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[Autonarrada D] Zorro no te lo lleves
Kishue
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 12
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Velocidad11
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Sigilo10
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435
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28-08-2026, 01:53 AM
Misión
● Nombre de la Misión: Zorro no te lo lleves
● Información de la Misión: Se requiere de ayuda para mover unas cajas, pero durante su misión un ladrón quiso robarse parte de las cajas y Kishue tuvo que ir tras él.
● Rango y Tipo de la Misión: Autonarrada Rango D
● Fecha y Lugar: 15 Verano 150 en Zona Comercial de Kiri
● Cantidad de Usuarios: Kishue
● Cantidad máxima de horas por ronda: Solo


La lluvia golpeaba el techo con suficiente fuerza para llenar la casa con un murmullo constante. No era una tormenta, sino una de esas precipitaciones persistentes de Kirigakure que podían comenzar durante la madrugada y continuar hasta que todos olvidaran cómo lucía el cielo despejado. Kishue seguía dormido cuando su madre abrió la puerta de la habitación, entró sin hacer ruido y colocó la esfera de Mekka sobre la almohada, justo delante de su rostro.

El pez fue el primero en reaccionar. Agitó la cola dentro del agua y golpeó varias veces la superficie transparente de su hogar. Kishue abrió un ojo, encontró aquella figura observándolo desde una distancia incómodamente corta y se cubrió el rostro con la manta. Mekka continuó moviéndose, indiferente a su intento por ignorarlo. Desde la puerta, la madre del muchacho contempló la escena con los brazos cruzados y una satisfacción que no trató de ocultar.

—Si no te levantas, voy a dejar que Mekka desayune tu porción.

Kishue apartó la manta inmediatamente.

—Él no puede comer arroz.

—Entonces tendré que comérmela yo.

—Eso es peor. Ya me levanté.

La mañana avanzó con la rapidez que imponía una misión temprana. Kishue se lavó, se vistió y revisó su equipo mientras Mekka regresaba al espacio protegido entre sus ropas. El encargo había llegado durante la tarde anterior y no incluía demasiados detalles. Debía presentarse en el embarcadero occidental a primera hora, localizar a una mujer llamada Natsume Izawa y ayudarla a transportar un cargamento hasta el salón comunitario de la zona comercial.

El documento identificaba la tarea como una misión de rango bajo. No se esperaban ataques, conflictos ni desplazamientos fuera de Kirigakure. La única observación destacada era que algunas cajas contenían objetos frágiles y materiales costosos destinados al Festival de los Faroles de Niebla, una celebración organizada por comerciantes y familias de varios distritos. Kishue no había participado en los preparativos, aunque recordaba los canales cubiertos por luces flotantes durante la celebración del año anterior.

Su madre colocó delante de él un desayuno abundante y una pequeña bolsa para el almuerzo. Kishue comió mientras intentaba imaginar qué podían contener las cajas. Faroles, herramientas, papel, velas y adornos parecían las opciones más evidentes. También consideró la posibilidad de que transportaran comida. Aquello hizo que prestara más atención a la bolsa que su madre preparaba, comprobando que hubiera incluido suficiente para evitar que el cargamento se volviera demasiado tentador.

—Si son cajas de pescado, Mekka podría distraerse.

—Mekka tiene más disciplina que tú —respondió su madre.

Kishue miró la esfera.

—Eso todavía no está demostrado.

Salió de casa poco después. La lluvia había disminuido hasta convertirse en una llovizna fina, pero las calles continuaban cubiertas por charcos y pequeños arroyos que descendían hacia los canales. Kishue avanzó con la capucha colocada y ambas manos en los bolsillos, respirando el olor húmedo de la madera, las piedras y el agua salada. A medida que se acercaba al distrito portuario, las viviendas fueron sustituidas por almacenes, talleres y negocios dedicados a abastecer embarcaciones.

El embarcadero occidental ocupaba una sección tranquila del sistema de canales. Allí llegaban barcazas pequeñas cuyos cargamentos no requerían pasar por las instalaciones principales del puerto. Kishue encontró tres embarcaciones amarradas, varias grúas manuales y una hilera de plataformas protegidas por techos inclinados. Trabajadores con capas impermeables descargaban barriles mientras un hombre registraba la mercancía bajo la protección de un toldo.

