08-09-2026, 03:27 PM
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El sol de verano comenzaba a calentar las estrechas calles de la Zona Residencial Sur de Konohagakure no Sato. A diferencia del trajín comercial o la calma del puesto de vigilancia, aquí el ambiente olía a pino cortado, cera para muebles y el polvo denso acumulado durante años en los rincones olvidados de un hogar. Frente a una vivienda de dos plantas con fachada de madera envejecida, se extendía una escena desordenada pero activa: cajas de cartón reforzado apiladas en el porche, mantas de protección arrugadas sobre los escalones y varios enseres domésticos que aguardaban ser trasladados hacia la nueva propiedad, ubicada a unas seis manzanas de distancia, en la parte alta del distrito. En medio del patio delantero, tratando de asegurar la pata de un pesado ropero de roble oscuro, se encontraba Saburo.
El hombre, de unos cuarenta y cinco años, llevaba las mangas de su camisa remangadas hasta los codos y la frente cubierta por un paño húmedo para combatir el bochorno de la mañana. A su lado, su hijo adolescente, Kenji, intentaba sostener una caja de madera demasiado voluminosa para su complexión delgada, haciendo que sus rodillas temblaran ligeramente antes de verse obligado a depositarla de golpe contra el suelo de piedra.
—¡Te dije que no levantaras esa caja solo, Kenji! Hay vajilla de cerámica adentro —reprochó Saburo, soltando un resoplido mientras secaba el sudor de su rostro con el dorso del brazo—. Como se rompa algo antes de llegar a la casa nueva, tu madre nos pondrá a dormir en el porche.—¡Estaba bien sujeta hasta que se deslizó la cuerda! —protestó el muchacho, sobándose las palmas enrojecidas por la fricción del cáñamo.
La misión solicitada a la oficina de encargos no requería grandes demostraciones de chakra ni tácticas avanzadas de combate. Era una labor puramente física que exigía cuidado, fuerza constante y buen sentido de la distribución de carga. La ruta hacia la nueva vivienda no era larga, pero implicaba atravesar una serie de tramos de escaleras de piedra inclinadas y un tramo de callejeo estrecho donde el paso de los transeúntes podía derivar en accidentes imprevistos. El sonido firme de los pasos sobre la grava de la entrada anunciaría la llegada del shinobi asignado para la tarea: Kuroto Uchiha.Saburo levantó la vista y soltó un suspiro de genuino alivio al reconocer las vestimentas ninja del recién llegado.
—Ah, por fin... Muchas gracias por venir —saludó el padre de familia, acercándose con paso cansado para inclinarse levemente en muestra de respeto—. Me temo que calculamos mal el peso de los muebles principales. El ropero de roble y la mesa del comedor son excesivamente pesados para nosotros dos, y la pendiente hacia el distrito alto no nos va a poner las cosas fáciles.
Kenji, apoyado sobre la caja golpeada, miró a Kuroto con una mezcla de timidez y curiosidad, ajustándose el cinturón de su bata de trabajo.
—Tenemos las cosas divididas en tres grupos —explicó Saburo, señalando con la mano hacia el porche y el interior de la casa—. Las cajas más frágiles con platos y lámparas, los muebles voluminosos que requieren entre dos personas para cargarse sin arañar la madera, y algunas mantas para proteger los vértices durante las escaleras. Pasaría a proponerte que decidamos cómo organizar la primera caminata antes de que el sol apriete más.
Un crujido leve resonó desde el interior de la vivienda cuando la madre de familia movió otra pila de enseres hacia la puerta, dejando en claro que aún quedaba bastante volumen por procesar.
Fecha y Lugar: Día 07 del Verano del año 150 - Konohagakure no Sato
El sol de verano comenzaba a calentar las estrechas calles de la Zona Residencial Sur de Konohagakure no Sato. A diferencia del trajín comercial o la calma del puesto de vigilancia, aquí el ambiente olía a pino cortado, cera para muebles y el polvo denso acumulado durante años en los rincones olvidados de un hogar. Frente a una vivienda de dos plantas con fachada de madera envejecida, se extendía una escena desordenada pero activa: cajas de cartón reforzado apiladas en el porche, mantas de protección arrugadas sobre los escalones y varios enseres domésticos que aguardaban ser trasladados hacia la nueva propiedad, ubicada a unas seis manzanas de distancia, en la parte alta del distrito. En medio del patio delantero, tratando de asegurar la pata de un pesado ropero de roble oscuro, se encontraba Saburo.
El hombre, de unos cuarenta y cinco años, llevaba las mangas de su camisa remangadas hasta los codos y la frente cubierta por un paño húmedo para combatir el bochorno de la mañana. A su lado, su hijo adolescente, Kenji, intentaba sostener una caja de madera demasiado voluminosa para su complexión delgada, haciendo que sus rodillas temblaran ligeramente antes de verse obligado a depositarla de golpe contra el suelo de piedra.
—¡Te dije que no levantaras esa caja solo, Kenji! Hay vajilla de cerámica adentro —reprochó Saburo, soltando un resoplido mientras secaba el sudor de su rostro con el dorso del brazo—. Como se rompa algo antes de llegar a la casa nueva, tu madre nos pondrá a dormir en el porche.—¡Estaba bien sujeta hasta que se deslizó la cuerda! —protestó el muchacho, sobándose las palmas enrojecidas por la fricción del cáñamo.
La misión solicitada a la oficina de encargos no requería grandes demostraciones de chakra ni tácticas avanzadas de combate. Era una labor puramente física que exigía cuidado, fuerza constante y buen sentido de la distribución de carga. La ruta hacia la nueva vivienda no era larga, pero implicaba atravesar una serie de tramos de escaleras de piedra inclinadas y un tramo de callejeo estrecho donde el paso de los transeúntes podía derivar en accidentes imprevistos. El sonido firme de los pasos sobre la grava de la entrada anunciaría la llegada del shinobi asignado para la tarea: Kuroto Uchiha.Saburo levantó la vista y soltó un suspiro de genuino alivio al reconocer las vestimentas ninja del recién llegado.
—Ah, por fin... Muchas gracias por venir —saludó el padre de familia, acercándose con paso cansado para inclinarse levemente en muestra de respeto—. Me temo que calculamos mal el peso de los muebles principales. El ropero de roble y la mesa del comedor son excesivamente pesados para nosotros dos, y la pendiente hacia el distrito alto no nos va a poner las cosas fáciles.
Kenji, apoyado sobre la caja golpeada, miró a Kuroto con una mezcla de timidez y curiosidad, ajustándose el cinturón de su bata de trabajo.
—Tenemos las cosas divididas en tres grupos —explicó Saburo, señalando con la mano hacia el porche y el interior de la casa—. Las cajas más frágiles con platos y lámparas, los muebles voluminosos que requieren entre dos personas para cargarse sin arañar la madera, y algunas mantas para proteger los vértices durante las escaleras. Pasaría a proponerte que decidamos cómo organizar la primera caminata antes de que el sol apriete más.
Un crujido leve resonó desde el interior de la vivienda cuando la madre de familia movió otra pila de enseres hacia la puerta, dejando en claro que aún quedaba bastante volumen por procesar.