07-08-2026, 09:32 AM
49 de Verano del año 150
País de las Olas
La Bahía de Suiren había comenzado a retirarse mucho antes de que Orión alcanzara el extremo oriental de los acantilados. La bajamar dejaba al descubierto una franja irregular de piedra oscura que durante buena parte del día permanecía sepultada bajo varios metros de agua. Charcos salobres ocupaban las depresiones de la roca, pequeños crustáceos desaparecían entre las grietas cuando alguna sombra atravesaba la superficie y largas tiras de algas permanecían adheridas a las paredes como cabellos húmedos. Más allá, el océano continuaba retrocediendo lentamente, arrastrando espuma y pequeñas piedras con aquel murmullo áspero que producía el agua al retirarse sobre la grava. Orión caminaba detrás de ella. No llevaba prisa. Sus pasos pesados avanzaban sobre la costa con una regularidad casi absurda para alguien que disponía únicamente de unas horas antes de que el mar recuperara todo aquel territorio. Había aprendido hacía mucho tiempo que apresurarse frente al océano era una forma bastante eficiente de equivocarse. La marea tenía horarios. Las corrientes tenían caminos. Incluso una tormenta, por caprichosa que pareciera desde tierra firme, obedecía reglas que podían comprenderse si uno dedicaba suficiente tiempo a observarlas. El problema era que aquel sonido no parecía obedecer ninguna.
BUM.
Orión se detuvo. El golpe llegó desde algún punto debajo de los acantilados. No fue particularmente fuerte desde aquella distancia, apenas una vibración grave que atravesó la roca y terminó perdiéndose entre el romper de las olas. Sin embargo, había algo desagradable en él. No sonaba como una piedra desprendiéndose. Tampoco como el choque de una ola dentro de una caverna. Era demasiado seco. Demasiado profundo. El Hoshigaki permaneció inmóvil y comenzó a contar mentalmente los segundos mientras observaba el horizonte. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. La espuma continuó retirándose. Seis. Siete. Nada. Sus enormes ojos descendieron hacia el agua acumulada alrededor de sus botas. Dieciocho. Diecinueve. Veintisiete.
BUM.
La superficie de uno de los pequeños charcos vibró. Orión dejó de contar. Se acuclilló junto a él y apoyó dos dedos sobre la piedra mojada. Permaneció así algunos segundos. No intentaba sentir chakra ni realizar ninguna técnica sofisticada; simplemente quería comprobar algo mucho más sencillo. Cuando llegó el siguiente golpe, la vibración apareció primero bajo las yemas de sus dedos y el sonido alcanzó sus oídos una fracción después. Venía de abajo.
-No sos un tambor.
Aquello reducía bastante las posibilidades. Orión se incorporó y continuó caminando. Los pescadores habían dejado marcas sencillas para indicarle aproximadamente dónde comenzaba la zona problemática. Algunas cuerdas viejas estaban atadas alrededor de salientes de roca y, unos metros más adelante, tres estacas clavadas en terreno firme advertían hasta dónde alcanzaba normalmente la pleamar. Ninguno había querido acompañarlo. Eso tampoco le molestaba. Había preguntas que necesitaban gente. Otras necesitaban silencio.
Mientras avanzaba, Orión prestó más atención a lo que el mar había abandonado durante su retirada. Había conchas fracturadas, trozos de redes, madera erosionada y pequeños bancos de algas atrapados entre las piedras. Nada extraordinario. La basura habitual de cualquier costa utilizada durante generaciones por pescadores y comerciantes. Entonces apareció el primer pez. Era pequeño. Tal vez habría pasado inadvertido para cualquier otra persona, confundido entre las algas oscuras de no ser porque permanecía completamente intacto. Orión se detuvo. El animal estaba muerto. No presentaba mordidas. No había cortes. Tampoco parecía llevar demasiado tiempo fuera del agua. Lo tomó cuidadosamente entre dos dedos. Las escamas conservaban todavía parte de su brillo natural, pero alrededor de los ojos existía una fina coloración rojiza. Una de las branquias estaba ligeramente abierta. Orión acercó el animal a su nariz. Sal. Sangre. Agua marina. Nada particularmente extraño. Lo dejó donde estaba.
