29-07-2026, 06:53 PM
El sol de la mañana comenzaba a entibiar las calles residenciales cercanas al Parque Este, proyectando la sombra de tres vecinos que aguardaban junto a las verjas de sus viviendas. Al divisar a la joven shinobi aproximarse a paso firme por el camino de piedra, las expresiones de preocupación en los rostros de los propietarios dieron paso a un visible suspiro de alivio. Cada uno sostenía con firmeza las correas de sus respectivas mascotas, listos para hacer la entrega formal de la responsabilidad.
La muchacha no alcanzó a dar el último paso sobre la acera cuando el primer dueño, un anciano que regentaba una panadería cercana, avanzó un par de metros para extenderle la correa de un imponente perro de pelaje claro que no dejaba de dar brincos.
—¡Por aquí, por favor! —exclamó el anciano, intentando mantener el equilibrio mientras el animal seguía con la mirada el vuelo de una hoja seca—. Este es Kuromaru. Es un excelente chico, pero tiene un problema serio: persigue absolutamente todo lo que se mueva. Un pájaro, un insecto o una hoja al viento bastan para que dé un tirón brutal. Mantén la correa corta y no le quites el ojo de encima –.
Casi al mismo tiempo, la segunda propietaria, una mujer joven de aspecto atareado, se acercó apresuradamente conduciendo a un can de porte mediano que, al ver la presencia de la ninja, decidió sentarse de golpe sobre el suelo, negándose rotundamente a dar un paso más —El mío se llama Kara —explicó la mujer con gesto de apuro, entregándole la segunda correa— Como verás, es extremadamente terco. Si no siente atención constante, caricias o palabras de aliento, se echa en medio de la calle y no hay fuerza humana que lo mueva. Vas a necesitar mucha paciencia y afecto para que complete el circuito sin quedarse plantado –.
Por último, un hombre con vestimenta de cazador se aproximó con un perro esbelto y de hocico alargado que mantenía la nariz completamente pegada al barro húmedo de la acera, soltando breves sollozos de frustración mientras olfateaba las grietas del camino.
—Y este es Tora —concluyó el cazador, depositando la tercera correa en manos de la joven— Tiene un olfato absurdamente desarrollado. Si capta el rastro de algún animal silvestre, ignorará cualquier orden e intentará escapar a toda velocidad para seguir la pista. Asegura bien el agarre y evita que se meta entre los arbustos densos del parque —.
Con las tres correas finalmente unificadas en manos de la kunoichi, los vecinos le agradecieron rápidamente antes de retirarse a sus actividades diarias, dejándola sola en medio de la calle frente al primer gran reto del día: gestionar a tres perros de personalidades totalmente opuestas.
La muchacha no alcanzó a dar el último paso sobre la acera cuando el primer dueño, un anciano que regentaba una panadería cercana, avanzó un par de metros para extenderle la correa de un imponente perro de pelaje claro que no dejaba de dar brincos.
—¡Por aquí, por favor! —exclamó el anciano, intentando mantener el equilibrio mientras el animal seguía con la mirada el vuelo de una hoja seca—. Este es Kuromaru. Es un excelente chico, pero tiene un problema serio: persigue absolutamente todo lo que se mueva. Un pájaro, un insecto o una hoja al viento bastan para que dé un tirón brutal. Mantén la correa corta y no le quites el ojo de encima –.
Casi al mismo tiempo, la segunda propietaria, una mujer joven de aspecto atareado, se acercó apresuradamente conduciendo a un can de porte mediano que, al ver la presencia de la ninja, decidió sentarse de golpe sobre el suelo, negándose rotundamente a dar un paso más —El mío se llama Kara —explicó la mujer con gesto de apuro, entregándole la segunda correa— Como verás, es extremadamente terco. Si no siente atención constante, caricias o palabras de aliento, se echa en medio de la calle y no hay fuerza humana que lo mueva. Vas a necesitar mucha paciencia y afecto para que complete el circuito sin quedarse plantado –.
Por último, un hombre con vestimenta de cazador se aproximó con un perro esbelto y de hocico alargado que mantenía la nariz completamente pegada al barro húmedo de la acera, soltando breves sollozos de frustración mientras olfateaba las grietas del camino.
—Y este es Tora —concluyó el cazador, depositando la tercera correa en manos de la joven— Tiene un olfato absurdamente desarrollado. Si capta el rastro de algún animal silvestre, ignorará cualquier orden e intentará escapar a toda velocidad para seguir la pista. Asegura bien el agarre y evita que se meta entre los arbustos densos del parque —.
Con las tres correas finalmente unificadas en manos de la kunoichi, los vecinos le agradecieron rápidamente antes de retirarse a sus actividades diarias, dejándola sola en medio de la calle frente al primer gran reto del día: gestionar a tres perros de personalidades totalmente opuestas.
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