Natsume Izawa resultó fácil de localizar. Era una mujer alta, de cabello gris recogido en una trenza y voz suficientemente potente para atravesar la lluvia, el crujido de las embarcaciones y cualquier conversación cercana. Sostenía una tablilla cubierta por varias hojas y dirigía a dos trabajadores que intentaban bajar una caja de una barcaza. Antes de que Kishue pudiera presentarse, ella lo señaló con la punta de un pincel.

—Tú debes ser el shinobi.

—Kishue Funato. Vengo por la misión de las cajas.

—Veinticuatro cajas —precisó Natsume—. Y todas deben llegar antes del anochecer.

Los dos trabajadores fueron presentados como Miyo y Haru. Miyo era una muchacha de cabello corto que parecía conocer el inventario casi tan bien como Natsume. Haru, mucho más robusto, se ocupaba de las cargas pesadas y de empujar uno de los carros. Disponían de dos vehículos de plataforma con ruedas anchas, preparados para desplazarse por calles húmedas sin hundirse en el lodo. Cada uno podía transportar doce cajas si distribuían correctamente el peso.

Natsume explicó el contenido mientras Kishue revisaba la lista. Diez cajas contenían estructuras plegables de madera para construir faroles; seis llevaban papel tratado contra la humedad; cuatro guardaban velas y recipientes metálicos; tres estaban llenas de pigmentos minerales, y la última contenía pinceles, herramientas pequeñas y varios sellos decorativos. Las cajas de pigmentos eran las más valiosas, especialmente una marcada con dos líneas azules cuyo contenido había llegado desde una isla distante.

—El pigmento azul se utiliza para los faroles principales —explicó Natsume—. Es difícil de conseguir y una cantidad pequeña puede venderse por mucho dinero. Esa caja no se separa del grupo.

Kishue observó la marca indicada y después a Mekka.

—Dos líneas azules. Podemos recordar eso.

—Espero que el pez tenga buena memoria —comentó Miyo.

—La tiene. Solo finge olvidar cuando le conviene.

La descarga comenzó con las estructuras de madera. Haru permanecía dentro de la barcaza y levantaba cada caja hasta el borde; Miyo y Kishue la recibían desde la plataforma antes de llevarla a los carros. Natsume comprobaba los sellos y anotaba cualquier daño visible. Algunas cajas podían ser transportadas por una sola persona, pero otras requerían que Kishue y Miyo coordinaran sus pasos para evitar golpes contra las barandas.

El muchacho intentó convertir el trabajo en una competencia. Cada vez que Miyo regresaba a la embarcación, él procuraba haber acomodado su caja y estar listo para recibir la siguiente. La trabajadora comprendió rápidamente sus intenciones y comenzó a moverse con mayor velocidad. Ninguno reconoció abiertamente que competían, aunque Haru empezó a anunciar quién llegaba primero a la plataforma después de cada recorrido.

—Miyo lleva seis —informó tras otra entrega—. Kishue, cinco.

—La anterior pesaba más.

—Eso no cambia la cantidad.

—Debería contar como una caja y media.

—Las medias cajas son malas para el inventario —sentenció Natsume sin levantar la vista.

El trabajo perdió parte de su ligereza cuando llegaron a los pigmentos. Sus recipientes estaban protegidos por paja, tela y divisiones internas, pero un golpe fuerte podía romperlos y mezclar los colores. Kishue sostuvo una esquina mientras Haru sujetaba la otra, descendiendo la primera caja con extrema lentitud. Miyo colocó soportes bajo ella y Natsume comprobó el sello antes de permitir que continuaran.

La caja marcada con las líneas azules fue la última en abandonar la barcaza. No era la más grande, pero sí lo suficientemente pesada para necesitar dos personas. Kishue notó que la madera era más oscura y que la tapa tenía refuerzos metálicos. Una cuerda rodeaba el conjunto, unida mediante un sello de cera que impediría abrirla sin dejar evidencia. Natsume pidió que la colocaran en el centro del segundo carro, rodeada por las cajas de papel.

Mientras aseguraban el cargamento, Kishue observó a los trabajadores de los embarcaderos cercanos. Algunos dirigieron miradas curiosas hacia los vehículos, aunque nadie se aproximó demasiado. Un hombre delgado, vestido con una capa verde, permanecía junto a una pila de barriles y ayudaba ocasionalmente a moverlos. No llevaba ninguna insignia de las empresas presentes. Cada vez que alguien parecía dispuesto a preguntarle algo, tomaba otro barril o fingía revisar las cuerdas.

