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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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  ›   [Misión Simple] Autonarrada D: Las Rutas Invisibles
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Autonarrada D: Las Rutas Invisibles
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
Enlace al Post
24-08-2026, 11:49 PM
17 de Verano, Año 150.

Abstracto.
 
Masaru Heizu no necesitó demasiado tiempo para explicarle la tarea. Sobre la mesa había un mapa de la periferia de Kirigakure con dos posiciones señaladas y una línea que comunicaba ambas siguiendo el camino utilizado habitualmente por las unidades de abastecimiento. Hachibi recorrió aquella distancia con la mirada mientras escuchaba las instrucciones, primero el fuerte situado más cerca de la aldea, después el segundo y finalmente las elevaciones, corrientes y zonas boscosas representadas alrededor. Debía encontrar tres formas distintas de transportar víveres entre ambos puntos y ninguna podía servirse de las rutas principales ya registradas. Masaru quería caminos opcionales y eso era lo único que debía traerle.
 
Junto al mapa recibió una gruesa mochila de equipaje que rondaba los veinticinco kilos y debía permanecer sobre su espalda durante todo el recorrido. Las instrucciones no añadieron nada respecto a ella. Su peso ya resultaba suficiente explicación cuando terminó de ajustarse las correas y sintió cómo tiraba de sus hombros, aunque pronto descubriría que esa era solamente la consecuencia más evidente. El volumen sobresalía a ambos lados de su espalda, ensanchando considerablemente el espacio que ocupaba y modificando su centro de gravedad. Una carga real tendría formas y distribuciones distintas, quizás incluso necesitaría dos personas para ser trasladada, pero aquella aproximación bastaba para alterar movimientos que normalmente habría realizado sin dedicarles pensamiento alguno.
 
Tomó el mapa después de observarlo unos segundos más. Sus dedos recorrieron uno de los bordes antes de doblarlo siguiendo las marcas existentes, una vez, otra y una tercera para terminar de acomodarlo entre sus pertenencias. La misión parecía sencilla mientras permanecía reducida al papel. Dos puntos separados por varios kilómetros y suficiente terreno alrededor para dibujar tantas líneas como quisiera. Afuera cada centímetro tendría raíces, pendientes, agua, piedras y el peso constante de algo que debía llegar entero al otro lado.
 
El primero de los fuertes quedó atrás entrada la mañana. El verano había instalado sobre la periferia una humedad espesa que retenía el calor incluso bajo la sombra y hacía que respirar pareciera proporcionar menos alivio del habitual. Las cigarras llenaban los árboles con un sonido continuo, interrumpido ocasionalmente por aves invisibles entre las copas o por la actividad de quienes utilizaban el camino principal. Dos hombres pasaron cargando entre ambos un cajón sostenido por varas; detrás avanzaba una carreta baja con sacos apilados hasta superar ligeramente la altura de sus ruedas. Un anciano caminaba en sentido contrario con una cesta contra la cadera y se hizo a un lado para permitirles pasar antes de continuar a su propio ritmo.
 
El mestizo observó durante unos segundos cómo se alejaban.
 
Visto desde allí, el camino habitual parecía bastante menos arbitrario que sobre la mesa del Jōnin. Evitaba pendientes pronunciadas, mantenía los árboles suficientemente apartados para permitir el tránsito de carros y ofrecía espacio para que varias personas avanzaran a la vez. Incluso las curvas parecían haber sido escogidas para conservar una inclinación moderada. Encontrar algo diferente implicaba abandonar deliberadamente alguna de aquellas comodidades, así que comenzó por aquello que él habría elegido para desplazarse sin compañía.
 
Una elevación al este ofrecía una alternativa evidente. El terreno ascendía entre árboles gruesos y raíces expuestas hasta una zona superior que se prolongaba aproximadamente en dirección al segundo fuerte. Una ardilla descendió varios metros por un tronco antes de advertir su presencia, quedó inmóvil durante un instante con las patas delanteras sujetas a la corteza y desapareció por el lado opuesto cuando volvió a moverse. Más abajo, casi confundido con la tierra y las hojas secas, un lagarto moteado dejó de existir para la vista tan pronto como permaneció quieto. Solo el movimiento repentino de su cola al escabullirse entre dos piedras reveló dónde había estado.
 
