19-08-2026, 03:35 PM
La lluvia había sido persistente durante los últimos días. No aquella llovizna ligera que apenas conseguía distinguirse entre la niebla de Kirigakure, sino una caída constante que golpeaba los tejados, llenaba los canales y convertía algunos caminos en senderos cubiertos por pequeños charcos. Cuando Naoto llegó al Distrito Administrativo todavía podían escucharse las gotas deslizarse desde los aleros de los edificios, aunque el temporal parecía haber concedido finalmente unas horas de descanso a la aldea.
El encargo que le habían asignado difícilmente podía considerarse emocionante. Un archivo administrativo había sufrido una filtración y parte del agua había alcanzado las cámaras inferiores donde se almacenaban documentos que, por una razón u otra, todavía no habían sido trasladados a depósitos más importantes. No había criminales a los que perseguir, tampoco animales perdidos ni rumores extraños detrás de los cuales ocultar una amenaza. Había agua, humedad y una cantidad considerable de papeles que alguien debía salvar antes de que terminaran convertidos en una masa ilegible.
Naoto no protestó.
Quizás otros genin hubiesen considerado aquella labor una pérdida de tiempo. Él se limitó a escuchar las indicaciones antes de internarse en el edificio. El aroma de la humedad comenzó a sentirse antes incluso de alcanzar las escaleras que descendían hacia el archivo; una mezcla desagradable entre madera mojada, papel viejo y ese olor terroso que aparecía cuando el agua permanecía demasiado tiempo encerrada. Conforme bajaba, el sonido de sus pasos fue acompañado por el tenue chapoteo de sus sandalias sobre los últimos escalones.
La situación abajo era peor de lo que había imaginado.
Una fina capa de agua cubría parte del suelo. No alcanzaba una profundidad preocupante, pero era suficiente para haber penetrado algunas cajas apoyadas directamente contra la piedra. Varios empleados habían apartado ya aquello que estaba más cerca de la entrada, dejando sobre mesas y bancos improvisados pilas de pergaminos, carpetas y registros. Otros recipientes continuaban en el interior, algunos elevados en estanterías y otros peligrosamente cerca del agua. Naoto recorrió lentamente el lugar con la mirada antes de tocar absolutamente nada. Hacerlo sin orden solo conseguiría transformar un accidente en un problema mayor.
—Primero lo que está abajo —indicó con tranquilidad, señalando las cajas que todavía descansaban sobre el suelo—. Si seguimos moviendo lo que ya está seco, el agua continuará alcanzando lo demás.
No necesitó levantar la voz. Se arremangó ligeramente el kimono y comenzó a trabajar.
Las cajas más afectadas fueron trasladadas una por una hacia la zona seca. Naoto evitó cargarlas desde la parte inferior cuando la madera parecía demasiado humedecida, sujetándolas desde los costados para impedir que cedieran por el peso. En varias ocasiones tuvieron que retirar primero los documentos y llevarlos en grupos pequeños. Algunos pergaminos apenas presentaban humedad en los bordes; otros habían absorbido suficiente agua como para que desenvolverlos de manera apresurada pudiera romperlos. A estos últimos los dejó extendidos sobre superficies limpias, separados entre sí y lejos de aquellos que permanecían intactos.
La monotonía del trabajo no impidió que prestara atención.
Mientras desplazaba los archivos comenzó a dividir mentalmente el depósito en sectores. Lo recuperado de las estanterías del oeste permanecía junto; los documentos encontrados en el suelo eran colocados aparte y las cajas cuyo contenido había sido removido recibían una marca antes de volver a cerrarse. El objetivo no consistía simplemente en salvar papel. Después tendrían que saber de dónde había salido cada cosa.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
Una de las estanterías inferiores tenía un espacio vacío.
Naoto se agachó frente a ella. La marca rectangular que había dejado una caja sobre el polvo indicaba que algo había permanecido allí durante bastante tiempo. No era difícil imaginar que alguno de los trabajadores la hubiese movido antes de su llegada, pero tampoco pensaba dar por hecho algo que podía comprobar. Preguntó por ella. Ninguno de los presentes recordaba haberla retirado.
Sus ojos descendieron entonces hacia el agua.