Cinco metros después encontró otro. Después un tercero. El siguiente era considerablemente mayor y había quedado atrapado boca arriba dentro de una poza. Orión se inclinó nuevamente. Presentaba el mismo detalle alrededor de los ojos y una pequeña cantidad de sangre oscura junto a las branquias. Aquello sí era un patrón.
-Tres.
Miró alrededor.
-No. Cuatro.
Había otro entre las algas. Todos completos. Ninguno devorado. Aquello descartaba, al menos inicialmente, la idea de un depredador cazando cerca de la costa. Una criatura suficientemente grande como para producir el sonido descrito por los pescadores tampoco tendría demasiado sentido si estaba matando peces sin consumirlos. Orión levantó la vista hacia los acantilados.
BUM.
Esta vez estaba más cerca. El agua de la poza tembló y el cadáver del pez se desplazó apenas unos centímetros. Orión observó aquel movimiento hasta que la superficie recuperó la calma. No dijo nada. Continuó. La entrada apareció aproximadamente cien metros más adelante, escondida detrás de una formación rocosa que desde tierra firme parecía simplemente otra prolongación del acantilado. La bajamar había revelado un corredor estrecho cubierto de moluscos y algas que descendía progresivamente hasta una abertura negra. El Hoshigaki se quedó frente a ella. El olor cambió inmediatamente. La costa olía a sal, peces, algas y madera húmeda. Desde el interior llegaban los mismos aromas, pero encerrados, más densos. También había hierro oxidado. Y otra cosa. Orión inspiró nuevamente. Aceite. Muy tenue. Viejo. Aquello no pertenecía a una caverna natural.
Entró. Los primeros metros todavía recibían suficiente claridad desde el exterior. Después, la luz comenzó a desaparecer rápidamente. El techo descendía y volvía a elevarse de manera irregular, mientras pequeños canales excavados por el agua atravesaban el suelo en dirección al océano. Cada tanto una gota caía desde las formaciones del techo y producía un sonido sorprendentemente limpio. Orión comenzó a contar sus pasos. Diecisiete. Veinticuatro. Treinta y uno. En el cuarenta y seis se detuvo y giró la cabeza. La entrada todavía era visible. Siguió.
El corredor desembocó en una primera cámara donde el agua le alcanzaba aproximadamente hasta los tobillos. Allí encontró restos de madera acumulados contra una pared. Probablemente alguna antigua estructura había sido destrozada y las mareas habían transportado sus fragmentos hasta aquel punto. Orión tomó uno. La madera estaba completamente saturada. Hundió uno de sus colmillos en una esquina y la fibra cedió inmediatamente. Blanda. Demasiados años dentro del agua. Escupió una pequeña astilla y tomó otra pieza. Mordió. Más dura. Diferente. La giró entre sus manos. Había restos de pintura sobre uno de los laterales. Roja. Su expresión cambió apenas. No le gustaba el rojo.
El Hoshigaki permaneció mirándola durante varios segundos. No era evidencia de nada. Podía haber pertenecido a una caja comercial, a suministros militares, a un barco o incluso haber llegado hasta allí arrastrada por el océano desde algún punto completamente diferente. Investigar significaba precisamente no convertir aquello que uno detestaba en aquello que deseaba encontrar. Pero eso no significaba que tuviera que gustarle. Orión mordió una esquina.
CRAC.
Arrancó un pedazo, lo masticó una vez y luego una segunda. Su expresión se volvió todavía peor. Escupió. Dejó caer el tablón y continuó avanzando. La cámara se estrechaba hacia el fondo hasta formar otro corredor. Allí la naturaleza comenzaba a mezclarse con algo distinto. Primero fueron pequeñas marcas rectas sobre las paredes. Después apareció un remache oxidado incrustado entre las piedras. Más adelante, una barra metálica completamente cubierta de moluscos sobresalía horizontalmente desde la roca. Orión pasó los dedos sobre ella. Aquello había sido construido. No sabía cuándo. No sabía para qué. Pero alguien había trabajado dentro de aquellas cavernas. El siguiente golpe llegó antes de que pudiera avanzar.
