El Sharingan de Daralth giraba tras las vendas que cubrían todo su cuerpo mientras se abalanzaba hacia su hermana. Las prendas se agitaban con el movimiento. Su respiración ya había perdido parte de la calma inicial, escapando entre jadeos cortos mientras trataba de mantener el ritmo del combate. No tenía la fuerza necesaria para enfrentarse a ella de igual a igual y lo sabía, pero tampoco pensaba quedarse quieta esperando a que la diferencia de edad hiciera todo el trabajo.
Hacía ya un rato del fin de las clases de hoy y el distrito Uchiha comenzaba a quedar atrás. En aquella zona apartada donde las últimas casas daban paso a los árboles, era habitual encontrar a jóvenes del clan entrenando lejos de las miradas del resto. El bosque ofrecía espacio suficiente para combatir sin preocuparse demasiado por romper algo que después alguien tuviera que reparar. Allí, entre raíces y claros de tierra, las dos llevaban un buen rato intercambiando golpes.
Era su hermana mayor. Al menos así la había considerado siempre. Habían crecido juntas y para Daralth aquella diferencia de sangre hacía tiempo que había dejado de importar. La quería, confiaba en ella y probablemente no habría dudado en ponerse a su lado si alguna vez lo necesitaba. Pero también era su rival. Una rival a la que no podía evitar mirar con cierta envidia cada vez que demostraba ser mejor que ella. La experiencia que daban unos cuantos años de diferencia podía parecer poca cosa desde fuera, pero dentro de un combate cada movimiento aprendido antes que el otro terminaba contando.
No intentaría cargar el golpe con fuerza. No la tenía. En su lugar, giraría ligeramente el cuerpo y lanzaría un puñetazo corto, rápido, hacia su costado, buscando precisamente debajo de las costillas donde el bazo ofrecía un objetivo mucho más útil que cualquier parte especialmente resistente del cuerpo. Con suerte lograría poder pinchar y producir una sensación corporal sin necesidad de emplear mucha fuerza.
Un golpe limpio. Eso era todo lo que necesitaba.
Vamos... solo uno.