![[Imagen: IMG-1680.jpg]](https://i.ibb.co/209N4jQz/IMG-1680.jpg)
El punto de reunión no estaba en ninguna plaza importante ni frente a las grandes puertas de Kirigakure. Habían escogido uno de los viejos depósitos que bordeaban el camino costero, un edificio de madera castigada por la humedad que durante años había servido para guardar redes, sal y barriles antes de que buena parte de la actividad comercial se trasladara hacia el puerto. A esa hora de la mañana todavía quedaba suficiente niebla prendida de los tejados como para ocultar parcialmente el lugar desde el camino principal. Afuera esperaban tres carruajes y un pequeño grupo de personas que, visto desde lejos, no tenía absolutamente nada de extraordinario.
Los tres vehículos tampoco eran idénticos. El primero parecía haber recorrido media costa antes de llegar hasta allí; la madera presentaba reparaciones de distintas tonalidades y una de las ruedas tenía el borde reforzado con una placa de hierro que chirriaba cada vez que el caballo cambiaba de posición. El segundo era más ancho y estaba cargado con cajas sujetas mediante cuerdas gruesas, sacos de grano, herramientas y un par de barriles pequeños. El tercero resultaba bastante más modesto, cubierto por una lona verde descolorida por la humedad y el salitre.
Un hombre de barba corta y cabello entrecano esperaba junto al primero con una tablilla debajo del brazo. No llevaba protector ninja ni arma visible. Vestía una chaqueta marrón bastante sencilla para alguien que parecía haber decidido que absolutamente todo cuanto ocurría alrededor de aquellos carros era asunto suyo. En ese momento observaba cómo uno de los mozos terminaba de acomodar un barril en la parte posterior del segundo vehículo.
-Ese barril va en el segundo. Si vuelven a ponerlo detrás terminará rodando encima de alguien en la primera pendiente. - Tadayoshi Mura
-Lleva dos días ahí y no se ha movido. -Mozo de carga
-Entonces lleva dos días esperando el momento adecuado para matarte. -Tadayoshi Mura
El muchacho miró primero el barril y después al comerciante. Pareció considerar durante un instante la posibilidad de continuar discutiendo, pero finalmente decidió que enfrentarse a un recipiente con aparentes intenciones homicidas no formaba parte de su salario y comenzó a moverlo. Tadayoshi soltó un bufido satisfecho, tachó algo de su tablilla y solo entonces prestó verdadera atención a Naoto.
Aquel era Tadayoshi Mura, comerciante de pescado seco desde hacía casi treinta años, propietario de dos de los carruajes y uno de los pocos hombres de la zona que había aceptado participar voluntariamente en aquella operación. No porque tuviera una vocación heroica especialmente desarrollada. Las desapariciones estaban comenzando a espantar comerciantes, encarecer transportes y obligar a utilizar rutas considerablemente más largas. Tadayoshi parecía ser de esos hombres capaces de soportar fantasmas, bandidos y amenazas mientras ninguna de las tres cosas empezara a costarle dinero.
-Supongo que tú eres el que faltaba.- Tadayoshi Mura
No utilizó nombres. Eso también había sido acordado. Para cualquier observador externo, aquella debía parecer una caravana ordinaria acompañada por algunos guardias contratados. Naoto no había sido anunciado como responsable de la operación y el comerciante tenía instrucciones bastante claras de mantener aquello de esa manera. Tadayoshi metió una mano dentro de su chaqueta, sacó un pequeño papel doblado varias veces y se lo ofreció.
-Me dijeron que si llegabas debía enseñarte esto y después dejarte hacer tu trabajo. La segunda parte pienso cumplirla con muchísimo entusiasmo. - Tadayoshi Mura
No era otro informe completo, sino una recopilación apresurada de observaciones obtenidas después de revisar los incidentes anteriores. Los carruajes encontrados tras las desapariciones no habían sido saqueados. En dos ocasiones aparecieron bolsas de dinero todavía dentro de los vehículos. Las mercancías permanecían prácticamente intactas y los caballos de una de las caravanas habían sido localizados horas después vagando por el camino con parte del arnés todavía colocado. Otro animal apareció junto al propio carruaje sin heridas importantes. Nada de aquello parecía compatible con simples salteadores de caminos.