BUUUM.
Esta vez no solamente lo escuchó. Lo sintió. La vibración ascendió desde las plantas de sus pies hasta las rodillas. Polvo y pequeñas gotas de agua cayeron desde el techo. Orión levantó lentamente la cabeza. Silencio. Una gota golpeó su hombro. Otra cayó frente a él. Entonces escuchó algo diferente. Un tintineo metálico, muy lejano. Algo acababa de moverse más adelante. El Hoshigaki permaneció inmóvil y esperó. Nada. Avanzó unos metros. El corredor comenzó a descender con mayor inclinación. El agua ya le cubría parte de las botas y pequeños peces se movían entre las irregularidades del suelo. La marea todavía continuaba baja, pero aquella zona parecía comunicarse directamente con alguna cámara submarina. Entonces encontró más cadáveres. Esta vez no eran cuatro. Había decenas. Peces pequeños, crustáceos e incluso dos animales de mayor tamaño habían quedado acumulados contra una formación rocosa. Algunos estaban en avanzado estado de descomposición. Otros parecían recientes. Ninguno mostraba señales evidentes de haber sido devorado. Orión se acuclilló. Observó. Tocó. Olió. La sangre estaba presente nuevamente, principalmente alrededor de ojos y branquias. El Hoshigaki levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad del corredor. Una criatura ya no era su principal sospecha. Algo estaba matando animales sin tocarlos. Y cada vez que aquel sonido aparecía, el agua reaccionaba. Introdujo una mano en el pequeño canal que corría junto a sus pies y esperó. Treinta segundos. Cuarenta. Cincuenta y tres.
BUM.
Sus dedos sintieron el cambio inmediatamente. Durante un instante brevísimo, la corriente empujó en dirección contraria, hacia afuera. Después volvió a desplazarse normalmente hacia el interior de la cueva. Orión retiró la mano. Aquello sí era información. El golpe estaba desplazando agua. No era solamente un sonido. Era presión.
Se incorporó lentamente. A varios metros de distancia distinguió entonces algo que antes había confundido con una sombra. Una abertura mucho mayor que las anteriores. El corredor terminaba allí y descendía hacia una segunda cámara cuya parte inferior permanecía completamente inundada. Desde su posición no podía observar el fondo. Solamente veía una superficie negra que subía y bajaba lentamente acompañando la respiración de la marea. Sobre una de las paredes había otra estructura metálica. Esta era enorme. Demasiado grande para haber llegado arrastrada accidentalmente. Una especie de tubería desaparecía directamente dentro de la roca. Orión acercó una mano. No llegó a tocarla.
BUM.
El metal vibró. La superficie del agua se hundió durante una fracción de segundo y después regresó violentamente. Una pequeña ola chocó contra las piernas del Hoshigaki. Orión permaneció quieto. Ahora estaba seguro. El sonido provenía de algún lugar detrás de aquella pared o mucho más abajo. Miró hacia atrás. La claridad de la entrada ya no podía verse. Miró nuevamente el agua. Un pequeño fragmento de alga pasó frente a él, esta vez desplazándose lentamente hacia arriba por el corredor. Orión siguió su recorrido con los ojos. La marea había cambiado. El mar comenzaba a regresar. El Hoshigaki dejó escapar aire lentamente por la nariz. Tenía dos posibilidades. Volver o averiguar qué estaba respirando debajo de aquella montaña. Introdujo primero un pie. Después el otro. El agua alcanzó sus rodillas, su cintura y finalmente el pecho. Cuando llegó hasta su cuello, las pequeñas ondulaciones comenzaron a recorrer su piel azulada. Allí abajo no necesitaba fingir pertenencia. Su cuerpo había nacido precisamente para aquello. Antes de sumergirse, Orión observó una última vez el corredor por donde había llegado. Contó mentalmente. Uno. Dos. Tres. El siguiente golpe tardó mucho más que los anteriores.
