vuelvo a quejarme del olor de tu comida, recuérdame esta mañana.

Aiko no preguntó por qué hablaba con una esfera escondida entre sus ropas. Probablemente el expediente también contenía esa explicación. Se limitó a entregarle un paño y continuar hacia el siguiente punto.

El segundo sector se encontraba en una zona residencial construida sobre una pendiente moderada. Allí las tuberías recogían agua de patios, tejados y pequeños lavaderos. Varias viviendas compartían una derivación que desembocaba en un colector situado más abajo. La queja principal provenía de una casa donde el agua regresaba por el desagüe durante las lluvias fuertes.

La propietaria los recibió en el patio. Era una mujer mayor que había colocado varios ladrillos alrededor de una abertura para impedir que el agua sucia alcanzara la puerta. Explicó que el problema aparecía únicamente durante las tormentas. El resto del tiempo, el desagüe funcionaba con lentitud, pero sin desbordarse.

Aiko pidió permiso para probar la línea. Uno de los vecinos abrió el agua de un lavadero situado más arriba, mientras Kishue observaba la abertura. El nivel subió casi inmediatamente y tardó demasiado en descender. Había un bloqueo parcial después de la conexión.

La ruta podía revisarse mediante una tapa de mantenimiento situada en un callejón. Kishue y Aiko trasladaron las herramientas hasta allí. La abertura era lo bastante grande para que una persona descendiera, aunque el conducto posterior obligaba a avanzar agachado. Aiko aseguró una cuerda alrededor de un soporte y comprobó la lámpara.

—Yo entraré primero hasta la cámara. Tú bajarás después. No te transformes dentro de un espacio estrecho sin comprobar que la aleta tenga sitio.

Kishue levantó una mano hacia su espalda, como si necesitara confirmar que la aleta todavía no hubiera aparecido.

—Eso solo ocurrió una vez.

—El expediente dice dos.

—El segundo lugar parecía más grande desde afuera.

Aiko descendió sin comentar la explicación. Kishue la siguió después de asegurar a Mekka y ajustar la máscara. El aire bajo la calle era húmedo y cálido. La lámpara proyectaba sombras sobre paredes de ladrillo cubiertas por una película oscura. El agua alcanzaba apenas sus tobillos, pero avanzaba en la dirección correcta.

La cámara principal permitía permanecer de pie. Desde allí partían tres conductos menores. Aiko vertió una pequeña cantidad de tinte mineral no tóxico en la entrada correspondiente a la vivienda y esperó. El color apareció por uno de los laterales, avanzó unos centímetros y se arremolinó antes de continuar.

Kishue acercó el oído a la pared. Escuchó el agua procedente de los lavaderos, un goteo constante y un roce irregular detrás de los ladrillos. El sonido no provenía únicamente del flujo; algo se movía ligeramente cada vez que aumentaba la presión.

—Hay algo flexible dentro. El agua lo empuja, se abre un poco y vuelve a cerrarse.

Aiko introdujo una varilla por el conducto. Encontró resistencia a poco más de un brazo de distancia. La punta regresó cubierta por fibras vegetales. Alguna raíz había penetrado a través de una junta y atrapado otros residuos.

El conducto era demasiado estrecho para Kishue en su forma normal. Transformarse no solucionaría ese problema. Aiko colocó una herramienta cortante en el extremo de varias varillas conectables. Kishue debía introducirla, girarla y extraer las raíces sin romper la tubería.

El trabajo exigía más precisión que fuerza. Kishue empujó hasta sentir el contacto, giró lentamente y escuchó cómo las fibras se tensaban. La primera extracción produjo un manojo pequeño. La segunda sacó raíces mezcladas con cabello y tela. Después de varios intentos, el agua teñida comenzó a circular con mayor velocidad.

No obstante, una raíz más gruesa permanecía adherida a la junta. Aiko explicó que cortarla resolvería el bloqueo, pero la planta volvería a crecer. Necesitaban identificar desde dónde ingresaba y marcar la sección para sustituirla posteriormente.

Kishue avanzó por el conducto lateral hasta donde el espacio se lo permitió. El agua le cubría los antebrazos mientras examinaba la unión. Encontró una fisura fina entre dos piezas de cerámica. No amenazaba con derrumbarse, pero bastaba para permitir la entrada de raíces.

Aiko trazó una marca roja alrededor de la junta y anotó la distancia desde la cámara. Después entregó a Kishue una pequeña sierra curva. Él cortó la raíz principal sin dañar el borde y retiró el resto con la varilla.

La corriente cambió de inmediato. El nivel acumulado descendió y un volumen mayor de agua atravesó la cámara. Kishue mantuvo las manos apartadas hasta comprobar que ninguna herramienta hubiera quedado dentro. Aiko repitió la prueba con el tinte y observó cómo desaparecía por la salida sin formar remolinos.

Regresaron al patio para confirmar el resultado. El desagüe recibió una nueva descarga desde los lavaderos superiores y esta vez no devolvió agua. La propietaria retiró uno de los ladrillos colocados alrededor y agradeció el trabajo. Aiko le explicó que la reparación era temporal hasta reemplazar la sección fracturada.

La mujer quiso ofrecerles té. Aiko rechazó con educación porque todavía tenían demasiados puntos pendientes. Kishue aceptó un recipiente de agua para lavarse las manos, aunque descubrió que el olor persistía incluso después de utilizar jabón.

Antes de marcharse, la propietaria señaló una esquina del patio donde la humedad había debilitado parte de una pared baja. No pertenecía al sistema municipal, pero podía empeorar si el desagüe volvía a fallar. Kishue movió dos piedras pesadas para liberar la base y ayudó a colocar una tabla provisional que mantendría el área estable hasta que llegara un albañil.

—No arreglará la pared, pero evitará que se rinda antes de que venga alguien que sepa hacerlo.

Aiko observó la solución y añadió una nota independiente. La misión trataba sobre drenajes, pero un informe útil debía incluir daños relacionados. Ignorar la pared porque no figuraba en el recorrido solamente obligaría a otra persona a descubrirla después.