La pendiente no parecía especialmente difícil. En condiciones normales habría podido recorrerla con rapidez y un poco de chakra simplificaría los tramos incómodos, pero el ejercicio perdía sentido si evaluaba el terreno utilizando recursos que ningún cargador tendría disponibles. Comenzó el ascenso apoyando cada pie entre las raíces y buscando las separaciones naturales de la vegetación.
 
Los primeros metros confirmaron su impresión, pero los metros posteriores la desmintieron pronto.
 
Al intentar pasar entre dos árboles descubrió que su cuerpo todavía cabía, la mochila no. El costado izquierdo golpeó contra un tronco y el derecho quedó presionado contra el otro, obligándolo a retroceder medio paso para girar los hombros. Más adelante una rama baja exigió agacharse; calculó el movimiento con la misma costumbre de siempre y el equipaje chocó contra la madera antes de que terminara de inclinarse. Los veinticinco kilos se desplazaron hacia delante de golpe y su pie derecho tuvo que adelantarse para evitar que el cambio de equilibrio lo llevara de rodillas contra una raíz.
 
Varias aves abandonaron las ramas superiores ante el estruendo, agitando hojas y soltando una protesta corta mientras se alejaban.
 
El Heizu Terumi permaneció quieto unos instantes, esperando que el peso volviera a asentarse correctamente contra su espalda. Había sido apenas un tropiezo, suficiente para imaginar qué habría ocurrido si en lugar de ropa y lastre llevara dentro frascos, alimentos delicados o cualquier cosa cuyo estado importara tanto como su llegada.
 
Continuó.
 
A partir de ahí el ascenso comenzó a mostrar problemas donde antes solo había terreno. Una raíz alta exigía levantar demasiado una pierna. Una separación estrecha entre piedras permitiría pasar individualmente, pero obligaría a dos personas con una caja a modificar el agarre. Una curva alrededor de un tronco reducía el tránsito a una sola persona y unos metros después otra pendiente ofrecía suficiente inclinación para hacer incómodo detenerse. Ningún punto resultaba imposible. La suma de todos ellos convertía unos cientos de metros en pequeñas pérdidas de tiempo repetidas una y otra vez.
 
La temperatura tampoco ayudaba. El cabello comenzaba a adherirse a su nuca y las correas habían formado dos zonas húmedas sobre la ropa. Se detuvo bajo una copa particularmente amplia para beber, pero optó por conservar la mochila puesta al darse cuenta de que quitársela implicaría levantar nuevamente toda la carga desde el suelo. Cerca había un nido pequeño encajado entre dos ramas; tres polluelos reaccionaban a cualquier sombra que cruzara por encima abriendo el pico con una insistencia completamente ajena a su presencia. El bruno terminó alejándose antes de descubrir si aquello atraería también a sus padres.
 
Al alcanzar la parte superior respiraba con algo más de fuerza. Corrigió una correa, estiró uno de los hombros cuanto permitió el equipaje y regresó la mirada hacia el ascenso.
 
Podía pasar.
 
El encargo nunca consistió en encontrar tres lugares por donde él pudiera llegar de un fuerte al otro. Si aquellos veinticinco kilos representaban apenas una aproximación al abastecimiento real, una ruta que obligaba a girar entre árboles, levantar demasiado las piernas y avanzar en fila durante gran parte del recorrido perdería utilidad con rapidez. Un mensajero podría usarla. Una patrulla ligera también. Para trasladar provisiones era, en el mejor de los casos, una mala respuesta a la cuestión dada.
 
Sacó el mapa y señaló la elevación de todas formas; junto a ella dejó una anotación pequeña antes de guardarlo nuevamente. Que no sirviera para abastecimiento no borraba el camino; alguien podría necesitarlo para otra cosa. Su mentor había pedido opciones y descartar información únicamente porque no resolvía el problema inmediato parecía una manera extraña de realizar reconocimiento.
 
Descendió por una ladera más amable y continuó desde terreno bajo.
 
La primera ruta verdaderamente útil apareció siguiendo una depresión natural entre dos elevaciones. Desde el camino principal apenas se distinguía debido a los árboles del acceso, pero una vez dentro había espacio suficiente para que varias personas avanzaran simultáneamente. La diferencia con el ascenso anterior resultó evidente desde los primeros pasos: la mochila seguía pesando igual y, aun así, dejó de formar parte de cada movimiento. Podía caminar de frente, mantener el ritmo y seleccionar dónde apoyar los pies sin calcular constantemente el ancho adicional de su cuerpo.
 
Durante algunos minutos, aquello pareció demasiado fácil.
 