Kishue mantuvo la mirada sobre él durante varios segundos. El desconocido sintió la atención y respondió con una inclinación amistosa de cabeza antes de continuar trabajando. Podía tratarse de un ayudante temporal, algo habitual cuando llegaban varios cargamentos al mismo tiempo. Sin embargo, su posición le permitía observar la caja azul y escuchar parte de las indicaciones de Natsume. Kishue decidió recordar su rostro sin interrumpir la misión por una sospecha tan pequeña.

Los carros quedaron preparados antes del mediodía. Haru se encargaría del primero y Miyo del segundo. Natsume caminaría delante para verificar la ruta, mientras Kishue se desplazaría entre ambos vehículos y vigilaría los laterales. El salón comunitario no estaba demasiado lejos, pero las calles del mercado podían congestionarse. Debían realizar dos paradas intermedias para recoger lámparas ya terminadas y varias cajas de alimentos donados para el festival.

—No perdemos de vista la mercancía —ordenó Natsume—. Si alguien pregunta qué contienen las cajas, lo enviamos conmigo. Si se rompe una rueda, uno se queda con el carro y los demás buscan ayuda. Si comienza a llover con más fuerza, cubrimos primero el papel y los pigmentos.

—Y si una caja intenta escapar, voy tras ella.

Natsume lo miró con seriedad.

—Las cajas no escapan.

Miyo disimuló una risa mientras comenzaba a empujar.

El trayecto inicial transcurrió sin dificultades. Las ruedas producían un sonido pesado sobre las piedras mojadas y dejaban dos líneas oscuras a su paso. Kishue caminaba junto al segundo carro, comprobando las cuerdas cada vez que atravesaban una irregularidad. Mekka se movía suavemente con sus pasos, protegido del agua exterior por una esfera llena de agua propia. El muchacho le describía en voz baja los puestos que encontraba, especialmente aquellos donde vendían pescado fresco.

—Después de la misión podemos regresar por algo. —prometió—. Pero no puedes escoger el más grande. Yo tengo que cargarlo.

La primera parada fue un taller situado junto al canal de los artesanos. Allí esperaban seis cajas de lámparas metálicas, mucho más pequeñas que las transportadas desde el embarcadero. El propietario había colocado todas bajo un toldo y contaba cada pieza por tercera vez cuando llegó el grupo. Natsume entró para revisar los documentos mientras Kishue, Miyo y Haru reorganizaban el primer carro.

El trabajo exigía mover varias cajas para crear espacio. Kishue descendió dos estructuras de madera y permaneció junto a ellas mientras Haru acomodaba las lámparas. Miyo vigilaba el segundo vehículo, especialmente el centro donde se encontraba el pigmento azul. Nadie abandonó completamente la calle. Cuando terminaron, devolvieron las cajas a su lugar y reforzaron las cuerdas con un segundo nudo.

El propietario del taller ofreció té caliente a todos. Natsume aceptó únicamente después de comprobar la carga. Bebieron bajo el toldo, sin separarse de los carros, y aprovecharon para comer parte del almuerzo. Kishue recibió un pan relleno preparado por su madre y se sentó sobre una caja vacía. Miyo observó la esfera de Mekka mientras el pez seguía cada movimiento de la comida.

—¿Nunca se cansa de acompañarte?

—No. Las misiones conmigo son interesantes.

—Hasta ahora solo hemos movido cajas.

—Para un pez, eso puede ser muy interesante.

—Quizá para ti también.

Kishue mordió el pan antes de responder.

—Todavía estoy decidiéndolo.

La lluvia aumentó cuando reanudaron el camino. Natsume ordenó desplegar las lonas y Kishue ayudó a sujetarlas sobre los cargamentos. El agua golpeaba la superficie impermeable y descendía por los laterales sin alcanzar la madera. Los carros se volvieron más difíciles de empujar, especialmente al ascender por una calle inclinada. Kishue se colocó detrás del segundo y ayudó a Miyo hasta alcanzar la parte más alta.

Desde allí podían ver los tejados del mercado y una sección de los canales interiores. El salón comunitario se encontraba al otro lado, oculto parcialmente por la neblina. Antes debían recoger las donaciones de alimentos en una casa de comidas. Natsume escogió una ruta lateral para evitar la multitud de la vía principal. Aquella decisión reducía los obstáculos, aunque también los llevaba por calles con menos vigilancia.

