15-08-2026, 08:11 PM
Última modificación: 15-08-2026, 08:20 PM por Rin to Rei.
![[Imagen: PwLDhoK.jpeg]](https://i.imgur.com/PwLDhoK.jpeg)
27 Verano 150
Restaurante Akai Koi
Zona Comercial de Kirigakure
La convocatoria llegó durante las primeras horas de la tarde, cuando la luz gris de Kirigakure comenzaba a perder fuerza detrás de una capa uniforme de nubes. Rin y Rei se presentaron en el ayuntamiento antes de que el frío nocturno terminara de apoderarse de las calles. Ninguna conocía todavía la naturaleza del encargo, pero el horario indicado y la orden de llevar equipo suficiente sugerían que no se trataba de una tarea administrativa ni de otra misión doméstica.Restaurante Akai Koi
Zona Comercial de Kirigakure
El vestíbulo conservaba su movimiento habitual: funcionarios transportando carpetas, mensajeros entrando con las sandalias húmedas y shinobi que aguardaban frente a distintos mostradores. Sin embargo, el sector de asignaciones estaba menos concurrido que durante la mañana. Las lámparas ya habían sido encendidas y proyectaban sobre las paredes una claridad amarillenta que parecía demasiado cálida para atravesar la humedad adherida al edificio.
Las hermanas se aproximaron al mostrador y entregaron la citación. La funcionaria comprobó sus nombres antes de pedirles que la acompañaran hasta una sala contigua. Allí las esperaba un hombre de uniforme administrativo junto a una mesa sobre la que descansaban un expediente, un mapa parcial de la zona comercial y una fotografía de la fachada de un restaurante. Tres nombres aparecían registrados en la hoja de asignación: Rin, Rei y Funato Kishue.
Kishue todavía no se encontraba allí. Rin reparó en su ausencia sin convertirla en una pregunta. La hora de reunión permitía que recibiera el informe por separado o que se presentara directamente en el establecimiento. Después de dos años compartiendo la Academia y varias experiencias recientes, su participación ya no constituía una incertidumbre absoluta. Conocían su tendencia a tomar la iniciativa, su capacidad para adaptarse y también la facilidad con la que una persecución podía alejarlo del grupo si algo despertaba suficientemente su orgullo.
El funcionario abrió el expediente y giró la primera hoja hacia ellas.
<El propietario de este restaurante solicitó protección después de sufrir varios episodios de extorsión. Un grupo de hombres se presenta durante la noche, exige dinero a cambio de no causar daños y amenaza tanto al dueño como a sus trabajadores. La situación comenzó con intimidaciones verbales, pero ha escalado. En la última visita rompieron parte del mobiliario y golpearon a uno de los empleados>
Rin observó la fotografía. El edificio parecía formar parte de una hilera antigua de establecimientos construidos en madera, con una entrada amplia y faroles suspendidos bajo el alero. No había defensas visibles ni razones para que un restaurante necesitara tenerlas. Precisamente por eso lo habían escogido. Los extorsionadores no buscaban un enfrentamiento justo; buscaban a alguien cuya necesidad de mantener abierto el negocio pesara más que su capacidad para resistirse.
<¿Cuántos son?> preguntó Rin
<El propietario ha visto entre cuatro y seis, aunque no siempre acuden los mismos. Desconocemos si forman parte de un grupo mayor. Ninguno ha mostrado protector shinobi ni utilizado técnicas conocidas, pero no deben asumir que carecen de entrenamiento. Se mueven con suficiente organización para vigilar las calles antes de entrar>
Rei dirigió la mirada hacia el mapa. El restaurante ocupaba una esquina cercana a dos callejones secundarios y a una vía comercial que perdía tránsito después del cierre de los puestos. Existían varias rutas de aproximación y retirada. Los hombres podían mezclarse entre clientes, llegar por el frente o utilizar las cocinas y almacenes vecinos para ocultarse hasta el momento adecuado.
<¿El dueño ha pagado anteriormente?>
El funcionario vaciló apenas antes de responder.
