05-08-2026, 01:56 PM
La madrugada había dejado a Kirigakure envuelta en una niebla tan espesa que las casas parecían islas dormidas en un mar sin orillas. En una vivienda modesta, junto a uno de las calles interiores, Rin abrió los ojos antes de que sonara el pequeño reloj colocado sobre la repisa. Permaneció inmóvil unos segundos, escuchando el goteo regular, el crujido de la madera húmeda y la respiración tranquila de Rei al otro lado de la habitación. Luego apartó las mantas con la severidad de quien rompe un juramento y se puso en pie.
<Despierta> dijo, todavía con la voz áspera del sueño. <Si llegamos tarde el primer día, nos recordarán por eso>
Rei no se movió.
<También podrían recordarnos por ser misteriosas>
<Nos recordarán por recibir un castigo>
<Menos poético, pero probablemente cierto>
Rin abrió las persianas y una lengua de aire frío entró en la habitación, recorriendo el suelo como un animal invisible. La luz apenas había nacido; era una claridad gris, tímida, todavía indecisa entre la noche y la mañana. Rei se incorporó despacio, con el cabello oscuro desordenado alrededor del rostro y una expresión de ofensa silenciosa dirigida al mundo entero. Rin ya doblaba sus mantas con precisión militar. Ambas compartían la habitación, pero no el mismo modo de habitarla: el lado de Rin estaba limpio, recto y casi vacío; el de Rei guardaba horquillas, papeles con anotaciones y pequeños objetos colocados en un orden que solo ella comprendía.
<Tu uniforme está debajo de ese libro> dijo Rin.
<Lo sabía>
<Llevas buscándolo con la mirada desde que despertaste>
<Estaba comprobando que seguía ahí>
Se vistieron en silencio durante unos minutos. El uniforme era sencillo, demasiado común para el gusto de Rin y demasiado rígido para el de Rei, pero ambas lo ajustaron a su manera. Rin apretó las vendas de sus antebrazos hasta sentir que cada músculo quedaba despierto bajo la tela. Rei recogió parte de su cabello y dejó el resto caer por su espalda como una corriente negra, asegurándolo con una pequeña pieza metálica que había pertenecido a su madre. Sobre la mesa descansaban dos tramos cortos de cadena de entrenamiento, armas aún sin filo ni peso suficiente para una misión real. Rin tomó el suyo de inmediato. Rei lo observó antes de guardarlo bajo la ropa.
<No creo que nos permitan usarlas hoy> murmuró.
<No importa>
<¿Entonces por qué llevarlas?>
Rin ajustó el cinturón.
<Porque son nuestras>
La cocina conservaba el calor débil de las brasas de la noche anterior. Rin avivó el fuego mientras Rei llenaba una olla con agua y arroz. Prepararon un desayuno modesto: arroz caliente, pescado seco, sopa clara y unas verduras encurtidas cuyo sabor despertaba con más eficacia que cualquier instructor. Rin cocinaba como combatía, con movimientos firmes, económicos y sin tolerancia para el desorden. Rei, en cambio, probaba el caldo, añadía una pizca de sal y corregía pequeños detalles hasta que la comida parecía menos una obligación y más un refugio. Comieron frente a frente, mientras la niebla empañaba los cristales.
<¿Estás nerviosa?> preguntó Rei.
<No>
<Has comprobado tres veces tu equipo>
<Eso se llama estar preparada>
<Entonces estás nerviosa de una forma muy preparada>
Rin la miró durante un instante y, aunque su rostro no cambió, Rei supo que había logrado hacerla sonreír por dentro.
Salieron cuando el cielo comenzaba a aclararse sobre los tejados. Kirigakure despertaba lentamente a su alrededor: pescadores empujando carros húmedos, comerciantes levantando cortinas de metal, shinobis cruzando los puentes sin dejar más huella que un leve movimiento de la bruma. Las hermanas caminaron juntas por las calles de piedra y el paso acompasado. Rin avanzaba ligeramente por delante, abriendo camino entre la gente; Rei observaba escaparates, puertas entreabiertas y rostros desconocidos. La Academia se levantaba en el horizonte, un edificio prominente rodeado por patios de entrenamiento. Desde lejos parecía una fortaleza que hubiera aprendido a guardar soldados en lugar de niños.