El hombre de la capa verde apareció nuevamente al final de una de ellas.

Esta vez no movía barriles ni fingía trabajar. Permanecía junto a una pequeña carreta vacía, hablando con otro sujeto cubierto por un sombrero ancho. Cuando vio el grupo, se volvió de inmediato y comenzó a caminar en dirección opuesta. Kishue dejó de empujar y observó cómo desaparecía tras una esquina. La distancia entre el embarcadero y aquel punto descartaba una coincidencia sencilla.

—El hombre de verde estaba en los muelles. —advirtió.

Natsume redujo el paso.

—¿Estás seguro?

—Sí. Observaba mientras bajábamos las cajas. Ahora estaba esperando aquí.

La mujer revisó ambos extremos de la calle. No encontró al desconocido ni a su acompañante, pero aceptó modificar la formación. Kishue caminaría desde entonces junto a la caja de pigmento. Haru permanecería detrás y Miyo guiaría el segundo carro. Natsume decidió cancelar la parada de los alimentos hasta después de entregar los materiales valiosos. Podían regresar por las donaciones cuando los vehículos estuvieran vacíos.

El salón comunitario se encontraba a menos de veinte minutos. Si mantenían el ritmo y evitaban nuevas interrupciones, llegarían sin problemas. Kishue colocó una mano sobre la lona, sintiendo bajo ella la forma de las cajas. Las dos líneas azules no podían verse desde el exterior, pero alguien que hubiera presenciado la carga conocía su ubicación aproximada. El desconocido disponía de tiempo para preparar algo antes de que atravesaran las calles laterales.

La respuesta llegó al acercarse a un pequeño puente de madera. Un carro de verduras se encontraba detenido en mitad del paso, con una rueda aparentemente rota y varias personas intentando moverlo. El conductor pedía ayuda a gritos mientras los peatones se acumulaban a ambos lados. Natsume ordenó detenerse antes de entrar en el embotellamiento. El grupo no podía retroceder con facilidad y tampoco había espacio suficiente para que los dos vehículos pasaran.

Kishue estudió la escena. La rueda del carro estaba inclinada, pero el eje no parecía quebrado. Las verduras continuaban cuidadosamente ordenadas y ninguna había caído a pesar de la supuesta avería. El conductor gritaba demasiado para alguien preocupado por su mercancía. Entonces distinguió una capa verde moviéndose por el lateral, parcialmente oculta entre las personas reunidas.

—¡No se separen de las cajas!

El aviso llegó justo cuando dos hombres empujaron el carro averiado hacia un lado. El movimiento no despejó el puente; lo hizo girar y bloquear completamente la visión entre los dos vehículos de Natsume. Varias personas protestaron y la multitud comenzó a desplazarse. En medio de la confusión, el sujeto de la capa verde apareció junto al segundo carro, cortó una cuerda con un cuchillo y retiró la lona.

Miyo intentó sujetarlo, pero el desconocido lanzó contra ella una de las cajas de papel. No lo hizo con fuerza suficiente para herirla; solamente necesitaba obligarla a levantar los brazos. Kishue corrió alrededor del carro atravesado mientras el ladrón alcanzaba el centro del cargamento. Sabía exactamente qué buscaba. Apartó otra caja, encontró las líneas azules y tiró del recipiente valioso hasta hacerlo caer sobre una plataforma con ruedas pequeñas.

La plataforma había estado oculta bajo la capa de su acompañante. Ambos levantaron el extremo de la caja, la acomodaron encima y comenzaron a arrastrarla hacia una rampa lateral que descendía al canal. Todo había sido preparado para evitar cargar el peso durante la huida. El hombre del sombrero empujaba desde atrás, mientras el de verde tiraba mediante una cuerda unida a la plataforma.

Kishue alcanzó el final del puente cuando la caja comenzó a descender. El cómplice arrojó varias piezas de madera sobre la rampa para dificultar el paso y después soltó la plataforma, permitiendo que avanzara por la inclinación. El ladrón de verde saltó detrás de ella. Abajo esperaba una embarcación estrecha, colocada en la misma dirección de la corriente y lista para partir.

—¡Miyo, quédate con las otras cajas! ¡Haru, vigila el puente!