Continuaron hacia una cámara de sedimentación situada bajo una pequeña plaza. A esa hora, el mercado ya estaba lleno y el sol apenas conseguía atravesar las nubes. Kishue comenzaba a sentir el peso de las herramientas y el trabajo acumulado, aunque el día todavía no había alcanzado la mitad.

La cámara se revisaba desde una tapa circular. Aiko pidió ayuda a dos trabajadores municipales para levantarla y colocó barreras alrededor de la abertura. No podían permitir que un peatón distraído terminara participando en la inspección de manera involuntaria.

Un olor intenso salió del acceso. Kishue ajustó la máscara y descendió por una escalera metálica. Aiko permaneció arriba durante los primeros minutos para controlar la cuerda y registrar las mediciones. La cámara tenía un fondo amplio diseñado para recibir arena y partículas pesadas. El agua debía atravesar una abertura superior mientras los sedimentos quedaban debajo.

Kishue introdujo la vara graduada. El material acumulado alcanzaba una altura mayor de la recomendada, aunque todavía no bloqueaba la salida. Aiko le indicó que tomara muestras de tres puntos distintos. Él llenó pequeños recipientes, los cerró y los envió hacia la superficie mediante una cuerda.

Entre el sedimento había cantidades inusuales de una sustancia rojiza. No parecía sangre ni óxido. Cuando Kishue la removió, el agua adquirió una tonalidad púrpura antes de diluirse. El olor era diferente al de los residuos habituales: acre, ligeramente dulce y parecido al de ciertas telas recién teñidas.

Aiko descendió para examinarlo. Frotó una pequeña muestra entre los guantes y confirmó que se trataba de pigmento. Algún negocio estaba vertiendo agua de tintura en una línea no preparada para recibirla. La sustancia se adhería a las paredes y podía reaccionar con otros residuos.

—No seguiremos la ruta programada todavía —decidió—. Si encontramos el ingreso mientras el color continúa visible, podremos identificar la conexión.

Kishue observó los tres conductos que alimentaban la cámara. Uno presentaba manchas púrpuras más intensas. Acercó el rostro sin retirar la máscara y trató de distinguir el olor. La corriente llegaba por intervalos, como si alguien vaciara recipientes separados.

—Viene de la derecha. Hay otra descarga cada pocos minutos.

Aiko consultó el plano. Aquella derivación atravesaba una calle de talleres, varios lavaderos y un almacén. Regresaron a la superficie, cerraron la cámara y siguieron la ruta sobre el terreno. Kishue examinaba las rejillas mientras Aiko comprobaba los permisos de los negocios.

El primer taller utilizaba tintes verdes, pero almacenaba el agua residual en barriles sellados. El segundo trabajaba únicamente con madera. En el tercero encontraron gotas púrpuras cerca de una salida posterior. Un hilo de agua coloreada se desplazaba hacia el canal.

La propietaria del negocio salió al escuchar a Aiko. Se trataba de una tintorería pequeña, con telas extendidas bajo un techo de madera. La mujer aseguró que conocía las normas y mostró los recipientes donde debía almacenarse el agua utilizada. Todos estaban llenos y correctamente cerrados.

El origen apareció cuando un aprendiz regresó desde la parte trasera cargando un balde vacío. La expresión del joven cambió al encontrar a los inspectores junto al canal. Había vaciado varias cubetas porque los recipientes de almacenamiento estaban completos y temía que detener el trabajo provocara una reprimenda.

Aiko no levantó la voz. Le pidió explicar exactamente qué sustancias había vertido, cuánta cantidad y durante cuánto tiempo. El joven respondió con creciente vergüenza. No se trataba de un producto altamente tóxico, pero podía dañar el sistema si se mezclaba con limpiadores fuertes.

La propietaria cerró temporalmente la producción y se comprometió a contratar la retirada adecuada de los residuos. Aiko registró la infracción y dejó instrucciones precisas. Kishue observó al aprendiz, quien parecía esperar una sanción inmediata o una larga reprimenda.

—La próxima vez que un recipiente esté lleno, el problema no desaparece porque lo vacíes donde nadie está mirando. Solo viaja debajo de los pies de todos hasta que alguien tenga que meterse a buscarlo.

No necesitó añadir que ese alguien había sido él. Las manchas sobre sus guantes servían como demostración suficiente. El joven ayudó a colocar una barrera absorbente en la salida y entregó información sobre cada pigmento utilizado.

Aiko solicitó arena limpia, carbón y varias telas gruesas. Con esos materiales prepararon un filtro provisional en el canal antes de la conexión principal. No eliminaría toda la sustancia, pero retendría parte del pigmento mientras el agua restante se diluía. La tintorería tendría que reemplazar los materiales y entregarlos para su disposición adecuada.

La investigación consumió más tiempo del esperado. Cuando terminaron, el mediodía había llegado y Kishue podía escuchar su estómago por encima de algunos desagües. Aiko consultó el cielo, calculó la marea y aceptó una pausa breve antes de entrar en los colectores profundos.

Se sentaron bajo el techo de un pequeño puesto cerrado. Kishue abrió la comida preparada por su madre y encontró porciones suficientes para compartir. Le ofreció una a Aiko, quien había llevado únicamente una barra compacta de provisiones y una botella de agua.

—Mi madre prepara cada misión como si existiera la posibilidad de que adopte a tres compañeros hambrientos durante el camino.

—Después de verte desayunar en el ayuntamiento, entiendo su preocupación.

Kishue decidió interpretar aquello como una aceptación. Comieron mientras revisaban el mapa. Aiko reorganizó la ruta debido al tiempo perdido en la tintorería. Podían omitir dos rejillas que habían sido inspeccionadas recientemente, pero no debían saltarse el colector central ni las compuertas marítimas.

La Hozuki explicó que el colector central era una construcción antigua, ampliada en diferentes épocas. Algunas paredes estaban hechas de piedra; otras, de ladrillo y mortero. Las secciones más nuevas tenían pasarelas de mantenimiento. En las antiguas, cualquier inspección requería caminar dentro del agua.

—La corriente puede aumentar sin aviso —advirtió—. Los lavaderos, baños y depósitos descargan por horarios distintos. Además, si comienza a llover, toda la red superficial enviará agua hacia abajo. Permanecerás unido a la línea de seguridad.

