20-08-2026, 08:04 PM
El aire matutino del Distrito Comercial de Konoha, habitualmente impregnado del aroma a pan fresco y té recién colado, amaneció viciado por un hedor seco y áspero, similar al polvo acumulado durante décadas en una buhardilla olvidada.
Las puertas de "Textiles del Valle", una de las boutiques de sastrería y confección más prestigiosas y acaudaladas de la aldea, permanecían abiertas de par en par. Sin embargo, no había clientes esperando en la entrada. En su lugar, un pequeño grupo de aldeanos curiosos se agolpaba a una distancia prudencial, contemplando con asombro la nube grisácea y densa que se filtraba hacia la calle desde los ventanales principales.
Al cruzar el umbral del establecimiento, la escena rozaba lo irreal. Los fardos de seda importada, las chaquetas de lino y los trajes bordados en hilo de oro que solían exhibirse en los maniquíes de madera aparecían desgarrados, roídos por miles de mandíbulas invisibles. Una densa marea de polillas grisáceas, de un tamaño inusualmente grande y alas cubiertas por un polvillo sofocante, revoloteaba en patrones erráticos por todo el salón, cubriendo el techo como una alfombra viva en permanente movimiento.
Al fondo del local, arrinconado contra el mostrador principal, el dueño del negocio temblaba mientras intentaba espantar a los insectos con un plumero destrozado. Al ver la presencia de los shinobi, el comerciante buscó refugio tras ellos y comenzó a murmurar con la voz quebrada por la paranoia y la rabia: —¡Esto no es un accidente natural, se los juro! Fue ese infeliz de la tienda vecina, "Sedas de la Luna"... ¡Lleva meses amenazándome con que se quedaría con todos mis clientes! Es el único capaz de una vileza como esta —.
El hombre señaló con mano temblorosa hacia la parte posterior del establecimiento, la zona reservada para el vestuario del personal y la bodega de insumos. Allí, el aire se volvía aún más denso y pesado, impregnado de una fina capa de hilos blanquecinos que se pegaban a la piel al pasar.
Adherido con firmeza sobre los casilleros metálicos del personal, extendiéndose como una deformidad orgánica hasta tocar el techo, se encontraba el centro de la infección: un capullo grotesco de casi un metro de largo, tejido con una seda gruesa, opaca y de tonalidades purpúreas. La estructura latía de forma tenue pero constante, emitiendo un chasquido hueco en su interior con cada pulsación. Entre los escombros de tela destruida a los pies del capullo, el brillo de un pequeño frasco de vidrio roto con un residuo sospechoso parecía confirmar las palabras del propietario.
Antes de que los ninjas pudieran inspeccionar de cerca la criatura, una carcajada sonora resonó desde la entrada del local. Un sujeto elegantemente vestido con túnicas de seda reluciente, el mismísimo dueño de "Sedas de la Luna", entró al establecimiento con paso lento, mirando a su alrededor con una sonrisa de burla mal disimulada.
—Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? ¡Qué tragedia tan desgarradora! —exclamó el recién llegado, fingiendo una falsa conmoción mientras se acomodaba las mangas— Qué lástima por tu inventario, vecino. Con todo tu local hecho trizas, me temo que no te quedará más remedio que cerrar por la temporada... Lo que significa que toda la alta clientela de Konoha no tendrá más opción que comprar en mi boutique. ¡Parece que el mercado finalmente reconoce el verdadero valor! —.
El recién llegado cruzó los brazos con suficiencia, sin mostrar la menor empatía por el desastre frente a él, mientras el capullo en el fondo de la bodega emitía un vibrante crujido, como si estuviera a punto de rasgarse desde adentro.
Los shinobi se encontraban en un punto crítico: debían decidir si encarar e interrogar de inmediato al sospechoso que acababa de aparecer alardeando en la escena, priorizar la amenaza inminente del misterioso capullo gigante antes de que eclosionara, o dividirse para abordar ambos frentes al mismo tiempo.
Las puertas de "Textiles del Valle", una de las boutiques de sastrería y confección más prestigiosas y acaudaladas de la aldea, permanecían abiertas de par en par. Sin embargo, no había clientes esperando en la entrada. En su lugar, un pequeño grupo de aldeanos curiosos se agolpaba a una distancia prudencial, contemplando con asombro la nube grisácea y densa que se filtraba hacia la calle desde los ventanales principales.
Al cruzar el umbral del establecimiento, la escena rozaba lo irreal. Los fardos de seda importada, las chaquetas de lino y los trajes bordados en hilo de oro que solían exhibirse en los maniquíes de madera aparecían desgarrados, roídos por miles de mandíbulas invisibles. Una densa marea de polillas grisáceas, de un tamaño inusualmente grande y alas cubiertas por un polvillo sofocante, revoloteaba en patrones erráticos por todo el salón, cubriendo el techo como una alfombra viva en permanente movimiento.
Al fondo del local, arrinconado contra el mostrador principal, el dueño del negocio temblaba mientras intentaba espantar a los insectos con un plumero destrozado. Al ver la presencia de los shinobi, el comerciante buscó refugio tras ellos y comenzó a murmurar con la voz quebrada por la paranoia y la rabia: —¡Esto no es un accidente natural, se los juro! Fue ese infeliz de la tienda vecina, "Sedas de la Luna"... ¡Lleva meses amenazándome con que se quedaría con todos mis clientes! Es el único capaz de una vileza como esta —.
El hombre señaló con mano temblorosa hacia la parte posterior del establecimiento, la zona reservada para el vestuario del personal y la bodega de insumos. Allí, el aire se volvía aún más denso y pesado, impregnado de una fina capa de hilos blanquecinos que se pegaban a la piel al pasar.
Adherido con firmeza sobre los casilleros metálicos del personal, extendiéndose como una deformidad orgánica hasta tocar el techo, se encontraba el centro de la infección: un capullo grotesco de casi un metro de largo, tejido con una seda gruesa, opaca y de tonalidades purpúreas. La estructura latía de forma tenue pero constante, emitiendo un chasquido hueco en su interior con cada pulsación. Entre los escombros de tela destruida a los pies del capullo, el brillo de un pequeño frasco de vidrio roto con un residuo sospechoso parecía confirmar las palabras del propietario.
Antes de que los ninjas pudieran inspeccionar de cerca la criatura, una carcajada sonora resonó desde la entrada del local. Un sujeto elegantemente vestido con túnicas de seda reluciente, el mismísimo dueño de "Sedas de la Luna", entró al establecimiento con paso lento, mirando a su alrededor con una sonrisa de burla mal disimulada.
—Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? ¡Qué tragedia tan desgarradora! —exclamó el recién llegado, fingiendo una falsa conmoción mientras se acomodaba las mangas— Qué lástima por tu inventario, vecino. Con todo tu local hecho trizas, me temo que no te quedará más remedio que cerrar por la temporada... Lo que significa que toda la alta clientela de Konoha no tendrá más opción que comprar en mi boutique. ¡Parece que el mercado finalmente reconoce el verdadero valor! —.
El recién llegado cruzó los brazos con suficiencia, sin mostrar la menor empatía por el desastre frente a él, mientras el capullo en el fondo de la bodega emitía un vibrante crujido, como si estuviera a punto de rasgarse desde adentro.
Los shinobi se encontraban en un punto crítico: debían decidir si encarar e interrogar de inmediato al sospechoso que acababa de aparecer alardeando en la escena, priorizar la amenaza inminente del misterioso capullo gigante antes de que eclosionara, o dividirse para abordar ambos frentes al mismo tiempo.
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