Kishue no aguardó una respuesta. Saltó sobre la baranda en lugar de utilizar la rampa. La caída hasta el agua era considerable, pero aquello nunca había representado un peligro para él. Aseguró la esfera de Mekka contra el pecho, tomó aire por costumbre y entró en el canal con los brazos extendidos. El impacto levantó una columna de agua que desapareció rápidamente bajo la lluvia.

El cambio comenzó antes de que su cuerpo terminara de hundirse. Las branquias se abrieron a ambos lados, su piel adquirió un tono gris azulado y las escamas se extendieron por sus brazos, hombros y torso. Sus dientes crecieron hasta formar una hilera afilada. Bajo el agua turbia del canal, Kishue recuperó la orientación con mayor facilidad que cualquier perseguidor obligado a permanecer en la superficie.

La embarcación ya se alejaba. El hombre de verde sostenía el timón mientras su compañero impulsaba una pértiga contra el fondo del canal. La caja descansaba entre ambos, todavía sobre la plataforma. Confiaban en que la corriente y la distancia inicial bastaran para dejarlos fuera de alcance. Ninguno podía ver con claridad la silueta que avanzaba por debajo, utilizando movimientos amplios de las piernas para ganar velocidad.

Kishue nadó en diagonal y aprovechó la corriente. No intentó emerger directamente detrás de la embarcación; calculó su trayectoria y buscó interceptarla cerca de una curva donde el canal se estrechaba. Mekka permanecía seguro dentro de la esfera, viajando bajo el agua sin que aquella parte de la persecución resultara demasiado distinta a su existencia habitual.

—Ahora sí se puso interesante.

Las palabras se deformaron en burbujas antes de desaparecer.

El ladrón de la pértiga fue el primero en notar algo. Miró hacia el agua, distinguió una forma oscura junto al casco y trató de advertir a su compañero. Kishue emergió por el lateral, clavó ambas manos sobre el borde y utilizó su peso para inclinar la embarcación. Los hombres tuvieron que abandonar momentáneamente el impulso para conservar el equilibrio. La proa giró y golpeó contra una de las paredes del canal.

—¡Es el chico! —gritó el cómplice.

—¡Quítalo de ahí!

El hombre de verde trató de golpear las manos de Kishue con el timón. La primera ofensiva chocó contra las escamas y dejó un corte superficial sobre sus propios dedos al rozarlas. Retiró la mano con una exclamación y observó la sangre, incapaz de comprender cómo había resultado herido al atacar. Kishue aprovechó su desconcierto para levantar parte del cuerpo y mostrar los dientes por encima del borde.

—Devuelvan la caja.

El cómplice respondió empujando la plataforma hacia él. La caja azul se deslizó sobre las tablas y chocó contra el costado de la embarcación. Kishue soltó una mano para sujetarla antes de que cayera al canal, pero el peso le impidió sostenerla desde aquella posición. La cuerda cortada terminó de ceder y el recipiente se precipitó al agua.

El ladrón había esperado que escogiera entre continuar aferrado a la embarcación o salvar el pigmento. Kishue escogió la caja.

Se dejó caer y la alcanzó antes de que descendiera demasiado. La madera era pesada, pero las divisiones internas retenían suficiente aire para impedir que se hundiera de inmediato. Kishue rodeó una de las asas con el brazo y utilizó la otra mano para nadar hacia un embarcadero cercano. La corriente arrastró ambos varios metros, mientras la embarcación de los ladrones recuperaba el equilibrio y continuaba la huida.

El pigmento no permanecería protegido indefinidamente. Aunque la caja estaba reforzada, el agua podía filtrarse por las uniones y arruinar su contenido. Kishue empujó desde abajo hasta que uno de los bordes alcanzó la plataforma. Después salió del canal, levantó la caja mediante un esfuerzo que tensó todos los músculos de sus brazos y la arrastró fuera del agua. El sello de cera seguía intacto, pero la superficie exterior estaba completamente empapada.

Una anciana que vendía redes desde un puesto cercano observaba la escena con la boca abierta.

—Cuide esto. Es de una misión de Kirigakure. —pidió Kishue—. Nadie puede abrirlo ni llevárselo.

La mujer miró la caja y luego al muchacho transformado.

—¿Y si vuelven?

Kishue señaló la embarcación que escapaba.

—No van a volver. Yo sí.

Los ladrones habían ganado distancia, pero el choque contra la pared había dañado una de las tablas y el agua comenzaba a entrar lentamente. Además, el canal giraba alrededor de varios almacenes antes de conectarse con una vía mayor. Kishue conocía aquellas rutas mejor que ellos. En lugar de regresar al agua inmediatamente, corrió por el embarcadero, atravesó un taller de redes y saltó una cerca baja para alcanzar una calle paralela.