—Puedo respirar bajo el agua.

—Las piedras no necesitan respirar para romperte una pierna.

Kishue masticó el último trozo de pescado mientras consideraba la respuesta. Aiko no parecía impresionada por sus ventajas acuáticas, pero tampoco las ignoraba. Simplemente se negaba a confundir una capacidad útil con permiso para actuar sin precauciones.

Después de la pausa regresaron a la cámara de sedimentación. Esta vez una pequeña cuadrilla municipal los acompañó con una bomba manual y recipientes. Kishue descendió para remover el material mientras los trabajadores lo extraían desde arriba. El pigmento había comenzado a diluirse y la barrera instalada evitaba nuevas descargas.

La limpieza duró casi una hora. Kishue llenó cubetas con arena, barro y residuos compactados. Encontró varios objetos irreconocibles y una moneda tan desgastada que apenas conservaba sus marcas. Aiko la registró junto con el resto, aunque su valor probablemente era menor que el esfuerzo necesario para limpiarla.

Cuando la vara graduada alcanzó el fondo original, enjuagaron las paredes con una cantidad controlada de agua. La cámara recuperó su profundidad y el flujo atravesó la salida sin arrastrar sedimentos. Los trabajadores cerraron la tapa y retiraron las barreras.

Kishue aprovechó una fuente cercana para limpiar parte del barro de su ropa. El resultado fue limitado. Sus botas conservaban una capa oscura, las mangas estaban manchadas de púrpura y el cabello comenzaba a absorber el olor de los conductos.

—Mekka, cuando regresemos, tú vas a explicar por qué huelo así.

Aiko guardó la libreta.

—¿El pez suele aceptar responsabilidades?

—No, pero tampoco puede contradecirme delante de mi madre.

El acceso al colector central se encontraba dentro de una caseta municipal cerrada. Aiko utilizó una llave marcada y comprobó un registro antes de abrir. En la pared había placas con fechas de inspección, niveles máximos y accidentes ocurridos durante años anteriores. Kishue leyó algunas mientras ella preparaba las líneas de seguridad.

Una placa recordaba que tres trabajadores habían quedado atrapados durante una inundación repentina. Otra señalaba la altura alcanzada por el agua durante una tormenta especialmente fuerte. Las marcas superaban la cabeza de Kishue. Aquello explicaba por qué Aiko insistía tanto en la cuerda.

Ambos colocaron arneses sencillos. Las líneas se conectaban a un cable que recorría la pasarela interna y permitía avanzar sin perder completamente el anclaje. También llevaban lámparas, herramientas y una campana pequeña para comunicarse si el ruido del agua impedía escucharse.

La escalera descendía más profundamente que las anteriores. El aire se volvió frío conforme se alejaban de la superficie. Al llegar abajo, Kishue encontró un corredor abovedado dividido por un canal central. Una pasarela estrecha ocupaba uno de los lados. El agua se movía con una fuerza constante y reflejaba la luz de las lámparas.

Aiko señaló una marca blanca en la pared. El nivel actual permanecía bastante por debajo, lo cual facilitaba la inspección. Aun así, la corriente bastaba para arrastrar herramientas si caían. Kishue aseguró cada objeto antes de comenzar.

Recorrieron primero la pasarela. Aiko examinaba el mortero, buscaba grietas y golpeaba suavemente algunas piedras con una herramienta pequeña para escuchar si existían espacios vacíos detrás. Kishue prestaba atención al agua. Su oído detectaba variaciones producidas por entradas laterales y obstáculos.

El primer defecto era superficial. Parte del mortero se había desprendido entre dos ladrillos, pero la piedra interior continuaba estable. Aiko trazó una marca roja y anotó la posición. El segundo era una acumulación de minerales alrededor de una filtración fina. No amenazaba la estructura, aunque indicaba que el agua atravesaba desde el terreno exterior.

Kishue utilizó el cepillo metálico para limpiar la superficie. Debajo de los depósitos apareció una fisura corta. Aiko midió su longitud y colocó dos marcas en los extremos. Si crecía antes de la próxima inspección, necesitarían abrir la pared y revisar la presión exterior.

—¿Cuántas grietas pequeñas hacen falta para convertir una pared en un problema grande?

—Una sola, si está en el lugar correcto. Cientos, si no avanzan y la estructura distribuye bien la carga. Por eso medimos antes de asustarnos.

Continuaron. El conducto se dividía más adelante. Una rama recibía agua de los barrios altos; otra, de la zona comercial. Aiko pidió silencio durante varios segundos. Kishue cerró los ojos y escuchó.

El flujo de la izquierda era uniforme. El de la derecha presentaba golpes intermitentes, como si algo pesado chocara contra la pared y después regresara. No era el sonido de una compuerta. Parecía un objeto atrapado que se movía con cada aumento de corriente.

Bajaron desde la pasarela mediante una escalera corta. El agua alcanzó las rodillas de Kishue y empujó sus piernas hacia el centro. Aiko permaneció cerca del borde mientras él avanzaba sujeto a la línea.

El ruido aumentó junto a una abertura lateral protegida por barrotes. Detrás se había atascado parte de una rueda de carro. La madera rota servía como soporte para ramas, tela, papel y otros residuos. Cada descarga empujaba la rueda contra los barrotes y producía el golpe que Kishue había escuchado.

No podían tirar de ella inmediatamente. La masa retenía una cantidad considerable de agua en el conducto lateral. Si la liberaban de golpe, todo el volumen saldría hacia el colector y podía derribarlos.

Aiko regresó hasta una compuerta anterior y redujo parcialmente la entrada. El nivel comenzó a descender, aunque el agua atrapada detrás de la rueda permaneció. Kishue examinó la estructura. La pieza principal estaba encajada en diagonal entre dos barrotes.

—Puedo romper la madera en partes pequeñas y sacarla sin liberar todo al mismo tiempo.

—Primero retira la basura superficial. Si rompes la rueda mientras las telas siguen sujetas, la presión puede arrancar todo junto.

Kishue utilizó el gancho para extraer las ramas más cercanas. Cada fragmento retirado permitía que una cantidad pequeña de agua atravesara los barrotes. La presión disminuía poco a poco. Aiko controlaba el nivel mediante una marca temporal y le indicaba cuándo detenerse.