La depresión terminó aproximándose otra vez a la ruta principal y regresaron con ella sonidos humanos. Entre los árboles distinguió a dos cargadores detenidos junto al camino, uno sentado sobre un saco mientras el otro bebía de una cantimplora. Un hombre mayor descansaba cerca de ellos con una vara apoyada contra el hombro. Nadie parecía tener prisa por continuar. Las cigarras dominaban el silencio cada vez que la conversación se detenía.
 
Más lejos sonó un cascabel, una vez, después otra.
 
El sonido se desplazó oculto por la vegetación y durante un instante su atención lo siguió antes que la vista. No necesitaba encontrar al animal para imaginar su posición aproximada. Había aprendido hacía poco que algunas cosas podían localizarse mejor escuchando dónde habían estado que buscando desesperadamente dónde estaban. Finalmente apareció una cabra pequeña al otro lado del camino, acompañada por un hombre que tiraba con paciencia de una cuerda mientras el animal mostraba bastante más interés por las hierbas de la orilla que por seguir avanzando.
 
La imagen desapareció detrás de los árboles tan rápido como había llegado.
 
Insistió.
 
La depresión desembocaba varios cientos de metros después en una extensión cubierta por vegetación baja. Allí desapareció casi toda la sombra y el cambio se sintió de inmediato. El sol caía directamente sobre la cabeza, calentaba la superficie de la mochila y convertía la humedad acumulada debajo de las correas en una molestia constante. Saltamontes se apartaban delante de cada paso y una mariposa blanca cruzó lentamente por encima de las plantas antes de desaparecer en dirección al bosque.
 
El terreno era excelente.
 
Firme, relativamente plano y suficientemente ancho para transportar carga sin demasiadas restricciones.
 
También obligaba a recorrer una sección considerable bajo el sol.
 
El mestizo redujo el ritmo sin proponérselo. Para cuando alcanzó nuevamente sombra tenía la boca seca y volvió a beber, esta vez durante más tiempo. Una columna podría atravesar aquella zona con rapidez, pero necesitaría agua y probablemente descansos adicionales durante los días más calurosos. Desde una elevación lateral comprobó además que cualquier grupo sería visible durante una parte considerable del trayecto.
 
Aquello sí era una ruta, solo había que saber cuándo convenía utilizarla.
 
Terminó el recorrido hasta las cercanías del segundo fuerte y trazó la primera línea completa. Marcó la sección expuesta, añadió una referencia sobre el calor y dejó suficiente espacio en el margen para cualquier observación posterior.
 
La segunda búsqueda comenzó desde allí en dirección contraria.
 
Una franja de vegetación particularmente densa seguía un cauce estrecho que corría aproximadamente hacia el primer fuerte. La corriente ocupaba solo parte del lecho durante aquella época y los árboles formaban una cubierta casi continua sobre ella. Descendió y sintió inmediatamente la diferencia de temperatura. El aire seguía siendo húmedo, pero cerca del agua y sin el impacto directo del sol resultaba bastante más tolerable.
 
Varios peces pequeños abandonaron su posición entre las piedras cuando su sombra alcanzó la corriente. Desaparecieron bajo una roca y volvieron poco a poco cuando dejó de acercarse, suspendidos nuevamente contra el movimiento del agua como si nada hubiera ocurrido. Un sapo escapó desde la orilla después de uno de sus pasos y dos libélulas recorrían repetidamente el mismo tramo, deteniéndose apenas unos instantes sobre la superficie.
 
Durante un buen tiempo el cauce pareció una opción claramente superior. Ofrecía cobertura, referencias naturales fáciles de seguir y agua cercana. Había espacio suficiente para avanzar con carga y el terreno se mantenía razonablemente llano.
 
El pie izquierdo se hundió.
 
El peso adicional atravesó una capa de suelo que parecía firme desde arriba y la sandalia quedó atrapada varios centímetros dentro del barro. Al intentar sacarla sintió cómo el barro se aferraba a su pie como un pegamento todavía líquido. Tiró primero despacio, hasta que la fijación cedió de golpe y consiguió liberarlo. Observó la huella, dio algunos pasos alrededor y encontró distintas versiones del mismo problema.
 
Levantó la vista hacia las paredes del cauce. Había ramas pequeñas y hojas atrapadas bastante por encima del nivel actual del agua. Más adelante, una línea oscura recorría varias piedras a una altura que la corriente de aquel día no alcanzaba.
 