Su transformación atraía miradas, aunque nadie intentó detenerlo. La piel azulada, las branquias y la aleta dorsal bastaban para que los habitantes se apartaran de su camino. Kishue corrió junto al canal, utilizando las aberturas entre los edificios para comprobar la posición de la embarcación. Los ladrones no podían verlo durante buena parte del recorrido y continuaban concentrados en mantener el casco a flote.

Al llegar a una pasarela elevada, Kishue saltó la baranda y volvió a entrar en el agua. Nadó por debajo del puente, pasó frente a la embarcación sin emerger y alcanzó la siguiente curva antes que ellos. Allí varias cadenas colgaban desde una compuerta utilizada para regular el tránsito de pequeños botes. Kishue sujetó una y esperó pegado a la pared.

La proa apareció segundos después. El cómplice impulsaba la pértiga mientras el hombre de verde intentaba vaciar el agua con un recipiente. Ninguno miraba directamente hacia delante. Kishue salió del canal utilizando la cadena y aterrizó dentro de la embarcación, detrás de ambos. El impacto hizo que el casco se inclinara nuevamente y que el recipiente saliera volando.

—Les pedí que devolvieran la caja.

El cómplice giró con la pértiga levantada. Kishue recibió el golpe sobre el antebrazo cubierto de escamas, sujetó la madera y tiró de ella hasta arrebatársela. El hombre trató de mantener el agarre, pero la superficie áspera le abrió varios cortes en las palmas. Soltó la herramienta antes de lesionarse más y retrocedió hacia la proa.

El ladrón de verde sacó el mismo cuchillo utilizado para cortar las cuerdas. Kishue arrojó la pértiga fuera de la embarcación y flexionó las piernas. No había espacio para movimientos amplios; cualquier enfrentamiento se resolvería mediante golpes cortos y agarres. El hombre lo sabía y mantuvo la hoja delante del cuerpo para impedir que se acercara.

—¡Ya no tenemos la caja! —espetó—. ¡Déjanos ir!

—Intentaron robarla, la arrojaron al agua y me golpearon dos veces.

—¡Tú te agarraste a nuestra barca!

—Porque se llevaron nuestra caja.

El ladrón atacó primero. La hoja descendió hacia el hombro de Kishue, pero el muchacho avanzó en lugar de retroceder. Desvió la muñeca con el exterior del brazo y golpeó el pecho del hombre con la palma. Las escamas rasgaron la capa verde y dejaron cortes superficiales sobre la piel. El atacante perdió el equilibrio y chocó contra el lateral de la embarcación sin caer al agua.

El cómplice intentó sujetar a Kishue desde atrás. Apenas rodeó su torso comprendió el error. Las escamas filosas atravesaron la tela de sus mangas y comenzaron a lacerarle los brazos con cada esfuerzo. Kishue bajó el centro de gravedad, tomó una de sus muñecas y giró para lanzarlo sobre el suelo del bote. El hombre cayó de espaldas, expulsando el aire, y dejó de moverse durante varios segundos.

El ladrón de verde recuperó la postura y volvió a utilizar el cuchillo. Esta vez Kishue atrapó la muñeca entre ambas manos. La presión de las escamas obligó al hombre a abrir los dedos. El arma cayó y Kishue la empujó fuera de la embarcación con el pie. Después tiró del brazo, colocó el hombro bajo su pecho y utilizó el impulso para derribarlo junto a su compañero.

—Ahora quédense quietos.

El hombre de verde intentó levantarse. Kishue apoyó una rodilla sobre su espalda y le sujetó las muñecas. La transformación volvía peligroso cualquier contacto prolongado, por lo que evitó arrastrar las escamas sobre su piel y utilizó la cuerda desprendida del cargamento para atarlo. Después hizo lo mismo con el cómplice, quien ya no mostró intención de resistirse.

La embarcación continuaba acumulando agua. Kishue tomó el timón, utilizó una tabla como remo improvisado y condujo el bote hasta el embarcadero más cercano. No avanzaron con elegancia y chocaron dos veces contra la pared, pero consiguieron alcanzar una plataforma antes de que el casco se hundiera. Dos guardias acudieron al escuchar las voces y encontraron al muchacho transformado desembarcando a los detenidos.