El trabajo se complicó cuando una sección de tela se soltó y envolvió el gancho. Kishue tiró, pero la corriente arrastró el material hacia el colector y tensó la cuerda de la herramienta. En lugar de soltarla, aseguró los pies y recuperó el gancho centímetro a centímetro.

La tela resultó ser parte de una lona de carga. Debía haber caído desde alguna calle, atravesado una rejilla dañada y recorrido varios conductos antes de quedar atrapada. Aiko la extendió sobre la pasarela para registrarla. Había un símbolo comercial casi borrado en una esquina.

Después de retirar la lona, el agua comenzó a pasar entre los radios rotos. Kishue introdujo la palanca y aplicó fuerza de manera gradual. La primera pieza cedió con un crujido. Sacó el radio, después otro y finalmente liberó parte del aro.

La corriente empujó el resto de la rueda. Kishue la sostuvo contra los barrotes mientras Aiko cerraba un poco más la compuerta. El agua le alcanzaba ahora la cintura y ejercía presión constante sobre su espalda. No necesitaba transformarse todavía, pero sus piernas comenzaban a fatigarse.

—Mekka, si esto cuenta como pesca, quiero dejar registrado que la presa es horrible.

Aiko escuchó la observación desde la pasarela.

—Si consigues cocinarla, puedes quedártela.

Kishue sonrió debajo de la máscara. Cambió el ángulo de la palanca y partió la última sección del aro. La rueda salió en tres partes. El agua retenida atravesó los barrotes con mayor fuerza, pero ya no formó una descarga capaz de derribarlo.

Cuando el nivel se estabilizó, Kishue retiró los residuos restantes. Encontró un saco vacío, varias cuerdas, ramas y una sandalia. Aiko revisó los barrotes y descubrió que uno estaba doblado hacia dentro. Ese espacio probablemente había permitido el paso de la rueda antes de que quedara encajada.

La reparación definitiva requería reemplazar la sección. Por el momento, Kishue utilizó una barra de repuesto y alambre grueso para reducir la abertura. La solución impediría que objetos grandes ingresaran hasta que llegara la cuadrilla.

Aiko abrió nuevamente la compuerta. La corriente aumentó de manera controlada y atravesó la rejilla sin producir golpes. Kishue permaneció dentro del agua durante la prueba. Su línea de seguridad se tensó, pero el flujo no consiguió desplazarlo.

El problema parecía resuelto hasta que escuchó un sonido diferente detrás de ellos. No provenía del conducto, sino de la pasarela. Una de las cajas de herramientas se había movido debido a la vibración y estaba cerca del borde.

Kishue se volvió justo cuando cayó. Alcanzó a sujetar una de las asas, pero el peso tiró de su brazo hacia el agua. La tapa se abrió y varias herramientas escaparon. Aiko atrapó dos con el pie; las demás desaparecieron dentro del flujo.

Entre ellas se encontraba una llave larga utilizada para operar ciertas compuertas. Perderla no bloquearía el sistema, pero dificultaría el resto de la inspección. Kishue siguió el brillo metálico hasta verlo detenerse contra una piedra varios metros más adelante.

—No cruces por el centro —advirtió Aiko—. La profundidad cambia después de esa marca.

Kishue examinó el agua. Podía descender y recuperarla con mayor seguridad transformado. Informó su intención antes de soltar las herramientas restantes. Aiko ajustó la línea para ofrecerle más recorrido y comprobó que la esfera de Mekka estuviera protegida fuera del agua.

La transformación comenzó en sus brazos. La piel adquirió una tonalidad azulada, las escamas aparecieron sobre el torso y las branquias se abrieron a ambos lados del cuello. Sus dientes aumentaron de tamaño y la aleta dorsal surgió a lo largo de su espalda. No apareció ninguna cola; sus piernas conservaron la forma necesaria para caminar y nadar.

Kishue entró en el canal central. El fondo descendió bruscamente después de la marca, obligándolo a nadar. La corriente lo empujó, pero sus movimientos en el agua resultaban mucho más precisos bajo aquella forma. Se sostuvo de las piedras laterales y avanzó hacia la herramienta.

El agua estaba turbia. Su vista servía menos que el tacto, por lo que recorrió el fondo con una mano mientras mantenía la otra contra la pared. Encontró primero un cepillo, después una cadena corta y finalmente la llave larga encajada entre dos piedras.

Cuando intentó retirarla, descubrió que una cuerda se había enrollado alrededor. Tirar directamente habría tensado el nudo. Kishue utilizó una pequeña cuchilla para cortar las fibras y liberar la herramienta.

La corriente aumentó sin previo aviso. Una descarga procedente de otro conducto elevó el nivel y lo separó de la pared. La línea de seguridad se tensó alrededor de su arnés. Kishue giró para recibir el flujo de frente y protegió la llave contra su pecho.

Aiko hizo sonar la campana dos veces: señal de regreso inmediato. Kishue no discutió. Utilizó la cuerda como guía, nadó hacia la pasarela y alcanzó la escalera. El agua lo golpeaba contra los peldaños, pero las escamas protegían sus brazos mientras ascendía.

Salió llevando la llave entre los dientes. Aiko la recibió y comprobó el arnés. Una de las correas se había desplazado, aunque no estaba rota. Esperaron hasta que la descarga disminuyera antes de recuperar el resto de herramientas.

—Podía respirar. También podía volver sin que me lo repitieras.

—Por eso hice sonar la campana dos veces y no diez.

Kishue permitió que la transformación permaneciera activa mientras continuaban. Las escamas resultaban útiles dentro del agua y las branquias eliminaban la preocupación por una inmersión inesperada. Debía inclinarse ligeramente para que la aleta no rozara algunas secciones bajas, pero el colector principal ofrecía suficiente espacio.

Más adelante encontraron una escalera que conducía hacia una cámara de control. Allí se reunían varias compuertas manuales. Cada una regulaba una ruta distinta y poseía marcas de mantenimiento. Aiko utilizó la llave recuperada para probarlas.