BUUUUUUM.
Toda la cámara tembló. Esta vez una pequeña grieta apareció sobre la pared. Una piedra cayó desde el techo. Después otra. Orión siguió ambas con la mirada hasta que desaparecieron bajo el agua. El problema acababa de cambiar. Ya no se trataba solamente de averiguar qué producía el ruido. Aquella cosa estaba golpeando el acantilado desde dentro y, tarde o temprano, algo iba a romperse. Orión tomó aire. "El abuelo decía que cuando el mar golpea una puerta... primero hay que averiguar quién tuvo los huevos de cerrársela." Una tenue sonrisa mostró los extremos de sus colmillos. Después desapareció bajo la superficie. La oscuridad lo recibió primero. El mar, inmediatamente después.
La oscuridad debajo de la superficie era distinta. Arriba todavía existían ecos, gotas cayendo desde el techo y pequeñas referencias que permitían medir las dimensiones de la caverna. Bajo el agua todo aquello desapareció. Orión abrió los ojos y permaneció suspendido unos segundos, dejando que su cuerpo reconociera primero la corriente antes de comenzar a avanzar. Allí se movía con mucha más naturalidad. Sus piernas dejaron de buscar suelo y su pesada anatomía perdió buena parte de aquella torpeza aparente que cargaba sobre tierra firme. Una lenta ondulación del cuerpo fue suficiente para impulsarlo hacia las profundidades.
La pared descendía varios metros y la estructura metálica que había observado desde arriba continuaba con ella. Orión siguió su recorrido. La tubería estaba completamente cubierta por pequeñas colonias marinas y sectores enteros habían sido consumidos por el óxido, pero todavía conservaba una forma demasiado regular para confundirse con la roca. Descendía hasta perderse dentro de una abertura considerablemente más grande. El Hoshigaki acercó una mano y encontró una vibración tenue recorriendo el metal. Esperó. Uno. Dos. Tres. La vibración aumentó.
BUUUUM.
Bajo el agua el golpe fue diferente. No llegó únicamente a sus oídos. Atravesó directamente su cuerpo. El agua pareció comprimirse durante un instante y una corriente repentina golpeó a Orión desde el frente, empujándolo algunos metros hacia atrás. Pequeñas piedras se desprendieron del fondo y una nube de sedimentos se levantó inmediatamente, convirtiendo la poca visibilidad existente en una masa turbia. Orión recuperó la posición sin intentar combatir la corriente. Simplemente dejó que terminara de pasar. Ahora entendía los peces. No era necesario que algo los mordiera. El agua misma los estaba golpeando. Cuando los sedimentos comenzaron a asentarse, avanzó nuevamente. La abertura desembocaba en otra cámara mucho mayor. Parte del techo permanecía por encima del nivel del agua y varias columnas naturales dividían el lugar. Sin embargo, lo verdaderamente extraño estaba al fondo. Una enorme placa metálica permanecía encajada entre dos paredes de roca.
Orión emergió. El aire de aquella cámara era pesado, húmedo y desagradablemente cálido. Inspiró profundamente y su expresión cambió inmediatamente. Óxido. Algas. Agua estancada. Y un olor rancio proveniente de algún rincón donde varios peces muertos habían quedado atrapados entre restos de redes.
-Puaj...
Sacó medio cuerpo del agua y observó la estructura. No parecía una puerta. Tampoco una embarcación. Era demasiado grande y estaba conectada a varias tuberías semejantes a la que había seguido hasta allí. Algunas habían colapsado. Otras desaparecían directamente dentro de la montaña. Entonces escuchó algo.
CLONK.
La placa se movió apenas. Orión entrecerró los ojos. El agua de la cámara comenzó a elevarse lentamente. La marea estaba entrando. Con ella, una de las tuberías comenzó a tragarse agua. Primero lentamente. Después con mayor violencia. Orión observó cómo el nivel continuaba aumentando mientras el aire atrapado detrás de aquella enorme estructura parecía no tener ningún lugar por donde escapar. La placa crujió. Orión comprendió lo que ocurriría un instante antes de que sucediera.