<Es más grande de lo que imaginaba> dijo Rei.
<Solo es un edificio>
<Los edificios también pueden intimidar>
<Entonces no lo mires como un edificio>
<¿Como qué?>
<Como algo que tendremos que conquistar>
El vestíbulo estaba lleno de voces, pasos y miradas que chocaban entre sí como gotas bajo una tormenta. Había alumnos acompañados por sus familias, otros que fingían no necesitar a nadie y algunos que ya buscaban rivales antes de conocer siquiera el nombre de sus profesores. Rin y Rei entraron sin detenerse, aunque ambas sintieron el peso de tantas presencias nuevas. Varias miradas se posaron sobre ellas, primero por su parecido, luego por la manera distinta en que llevaban el silencio. Rin devolvía cada observación con una frialdad que parecía preguntar si alguien deseaba convertir la curiosidad en problema. Rei sonreía apenas, lo suficiente para que nadie supiera si era amable o si ya había memorizado sus debilidades. Un instructor leyó sus nombres en una lista.
<Rin. Rei. Aula tres>
<Nos han puesto juntas> dijo Rei.
<Era lo lógico>
<No siempre hacen lo lógico>
<Entonces hoy han tenido suerte>
Se sentaron cerca de una ventana desde la que podía verse el patio cubierto por la niebla. El instructor era un hombre de rostro anguloso y voz grave, con una cicatriz que le cruzaba la barbilla. Comenzó hablando de disciplina, del deber de un shinobi y de la diferencia entre fuerza y utilidad. Después pasó a una lección básica sobre chakra, explicando cómo circulaba por el cuerpo y cómo la concentración podía dirigirlo. Rin escuchaba inmóvil, con los brazos cruzados, absorbiendo cada palabra como si fueran instrucciones antes de una batalla. Rei tomaba notas pequeñas y ordenadas, añadiendo observaciones en los márgenes.
<El chakra no responde a la ansiedad> dijo el instructor <Responde al control>
Rei inclinó la cabeza hacia su hermana.
<Eso parece escrito para ti>
<Y la parte sobre concentración para ti>
<Estoy concentrada>
<Has dibujado una carpa en la esquina>
<Es una carpa muy atenta>
Después de la teoría llegó la primera práctica. Los alumnos fueron llevados al patio y organizados en filas. El suelo estaba mojado y la neblina flotaba alrededor de sus piernas, convirtiéndolos en figuras incompletas. Les enseñaron posturas básicas, desplazamientos y formas de caer sin lesionarse. Rin destacó de inmediato: su equilibrio era sólido, sus movimientos secos y directos, y cada vez que golpeaba el aire parecía esperar que algo real se quebrara frente a ella. Rei no tenía la misma fuerza, pero se movía con una ligereza difícil de seguir. Corregía su posición antes de que el instructor terminara de señalar el error y aprendía observando a los demás tanto como practicando. Durante un ejercicio por parejas, Rin intentó barrerle las piernas. Rei giró, evitó el movimiento y quedó detrás de ella.
<Te vi venir> susurró.
Rin se volvió.
<Entonces la próxima vez no me verás>
El instructor las separó antes de que convirtieran la práctica en una disputa familiar.
Cuando anunciaron el recreo, el aula se vació con la rapidez de una presa al romperse. Los alumnos corrieron hacia el patio, sacaron comida o comenzaron a formar pequeños grupos en los corredores. Rin y Rei se instalaron bajo el alero de madera, donde podían observar sin quedar en medio del bullicio. Compartieron una pequeña caja con bolas de arroz que habían preparado antes de salir. La niebla comenzaba a elevarse y, por primera vez, el sol trazó una línea pálida sobre los tejados de Kirigakure.
<No ha sido tan terrible> dijo Rei.
<Todavía no ha terminado el día>
<Eso no contradice lo que dije>
Rin miró a los estudiantes que entrenaban, discutían y se medían a distancia.