La primera giró con resistencia, pero completó el recorrido. La segunda se detuvo a mitad del cierre. Kishue examinó el mecanismo y encontró corrosión alrededor del eje. Limpió la superficie con el cepillo y aplicó grasa resistente al agua. Aiko volvió a girar. La compuerta avanzó algunos centímetros adicionales antes de detenerse otra vez.

Kishue apoyó ambas manos sobre la rueda de control. Su fuerza podía obligarla a moverse, pero Aiko le indicó que esperara. Si el eje estaba torcido, aumentar la presión podía romperlo. Retiraron una cubierta lateral y observaron el engranaje.

Una piedra pequeña había quedado atrapada entre dos dientes. No era suficiente para romper el metal, pero impedía completar el giro. Kishue la extrajo con una pinza. La compuerta cerró después sin dificultad.

Aiko anotó la necesidad de reemplazar el lubricante y revisar el sello inferior. Kishue abrió y cerró el mecanismo dos veces para confirmar el movimiento. Cada prueba modificaba el sonido del agua en los conductos cercanos.

La tercera compuerta presentó un problema diferente. La rueda giraba, pero la hoja no descendía por completo. Aiko sospechó que existía sedimento acumulado en la base. Para comprobarlo necesitaban observar desde el otro lado.

El acceso obligaba a cruzar un pasaje parcialmente inundado. Kishue avanzó primero transformado, unido a la cuerda. El agua le cubría el pecho y la corriente era menor debido al cierre de las otras rutas. Llegó hasta la base de la compuerta y palpó el espacio.

Había piedras, arena compactada y un objeto metálico. Kishue retiró primero los sedimentos sueltos. El objeto resultó ser una pequeña caja de herramientas completamente oxidada. Alguien debía haberla perdido durante una inspección anterior.

La caja no podía atravesar el espacio sin abrirse. Kishue forzó la tapa y descubrió que casi todo el contenido se había convertido en una masa rojiza. Sacó las piezas individualmente y las colocó dentro de una bolsa de red.

Con el obstáculo retirado, Aiko accionó la compuerta. La hoja descendió hasta la base y el sello detuvo el flujo. Kishue golpeó dos veces la pared para confirmar que podía abrirla. El mecanismo volvió a elevarse.

Regresó a la cámara cargando la bolsa. Aiko revisó una placa antigua y encontró el registro de una caja extraviada varios años atrás. Su recuperación no tenía valor práctico, pero resolvía una anotación que había permanecido abierta durante demasiado tiempo.

—Espero que no descuenten el reemplazo del sueldo de quien la perdió. Ha tenido varios años para preocuparse.

—Se jubiló la primavera pasada.

—Entonces podemos decirle que finalmente apareció y arruinarle una tarde tranquila.

Aiko guardó la placa sin sonreír abiertamente, aunque su expresión perdió parte de la rigidez. Terminada la revisión de las compuertas internas, continuaron hacia la salida marítima. El nivel de la marea debía estar descendiendo, pero necesitaban comprobarlo antes de abrir cualquier acceso.

El camino subterráneo se volvió más ancho y frío. El olor cambió conforme el aire salado ingresaba desde el exterior. Kishue podía escuchar el oleaje detrás de las compuertas de retención. Cada golpe producía una vibración baja en la piedra.

Aiko señaló varias válvulas instaladas para impedir el retroceso del agua. Funcionaban mediante hojas pesadas que se abrían cuando el flujo salía y se cerraban cuando la marea empujaba desde fuera. Si quedaban atascadas, el agua marina podía ingresar a los colectores.

La primera válvula se movía correctamente. La segunda abría con lentitud. La tercera permanecía separada de su marco por varios centímetros. Entre ambos se había acumulado una masa de conchas, cuerda y algas secas.

Kishue intentó retirar los residuos desde el interior. Parte estaba fuera de su alcance y la hoja no podía abrirse lo suficiente. Aiko consultó la tabla de mareas y determinó que tendrían una ventana corta para revisar desde el exterior.

Subieron por un acceso cercano al borde de uno de los canales. El cielo había oscurecido y el viento anunciaba lluvia. Aiko colocó señales para evitar que alguna embarcación se acercara a la salida mientras Kishue preparaba la cuerda.

El agua exterior estaba fría, pero su transformación permanecía activa. Kishue aseguró las herramientas dentro de una bolsa y descendió. Las branquias se adaptaron inmediatamente. Bajo la superficie, encontró la abertura cubierta por organismos marinos adheridos a la piedra.

La válvula problemática tenía varias cuerdas enrolladas alrededor del eje. Una red rota se extendía desde allí hacia unas rocas. Las mareas habían ido tensándola hasta arrastrar algas, conchas y basura contra la hoja.

Kishue utilizó la cuchilla para cortar la red en secciones. No retiró todo de una vez; cada parte liberada cambiaba la presión sobre el mecanismo. Aiko controlaba la válvula desde dentro y tiraba de la línea para comunicar cuándo se movía.

La primera sección salió fácilmente. La segunda estaba atrapada debajo de una placa metálica. Kishue introdujo los dedos, arrancó varias conchas y liberó el nudo. Un grupo de peces pequeños escapó desde la red en cuanto el espacio se abrió.

—Mekka se habría quejado si dejábamos atrapados a esos. —comentó al salir brevemente para respirar por costumbre, aunque no lo necesitaba.

Aiko respondió desde el borde.

—Mekka parece tener opiniones muy convenientes para coincidir siempre contigo.

Kishue volvió a sumergirse antes de defender la reputación de su compañero. Cortó el último tramo y enrolló la red para impedir que la corriente la llevara nuevamente al conducto. Después utilizó el cepillo metálico sobre el eje.

Las conchas se desprendían con dificultad. Algunas tenían bordes afilados, pero sus escamas protegían las manos. Kishue limpió el espacio alrededor de la bisagra y empujó la válvula. La hoja se abrió por completo.

Aiko accionó el flujo desde dentro. El agua del colector salió con fuerza, arrastrando pequeños residuos que Kishue había dejado preparados. Él se apartó hacia un costado y observó cómo funcionaba el cierre cuando la presión disminuía. La hoja regresó hasta el marco, aunque todavía quedaba una separación fina en la parte inferior.