Había pequeños fragmentos de papel adheridos al suelo y marcas recientes dejadas por cajas que habían sido arrastradas. Una de aquellas huellas continuaba detrás del extremo de otra estantería. Naoto avanzó hasta allí, apartó cuidadosamente un pequeño mueble desplazado por el agua y encontró la caja ladeada contra la pared. No había desaparecido; simplemente había flotado lo suficiente cuando el nivel del agua era mayor para terminar atrapada detrás del mobiliario.
El joven soltó aire por la nariz.
—Aquí está.
El contenido había sufrido más que el resto. Una parte de los registros se encontraba empapada, aunque todavía podía distinguirse la escritura. Naoto los retiró con especial cuidado y los colocó separados para evitar que las hojas se pegaran unas contra otras. Después comparó la identificación de aquella caja con el pequeño registro de almacenamiento que habían dejado junto a la entrada. No era el único elemento que debía comprobar.
Durante la siguiente parte de la jornada revisó cada una de las ubicaciones. Caja por caja. Número por número.
Era un trabajo tedioso, precisamente el tipo de tarea donde una persona terminaba cometiendo errores cuando comenzaba a confiar demasiado en su memoria. Naoto prefirió no hacerlo. Tachaba cada referencia únicamente después de localizar físicamente el conjunto correspondiente y, si una caja había sido abierta, comprobaba también su contenido antes de considerarla recuperada. Dos pergaminos terminaron apareciendo debajo de una mesa; otro había quedado adherido al fondo de una caja vacía. Ninguno parecía haber sido sustraído. El desorden provocado durante los primeros minutos de la inundación había sido suficiente para hacer parecer que faltaban cosas que simplemente habían terminado en lugares equivocados.
Cuando finalmente completó la revisión, quedaba todavía descubrir de dónde provenía toda aquella agua.
Naoto regresó hacia el sector más afectado y levantó la mirada. Las manchas de humedad se concentraban sobre una de las paredes exteriores y ascendían hasta una junta cercana al techo. No parecía una tubería rota. Si lo hubiese sido, probablemente el agua seguiría entrando incluso después de que la lluvia hubiese disminuido. Allí, en cambio, apenas se filtraba alguna gota aislada.
Subió nuevamente y solicitó acceso a la parte exterior correspondiente al depósito. No tardó demasiado en encontrar el problema. El canal destinado a evacuar el agua de lluvia se encontraba parcialmente obstruido por hojas, barro y pequeños restos arrastrados durante el temporal. El agua acumulada había buscado otro camino y terminado penetrando por una unión deteriorada de la estructura, descendiendo poco a poco hasta el archivo.
No era una conspiración. Ni sabotaje. Ni siquiera una avería particularmente extraña.
Solo abandono.
Naoto retiró aquello que podía limpiar sin dañar la instalación y dejó señalada la sección que necesitaría reparación. La solución definitiva correspondería a los trabajadores encargados del mantenimiento, pero al menos el agua podría volver a circular mientras llegaban. Permaneció allí unos segundos observando cómo los restos acumulados eran arrastrados por el canal una vez liberado el paso. Después regresó al interior.
Cuando volvió a las cámaras inferiores, el archivo parecía otro lugar. Las cajas se encontraban fuera del agua, los documentos mojados habían sido separados y el suelo comenzaba a despejarse. Quedaban horas de secado, clasificación y restauración para los empleados administrativos, pero aquello ya no formaba parte de su misión.
Naoto tomó por última vez el listado.
Recorrió los registros con un dedo. Todos estaban presentes. Incluso la caja que había terminado escondida detrás de la estantería había sido identificada y su contenido permanecía dispuesto para ser recuperado. Dejó el documento sobre la mesa y explicó brevemente dónde se encontraba la obstrucción del desagüe y qué zona de la estructura debían revisar antes de la siguiente tormenta.
Después se acomodó las mangas del kimono.
Había pasado buena parte de la jornada rodeado de papeles húmedos, cargando cajas y comprobando números en un sótano cuyo olor seguramente permanecería impregnado en sus vendas durante varias horas. No era la clase de tarea que un niño imaginaba cuando pensaba en convertirse en shinobi.
