26-07-2026, 02:53 AM
Konoha - Parque de Konoha - Verano - Dia 8 - Año 150
El parque de Konoha tiene algo especial al caer la tarde. No sé si son los árboles, el sonido del viento o simplemente que todos parecen bajar la guardia cuando el sol empieza a esconderse. Yo, en cambio, aprovecho ese momento para existir con un poco más de estilo. Estoy sentada sobre una banca de madera con una pierna cruzada sobre la otra, balanceando distraídamente el pie mientras observo cómo las hojas secas ruedan por el sendero. Mi espalda permanece recta; mamá siempre decía que una buena postura podía convertir a cualquier persona en alguien inolvidable. No estoy segura de que tuviera razón... aunque tampoco pienso comprobar lo contrario. Con dos dedos acomodo mis gafas oscuras y, casi por costumbre, llevo la otra mano hasta mi cabello.
—Sip, lo tengo blanco, ¿y qué? — Sonrío para mí misma. Lo cierto es que nunca me ha molestado, al contrario, me encanta y si alguien piensa que parezco un copo de nieve con piernas, es su problema, no el mío. Mientras juego con uno de los mechones de mi afro, dejo escapar una pequeña risa. —Aunque, admito que hoy se ve especialmente bonito.— Asiento como si alguien acabara de darme la razón. —Gracias, yo también pienso lo mismo.— Hablar conmigo misma nunca me ha parecido extraño. Hay personas que escriben diarios, yo simplemente tengo conversaciones bastante interesantes conmigo. A veces incluso las gano.
Mis ojos recorren el parque con tranquilidad. Un par de niños corretean cerca del estanque, una mujer pasea con una bolsa llena de compras y un anciano alimenta a las palomas como si llevara haciéndolo desde antes de que existiera Konoha, todos creen que nadie los observa pero qué equivocados están. Siempre hay pequeños detalles. El niño que sonríe solo cuando cree que nadie lo ve. La muchacha que mira tres veces hacia el mismo sendero esperando encontrarse con alguien. El shinobi que intenta aparentar seguridad mientras revisa compulsivamente el contenido de su bolsillo. Las personas son fascinantes, tan impredecibles y al mismo tiempo tan fáciles de leer.
Bajo mi piel siento el movimiento familiar de mis Kikaichū. Ese cosquilleo constante jamás desaparece. Miles de diminutas patas recorren mi cuerpo con una delicadeza que solo yo puedo percibir. Hay quienes encontrarían esa sensación aterradora pero yo la encuentro reconfortante. Levanto lentamente una mano frente a mis ojos. La tonalidad de mi piel cambia sutilmente gracias a ellos, ocultando el blanco casi antinatural que hay debajo. —No son insectos, son una extensión de mi belleza, ¿los ven?— Dije a la nada, mientras tanto uno de mis escarabajos abandonó por un instante mi manga y camina sobre el dorso de mi mano antes de desaparecer otra vez entre la tela. —Sí, yo también creo que este parque está demasiado lleno hoy.—
El parque de Konoha tiene algo especial al caer la tarde. No sé si son los árboles, el sonido del viento o simplemente que todos parecen bajar la guardia cuando el sol empieza a esconderse. Yo, en cambio, aprovecho ese momento para existir con un poco más de estilo. Estoy sentada sobre una banca de madera con una pierna cruzada sobre la otra, balanceando distraídamente el pie mientras observo cómo las hojas secas ruedan por el sendero. Mi espalda permanece recta; mamá siempre decía que una buena postura podía convertir a cualquier persona en alguien inolvidable. No estoy segura de que tuviera razón... aunque tampoco pienso comprobar lo contrario. Con dos dedos acomodo mis gafas oscuras y, casi por costumbre, llevo la otra mano hasta mi cabello.
—Sip, lo tengo blanco, ¿y qué? — Sonrío para mí misma. Lo cierto es que nunca me ha molestado, al contrario, me encanta y si alguien piensa que parezco un copo de nieve con piernas, es su problema, no el mío. Mientras juego con uno de los mechones de mi afro, dejo escapar una pequeña risa. —Aunque, admito que hoy se ve especialmente bonito.— Asiento como si alguien acabara de darme la razón. —Gracias, yo también pienso lo mismo.— Hablar conmigo misma nunca me ha parecido extraño. Hay personas que escriben diarios, yo simplemente tengo conversaciones bastante interesantes conmigo. A veces incluso las gano.
Mis ojos recorren el parque con tranquilidad. Un par de niños corretean cerca del estanque, una mujer pasea con una bolsa llena de compras y un anciano alimenta a las palomas como si llevara haciéndolo desde antes de que existiera Konoha, todos creen que nadie los observa pero qué equivocados están. Siempre hay pequeños detalles. El niño que sonríe solo cuando cree que nadie lo ve. La muchacha que mira tres veces hacia el mismo sendero esperando encontrarse con alguien. El shinobi que intenta aparentar seguridad mientras revisa compulsivamente el contenido de su bolsillo. Las personas son fascinantes, tan impredecibles y al mismo tiempo tan fáciles de leer.
Bajo mi piel siento el movimiento familiar de mis Kikaichū. Ese cosquilleo constante jamás desaparece. Miles de diminutas patas recorren mi cuerpo con una delicadeza que solo yo puedo percibir. Hay quienes encontrarían esa sensación aterradora pero yo la encuentro reconfortante. Levanto lentamente una mano frente a mis ojos. La tonalidad de mi piel cambia sutilmente gracias a ellos, ocultando el blanco casi antinatural que hay debajo. —No son insectos, son una extensión de mi belleza, ¿los ven?— Dije a la nada, mientras tanto uno de mis escarabajos abandonó por un instante mi manga y camina sobre el dorso de mi mano antes de desaparecer otra vez entre la tela. —Sí, yo también creo que este parque está demasiado lleno hoy.—
![[Imagen: Kei-Thresh1.png]](https://i.postimg.cc/dtDKY1nB/Kei-Thresh1.png)
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