Kishue palpó la base y encontró un trozo de metal aplanado. Era parte de una abrazadera corroída. Lo extrajo y repitieron la prueba. Esta vez, la válvula cerró completamente.

El segundo mecanismo lento no tenía redes, pero estaba cubierto por depósitos minerales. Kishue limpió las superficies y aplicó lubricante en el eje siguiendo las instrucciones de Aiko. La movilidad mejoró después de varios ciclos.

Mientras trabajaba, la corriente exterior comenzó a cambiar. La marea había alcanzado su punto más bajo y pronto regresaría. Aiko hizo sonar la campana para indicar el final de la inspección acuática.

Kishue recogió las herramientas, aseguró la red retirada y nadó hacia el acceso. Antes de salir observó la línea de compuertas desde el agua. Todas permanecían cerradas contra el marco. No había burbujas ni movimientos que indicaran una filtración significativa.

Regresó a la superficie y permitió que la transformación comenzara a desaparecer. Las escamas se retrajeron, las branquias se cerraron y la piel recuperó su tonalidad habitual. La aleta dorsal fue lo último en desvanecerse. Kishue se quedó sentado junto al borde durante unos segundos, sintiendo cómo el cansancio se hacía más evidente sin la fuerza adicional de aquella forma.

Aiko le entregó una manta áspera y revisó las herramientas. Habían recuperado la llave, retirado la red y completado la inspección sin perder nada más. El cielo, sin embargo, estaba cada vez más oscuro.

La primera gota cayó sobre el plano mientras Aiko lo guardaba. Después llegó otra y, en menos de un minuto, la lluvia comenzó a golpear los tejados y las calles. No era una tormenta severa, pero ofrecía una oportunidad perfecta para comprobar cómo respondía la red después de las limpiezas.

—Volvemos hacia la zona comercial —decidió Aiko—. Si las rejillas se mantienen libres durante veinte minutos, la cámara debería soportar el aumento.

Kishue se colocó la ropa impermeable sobre las prendas mojadas. El resultado era absurdo, pero al menos impedía que la lluvia añadiera otra capa de agua fría. Recogió la cesta y siguió a Aiko.

Los canales superficiales comenzaron a llenarse. El agua descendía desde los tejados, atravesaba las pendientes y desaparecía por las rejillas. En la zona residencial, el desagüe reparado aceptó el flujo sin devolverlo hacia el patio. La propietaria observaba desde su puerta y levantó una mano cuando los vio pasar.

Aiko midió el nivel junto a la tapa de mantenimiento. Permanecía dentro del margen esperado. La raíz retirada había solucionado el bloqueo inmediato. La reparación definitiva de la junta evitaría que regresara.

En la siguiente calle, un canal formaba un remolino alrededor de una cesta. Kishue retiró varias hojas y una bolsa de papel antes de que pudieran acumularse. La lluvia convertía objetos insignificantes en obstrucciones móviles. Cada uno viajaba hasta encontrar un barro, una esquina o una rejilla donde detenerse.

La zona comercial presentaba mayor dificultad. Los vendedores habían comenzado a cubrir sus puestos y algunas cajas vacías quedaron expuestas a la corriente. Una de ellas se desarmó. Las tablas avanzaron hacia el desagüe que Kishue había limpiado durante la mañana.

Corrió antes de que alcanzaran la rejilla. Detuvo la primera con un pie y atrapó la segunda con la mano. La tercera pasó a su lado, pero Aiko la interceptó utilizando la vara graduada. Los comerciantes aseguraron el resto de las cajas.

El agua frente a las pescaderías descendía correctamente. Las nuevas cestas retenían las escamas y la cámara recuperada permitía recibir la lluvia. Kishue levantó parcialmente la rejilla para observar el nivel. Se encontraba varios centímetros por debajo del límite.

—Parece que la tubería acepta nuestras disculpas por todo lo que sacamos de ella.

—Las tuberías tampoco aceptan disculpas.

—Cada vez me agrada menos su personalidad.

La prueba continuó durante quince minutos. El flujo permaneció estable hasta que un ruido de succión irregular apareció bajo otra rejilla. Kishue lo escuchó desde varios pasos de distancia. Se acercó y encontró que el agua bajaba en pulsos.

Aiko comprobó el plano. Aquella línea conectaba con la cámara central ya limpiada, por lo que el problema debía encontrarse cerca de la superficie. Retiraron la rejilla bajo la lluvia.

Una bolsa de tela estaba adherida al conducto. El agua la inflaba, encontraba un espacio para pasar y después volvía a cerrarla contra la abertura. Kishue introdujo el gancho y trató de sujetarla. La tela se rasgó.

El nivel aumentaba alrededor de sus botas. Si la bolsa descendía más, podía quedar fuera del alcance. Kishue dejó el gancho, introdujo el brazo y consiguió agarrar una de las asas. La succión tiró de ella hacia abajo.

Afirmó los pies y aplicó fuerza. La bolsa salió acompañada por una descarga de agua oscura. Dentro había varias prendas pequeñas, jabón y una piedra utilizada probablemente para mantenerla sumergida durante el lavado. Alguien la había perdido en un canal superior.

Kishue colocó la bolsa fuera de la lluvia. Ninguna marca permitía identificar al propietario. Aiko la registró como objeto recuperado y revisó el conducto. El flujo se normalizó inmediatamente.

La lluvia comenzó a disminuir. Los charcos desaparecieron con rapidez y las calles recuperaron su nivel habitual. El sistema no estaba perfecto, pero ninguna de las zonas revisadas había sufrido un desbordamiento. La prueba confirmó que las limpiezas habían servido.

Todavía quedaba una última inspección cerca de la Academia. Aiko había recibido reportes sobre arena acumulada en un conducto utilizado para drenar uno de los patios de entrenamiento. El sitio quedaba de camino hacia el ayuntamiento, por lo que decidieron revisarlo antes de terminar.

La Academia estaba casi vacía a aquella hora. Las clases habían concluido y solamente permanecían algunos instructores. El patio mostraba las consecuencias de la lluvia: barro, huellas y pequeños arroyos que descendían hacia los bordes.