Kishue explicó el robo, señaló el cuchillo hundido y describió el lugar donde había dejado la caja. Los guardias reconocieron al hombre de verde como Renji, un ladrón acusado previamente de robar mercancía en los muelles. Su compañero se llamaba Sota y trabajaba ocasionalmente descargando embarcaciones, circunstancia que les había permitido estudiar los movimientos del cargamento y preparar la distracción del puente.

Los detenidos fueron conducidos hacia el puesto de vigilancia. Kishue acompañó a los guardias únicamente hasta confirmar que las ataduras fueran sustituidas por grilletes. Después regresó corriendo por el borde del canal. La transformación comenzó a desaparecer durante el camino; las escamas se retrajeron, su piel recuperó el tono habitual y las branquias se cerraron hasta no dejar rastro. La ropa permanecía mojada y dañada en la espalda por la aparición de la aleta.

La anciana continuaba vigilando la caja. Había colocado una lona debajo y otra encima para protegerla de la lluvia. Además, sostenía una herramienta de madera como si hubiera estado preparada para golpear a cualquiera que intentara acercarse. Al reconocer a Kishue, dejó escapar el aire y bajó su arma improvisada.

—Dijiste que regresarías.

—También dije que ellos no lo harían.

—¿Los atrapaste?

—Los dos están con los guardias. Su embarcación quizá no sobreviva.

La mujer lo ayudó a comprobar la caja. El sello continuaba intacto y ninguna de las esquinas presentaba daños graves. Kishue no podía abrirla para revisar los recipientes, pero no escuchó fragmentos al moverla con cuidado. Consiguieron colocarla sobre una pequeña plataforma y la arrastraron hasta la calle principal, donde Natsume, Miyo y Haru ya lo buscaban.

Miyo fue la primera en verlo. Corrió hacia él, comprobó la caja y después observó la ropa mojada del muchacho.

—¿Está completa?

—No la abrieron. Cayó al agua, pero la saqué de inmediato.

Natsume llegó detrás y examinó cada sello antes de permitir que alguien la moviera.

—¿Y los ladrones?

—Detenidos. Eran dos. El hombre de verde se llama Renji y el otro Sota. Prepararon el carro roto para separarnos y tenían una embarcación esperando.

Natsume cerró los ojos durante un instante. No parecía molesta con Kishue, sino con ella misma por haber permitido que conocieran el contenido valioso. Después agradeció a la anciana, pagó el uso de la plataforma y reorganizó la misión. Haru y Miyo habían llevado los demás materiales hasta el salón comunitario mientras los guardias retiraban el falso carro del puente. Solo faltaba entregar la caja recuperada y recoger las donaciones de alimentos.

Los cuatro transportaron juntos el pigmento. Kishue y Haru levantaron la caja, Miyo sostuvo la lona y Natsume caminó delante despejando el camino. Ninguno se apresuró. Después de sobrevivir al robo y al canal, dañarla por una caída absurda habría sido difícil de explicar. Cuando llegaron al salón comunitario, los organizadores recibieron la mercancía y llamaron a un artesano para revisar el contenido.

El sello fue roto en presencia de Natsume. Bajo la tapa encontraron varias capas de tela húmeda únicamente en los bordes. Los recipientes de pigmento seguían cerrados, protegidos por cera y divisiones de madera. Ninguno se había quebrado. El material azul conservaba su estado original y podría utilizarse en los faroles principales. Natsume registró el daño exterior, mientras Kishue observaba los pequeños recipientes responsables de toda la persecución.

—Parecen menos valiosos cuando no están huyendo en una embarcación.

Miyo soltó una risa.

—Te dije que las cajas no escapaban.

—Esta llegó bastante lejos.

Todavía quedaban las donaciones de alimentos. Los carros estaban vacíos y la lluvia había disminuido, de modo que regresaron a la casa de comidas sin dificultades. Recogieron seis cajas con arroz, verduras, pescado seco y dulces destinados a los puestos del festival. Kishue vigiló cada esquina del camino, aunque nadie volvió a seguirlos. La segunda llegada al salón comunitario ocurrió poco antes del atardecer.

Los organizadores firmaron el inventario completo y agradecieron el trabajo. Las estructuras de los faroles fueron llevadas al patio, el papel quedó almacenado en una habitación seca y los pigmentos fueron guardados bajo llave. Varias personas ya comenzaban a construir los primeros adornos. Kishue observó cómo colocaban una capa de papel alrededor de una estructura de madera y comprendió mejor por qué habían necesitado tantas cajas.