<Sí. Dos veces. La primera cantidad fue pequeña. La segunda aumentó. Cuando se negó a entregar una tercera, dañaron el local y prometieron regresar esta noche. El ayuntamiento quiere capturarlos, identificar a sus colaboradores y dejar claro que amenazar a los habitantes de Kirigakure tendrá consecuencias>
Aquello modificaba la misión. No bastaba con ahuyentarlos ni impedir que rompieran otra mesa. Si los extorsionadores escapaban, volverían cuando el equipo se retirara o escogerían otro negocio con menos recursos para pedir ayuda. Debían permitir que se acercaran lo suficiente para confirmar sus intenciones, cerrar las rutas de retirada y reducirlos sin poner en riesgo a quienes permanecieran dentro del restaurante.
<Entonces no quieren que huyan> concluyó Rin
<Exactamente. Servirán como guardia hasta su llegada. Una vez que se identifiquen y reiteren las amenazas, deberán capturarlos y entregarlos a las autoridades. Se busca una intervención visible. No una ejecución>
Los ojos dorados de Rin permanecieron sobre el funcionario durante un instante. La aclaración no resultaba innecesaria. Kirigakure podía exigir severidad sin confundirla con una matanza. Unos delincuentes comunes debían llegar vivos a una celda para responder preguntas, identificar al resto del grupo y convertirse en el ejemplo solicitado. Muertos solo dejarían silencio y espacio para que otros ocuparan su lugar.
Rei cerró la carpeta después de revisar la información disponible. El encargo favorecía capacidades distintas en cada una. Rin podía sostener la línea frontal y eliminar físicamente las posibilidades de escape. Rei podía observar a los sospechosos, provocar contradicciones y determinar quién dirigía al grupo antes de que el enfrentamiento comenzara. Kishue, cuando llegara, añadiría velocidad, sentidos agudos y una presencia capaz de adaptarse a los movimientos imprevistos.
<Necesitaremos saber cuántos trabajadores permanecerán allí, dónde se refugiarán y qué daños anteriores pueden confundirse con los de esta noche> señaló Rei <El propietario podrá completar lo que falta>
<Los espera antes del anochecer. Ha reducido las reservas y piensa cerrar temprano, aunque mantendrá el restaurante funcionando para no advertir a los extorsionadores. El resto deberán decidirlo con él>
El funcionario les entregó una copia del informe, la dirección y una autorización para trasladar a los detenidos. Rin guardó los documentos mientras Rei memorizaba las calles alrededor del establecimiento. Ninguna pidió más explicaciones. El expediente proporcionaba la estructura; la realidad del lugar determinaría el plan.
Abandonaron el ayuntamiento cuando la tarde se encontraba en su último tramo. La temperatura había descendido y una neblina fina comenzaba a formarse cerca de los canales, extendiéndose sobre las piedras como una tela que todavía no alcanzaba suficiente densidad para ocultar las calles. El aire olía a agua fría, carbón y comida preparada en los establecimientos que iniciaban su servicio nocturno.
Kirigakure cambiaba de rostro a aquella hora. Los puestos diurnos cerraban sus contraventanas mientras las casas de comida encendían lámparas y braseros. Las conversaciones se trasladaban desde las calles hacia espacios interiores, dejando los senderos paulatinamente vacíos. Era una transición conveniente para los extorsionadores: suficientes personas para disimular su llegada, pero no tantas como para garantizar testigos dispuestos a intervenir.
Rin avanzaba ligeramente por delante, estudiando las intersecciones. No esperaba un ataque durante el trayecto, pero comenzaba a construir una imagen del terreno desde mucho antes de alcanzar el objetivo. Contó las rutas principales, los tejados bajos y los callejones capaces de conducir hacia canales navegables. Si los hombres conocían el sector, seguramente habrían preparado más de una vía para marcharse.
Rei observaba detalles diferentes. Algunos comerciantes recogían sus carteles con mayor rapidez de la necesaria y varios dirigían miradas hacia el extremo de la calle donde se encontraba el restaurante. No podía concluir que conocieran la extorsión, pero el miedo rara vez permanecía limitado a la persona que recibía una amenaza. Los vecinos aprendían qué puertas evitar, a qué hora guardar silencio y cuándo fingir que no habían visto nada.