El conducto funcionaba, pero una parte del agua se acumulaba junto a uno de los muros. Kishue siguió la pendiente y encontró una rejilla casi cubierta por arena. Las prácticas constantes removían el suelo y la lluvia trasladaba el material hasta allí.

Retirar la capa superficial permitió que parte del charco descendiera. Debajo, sin embargo, la cámara contenía más arena compactada. Kishue levantó la rejilla y comenzó otra limpieza con la pala estrecha.

A diferencia de los residuos del mercado, aquella arena no olía mal. Después del resto del día, Kishue casi la consideró agradable. Sacó varias cubetas y las extendió sobre una lona. Podía reutilizarse en el patio cuando estuviera seca.

Encontró también tres shuriken de entrenamiento, una venda, dos piedras pintadas y el mango roto de una herramienta. Los objetos metálicos fueron entregados a un instructor. La venda y el mango terminaron entre los residuos.

Aiko examinó el diseño de la cámara. El borde era demasiado bajo y permitía que la arena entrara directamente. Recomendó elevarlo unos centímetros y colocar una franja de grava que redujera el arrastre desde el patio.

Kishue utilizó piedras disponibles para formar una barrera provisional. No impediría toda la sedimentación, pero desviaría el agua suficiente hasta que realizaran la modificación. Después vertieron varios baldes sobre la pendiente para probarla.

El flujo rodeó la franja, dejó parte de la arena entre las piedras y llegó a la rejilla con menos sedimento. Aiko anotó las medidas necesarias. Kishue volvió a colocar la tapa.

El cielo comenzaba a aclararse hacia el oeste, aunque el día se acercaba a su final. Las nubes se separaban lo suficiente para permitir una luz anaranjada sobre los tejados mojados. Kishue sintió el cansancio acumulado en los brazos, las piernas y la espalda. Había levantado rejillas, retirado sedimentos, nadado contra la corriente y cargado herramientas durante horas.

Aiko todavía no consideraba terminada la misión. Antes de regresar necesitaban revisar un respiradero situado cerca del colector central. Si estaba bloqueado, los gases podían acumularse dentro de las cámaras.

El respiradero parecía una pequeña estructura de piedra junto a una pared. Una malla impedía que animales y basura ingresaran. La abertura estaba cubierta por nidos viejos y hojas.

Kishue retiró el material con cuidado. No encontró huevos ni animales dentro, únicamente ramas secas. Limpió la malla y comprobó que el aire circulara. Aiko utilizó una tira reactiva para confirmar que no hubiera una concentración peligrosa.

La base de la estructura presentaba musgo y una piedra suelta. Kishue la ajustó sin golpear el resto del muro. Aiko trazó una marca blanca para que una cuadrilla limpiara el musgo y revisara el mortero.

—¿Eso era todo?

Aiko consultó su lista. Recorrió cada punto con un dedo, comprobó las anotaciones y cerró la libreta.

—Eso era todo lo que podíamos revisar hoy sin empezar una segunda jornada.

Kishue dejó escapar el aire lentamente. No esperaba sentir tanto alivio al escuchar aquellas palabras. Había participado en misiones físicamente más peligrosas, pero pocas exigían trabajar durante tantas horas sin un enemigo al cual responsabilizar por el cansancio.

Regresaron al ayuntamiento cargando herramientas, muestras y objetos recuperados. Los recipientes con sedimentos viajaron sellados. La red retirada de las compuertas estaba enrollada y asegurada. La lona, la bolsa de ropa y las piezas de la rueda fueron registradas por separado.

En la sala de mapas, Aiko extendió nuevamente los planos. Kishue se quitó los guantes y descubrió que sus manos conservaban arrugas por haber permanecido tanto tiempo húmedas. También tenía pequeñas marcas producidas por las herramientas, aunque ninguna herida importante.

El informe comenzó con la zona residencial. La derivación había sido despejada, pero la junta fracturada requería sustitución. Aiko marcó la reparación como prioritaria antes de que las raíces volvieran a ingresar. También incluyó la pared debilitada del patio para que los responsables municipales avisaran a la propietaria sobre los riesgos.

La cámara del mercado había sido limpiada completamente. El problema provenía de residuos orgánicos, arena, grasa y una cuerda atrapada alrededor de la barra. Los comerciantes habían recibido instrucciones para instalar filtros más finos y aumentar la frecuencia de limpieza.

La descarga de pigmento quedó registrada como infracción. La tintorería suspendió el vertido y colocó una barrera provisional. Los recipientes debían ser retirados al día siguiente. Aiko solicitó una nueva muestra de agua para comprobar que no quedaran concentraciones preocupantes.

El colector central presentaba dos defectos estructurales menores: una sección de mortero desprendido y una fisura con filtración mineral. Ninguno exigía cerrar el conducto de inmediato, pero ambos necesitaban seguimiento. También registraron la rueda rota, la lona y el barrote doblado.

Las compuertas internas funcionaban después de retirar la piedra, limpiar los engranajes y extraer la caja oxidada. Aiko recomendó reemplazar lubricante y revisar los sellos. Las válvulas marítimas habían recuperado su movilidad tras retirar la red, las conchas y la abrazadera deteriorada.

Por último, la rejilla de la Academia necesitaba una barrera más alta y una franja permanente de grava. El respiradero debía recibir mantenimiento superficial. La prueba bajo la lluvia confirmó que las zonas limpiadas aceptaban el flujo sin desbordarse.

Kishue añadió sus propias observaciones. Explicó las diferencias de sonido encontradas en cada bloqueo, el movimiento flexible producido por las raíces y los golpes de la rueda contra los barrotes. También recomendó que futuras inspecciones utilizaran señales auditivas en puntos donde la visibilidad fuera escasa.

—No siempre se puede ver una obstrucción, pero el agua cambia de sonido cuando tiene que rodearla. Si registran cómo suena cada sección cuando está limpia, sería más fácil reconocer una diferencia después.

Aiko consideró la propuesta y la incluyó en el informe. No todas las cuadrillas tendrían el oído de Kishue, pero podían utilizar tubos de escucha o comparar vibraciones desde las tapas de mantenimiento. Una observación práctica podía convertirse en un procedimiento útil.

