El distrito comercial de Konohagakure rebosaba actividad desde primeras horas de la mañana. Comerciantes anunciaban sus productos con entusiasmo, clientes recorrían los puestos comparando mercancías y el inconfundible aroma del pan recién horneado se mezclaba con el de las especias y las infusiones que llenaban las calles de la villa. Entre los numerosos establecimientos, una pequeña tienda de té esperaba la llegada del shinobi asignado a una tarea poco habitual. Su propietario, un hombre de algo viejo y rancio con evidente preocupación en el rostro, caminaba de un lado a otro frente a varias cajas cuidadosamente apiladas.
Al percatarse de la llegada de la kunoichi, dejó escapar un suspiro de alivio tan profundo como si desde siempre hubiera estado conteniendo la respiración.
—Menos mal que has venido!!! Rápido rápido, esta mañana recibí un envío que no me pertenece. Debía llegar a otra tienda, pero el repartidor confundió las direcciones y ahora el verdadero destinatario lo está esperando desde hace horas, es terrible una calamidad!!! El universo se va a destruir!!!— Se inclinó junto a las cajas y retiró la lona que las cubría con mucha preocupación. Ambas eran de tamaño similar y estaban perfectamente cerradas. En uno de los laterales podía leerse, con una caligrafía prolija, una pequeña etiqueta indicando que contenían utensilios de cocina de cerámica y metal cuidadosamente embalados para evitar daños durante el transporte.
—No pesan demasiado, pero agradecería que las manipularas con cuidado. Algunas piezas son bastante delicadas y sería un problema que las cajas recibieran golpes o terminaran mezcladas con otros encargos. El establecimiento correcto se encuentra al otro lado de la zona comercial, cerca del barrio artesanal. Si te das prisa, llegarás antes de que cierren por hoy, por favor mi vida depende de ti— Menciono con la frente perlada por el sudor, el tendero entregó a la kunoichi una hoja con la dirección exacta del destinatario y señaló las cajas preparadas junto a la entrada. A esas horas, las calles comenzaban a llenarse de compradores, vendedores ambulantes y repartidores que iban y venían con mercancías de toda clase, haciendo del recorrido un trayecto sencillo, aunque no exento de distracciones.
Con el pedido listo para partir y el destino claramente indicado, la responsabilidad de que cada caja llegara intacta a su verdadero propietario quedaba ahora en manos de la responsable Ninja.
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