Había otra coincidencia. Tres de los incidentes se habían producido dentro de una franja de menos de ochocientos metros. Cerca de los lugares donde aparecieron los vehículos se encontraron pequeñas incisiones verticales sobre algunos árboles. Eran demasiado simples para reconocerlas como algún símbolo concreto y durante la primera inspección fueron descartadas como marcas antiguas o señales dejadas por viajeros. Sin embargo, aparecieron nuevamente en el segundo incidente y después en el tercero. Al final del papel alguien había añadido una última observación. "los carros parecían haber sido separados entre sí antes de quedar abandonados." Investigador
Aquella última parte no figuraba en los informes generales de la misión. Era precisamente la clase de información que había terminado llegando anticipadamente hasta Naoto. No resolvía el misterio, pero permitía descartar una posibilidad bastante evidente, quien estuviese interceptando aquellas caravanas no parecía demasiado interesado en lo que transportaban. El valor estaba en otra parte.
Tadayoshi esperó a que Naoto terminara de revisar el papel antes de guardar nuevamente la tablilla bajo el brazo.
-No sé qué esperan encontrar ahí dentro. Pero llevo veinte años usando ese camino y jamás escuché voces saliendo de la niebla hasta hace unas semanas. -Tadayoshi Mura
-Yo sí. -Chiyo Aramaki
La interrupción llegó desde el segundo carruaje. Una mujer de poco más de cuarenta años estaba sentada sobre uno de sus laterales, con el cabello recogido debajo de un pañuelo gris y dos cestas cubiertas por tela descansando entre sus pies. Tadayoshi cerró los ojos durante un segundo, como si conociera perfectamente el rumbo que tomaría aquella conversación.
-Chiyo... -Tadayoshi Mura
-¿Qué? Las escuché. -Chiyo Aramaki
Chiyo Aramaki era recolectora de plantas medicinales de uno de los pequeños poblados costeros. Había recorrido aquel camino durante años y aceptado formar parte de la caravana porque necesitaba regresar a su aldea de todas formas. Según la lista de pasajeros viajaba sola y, a diferencia de algunos de los otros presentes, parecía bastante menos impresionada por la fama que había adquirido aquella carretera.
-Hace nueve días. No iba por el camino, estaba recogiendo cerca de los acantilados. Escuché a una mujer llamar a alguien. -Chiyo Aramaki
-Eso no estaba en el informe. -Tadayoshi Mura
-Porque nadie me preguntó. -Chiyo Aramaki
Tadayoshi se llevó dos dedos al entrecejo antes de mirarla nuevamente.
-¿Qué dijo? -Tadayoshi Mura
-Un nombre. Haru, creo. Quizá Haruto. Lo repitió tres veces. Después escuché una campanilla. -Chiyo Aramaki
-¿Y fuiste a mirar? Tadayoshi Mura
Chiyo lo observó durante unos segundos con una expresión que consiguió convertir la pregunta en algo considerablemente más estúpido de lo que probablemente había pretendido.
-Tengo cuarenta y tres años, Tadayoshi. No cuatro. -Chiyo Aramaki
Una carcajada llegó desde el tercer carruaje. Su conductor, un hombre ancho de hombros y bigote irregular, levantó una mano cuando Tadayoshi giró hacia él. Goro parecía haberse divertido bastante más de lo conveniente con la respuesta, aunque tuvo la prudencia de volver rápidamente a ocuparse de las riendas.
No todos estaban igual de relajados. Junto al primer carruaje esperaba Renji Sazanami, responsable de los cuatro guardias contratados para acompañar la columna. Era alto, bastante delgado, con una naginata corta apoyada sobre el hombro y una cicatriz que ascendía desde la mandíbula hasta casi desaparecer detrás de la oreja. No era shinobi. Había trabajado durante años protegiendo embarcaciones mercantes y tenía la incómoda costumbre de mirar constantemente hacia lugares donde nadie más estaba mirando.
Los otros tres guardias eran más jóvenes. Isao hablaba poco y llevaba varios minutos comprobando que su espada pudiera abandonar la funda sin engancharse. Kenta, de cabello negro cortado demasiado corto, había sido asignado a la retaguardia. Mizuki, la única mujer del grupo, cargaba un arco ligera sobre la espalda y observaba la niebla con una expresión que dejaba bastante claro que preferiría enfrentarse a algo que pudiera ver.
Renji dejó finalmente su posición junto al carro y se acercó a Naoto. No había desafío en su forma de hablar. Solamente la necesidad bastante razonable de saber qué se esperaba de cuatro personas normales si aquello terminaba convirtiéndose en un enfrentamiento entre shinobi.
