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De vuelta a casa
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
20-08-2026, 02:02 AM
Las botas de Akira hunden el polvo grisáceo del sendero con un compás pesado, rítmico, que marca el final de la vigilia en los muros. El cielo de Konoha comienza a desgarrarse en jirones de un gris muy pálido, anunciando la tregua del alba, pero en el aire todavía flota el olor a pino humedecido por el rocío y al metal frío de la placa de Chūunin que cuelga, inamovible, sobre su chaleco táctico. A su lado, desplazándose con una fluidez fantasmal que apenas roza la hierba alta, Makey marca el paso. El felino detiene su andar un segundo para sacudirse el polvo del lomo; la luz mortecina de la madrugada se quiebra en sus pupilas dispares, encendiendo un destello de un azul celeste glacial en el ojo izquierdo y un tono violeta profundo, casi iridiscente, en el derecho.

—No mires así, Makey —murmura Akira, rompiendo el silencio del camino con una voz ronca, gastada por las horas de contención—. Sé perfectamente lo que estás pensando. Los muros aguantaron. Nadie intentó cruzar el sector norte. Pero eso no significa que haya hecho un buen trabajo. Significa, simplemente, que hoy nadie quiso poner a prueba el perímetro.

Makey da un par de pasos más, estira la columna con parsimonia felina y emite un maullido seco, corto, una vibración gutural que resuena en la quietud del camino antes de que el joven Hyūga vuelva a tomar la palabra, respondiéndole con absoluta naturalidad, como si el animal estuviera a punto de desgranar un informe táctico de alto nivel.

—¿Que estoy exagerando? —responde Akira, frunciendo el ceño mientras las venas alrededor de sus sienes, todavía con el rastro residual de la tensión del Byakugan, se contraen sutilmente bajo la piel—. Fácil decirlo para ti, que te pasaste la mitad de la guardia acurrucado contra mi bota buscando el calor residual del termo. Tú no tienes que firmar los reportes de guardia. Tú no tienes que responder ante los superiores si un solo punto ciego falla porque el reflejo te falló media décima de segundo.

El gato se detiene en seco, gira la cabeza con elegancia altanera y le dirige una mirada fija, parpadeando con lentitud con su ojo violeta mientras el celeste parece seguir el vuelo rasante de un gorrión matutino.

—Ah, claro. El peso del apellido —continúa Akira, negando con la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones oscuros, encorvando ligeramente los hombros bajo la carga invisible de la madrugada—. Todo el mundo espera que camine con la misma rectitud con la que lo hacía el tío Kenji. Lo veo en la forma en que los novatos saludan al pasar por el puesto de control; no me saludan a mí, saludan al emblema, al clan, a la expectativa de perfección. ¿Y si no estoy a la altura, Makey? ¿Y si este rango me quedó grande y solo soy un mocoso con un parche oficial colgado al pecho?

Makey suelta un maullido más largo, un tono casi quejumbroso que parece burlarse de la inseguridad de su dueño, antes de dar media vuelta y trotar unos metros hacia adelante, deteniéndose junto a un tronco viejo para rascar con desgana la corteza reseca.

—Qué fácil es para ti juzgar desde ahí —le recrimina Akira, acortando el paso para alcanzarlo mientras un suspiro denso se escapa de sus labios en forma de vaho blanco—. Tú no tienes que cargar con el peso de los dieciseis años y la responsabilidad de mandar a otros a arriesgar el pellejo. Ayer era de los que recibían órdenes en la retaguardia, de los que esperaban la señal para moverse sin cuestionar el tablero. Hoy... hoy soy yo el que traza la línea. Si hay una brecha, la sangre es mía. Si hay un error de cálculo, los muertos llevan mi firma.

El felino se gira abruptamente, ladea la cabeza con curiosidad y emite un ronroneo áspero, agudo en el tramo final, como si estuviera replicando a su argumento con una lógica aplastante y felina.

—¿Que qué cambiaría? —repite Akira, deteniéndose en medio del sendero y cruzándose de brazos, con la mirada perdida en las tejas naranjas de la aldea que empiezan a encenderse bajo los primeros rayos del sol—. No lo sé. Quizás el miedo a equivocarme. Cuando eres genin, el fracaso es una lección que te recrimina tu instructor. Cuando eres Chūunin, el fracaso es un atúd para los subordinados que confiaron en tu cobertura. Anoche, mientras revisaba los flujos de chakra en los árboles con el dōjutsu activo, no dejaba de pensar en cuántas veces el tío Kenji se sintió exactamente igual de solo en esta misma plataforma. Él nunca decía nada. Siempre con esa fachada de piedra, de muro inquebrantable. ¿Cómo diablos le hacía para no volverse loco pensando en que un descuido suyo podía costarle la vida a toda la división?

Makey da un salto ágil, posándose sobre una estaca de madera al borde del camino, quedando a la altura exacta del rostro de Akira. Mueve las orejas con irritación y clava su mirada bicolor —el celeste frío y el violeta profundo— directamente en los ojos del muchacho, maullando con insistencia.

—¿Que estoy sobrepensando otra vez? —responde Akira, esbozando una sonrisa torcida, amarga, mientras niega con la cabeza y le da un suave toque con el dedo índice en la coronilla al animal—. Tienes razón, supongo. Las murallas no se sostienen con dudas existenciales. Se sostienen con cemento, con chakra y con tipos dispuestos a pararse ahí cuando el resto prefiere dormir.

El gato cierra los ojos un instante ante la caricia, ronroneando con más fuerza antes de bajarse de un salto y retomar el trote ligero hacia la dirección de su casa, marcando el ritmo con la cola erecta.

—Bien, bien. Ya voy —concluye Akira, exhalando el último rastro de tensión acumulada en el pecho y ajustándose con firmeza la correa del maletín que lleva cruzado al hombro—. Vamos a casa por ese descanso. Pero si crees que te voy a dejar el mejor pescado del desayuno por ganar esta discusión, estás muy equivocado, Makey.
[Imagen: JK2RddW.png]
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