<El propietario no es el único que los espera> comentó Rei mientras cruzaban un pequeño puente
<Pero sí fue el primero en pedir ayuda>
<Eso significa que algunos estarán observando qué ocurre antes de decidir si también hablan>
Rin comprendió la implicación. La intervención debía ser precisa no solo para proteger el restaurante, sino para demostrar que solicitar ayuda no empeoraba la situación. Si convertían el establecimiento en un campo destruido o permitían represalias posteriores, el ejemplo beneficiaría a los extorsionadores. Los aldeanos aprenderían que guardar silencio era más seguro que confiar en la autoridad de Kiri.
La zona comercial se estrechó conforme avanzaron. Los edificios eran más antiguos, unidos por aleros largos y galerías de madera que protegían las entradas de la lluvia. El frío se acumulaba entre las paredes, transportado por una brisa húmeda que movía los extremos de las cortinas. La niebla permanecía baja, suficiente para difuminar los tobillos de los transeúntes y suavizar la luz de los faroles.
Encontraron el restaurante en una esquina donde la calle principal se abría hacia una plaza pequeña. Su fachada estaba construida casi por completo en madera oscura, marcada por años de humedad, humo y reparaciones cuidadosas. Dos columnas sostenían un alero inclinado, bajo el cual colgaban faroles de papel rojo. El color sobrevivía con intensidad dentro del paisaje gris, reflejándose sobre las tablas mojadas como pequeñas brasas suspendidas en la niebla.
Sobre la entrada había un letrero tallado con el nombre del establecimiento: Akai Koi. Una carpa roja recorría la madera desde un extremo hasta el otro, rodeada por ondas ennegrecidas por el tiempo. Las ventanas estaban cubiertas mediante paneles de papel reforzado, y detrás de ellos se movían sombras de trabajadores preparando el servicio. Una cortina corta dividía la entrada; sus bordes mostraban costuras recientes, como si hubiera sido reemplazada después de sufrir algún tirón.
La belleza del local no residía en lujo alguno, sino en el esfuerzo por conservarlo. Cada sección dañada había sido reparada con una madera ligeramente distinta. Una de las columnas presentaba una hendidura profunda cerca de la base. Había marcas sobre el marco de una ventana y una tabla nueva donde probablemente antes existió otra quebrada. El dueño no había permitido que la violencia definiera la fachada, pero tampoco podía borrar por completo sus rastros.
Rin se detuvo antes de entrar y contempló el espacio inmediato. La calle permitía aproximarse desde el norte o el sur. Un callejón bordeaba el costado derecho del edificio y, a la izquierda, una separación más estrecha comunicaba con las cocinas de otros negocios. El tejado podía alcanzarse desde una pila de barriles situada detrás de un almacén vecino. Había demasiadas rutas para vigilar desde un solo punto, aunque tres shinobi podían convertirlas en una red más limitada.
Rei prestó atención a los faroles. Eran una fuente de iluminación y también una forma de anunciar que el restaurante funcionaba con normalidad. Si el propietario los apagaba antes de la hora habitual, los extorsionadores podían sospechar. Si permanecían encendidos, proyectarían las siluetas de quienes estuvieran cerca de las ventanas. El interior debía organizarse sin alterar aquello que alguien habituado a vigilar el local esperaría encontrar.
<El callejón derecho conduce detrás de la cocina> señaló Rin <Si entran por allí, pueden alcanzar al personal antes de que los veamos desde el salón>
<Y si lo cerramos, sabrán que alguien los espera> respondió Rei <Primero escucharemos al dueño. Después decidiremos qué salida les permitiremos creer que conservan>
Rin aceptó mediante una inclinación mínima. Una trampa funcionaba mejor cuando el objetivo podía ver una puerta abierta.