BUUUUUUUUM.
El metal se desplazó violentamente hacia afuera. Una masa de aire comprimido escapó desde detrás de la estructura y golpeó el agua con suficiente fuerza para levantar una oleada dentro de la cámara. Orión hundió inmediatamente el cuerpo y dejó que el impacto pasara por encima. La placa volvió después a su posición original con un gemido metálico. Silencio. Ahora sí tenía su tambor. Orión emergió lentamente y pasó una mano por su cabello empapado mientras observaba aquella monstruosidad oxidada.
-Je, je, je...
La risa grave rebotó brevemente entre las paredes. "Así que eras vos." No había criatura. No había monstruo escondido bajo Suiren. El mar entraba con la marea, comprimía el aire dentro de una antigua instalación y aquella enorme placa terminaba cediendo ante la presión. El golpe viajaba después por las cavernas y la roca hasta alcanzar los acantilados. El misterio estaba resuelto. El problema no. Orión dirigió la mirada hacia una grieta que atravesaba la pared junto a la placa. Era considerablemente más grande que las que había encontrado anteriormente. Cada nuevo impacto desprendía pequeños fragmentos de piedra. El Hoshigaki apoyó una mano sobre la roca. Otro golpe.
BUM.
Un pequeño pedazo del techo cayó al agua. Orión siguió su descenso hasta que desapareció bajo la superficie. Después levantó la mirada. El tambor no anunciaba ninguna criatura. Anunciaba que aquella cámara estaba empezando a romperse. Y afuera, el mar seguía subiendo.
El siguiente golpe no tardó demasiado en llegar. Orión mantuvo la palma apoyada contra la roca y sintió la vibración recorrerla antes incluso de escuchar el estruendo. La grieta junto a la enorme placa metálica se extendió algunos centímetros más y una lluvia de pequeñas piedras cayó desde el techo hasta desaparecer bajo el agua. No necesitaba conocer demasiado sobre construcciones para comprender lo evidente. Podía marcharse con una respuesta para los pescadores, explicarles que no existía ninguna criatura bajo los acantilados y recomendar que nadie volviera a acercarse. Técnicamente habría descubierto el origen del fenómeno. El problema era que eso no impediría que el siguiente golpe arrancara otro pedazo de montaña.
Orión recorrió la cámara con la mirada. Si aquella estructura había funcionado alguna vez sin convertir el acantilado en un gigantesco tambor, entonces algo había cambiado. Las tuberías seguían introduciendo agua. La placa todavía respondía a la presión. Faltaba alguna pieza de aquel mecanismo que permitiera liberar el aire sin necesidad de expulsarlo violentamente. El Hoshigaki volvió a sumergirse.
Esta vez no siguió la tubería principal. Rodeó la estructura y comenzó a inspeccionar la base. Apartó algas, pasó las manos entre piedras y removió años de sedimentos acumulados contra el metal. Poco a poco apareció una segunda conducción, considerablemente más estrecha que la primera. Estaba casi completamente enterrada. Orión siguió su recorrido hasta descubrir que terminaba contra una montaña compacta de arena, madera podrida, redes y conchas.
Ahí estaba.
No sabía cómo se llamaba aquella pieza ni necesitaba saberlo. Si el agua entraba por un lado y el aire no encontraba salida por el otro, el resultado estaba ocurriendo encima de su cabeza. Orión hundió ambas manos en la acumulación y tiró. La primera capa cedió fácilmente. Una red podrida se deshizo entre sus dedos y varios fragmentos de madera comenzaron a flotar alrededor. La segunda estaba mucho más compactada. Décadas de arena y residuos habían convertido aquello en una masa prácticamente sólida. Tirar solamente de ella no serviría. Entonces la corriente cambió. Orión levantó la cabeza. La marea seguía entrando. El conducto principal comenzó nuevamente a vibrar. Uno. Dos. Tres. No tenía demasiado tiempo. Se apartó unos metros y dirigió la atención hacia el agua que lo rodeaba. Allí abajo no necesitaba crear aquello que tenía en abundancia. Concentró su chakra sobre el agua cercana y la reunió junto a su cuerpo antes de proyectarla directamente contra la obstrucción.
