País de las Olas — Ciudad de Brisalmar
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La petición había llegado después de un día entero de confusión administrativa. Durante la madrugada, tres cargamentos que atravesaban Brisalmar habían desaparecido sin que nadie pudiera señalar cuándo ni dónde ocurrió el robo. No habían sido asaltados en el camino, ningún almacén había sido forzado y, según los registros, las tres carretas habían ingresado correctamente a la ciudad y pasado por varios puestos de control. Entre la mercancía perdida había alimentos, materiales comerciales y, mucho más importante, varias cajas de medicinas y herramientas traídas por los ninjas del bosque y del mar; destinadas a comunidades que todavía sufrían las consecuencias de los problemas recientes del País de las Olas. Después de horas intentando resolver el asunto con guardias, comerciantes y empleados portuarios sin obtener absolutamente nada, las autoridades locales habían solicitado ayuda shinobi. Las provisiones debían ser encontradas antes del mediodía siguiente.
Para los ninjas que aceptaron la misión, Brisalmar apareció ante ellos poco después de abandonar la salida occidental de la cueva que atravesaba la Cordillera de las Brisas. Desde el camino, la ciudad descendía hacia el mar formando una masa casi continua de piedra y madera. Los edificios se apretaban unos contra otros, creciendo en altura conforme se acercaban al corazón del puerto, hasta terminar formando una enorme pared irregular de almacenes, viviendas comerciales y torres iluminadas. Decenas, quizá cientos de ventanas permanecían encendidas pese a la hora. Por encima de los tejados sobresalían grúas de madera, mástiles y mecanismos de carga, mientras una torre coronada por una gran lámpara dominaba el perfil de la ciudad desde las zonas más elevadas. Brisalmar parecía haber sido construida sin un verdadero plano: cada generación había colocado un piso, un almacén o una pasarela nueva encima de lo que ya existía hasta transformar el puerto entero en una estructura gigantesca.
Las calles cercanas a los muelles eran todavía más estrechas de lo que podían imaginarse desde fuera. A ambos lados se levantaban almacenes de tres y cuatro plantas, algunos de piedra en sus niveles inferiores y madera en los superiores, con balcones de carga y vigas que sobresalían directamente sobre la calle. Poleas gigantes colgaban desde las fachadas; varias sostenían plataformas o enormes cajas suspendidas varios metros por encima del suelo. Entre ciertos edificios, puentes y pasarelas cruzaban de un lado al otro como si las calles continuaran también por encima de las cabezas. El adoquinado permanecía húmedo por la brisa marina y reflejaba la luz de los faroles. Barriles, cajas y carretas ocupaban cualquier rincón disponible junto a las paredes.
Pero las calles no eran la única forma de desplazarse por Brisalmar. Un canal ancho atravesaba buena parte del distrito comercial y continuaba directamente hacia los muelles, separando bloques enteros de almacenes. Pequeños puentes arqueados permitían cruzarlo a pie, mientras puertas de carga situadas casi al nivel del agua daban acceso directo a depósitos interiores. Desde allí podía enviarse mercancía a pequeñas embarcaciones sin necesidad de atravesar las calles principales. Más allá, el canal desembocaba en un bosque de mástiles, grúas y plataformas portuarias. Toda la ciudad parecía diseñada alrededor de una única obsesión: mover mercancía de un lugar a otro con la menor cantidad posible de espacio desperdiciado.
El problema era precisamente ese. Miles de cargamentos podían atravesar Brisalmar cada día utilizando calles, canales, almacenes, plataformas elevadas y embarcaderos privados. Las tres carretas desaparecidas habían sido registradas entrando en la ciudad y sus documentos aparecían posteriormente sellados en distintos puntos del distrito comercial, pero ninguna figuraba saliendo de Brisalmar ni llegando a sus destinatarios. Nadie había denunciado un ataque. Nadie recordaba una carreta abandonada. Ningún guardia había informado de movimientos sospechosos. Oficialmente, tres cargamentos completos habían recorrido parte de la ciudad y después, en algún punto dentro de aquella gigantesca maquinaria comercial, simplemente habían dejado de existir.