-Nosotros no somos ninjas. Si las cosas se complican, necesito saber qué espera que hagamos. Puedo dejar dos delante y dos detrás como hacemos normalmente, o repartirlos entre los carros. Los conductores conocen el camino. Mientras nadie obligue a los caballos a detenerse, deberían mantener la marcha. Renji Sazanami
La formación preparada inicialmente era sencilla. Renji e Isao marcharían en vanguardia. Veinte metros detrás viajaría el primer carruaje, conducido por Saburō y ocupado por tres pasajeros. Diez metros más atrás estaría el segundo, conducido por Tadayoshi, cargado principalmente con mercancías aunque transportando también a Chiyo y otro viajero. Otros diez metros separarían aquel vehículo del tercero, donde viajaban dos pasajeros bajo la conducción de Goro. Finalmente, Kenta y Mizuki cerrarían la marcha aproximadamente veinte metros detrás.
Nada de aquello era obligatorio. Naoto podía modificar la formación, redistribuir a los guardias, alterar las distancias o preparar cualquier otra medida antes de entrar en la zona de las desapariciones. Tadayoshi aparentemente estaba decidido a dejar bien clara esa responsabilidad antes de ponerse nuevamente al frente de su carruaje.
-Hasta el tramo de las desapariciones puedo conducir esto como cualquier otro viaje. Cuando lleguemos allí, la organización será cosa tuya. Si sale bien, diré que fue gracias a tus órdenes. Si sale mal, probablemente también. -Tadayoshi Mura
La caravana no tardó demasiado en ponerse en marcha. Durante los primeros kilómetros no ocurrió absolutamente nada que justificara la tensión con la que algunos habían comenzado el recorrido. El bosque se abría ocasionalmente para dejar ver fragmentos de la costa, pequeños arroyos atravesaban el camino y las ruedas se hundían apenas unos centímetros en la tierra húmeda. Chiyo pasó una buena parte del trayecto intentando convencer a Tadayoshi de comprarle una cesta de plantas que él aseguraba no necesitar. Goro canturreó durante casi media hora. Isao, después de mantener silencio durante buena parte del viaje, terminó atrapado en una discusión con Renji acerca del tamaño de un tiburón que ambos juraban haber visto años atrás.
Después el bosque comenzó a cerrarse. No ocurrió de golpe. Primero desapareció la vista hacia la costa. Luego los árboles fueron acercándose progresivamente al camino y la niebla, que hasta entonces permanecía baja entre raíces y arbustos, comenzó a ocupar también los espacios entre los troncos. Las conversaciones fueron desapareciendo por sí mismas. Goro dejó de cantar. Chiyo cubrió completamente sus cestas. Mizuki llevó una mano hacia la empuñadura de su arco sin llegar todavía a descolgarlo.
Unos minutos después, Renji levantó una mano y la caravana entera fue deteniéndose poco a poco. Delante había dos pilares de piedra. Uno estaba quebrado cerca de la parte superior y ambos se encontraban cubiertos de musgo hasta casi la mitad. Entre ellos no quedaban puertas, cadenas ni restos suficientes para saber exactamente qué había existido allí. Solamente marcaban el punto donde, décadas atrás, algún pequeño puesto de control había vigilado el tránsito de aquella carretera.
-Es aquí. -Renji Sazanami
Tadayoshi descendió del segundo carruaje. El cambio en su comportamiento fue pequeño, pero evidente. Ya no parecía el mismo hombre que unos kilómetros atrás discutía con un muchacho acerca de las intenciones homicidas de un barril. Miró los pilares y después el camino que desaparecía lentamente dentro del gris.
-El primer carro apareció a unos seiscientos treinta metros después de esos postes. -Tadayoshi Mura
Chiyo dejó las cestas a un lado. Mizuki terminó por quitarse el arco de la espalda. Isao comprobó una vez más su espada y Renji permaneció delante de la columna observando el bosque. Más allá de aquellos pilares no había nada particularmente distinto. El mismo camino. Los mismos árboles. La misma niebla. Sin embargo, nadie volvió a conversar. Tampoco se escuchaban campanillas, silbidos ni voces. Solo el resoplido ocasional de los caballos y el pequeño crujido de la madera cuando alguno de ellos movía el peso de un lado al otro.
Tadayoshi permaneció unos segundos mirando hacia delante antes de volverse hacia Naoto.
-Bueno... desde aquí, mandas tú. -Tadayoshi Mura
La caravana permanecería detenida unos minutos antes de atravesar los antiguos pilares. Era tiempo suficiente para realizar preparativos, pero no para convertir aquella carretera en una fortaleza. Naoto tendría que decidir qué consideraba realmente importante. Podía concentrarse en mantener unidos los vehículos, preparar a los civiles para una emergencia, esconder su verdadera función dentro de la escolta, convertir uno de los carruajes en un señuelo o estudiar los alrededores inmediatos intentando anticipar cómo podría ser detenida una columna en aquel lugar. Después tendría que escoger dónde situarse cuando comenzaran a avanzar.
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