Las hermanas cruzaron la entrada. Una campanilla pequeña anunció su llegada con un sonido claro. El interior estaba más cálido que la calle y olía a caldo de pescado, arroz recién cocido, madera tostada y especias. Varias mesas bajas ocupaban el salón, separadas por biombos que ofrecían intimidad sin bloquear por completo la visión. En el fondo, una barra permitía observar parte de la cocina.
Había pocos clientes. Una pareja mayor cenaba cerca de una ventana y un hombre solitario sostenía un cuenco con ambas manos. Los trabajadores se movían con rapidez, pero hablaban poco. Cada vez que la campanilla de la entrada sonaba por efecto del viento, alguien levantaba la cabeza. La vigilancia involuntaria confirmaba que la amenaza ya había alterado el funcionamiento del lugar.
Un hombre salió desde detrás de la barra al reconocerlas como shinobi. Rondaba los cincuenta años, de constitución ancha y hombros endurecidos por décadas cargando cajas, ollas y sacos de arroz. Llevaba un delantal oscuro sobre una túnica sencilla, con las mangas recogidas hasta los codos. Su cabello entrecano estaba atado sobre la nuca y una pequeña quemadura antigua marcaba su antebrazo derecho.
Su rostro tenía la cordialidad aprendida de quien había recibido clientes durante gran parte de su vida, pero el cansancio había endurecido el contorno de sus ojos. Una venda estrecha cubría dos dedos de la mano izquierda. No parecía una herida grave, aunque encajaba con alguien que había intentado retirar personalmente los restos de una mesa o una ventana rota.
<Ustedes deben ser las kunoichi enviadas por el ayuntamiento. Soy Tadayoshi, propietario del Akai Koi. Gracias por venir>
Rei respondió con una inclinación cortés. Rin se limitó a observar el salón, las puertas y las posiciones del personal. Tadayoshi notó aquella inspección y pareció encontrar en ella una forma de tranquilidad. No necesitaba que las muchachas fingieran ser clientes comunes; necesitaba reconocer que alguien estaba midiendo seriamente aquello que él llevaba semanas temiendo.
<Somos Rin y Rei> se presentó Rei <Un tercer compañero, Kishue, también está asignado a la misión. El ayuntamiento nos resumió las amenazas, pero necesitamos escucharlas de usted. Cuéntenos cómo comenzó, quiénes entran y qué hacen desde el momento en que llegan>
Tadayoshi miró hacia los clientes antes de señalar una puerta junto a la barra.
<Hablemos en la cocina. No quiero que quienes todavía vienen a cenar tengan que escuchar esto otra vez>
Las condujo hacia un espacio donde el vapor cubría parcialmente las lámparas. Dos cocineros preparaban los alimentos con movimientos contenidos y una joven ordenaba platos sobre una mesa. Tadayoshi les indicó que continuaran y llevó a las hermanas hasta una pequeña oficina separada mediante un panel corredizo. Dentro había registros de compras, una caja cerrada y un escritorio reparado en una esquina.
El propietario permaneció de pie. Parecía incapaz de sentarse mientras hablaba del problema.
<Vinieron por primera vez hace tres semanas. Eran cuatro. Comieron, esperaron hasta que quedaran pocos clientes y después dijeron que el barrio se estaba volviendo peligroso. Ofrecieron proteger el restaurante a cambio de una contribución. Sabía lo que significaba, pero aquella noche no rompieron nada. Les entregué dinero para que se marcharan>
Rin no juzgó la decisión. Cuatro hombres dentro de un establecimiento lleno de civiles convertían cualquier resistencia en una apuesta cuyo precio pagarían otros. El primer pago no demostraba cobardía, sino que el propietario había comprado tiempo sin saber todavía si la aldea respondería.