El funcionario encargado recibió el documento al anochecer. Revisó las marcas, contó las muestras y confirmó que las reparaciones mayores serían asignadas durante los próximos días. La misión no había descubierto un colapso inminente, pero había evitado varios problemas futuros y localizado una descarga indebida.

Kishue firmó la sección correspondiente. El funcionario observó su ropa, las manchas púrpuras y el barro adherido a sus botas. Después preguntó si había sufrido alguna lesión.

—Solo daños importantes a mi sentido del olfato y a la posibilidad de que mi madre me permita entrar en casa.

Aiko entregó la última muestra.

—Ambos eran riesgos previstos en el informe inicial.

El trabajo quedó oficialmente completado. Kishue ayudó a devolver las herramientas limpias al armario y separó aquellas que necesitaban desinfección. La caja oxidada permaneció sobre una mesa para informar a su antiguo propietario. La moneda desgastada y los objetos sin dueño fueron enviados al registro municipal.

Cuando abandonó el ayuntamiento, Kirigakure estaba entrando en la noche. Las lámparas se reflejaban sobre las calles mojadas y los canales continuaban transportando el agua de la lluvia. Kishue observó una rejilla funcionando junto al edificio. Por primera vez prestó atención al sonido antes de pasar.

El flujo era uniforme.

—Creo que está limpia, Mekka. No vamos a comprobarlo.

El camino hacia casa le pareció más largo de lo habitual. Cada paso recordaba las horas dentro del agua y las veces que había cargado cubetas llenas. Aun así, sentía una satisfacción distinta a la obtenida después de una pelea. Nadie había intentado destruir la aldea, pero varias viviendas evitarían inundaciones, los comerciantes podrían trabajar sin agua estancada y las compuertas responderían correctamente a la marea.

Encontró a su madre esperando frente a la entrada. Ella no preguntó cómo había salido la misión. Primero señaló un balde, jabón, ropa limpia y una zona del patio donde debía dejar las botas.

Kishue se detuvo a varios pasos de la puerta.

—Antes de que tomes una decisión precipitada, quiero recordar que he servido a Kirigakure durante todo el día.

Su madre respondió que podía continuar sirviendo a Kirigakure desde el exterior hasta que dejara de oler como la parte inferior de ella. Kishue aceptó la sentencia y colocó la esfera de Mekka en un lugar seguro antes de comenzar a lavarse.

El primer balde apenas retiró el barro. El segundo eliminó parte del pigmento. Para el tercero, Kishue empezó a sospechar que la misión incluía una etapa secreta de limpieza personal que Aiko había omitido deliberadamente.

—Mekka, necesito un testigo que confirme que este olor estaba incluido en el cumplimiento de mis obligaciones.

La esfera guardó silencio. Su madre comentó desde dentro que el pez demostraba un excelente juicio al no involucrarse. Kishue terminó de lavar las herramientas que había llevado consigo, dejó la ropa vieja dentro de un recipiente separado y comprobó que ninguna mancha alcanzara la entrada.

Solo entonces recibió permiso para pasar. La comida caliente ya estaba preparada. Kishue se sentó con el cuerpo agotado y las manos todavía húmedas. Relató parte del día mientras cenaba: la figura de madera recuperada, la raíz, la rueda atrapada, el pigmento, la caja oxidada y las válvulas cubiertas por redes.

Su madre escuchó hasta que mencionó la descarga repentina dentro del colector. Preguntó por qué había entrado en una corriente subterránea cuando existían trabajadores especializados. Kishue explicó que podía respirar bajo el agua y que llevaba una cuerda de seguridad. No mencionó de inmediato que la cuerda se había tensado cuando la corriente aumentó.

—Todo estuvo controlado. Aiko solo hizo sonar la campana dos veces.

La explicación produjo más preguntas de las que esperaba. Kishue terminó admitiendo que dos campanadas significaban regresar de inmediato, pero insistió en que había obedecido. Su madre decidió que aquello era lo único que evitaba una reprimenda más larga.

Después de cenar, Kishue revisó la esfera de Mekka y se aseguró de que su compañero estuviera bien. Había pasado el día rodeado de agua sin poder permitirle nadar en ninguna de ella. Ningún conducto inspeccionado cumplía con las condiciones mínimas que Kishue consideraba aceptables para el pez.

El cansancio lo alcanzó por completo cuando se levantó de la mesa. Los brazos le pesaban y las piernas todavía parecían recordar la presión del colector. Se dirigió hacia su habitación, pero se detuvo al escuchar la lluvia comenzar nuevamente sobre el tejado.

Durante unos segundos permaneció atento. El agua descendió hacia el canal exterior y atravesó la rejilla sin producir burbujas ni regresar hacia la calle. El sonido era regular, continuo y bastante diferente a los bloqueos escuchados durante el día.

Kishue sonrió.

—Esa también está limpia. Mañana volveré a ignorarla como una persona normal.

Dejó a Mekka junto a la cama y se tumbó sin energía para hacer nada más. La misión había durado desde antes del amanecer hasta la noche. No había capturado criminales ni luchado contra enemigos, pero conocía ahora una Kirigakure escondida debajo de la visible: una red de canales, cámaras y compuertas que trabajaba constantemente para mantener secas las calles.

También sabía cuánto barro, grasa, arena, raíces, redes, pigmentos y objetos perdidos podían acumularse cuando nadie prestaba atención. Aiko había solicitado una revisión del sistema y había terminado con un registro completo de reparaciones, varias obstrucciones eliminadas y una prueba exitosa bajo la lluvia.

Kishue cerró los ojos mientras el agua continuaba circulando detrás de las paredes. Por primera vez, aquel sonido no le pareció simplemente parte de la noche. Podía imaginar la ruta que seguía desde los tejados hasta los canales, desde las rejillas hacia los colectores y desde las compuertas hasta el mar.

Todo continuaba fluyendo.

Con la misión terminada, eso era exactamente lo que debía ocurrir.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Masashi Kishimoto
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14-09-2026, 03:52 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada D] Chequeo de Tuberias (TID 14893)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Kishue — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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14-09-2026, 03:52 PM
[Imagen: g8IfIJt.jpeg]


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