Las carretas que transportaban a los shinobi desde el puerto de Nami terminaron reduciendo la marcha frente al acceso terrestre de Brisalmar. Allí, junto a una fila de vehículos esperando inspección y bajo la luz de un farol sujeto a la muralla, un hombre delgado con un chaleco oscuro y una tablilla repleta de papeles levantó una lámpara para identificar a los recién llegados. Tōma Hasegawa, supervisor nocturno del Registro de Cargas, comprobó rápidamente uno de los documentos antes de hacer una señal para permitirles continuar. Tenía la apariencia de alguien que llevaba demasiadas horas intentando comprender un problema que únicamente se hacía más grande cuanto más lo investigaba.
—Buenas noches. Si vienen desde el puerto de Nami, entonces son ustedes los shinobi que estábamos esperando. Nuestros amigos del mar y del bosque. Mucho gusto, soy Tōma Hasegawa, Registro de Cargas de Brisalmar. Me gustaría decirles que tenemos una idea clara de lo ocurrido, pero estaría mintiendo. El hombre apartó varios papeles de su tablilla hasta encontrar tres hojas sujetas mediante cordeles distintos.
—Tres carretas. Tres propietarios diferentes. Tres rutas distintas después de entrar a la ciudad. Todas llegaron durante la madrugada, todas fueron inspeccionadas correctamente y todas aparecen registradas en puestos posteriores. Después de eso... nada. Nadie las vio salir, ningún almacén admite haberlas recibido y ningún guardia informó de un robo. Una de ellas llevaba medicinas y herramientas para las comunidades del interior, así que esa es nuestra prioridad. Necesitamos recuperar las cajas antes del mediodía de mañana.
Tōma volvió la mirada hacia Brisalmar. Desde aquel punto podía distinguirse una plataforma suspendida avanzando lentamente entre dos almacenes mientras, mucho más abajo, las luces de los faroles se reflejaban sobre el canal que atravesaba el distrito.
—Tengo copias de todos los registros que encontramos y del mapa de la ciudad. El problema es que aquí una caja puede bajar de una carreta, subir tres pisos, cruzar una calle por una pasarela, bajar hasta un canal y terminar en una embarcación sin recorrer cien metros sobre el suelo. La situación, por tanto, era sencilla únicamente sobre el papel: tres cargamentos habían ingresado a Brisalmar durante la madrugada y ninguno había llegado a su destino; no existían señales de un asalto, los documentos demostraban que las mercancías continuaron atravesando distintos controles después de entrar y ninguna de las puertas de la ciudad registraba posteriormente su salida. Entre lo desaparecido se encontraban medicinas y herramientas destinadas a comunidades afectadas del País de las Olas, por lo que debían ser recuperadas antes del mediodía siguiente. Los shinobi acababan de atravesar la Cordillera de las Brisas y se encontraban a las puertas de una ciudad portuaria levantada prácticamente encima de sí misma, con enormes almacenes de varias plantas, canales atravesando el distrito comercial, puentes entre edificios, poleas sujetas directamente a las fachadas, plataformas de carga suspendidas sobre las calles, embarcaderos privados y kilómetros de muelles extendiéndose bajo un bosque de mástiles. Tōma Hasegawa, supervisor nocturno del Registro de Cargas, les entregaba copias de los documentos correspondientes a las tres carretas y una certeza incómoda: si los cargamentos realmente habían desaparecido dentro de Brisalmar, alguien había encontrado la forma de ocultarlos utilizando el propio sistema logístico de la ciudad.
Side Quest en Progreso. escribió:• Dificultad: B
• Esta Side Quest ocurre al mismo tiempo que [Side Quest B] Las Campanas de Velamar. Solo se puede participar en una.
• Se posteará una ronda nueva cada 56 a 72 horas.
• No hay orden de posteo .
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