Oficina Central de Correos — Kirigakure
Las calles de Kirigakure despertaban envueltas en su habitual manto de niebla. El murmullo del agua recorriendo los estrechos canales se mezclaba con el sonido de comerciantes levantando las persianas de sus negocios y el incesante ir y venir de mensajeros que atravesaban la aldea con pergaminos sujetos al cinturón. Era una rutina tan común que pocos le prestaban atención, pero aquella mañana existía una preocupación que llevaba semanas creciendo en silencio. La Oficina Central de Correos, un edificio de piedra oscura reforzado para resistir la humedad permanente de la aldea, no era precisamente un lugar bullicioso. Allí el trabajo se desarrollaba con precisión casi militar: registros, sellos, rutas y entregas perfectamente organizadas. Sin embargo, el ambiente que reinaba en el interior estaba lejos de ser el habitual. Los empleados hablaban en voz baja mientras revisaban una y otra vez estanterías llenas de pergaminos, comprobaban listas de envío y repasaban registros que, por tercera vez en pocos días, no parecían tener ningún sentido.
No era un error administrativo, varios documentos oficiales habían desaparecido sin dejar rastro. No se trataba de cartas comunes ni de simples encargos comerciales. Eran informes internos, permisos de transporte, registros de suministros e incluso correspondencia destinada a distintas dependencias gubernamentales. Ninguno de aquellos documentos poseía información crítica por sí solo, pero reunidos podían ofrecer una imagen bastante clara de la actividad administrativa de Kirigakure. Suficiente para que cualquier espía o traficante encontrara oportunidades donde nadie más las veía. Lo más inquietante era que todos los registros indicaban que los mensajes habían abandonado correctamente la oficina, nunca llegaban a destino. Tras descartar errores humanos y revisar varias veces las rutas utilizadas por los mensajeros, la sospecha comenzó a apuntar hacia una única posibilidad, alguien estaba interceptando deliberadamente la correspondencia, el problema era descubrir cómo.
Los repartidores seguían itinerarios distintos cada jornada. Algunos caminaban por las avenidas principales, otros utilizaban pequeños puentes que cruzaban los canales o callejones cubiertos por la niebla. Las rutas cambiaban constantemente para evitar precisamente este tipo de incidentes, y aun así las desapariciones continuaban produciéndose con una precisión alarmante. No existían testigos, tampoco señales de forcejeos ni cuerpos de mensajeros abandonados. Simplemente, en algún punto del trayecto, ciertos pergaminos desaparecían como si jamás hubieran existido. Aquella situación ya comenzaba a preocupar a las autoridades. No por el valor material de los documentos, sino porque demostraba que alguien conocía con demasiada exactitud el funcionamiento interno del servicio postal.
El oficial encargado del edificio permanecía inclinado sobre un enorme mapa de la aldea marcado con decenas de pequeñas anotaciones. Había líneas de tinta uniendo distintos barrios, puntos rodeados por círculos y fechas cuidadosamente escritas junto a cada desaparición. Cuanto más observaba el patrón, más evidente resultaba que el responsable seleccionaba únicamente determinados envíos. No robaba al azar, sino que escogía y eso significaba que probablemente sabía lo que buscaba incluso antes de que el mensajero abandonara la oficina. Incapaces de descubrir al culpable mediante simples investigaciones internas, los responsables decidieron solicitar ayuda a la División Shinobi. La orden era clara, desplegar un shinobi capaz de seguir discretamente el recorrido de los repartidores, localizar al responsable y recuperar toda la documentación sustraída antes de que aquella información terminara circulando fuera de Kirigakure.
No se trataba únicamente de capturar a un ladrón, era necesario averiguar para quién trabajaba. Mientras tanto, la actividad en la oficina continuó desarrollándose con aparente normalidad. Los empleados sellaban documentos, clasificaban paquetes y entregaban nuevos encargos como si nada ocurriera. Cualquiera que entrara en el edificio pensaría que era un día más dentro de la burocracia de la Aldea Oculta de la Niebla, pero tras aquella fachada cuidadosamente mantenida, todos esperaban lo mismo, que el responsable volviera a actuar y cuando lo hiciera, esta vez no encontraría únicamente a un desprevenido mensajero recorriendo las calles cubiertas por la niebla. También habría ojos entrenados siguiéndole cada paso, preparados para descubrir quién era realmente el misterioso individuo al que algunos empleados, ya entre susurros, habían comenzado a llamar el Mensajero Fantasma.
Petición
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