Día 40 de Verano del año 150 — Bosque de la Muerte, Konohagakure
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La investigación iniciada durante el festival de Konoha no había terminado con la captura del carterista. El posterior intento de liberarlo confirmó que aquel hombre no actuaba completamente solo y, entre los objetos recuperados durante los interrogatorios, apareció un pequeño cuaderno lleno de direcciones incompletas, horarios y referencias que la División de Investigación tardó varios días en ordenar. Una de aquellas anotaciones resultó especialmente concreta: describía una vieja cabaña improvisada dentro del Bosque de la Muerte, suficientemente alejada de los caminos habituales como para funcionar como escondite, punto de reunión o lugar donde guardar información sin llamar demasiado la atención. Kaito y Daeru fueron enviados para comprobarlo antes de que quienes estuvieran relacionados con el refugio pudieran abandonarlo o borrar cualquier rastro.
En una de las entradas controladas al bosque los esperaba Shimada, un chūnin perteneciente a la División de Investigación, vestido con un chaleco oscuro y cargando bajo el brazo una copia del mapa recuperado. No parecía tener intención alguna de acompañarlos. Extendió el documento sobre una mesa de madera del puesto de vigilancia y señaló una pequeña marca situada varios kilómetros hacia el interior, fuera de las rutas utilizadas normalmente por los equipos de entrenamiento.
—El carterista llevaba esto anotado junto con otros puntos que ya comprobamos. Algunos estaban vacíos. Otros habían sido limpiados recientemente. Este todavía no ha sido tocado por nosotros.— El hombre desplazó un dedo desde la entrada hasta la ubicación señalada. —La cabaña debería estar aquí. Entren, revisen todo lo que pueda relacionarse con la organización y traigan cualquier documento, sello, nombre, ruta o registro que encuentren. Si hay alguien dentro, pueden capturarlo, pero no destruyan el lugar peleando si pueden evitarlo. Lo que necesitamos está en esa cabaña—
Antes de dejarlos partir, Shimada añadió una última advertencia. Una patrulla encargada de comprobar el perímetro desde lejos había encontrado aquella misma mañana varias ramas cortadas limpiamente y huellas recientes cerca de uno de los senderos secundarios, aunque ninguno de los vigilantes se había acercado lo suficiente como para confirmar quién las había dejado. Con eso les entregó el mapa y permaneció junto al puesto mientras Kaito y Daeru cruzaban la verja que separaba Konoha de la espesura.
El Bosque de la Muerte comenzó a cerrarse alrededor de ambos apenas dejaron atrás el camino principal. La vegetación era demasiado densa para mantener una línea recta durante mucho tiempo y las marcas del mapa dependían de árboles, desniveles y pequeños cursos de agua que podían confundirse fácilmente entre sí. Después de internarse en la zona indicada, encontraron la primera señal de que iban por buen camino: una cuerda fina, casi invisible entre los arbustos, había sido tendida a la altura del tobillo y se perdía entre la maleza hacia la base de un árbol. No parecía parte de las defensas habituales del bosque. Alguien había preparado el acceso al refugio.
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