En el anonimato que lo ha caracterizado, sus manos se encuentran en varias ocasiones. Con una figura que no había podido detectar hasta ese momento desplazándose en un terreno el cual escapa a la imaginación habitual, el peligro alarmó a Hachibi y no fue la aparición que habló palabras tan útiles como incompletas, sino el sujeto que usa el techo como suelo de una manera espeluznante lo que le hizo sentir que la formación entera estaba en peligro.
Sus piernas también se apresuraron, pensaba que caería sobre dos de sus compañeros, con sus piernas como para saltar al suelo, Hachibi tenía el plan de interceptar, pero no todo es como uno imagina y el sujeto deja caer algo y no a sí mismo. Hachibi salta, girando su cuerpo para darle la espalda a sus compañeros en un arco amplio, con su izquierda intenta recibir el frasco, con su derecha un último sello que accionaría su técnica, cuando u ojo derecho se volviera abrir en dirección del sujeto del techo, una esfera hecha de la noche misma que no solo buscaría impactar en la cara del invertido, sino buscaría cegarle y hacer que todos en la sala sean, por al menos un momento, una imagen del pasado.
La naturalidad con la que el hombre dejó caer el frasco, decidiendo que la gravedad era suficiente y no activamente arrojándolo le hace intuir al mestizo la delicadeza del mismo y su trato que le daría va acorde, con recibimiento amortiguado, con caída acrobática que traduce todo el movimiento a su cuerpo, como quien no quiere derramar el contenido de un vaso y, por sobre todo, con una trayectoria en la que no impacta con ninguno de sus compañeros o puede producirles daño accidental sin que estos participen activamente en ello.
Pero ¿quién detiene su andar en peligro inminente? Tan pronto el suelo volviera a ser un aspecto seguro bajo sus pies, comenzaría una carrera para reposicionarse estratégicamente a una distancia prudente de su punto de caída, procurando mantener la mínima distancia de cinco metros de ambos extraños cuyo bando aun no reconoce y también del señuelo dejado. Permanecer inmóvil podría ser una sentencia de muerte y mientras su presencia ya está comprometida por participar activamente, su ojo derecho ya no tiene razones para permanecer más tiempo oculto, sino el contrario, ahora tiene más razones para proyectar su luz sobre el entorno.
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