<Tendremos que mejorar rápido>
Rei siguió su mirada, tranquila.
<Lo haremos. Tú derrotarás a todos>
<¿Y tú?>
Rei tomó otra bola de arroz y sonrió.
<Yo me aseguraré que lo logres>
<Despierta> dijo, todavía con la voz áspera del sueño. <Si llegamos tarde el primer día, nos recordarán por eso>
Rei no se movió.
<También podrían recordarnos por ser misteriosas>
<Nos recordarán por recibir un castigo>
<Menos poético, pero probablemente cierto>
Rin abrió las persianas y una lengua de aire frío entró en la habitación, recorriendo el suelo como un animal invisible. La luz apenas había nacido; era una claridad gris, tímida, todavía indecisa entre la noche y la mañana. Rei se incorporó despacio, con el cabello oscuro desordenado alrededor del rostro y una expresión de ofensa silenciosa dirigida al mundo entero. Rin ya doblaba sus mantas con precisión militar. Ambas compartían la habitación, pero no el mismo modo de habitarla: el lado de Rin estaba limpio, recto y casi vacío; el de Rei guardaba horquillas, papeles con anotaciones y pequeños objetos colocados en un orden que solo ella comprendía.
<Tu uniforme está debajo de ese libro> dijo Rin.
<Lo sabía>
<Llevas buscándolo con la mirada desde que despertaste>
<Estaba comprobando que seguía ahí>
Se vistieron en silencio durante unos minutos. El uniforme era sencillo, demasiado común para el gusto de Rin y demasiado rígido para el de Rei, pero ambas lo ajustaron a su manera. Rin apretó las vendas de sus antebrazos hasta sentir que cada músculo quedaba despierto bajo la tela. Rei recogió parte de su cabello y dejó el resto caer por su espalda como una corriente negra, asegurándolo con una pequeña pieza metálica que había pertenecido a su madre. Sobre la mesa descansaban dos tramos cortos de cadena de entrenamiento, armas aún sin filo ni peso suficiente para una misión real. Rin tomó el suyo de inmediato. Rei lo observó antes de guardarlo bajo la ropa.
<No creo que nos permitan usarlas hoy> murmuró.
<No importa>
<¿Entonces por qué llevarlas?>
Rin ajustó el cinturón.
<Porque son nuestras>
La cocina conservaba el calor débil de las brasas de la noche anterior. Rin avivó el fuego mientras Rei llenaba una olla con agua y arroz. Prepararon un desayuno modesto: arroz caliente, pescado seco, sopa clara y unas verduras encurtidas cuyo sabor despertaba con más eficacia que cualquier instructor. Rin cocinaba como combatía, con movimientos firmes, económicos y sin tolerancia para el desorden. Rei, en cambio, probaba el caldo, añadía una pizca de sal y corregía pequeños detalles hasta que la comida parecía menos una obligación y más un refugio. Comieron frente a frente, mientras la niebla empañaba los cristales.
<¿Estás nerviosa?> preguntó Rei.
<No>
<Has comprobado tres veces tu equipo>
<Eso se llama estar preparada>
<Entonces estás nerviosa de una forma muy preparada>
Rin la miró durante un instante y, aunque su rostro no cambió, Rei supo que había logrado hacerla sonreír por dentro.
Salieron cuando el cielo comenzaba a aclararse sobre los tejados. Kirigakure despertaba lentamente a su alrededor: pescadores empujando carros húmedos, comerciantes levantando cortinas de metal, shinobis cruzando los puentes sin dejar más huella que un leve movimiento de la bruma. Las hermanas caminaron juntas por las calles de piedra y el paso acompasado. Rin avanzaba ligeramente por delante, abriendo camino entre la gente; Rei observaba escaparates, puertas entreabiertas y rostros desconocidos. La Academia se levantaba en el horizonte, un edificio prominente rodeado por patios de entrenamiento. Desde lejos parecía una fortaleza que hubiera aprendido a guardar soldados en lugar de niños.
<Es más grande de lo que imaginaba> dijo Rei.