Natsume permitió que el grupo descansara antes de regresar al embarcadero. Les entregaron comida caliente y uno de los dulces preparados para el festival. Kishue se sentó bajo el alero con Mekka colocado a su lado. La esfera reflejaba las luces de los faroles terminados, multiplicándolas sobre el agua interior. El pez parecía observarlas con tanta atención como cualquier visitante.

—Todo eso estaba dentro de las cajas. —le explicó Kishue—. Bueno, no exactamente. Tuvieron que armarlo primero.

Haru se sentó cerca mientras comía.

—Creí que no volverías hasta la noche.

—Ellos tenían una embarcación muy lenta.

—La dañaste.

—Solo me agarré de un lado. No fue mi culpa que estuviera mal construida.

Miyo levantó una ceja.

—También saltaste dentro.

—Eso ocurrió después de que empezara a hundirse.

El regreso a los muelles transcurrió con los carros vacíos. Resultaba extraño avanzar sin el peso que había acompañado al grupo durante todo el día. Natsume entregó a Kishue una copia del inventario, incluyendo una descripción del intento de robo y la confirmación de que no faltaba ningún objeto. También añadió los nombres de los dos guardias que recibieron a los detenidos.

En el ayuntamiento, Kishue presentó el informe completo. Narró la presencia sospechosa de Renji en el embarcadero, su reaparición durante la ruta, la distracción del puente y la utilización de una embarcación para escapar. Explicó que había priorizado la recuperación de la caja cuando fue arrojada al agua, antes de continuar la persecución. También informó sobre las heridas superficiales sufridas por ambos detenidos al entrar en contacto con sus escamas.

—Los dos fueron entregados con vida y podían caminar. —aclaró—. La caja llegó completa. El agua solamente alcanzó las protecciones exteriores y ninguno de los recipientes se rompió.

El funcionario registró la declaración y confirmó que la misión estaba terminada. Los guardias investigarían si Renji y Sota estaban relacionados con otros robos en el puerto. La empresa de Natsume recibiría una recomendación para ocultar las marcas de los cargamentos valiosos y revisar la identidad de cualquier trabajador temporal presente durante las descargas.

Cuando Kishue salió, ya había oscurecido. La lluvia finalmente se había detenido y Kirigakure permanecía cubierta por el olor limpio que dejaba el agua sobre la madera. Sus brazos estaban cansados, la ropa seguía húmeda y la espalda quedaba expuesta por la rasgadura de la transformación. Aun así, se desvió hacia el mercado antes de regresar a casa y compró una porción pequeña de pescado para Mekka.

Su madre lo recibió con una mirada que descendió inmediatamente hasta la ropa dañada.

—Era una misión para transportar cajas.

—Sí.

—¿Las cajas te rompieron la ropa?

Kishue lo consideró durante unos segundos.

—Una de ellas recibió ayuda de dos ladrones y una embarcación.

Durante la cena relató la jornada completa, desde la descarga en el embarcadero hasta la captura en el canal. Su madre escuchó sin interrumpir mientras reparaba provisionalmente la abertura de la espalda. Cuando Kishue terminó, colocó la esfera de Mekka sobre la mesa y dejó caer dentro la recompensa prometida. El pez se lanzó sobre el alimento sin prestar atención a ninguna otra cosa.

—Él también ayudó en la persecución.

—¿Qué hizo?

—No se cayó de la esfera.

—Una contribución importante.

—Yo tuve que sujetarme de una embarcación y él ni siquiera se quejó.

La noche concluyó con Kishue guardando el documento que confirmaba el éxito de la misión. Había transportado las veinticuatro cajas originales, recogido las lámparas y entregado las donaciones. El pigmento azul estaba a salvo, los dos ladrones permanecían bajo custodia y los preparativos del festival podían continuar sin pérdidas.

Lo que debía ser una jornada moviendo madera había terminado con una persecución por los canales de Kirigakure.

Para Kishue, eso solo significaba que Natsume había estado equivocada.

Algunas cajas sí intentaban escapar.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Masashi Kishimoto
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28-08-2026, 01:56 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada D] Zorro no te lo lleves (TID 14706)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Kishue — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 2
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28-08-2026, 02:02 AM
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