El impacto sacudió violentamente la acumulación. Arena, conchas y fragmentos de madera explotaron hacia los costados. La primera capa desapareció, pero todavía permanecía un núcleo compacto bloqueando buena parte de la abertura. Orión avanzó inmediatamente. Clavó ambas manos. Tiró. Nada. Volvió a hacerlo. La masa cedió unos centímetros. Arriba, el metal comenzó a crujir.
CLONK.
Orión enseñó los dientes. "Dale." Apoyó un pie contra la roca y volvió a tirar con todo el cuerpo. La obstrucción se desprendió. Durante un instante no ocurrió absolutamente nada. Después el agua cambió de dirección. Orión apenas alcanzó a apartarse antes de que una corriente brutal atravesara el conducto recién liberado. Arena, restos de redes, pequeños moluscos y décadas de suciedad fueron absorbidos hacia el interior. El Hoshigaki se aferró a una saliente mientras sentía cómo el agua intentaba arrastrarlo con todo lo demás. Entonces llegó el golpe.
BUUUUUUUUM.
Fue el más fuerte de todos. La montaña entera pareció estremecerse. Una fractura recorrió parte del techo y varios fragmentos de roca cayeron alrededor de Orión. Durante un instante pensó que había llegado tarde. Pero la placa no volvió a golpear. En su lugar apareció un sonido diferente. Un silbido largo y profundo atravesó las tuberías. El aire estaba escapando. Orión permaneció sujeto a la roca algunos segundos más. Esperó. Diez. Veinte. Treinta. Cincuenta. Nada. Por primera vez desde que había entrado en aquellas cavernas, el silencio no estaba esperando otro golpe. El Hoshigaki soltó lentamente la piedra. Unas cuantas burbujas escaparon entre sus dientes. El camino de regreso resultó considerablemente distinto al de entrada. La pleamar había cubierto casi por completo los corredores inferiores y la salida terrestre que había utilizado horas antes ya no existía. Para cualquier pescador aquello habría significado quedar atrapado hasta la siguiente bajamar. Para Orión simplemente significaba regresar de otra manera.
Siguió la corriente.
Atravesó el corredor sumergido, pasó junto a los peces muertos que habían señalado el camino durante su investigación y continuó hasta distinguir una claridad azulada entre las rocas. Un último impulso bastó para abandonar las entrañas del acantilado y regresar al océano abierto. Emergió bastante lejos de donde había comenzado. El sol había descendido sobre la Bahía de Suiren y la marea cubría nuevamente las piedras que unas horas antes había recorrido a pie. Orión flotó durante unos segundos mirando hacia los acantilados. Esperó. Nada. Contó igualmente. Diez. Veinte. Treinta. Una ola golpeó contra la piedra. Después otra. Ningún tambor respondió.
Orión regresó lentamente hasta la costa. Una vez fuera del agua se sentó sobre una roca suficientemente alta para escapar de la espuma, sacó su cuaderno y permaneció unos instantes con el lápiz detenido sobre el papel. Había entrado buscando una criatura y había encontrado algo bastante más sencillo: una vieja construcción que llevaba demasiado tiempo intentando soportar algo para lo que ya no estaba preparada.
Miró el mar.
Finalmente escribió. "Hay heridas que no duelen cuando se hacen. Algunas esperan años hasta encontrar la marea correcta."
Orión observó aquellas palabras durante unos segundos y agregó una última línea. Cerró el cuaderno. Frente a él, Suiren continuó golpeando suavemente contra la costa. Esta vez, la montaña permaneció en silencio.
![[Imagen: l93r50D.png]](https://i.imgur.com/l93r50D.png)
Hablo - Pienso