<Solo es un edificio>
<Los edificios también pueden intimidar>
<Entonces no lo mires como un edificio>
<¿Como qué?>
<Como algo que tendremos que conquistar>
El vestíbulo estaba lleno de voces, pasos y miradas que chocaban entre sí como gotas bajo una tormenta. Había alumnos acompañados por sus familias, otros que fingían no necesitar a nadie y algunos que ya buscaban rivales antes de conocer siquiera el nombre de sus profesores. Rin y Rei entraron sin detenerse, aunque ambas sintieron el peso de tantas presencias nuevas. Varias miradas se posaron sobre ellas, primero por su parecido, luego por la manera distinta en que llevaban el silencio. Rin devolvía cada observación con una frialdad que parecía preguntar si alguien deseaba convertir la curiosidad en problema. Rei sonreía apenas, lo suficiente para que nadie supiera si era amable o si ya había memorizado sus debilidades. Un instructor leyó sus nombres en una lista.
<Rin. Rei. Aula tres>
<Nos han puesto juntas> dijo Rei.
<Era lo lógico>
<No siempre hacen lo lógico>
<Entonces hoy han tenido suerte>
Se sentaron cerca de una ventana desde la que podía verse el patio cubierto por la niebla. El instructor era un hombre de rostro anguloso y voz grave, con una cicatriz que le cruzaba la barbilla. Comenzó hablando de disciplina, del deber de un shinobi y de la diferencia entre fuerza y utilidad. Después pasó a una lección básica sobre chakra, explicando cómo circulaba por el cuerpo y cómo la concentración podía dirigirlo. Rin escuchaba inmóvil, con los brazos cruzados, absorbiendo cada palabra como si fueran instrucciones antes de una batalla. Rei tomaba notas pequeñas y ordenadas, añadiendo observaciones en los márgenes.
<El chakra no responde a la ansiedad> dijo el instructor <Responde al control>
Rei inclinó la cabeza hacia su hermana.
<Eso parece escrito para ti>
<Y la parte sobre concentración para ti>
<Estoy concentrada>
<Has dibujado una carpa en la esquina>
<Es una carpa muy atenta>
Después de la teoría llegó la primera práctica. Los alumnos fueron llevados al patio y organizados en filas. El suelo estaba mojado y la neblina flotaba alrededor de sus piernas, convirtiéndolos en figuras incompletas. Les enseñaron posturas básicas, desplazamientos y formas de caer sin lesionarse. Rin destacó de inmediato: su equilibrio era sólido, sus movimientos secos y directos, y cada vez que golpeaba el aire parecía esperar que algo real se quebrara frente a ella. Rei no tenía la misma fuerza, pero se movía con una ligereza difícil de seguir. Corregía su posición antes de que el instructor terminara de señalar el error y aprendía observando a los demás tanto como practicando. Durante un ejercicio por parejas, Rin intentó barrerle las piernas. Rei giró, evitó el movimiento y quedó detrás de ella.
<Te vi venir> susurró.
Rin se volvió.
<Entonces la próxima vez no me verás>
El instructor las separó antes de que convirtieran la práctica en una disputa familiar.
Cuando anunciaron el recreo, el aula se vació con la rapidez de una presa al romperse. Los alumnos corrieron hacia el patio, sacaron comida o comenzaron a formar pequeños grupos en los corredores. Rin y Rei se instalaron bajo el alero de madera, donde podían observar sin quedar en medio del bullicio. Compartieron una pequeña caja con bolas de arroz que habían preparado antes de salir. La niebla comenzaba a elevarse y, por primera vez, el sol trazó una línea pálida sobre los tejados de Kirigakure.
<No ha sido tan terrible> dijo Rei.
<Todavía no ha terminado el día>
<Eso no contradice lo que dije>
Rin miró a los estudiantes que entrenaban, discutían y se medían a distancia.
<Tendremos que mejorar rápido>
Rei siguió su mirada, tranquila.
<Lo haremos. Tú derrotarás a todos>
<¿Y tú?>
Rei tomó otra bola de arroz y sonrió.
<Yo me aseguraré que lo logres>
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