Una tormenta fuerte transformaría completamente aquel lugar.
 
La ruta continuaba siendo útil, pero dependía del clima mucho más de lo que habría imaginado al verla por primera vez. El mismo terreno que proporcionaba sombra y agua durante un día seco podía convertirse en barro profundo o quedar ocupado parcialmente por la corriente. El uso repetido también dejaría un rastro difícil de esconder, si es que no terminaban sumergidos hasta los tobillos en esos tramos pantanosos.
 
Siguió avanzando hasta encontrar una salida adecuada. Señaló dos zonas donde una columna podría detenerse sin bloquear el paso y terminó dibujando la segunda línea sobre el mapa. Algo más larga, bastante más cubierta y vulnerable a la lluvia.
 
Cuando volvió a guardar el papel, la tarde ya comenzaba a pesar tanto como la mochila. Había pasado ya medio día desde la última vez que comió.
La sensación apareció primero como una molestia discreta y después empezó a reclamar atención cada vez que se detenía. Cerca del camino principal alguien abrió una cesta y el olor de comida llegó apenas hasta donde estaba antes de perderse con el viento. Fue suficiente para que su memoria escogiera algo bastante específico.
 
Pan.
 
Recordó las piezas que había preparado durante aquella jornada en la panadería, el olor acumulándose alrededor de los hornos y la facilidad con la que una hogaza terminada podía parecer un objeto insignificante una vez colocada sobre un mostrador. En aquel momento el trabajo había consistido en producirlas. Ahora llevaba medio día recorriendo kilómetros para aprender cómo hacer que alimentos semejantes pudieran llegar hasta personas situadas lejos de donde habían sido preparados.
 
Dos rutas, faltaba una. Apretó ligeramente los labios y continuó.
 
Hasta entonces había buscado accidentes completos del terreno. Una elevación, una depresión, un cauce; algo que pudiera seguir desde un punto y esperar que terminara suficientemente cerca del otro. La lógica comenzaba a parecerle limitada.
 
Guardó el mapa y cambió el método.
 
Avanzó primero por una franja de bosque donde los árboles crecían suficientemente separados. Una pequeña ave de pecho claro saltó entre varias ramas siguiendo aproximadamente su dirección durante unos metros antes de perder interés. Cuando las raíces comenzaron a cerrarse, abandonó aquella sección y se desplazó hacia una formación rocosa que había observado desde atrás.
 
La superficie era más inclinada, pero estable. Parte de la roca se encontraba expuesta al sol y desprendía calor suficiente para sentirlo incluso a través de las sandalias, mientras las secciones cercanas a los árboles permanecían frescas. El terreno permitía desplazarse sin que la mochila golpeara contra nada y conservaba suficiente firmeza para soportar tránsito repetido.
 
Las piedras terminaron frente a una corriente.
 
Era más ancha que el cauce anterior, aunque mucho menos profunda. Probó el fondo con un pie y encontró grava estable. Al comenzar a cruzar, una piedra giró bajo su peso, el movimiento fue pequeño, los veinticinco kilos lo multiplicaron.
 
Su torso se inclinó lateralmente y una pierna tuvo que hundirse hasta media pantorrilla para recuperar equilibrio. Una mano encontró apoyo contra una roca de la orilla antes de que la mochila terminara de arrastrarlo hacia el agua. Permaneció así durante unos segundos, con una sandalia completamente empapada y parte de la ropa salpicada, comprobando que el pie continuara firme antes de incorporarse.
 
Los peces habían desaparecido.
 
El silencio de la corriente ocupó por un momento todo el espacio, después regresó el zumbido distante de las cigarras.
 
Observó la piedra que había girado y cambió algunos metros el punto de cruce. Allí las piezas del fondo eran más pequeñas y estaban mejor asentadas. Volvió a probarlo, primero sin confiar todo su peso y luego avanzando hasta la otra orilla.
 
Marcó el lugar.
 
Un vado podía ser útil. Elegir mal dónde atravesarlo podía convertirlo en un problema innecesario.
 
Del otro lado encontró una franja despejada entre árboles con pequeñas huellas animales sobre la tierra seca y restos de cáscaras junto a una piedra. No apuntaba directamente hacia el fuerte, pero permitía acercarse hasta una pendiente suave que podía bordearse por el norte.
 
Continuó conectando secciones.
 
Bosque.
 
Roca.
 
Vado.
 
Terreno bajo.
 
Pendiente.
 