<Regresaron una semana después> continuó Tadayoshi <Esta vez eran seis y pidieron el doble. Dijeron que la protección debía aumentar porque el restaurante tenía más clientes. Pagué nuevamente. Después fui a hablar con otros comerciantes y descubrí que no somos los únicos. Algunos entregan comida, otros dinero. Nadie quería denunciar porque ellos prometen volver con más hombres si alguien intenta detenerlos>
<¿Cómo supieron que habló con los demás?> preguntó Rei
<No lo sé. Tal vez nos vigilan. Tal vez uno de los comerciantes les informa. La tercera vez mencionaron nombres. El de mi cocinero, el de la muchacha que sirve las mesas y el de mi hijo, que vive en otro distrito. Entonces entendí que pagar nunca terminaría>
La información confirmó la sospecha de Rei: el grupo no se limitaba a entrar y recoger monedas. Observaba rutinas, reunía datos y utilizaba vínculos personales para ampliar el miedo más allá del restaurante. La violencia visible era apenas la superficie. El verdadero control nacía de convencer a cada víctima de que cualquier intento de resistencia pondría a otra persona en peligro.
<Me negué a darles más> prosiguió Tadayoshi <Uno volcó una mesa. Otro rompió la ventana con una botella. Mi empleado intentó detenerlos y recibió un golpe en las costillas. Antes de marcharse, el que parecía dirigirlos dijo que volverían esta noche para cobrar todo lo atrasado y una cantidad adicional por la falta de respeto>
<¿Cómo reconoce al líder?>
<Es alto, de cabello rapado en los lados. Tiene una cicatriz que le baja desde la oreja hasta la mandíbula. No es quien más grita. Los otros lo miran antes de hacer cualquier cosa. Lleva un abrigo oscuro con cierres de metal y siempre mantiene una mano dentro del bolsillo>
Rin memorizó la descripción. Quien no necesitaba levantar la voz para controlar al grupo era probablemente el objetivo central. Si lo reducían primero, podían fracturar la coordinación de los demás; si lo atacaban demasiado pronto, los subordinados se dispersarían. Debían cerrar el terreno antes de mostrar su intención.
<¿Llegan juntos?>
<No siempre. Dos suelen entrar primero y pedir comida. Los demás aparecen después, normalmente desde el callejón junto a la cocina. Creo que uno permanece fuera vigilando. Nunca vienen exactamente a la misma hora, pero siempre esperan a que oscurezca y a que disminuyan los clientes. Esta noche les dije a mis trabajadores que cerraríamos temprano, aunque nadie quiere marcharse y dejarme solo>
Tadayoshi miró hacia el panel que separaba la oficina de la cocina. Las siluetas de sus empleados continuaban moviéndose al otro lado. El miedo no los había expulsado, pero tampoco podía exigírseles que permanecieran cerca cuando comenzara el enfrentamiento.
<No quiero que maten a nadie dentro de mi restaurante> añadió <Ni a mis trabajadores ni a ellos, si puede evitarse. Solo quiero que se los lleven y que esto termine. Quiero abrir mañana sin preguntarme cuánto costará que me permitan conservar lo que ya es mío>
Rei sostuvo la mirada del propietario. No prometió que nada se rompería ni que la captura resultaría limpia. Aquellas garantías dependerían de hombres que todavía no estaban presentes y de decisiones que tomarían al descubrir la trampa. Podía prometer únicamente aquello bajo su control.
<Los trabajadores no permanecerán expuestos cuando lleguen> respondió <Nosotras prepararemos el lugar, identificaremos a quienes participen y cerraremos sus rutas antes de intervenir. Si cooperan, saldrán caminando. Si se resisten, saldrán inmovilizados>
Rin dejó que el silencio posterior terminara de dar peso a las palabras. Su mirada recorrió la oficina, la puerta hacia la cocina y la pared que comunicaba con el callejón. Afuera, la neblina seguiría espesándose y los faroles rojos continuarían encendidos, ofreciendo a los extorsionadores la imagen de otro negocio obligado a esperarlos.
<Esta noche vendrán a cobrar> dijo finalmente <Pero no se marcharán con nada>
Tadayoshi respiró con una profundidad que parecía haber evitado durante semanas. Después abrió el panel y se dispuso a mostrarles cada entrada, cada almacén y cada espacio desde el que los hombres acostumbraban amenazar a su personal.
La noche todavía no había caído por completo.
El Akai Koi tenía tiempo para prepararse.
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