Pero mientras ascendía nuevamente las escaleras comprendió que tampoco todas las amenazas de una aldea llevaban una banda ninja en la frente.
Algunas veces bastaban tres días de lluvia, un canal obstruido y demasiados años de documentos esperando en el lugar equivocado.
El encargo que le habían asignado difícilmente podía considerarse emocionante. Un archivo administrativo había sufrido una filtración y parte del agua había alcanzado las cámaras inferiores donde se almacenaban documentos que, por una razón u otra, todavía no habían sido trasladados a depósitos más importantes. No había criminales a los que perseguir, tampoco animales perdidos ni rumores extraños detrás de los cuales ocultar una amenaza. Había agua, humedad y una cantidad considerable de papeles que alguien debía salvar antes de que terminaran convertidos en una masa ilegible.
Naoto no protestó.
Quizás otros genin hubiesen considerado aquella labor una pérdida de tiempo. Él se limitó a escuchar las indicaciones antes de internarse en el edificio. El aroma de la humedad comenzó a sentirse antes incluso de alcanzar las escaleras que descendían hacia el archivo; una mezcla desagradable entre madera mojada, papel viejo y ese olor terroso que aparecía cuando el agua permanecía demasiado tiempo encerrada. Conforme bajaba, el sonido de sus pasos fue acompañado por el tenue chapoteo de sus sandalias sobre los últimos escalones.
La situación abajo era peor de lo que había imaginado.
Una fina capa de agua cubría parte del suelo. No alcanzaba una profundidad preocupante, pero era suficiente para haber penetrado algunas cajas apoyadas directamente contra la piedra. Varios empleados habían apartado ya aquello que estaba más cerca de la entrada, dejando sobre mesas y bancos improvisados pilas de pergaminos, carpetas y registros. Otros recipientes continuaban en el interior, algunos elevados en estanterías y otros peligrosamente cerca del agua. Naoto recorrió lentamente el lugar con la mirada antes de tocar absolutamente nada. Hacerlo sin orden solo conseguiría transformar un accidente en un problema mayor.
—Primero lo que está abajo —indicó con tranquilidad, señalando las cajas que todavía descansaban sobre el suelo—. Si seguimos moviendo lo que ya está seco, el agua continuará alcanzando lo demás.
No necesitó levantar la voz. Se arremangó ligeramente el kimono y comenzó a trabajar.
Las cajas más afectadas fueron trasladadas una por una hacia la zona seca. Naoto evitó cargarlas desde la parte inferior cuando la madera parecía demasiado humedecida, sujetándolas desde los costados para impedir que cedieran por el peso. En varias ocasiones tuvieron que retirar primero los documentos y llevarlos en grupos pequeños. Algunos pergaminos apenas presentaban humedad en los bordes; otros habían absorbido suficiente agua como para que desenvolverlos de manera apresurada pudiera romperlos. A estos últimos los dejó extendidos sobre superficies limpias, separados entre sí y lejos de aquellos que permanecían intactos.
La monotonía del trabajo no impidió que prestara atención.
Mientras desplazaba los archivos comenzó a dividir mentalmente el depósito en sectores. Lo recuperado de las estanterías del oeste permanecía junto; los documentos encontrados en el suelo eran colocados aparte y las cajas cuyo contenido había sido removido recibían una marca antes de volver a cerrarse. El objetivo no consistía simplemente en salvar papel. Después tendrían que saber de dónde había salido cada cosa.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
Una de las estanterías inferiores tenía un espacio vacío.
Naoto se agachó frente a ella. La marca rectangular que había dejado una caja sobre el polvo indicaba que algo había permanecido allí durante bastante tiempo. No era difícil imaginar que alguno de los trabajadores la hubiese movido antes de su llegada, pero tampoco pensaba dar por hecho algo que podía comprobar. Preguntó por ella. Ninguno de los presentes recordaba haberla retirado.
Sus ojos descendieron entonces hacia el agua.
Había pequeños fragmentos de papel adheridos al suelo y marcas recientes dejadas por cajas que habían sido arrastradas. Una de aquellas huellas continuaba detrás del extremo de otra estantería. Naoto avanzó hasta allí, apartó cuidadosamente un pequeño mueble desplazado por el agua y encontró la caja ladeada contra la pared. No había desaparecido; simplemente había flotado lo suficiente cuando el nivel del agua era mayor para terminar atrapada detrás del mobiliario.