Cuando finalmente distinguió el segundo fuerte entre la vegetación comprendió que había dejado de buscar un camino hacía bastante tiempo.
 
Había construido una ruta.
 
Sacó el mapa y la tercera línea apareció mediante varios segmentos unidos por anotaciones. Era más difícil de explicar que las otras dos y probablemente exigía conocer el terreno antes de utilizarla con rapidez. También repartía mejor sus dificultades. No dependía durante demasiado tiempo de una zona expuesta, evitaba el suelo más húmedo y conservaba superficies suficientemente estables para carga pesada.
 
Observó las tres juntas.
 
La primera ofrecía velocidad y espacio, pagando por ello con exposición y calor. La segunda proporcionaba cobertura y referencias sencillas, pero dependía del clima. La tercera exigía aprender varios cambios de dirección y atravesar agua, aunque mantenía condiciones más regulares durante buena parte del recorrido.
 
Ninguna era mejor en todo.
 
Su superior había pedido tres porque las circunstancias también podían cambiar. Una tormenta podía cerrar el cauce. Vigilancia enemiga podía volver peligrosa la zona abierta. Un derrumbe, un incendio pequeño o incluso el desgaste acumulado podían inutilizar un tramo que durante meses hubiera funcionado perfectamente. Una ruta alternativa servía mientras existiera otra alternativa después de ella.
 
El regreso encontró nuevamente vida alrededor del camino. El anciano de aquella mañana pasó con la cesta casi vacía y esta vez caminaba con mayor lentitud. Una mujer transportaba dos recipientes suspendidos de una vara, un trabajador dormía sentado bajo un árbol con el sombrero cubriéndole la cara y una carreta avanzaba hacia el fuerte siguiendo exactamente la vía que el ejercicio le había prohibido utilizar.
 
Más adelante volvió a sonar un cascabel, aunque esta vez ni siquiera buscó su procedencia.
 
Tenía hambre.
 
El recuerdo del pan persistía con una claridad bastante más convincente que cualquier pensamiento estratégico. Podía imaginar todavía el exterior dorado de aquellas piezas, la corteza cediendo al partirse y el vapor escapando desde dentro cuando aún estaban calientes. El mestizo aceleró ligeramente el paso antes de advertirlo y terminó reduciéndolo otra vez cuando la mochila protestó sobre sus hombros.
 
Aquello también pertenecía al ejercicio, aunque nadie necesitara escribirlo.
 
Una ruta recorrida descansado por la mañana podía sentirse distinta después de varias horas. Los hombres que abastecieran los fuertes también tendrían hambre, calor, sed, cansancio y ganas de llegar. Los mapas jamás representarían esas cosas.
 
Horas después, el mismo papel regresó al lugar donde había comenzado.
 
Tres trazos adicionales conectaban ahora los fuertes sin tocar el camino principal. Alrededor aparecían notas sobre exposición, temperatura, barro, agua, espacio disponible, descansos y dificultades para cargas voluminosas. La elevación descartada permanecía señalada también, acompañada por una indicación que la reservaba  para unidades ligeras.
 
Dejó el mapa frente al espadachín y finalmente liberó los hombros de la mochila.
 
El alivio fue tan inmediato que por un momento su propio cuerpo se sintió como empezando a flotar, sus pisadas no reconocían su propio peso después de tantas horas cargando un tercio más de peso. Estiró la espalda, acomodó las prendas deformadas por las correas y corrigió dos pliegues antes de quedar satisfecho con la forma en que volvían a caer.
 
Sus ojos regresaron al mapa.
 
Aquella mañana habían sido dos puntos y una línea.
 
Ahora había cuatro líneas.
 
Seguían siendo delgadas, limpias y silenciosas. Ninguna mostraba las cigarras de las horas más calientes, los peces suspendidos entre las piedras, la cabra que prefería comer antes que caminar, los cargadores descansando junto al camino, el barro reteniendo una sandalia o aquella piedra que casi lo había enviado al agua. Tampoco mostraban el hambre que ahora convertía un simple pedazo de pan en una idea bastante más urgente que cualquier reconocimiento de campo.
 
El mapa únicamente conservaba el resultado.
 
Todo lo demás había ocurrido entre las líneas.
 
Ahora, a comer.
Masashi Kishimoto
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25-08-2026, 09:25 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Autonarrada D: Las Rutas Invisibles (TID 14687)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Rin
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25-08-2026, 09:25 AM
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