El joven soltó aire por la nariz.
—Aquí está.
El contenido había sufrido más que el resto. Una parte de los registros se encontraba empapada, aunque todavía podía distinguirse la escritura. Naoto los retiró con especial cuidado y los colocó separados para evitar que las hojas se pegaran unas contra otras. Después comparó la identificación de aquella caja con el pequeño registro de almacenamiento que habían dejado junto a la entrada. No era el único elemento que debía comprobar.
Durante la siguiente parte de la jornada revisó cada una de las ubicaciones. Caja por caja. Número por número.
Era un trabajo tedioso, precisamente el tipo de tarea donde una persona terminaba cometiendo errores cuando comenzaba a confiar demasiado en su memoria. Naoto prefirió no hacerlo. Tachaba cada referencia únicamente después de localizar físicamente el conjunto correspondiente y, si una caja había sido abierta, comprobaba también su contenido antes de considerarla recuperada. Dos pergaminos terminaron apareciendo debajo de una mesa; otro había quedado adherido al fondo de una caja vacía. Ninguno parecía haber sido sustraído. El desorden provocado durante los primeros minutos de la inundación había sido suficiente para hacer parecer que faltaban cosas que simplemente habían terminado en lugares equivocados.
Cuando finalmente completó la revisión, quedaba todavía descubrir de dónde provenía toda aquella agua.
Naoto regresó hacia el sector más afectado y levantó la mirada. Las manchas de humedad se concentraban sobre una de las paredes exteriores y ascendían hasta una junta cercana al techo. No parecía una tubería rota. Si lo hubiese sido, probablemente el agua seguiría entrando incluso después de que la lluvia hubiese disminuido. Allí, en cambio, apenas se filtraba alguna gota aislada.
Subió nuevamente y solicitó acceso a la parte exterior correspondiente al depósito. No tardó demasiado en encontrar el problema. El canal destinado a evacuar el agua de lluvia se encontraba parcialmente obstruido por hojas, barro y pequeños restos arrastrados durante el temporal. El agua acumulada había buscado otro camino y terminado penetrando por una unión deteriorada de la estructura, descendiendo poco a poco hasta el archivo.
No era una conspiración. Ni sabotaje. Ni siquiera una avería particularmente extraña.
Solo abandono.
Naoto retiró aquello que podía limpiar sin dañar la instalación y dejó señalada la sección que necesitaría reparación. La solución definitiva correspondería a los trabajadores encargados del mantenimiento, pero al menos el agua podría volver a circular mientras llegaban. Permaneció allí unos segundos observando cómo los restos acumulados eran arrastrados por el canal una vez liberado el paso. Después regresó al interior.
Cuando volvió a las cámaras inferiores, el archivo parecía otro lugar. Las cajas se encontraban fuera del agua, los documentos mojados habían sido separados y el suelo comenzaba a despejarse. Quedaban horas de secado, clasificación y restauración para los empleados administrativos, pero aquello ya no formaba parte de su misión.
Naoto tomó por última vez el listado.
Recorrió los registros con un dedo. Todos estaban presentes. Incluso la caja que había terminado escondida detrás de la estantería había sido identificada y su contenido permanecía dispuesto para ser recuperado. Dejó el documento sobre la mesa y explicó brevemente dónde se encontraba la obstrucción del desagüe y qué zona de la estructura debían revisar antes de la siguiente tormenta.
Después se acomodó las mangas del kimono.
Había pasado buena parte de la jornada rodeado de papeles húmedos, cargando cajas y comprobando números en un sótano cuyo olor seguramente permanecería impregnado en sus vendas durante varias horas. No era la clase de tarea que un niño imaginaba cuando pensaba en convertirse en shinobi.
Pero mientras ascendía nuevamente las escaleras comprendió que tampoco todas las amenazas de una aldea llevaban una banda ninja en la frente.
Algunas veces bastaban tres días de lluvia, un canal obstruido y demasiados años de documentos esperando en el lugar equivocado.