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[Misión rango E] El vendedor de ramen
Naoto
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31-07-2026, 12:18 AM
Konohagakure no Sato
Año 150 día 40 de Verano
El vendedor de ramen

La mirada desgastada de Satoru se posaba sobre el horizonte, preocupado. El sol se asomaba tímidamente desde el fondo de su ventana y él, con su curioso pijama con dibujitos relacionados al ramen se abstraía en los pensamientos hasta que el llamado de su esposa lo devolvió a la realidad. Con rapidez se desvistió y se colocó su vestimenta blanca tan característica de los cocineros, con un gorro del mismo color que le acompañaba. Era famoso en el barrio comercial por sus años de servicio y por tener un ramen exquisito; al ingresar al local uno se encontraba la imagen de su rostro desgatado y arrugado, ojos achinados, algunas canas y siempre una sonrisa gentil. A excepción de las últimas semanas.
 
Hoy no era cualquier día para él. Hoy había una guerra. Los ciudadanos de Konoha participarían del festival de ramen en las calles principales del distrito comercial, un evento que se solía festejar en verano, durante la noche. Sin embargo, esa no era su preocupación, pues un veterano como él ya contaba con todos los preparativos necesarios para arrasar en el evento y satisfacer toda la clientela posible. Su intranquilidad radicaba en Makoto, su rival y hermano. Ambos habían aprendido las complejas técnicas culinarias de su padre, pero por lejos, Satoru era el mejor. La dedicación y el progreso recompensaron a Satoru con un aprendizaje y técnica sin igual a la hora de cocinar diferentes tipos de platos, al punto de crear su propia receta secreta, la que le daría el salto de fama en toda la aldea. En cambio, su hermano menor…. Bueno, hacía lo que buenamente podía. Makoto era menos hábil, pero no por ello menos inteligente.
 
En el atardecer, el hombre se dirigió hacia el distrito comercial para tomar su puesto de combate. En el camino, su mirada se dirigía a cada esquina, a cada rincón, y a cada mirada que se posaba sobre él. Se paseaba con una extraña desconfianza, extraña en él.
 
Al llegar, recordó el nombre de la joven que le habían asignado desde la oficina de misiones. Al percatarse de que aún no se encontraba en la entrada, ingresó al local. Su pequeño restaurante se caracterizaba por tener una larga barra con banquetas en el frente y todo el equipamiento de cocina atrás, donde él se encargaba de trabajar los componentes del ramen. El hombre se dispuso a realizar los preparativos y trabajar con los ingredientes, a la espera de su nueva ayudante.
Cita:● Nombre de la Misión: El vendedor de ramen
● Información de la Misión: Hay cosas que pasan una sola vez en la vida, este es un mercader que tiene una pequeña rivalidad con otro vendedor de ramen y desea que cuides su puesto y a el durante la preparación de un ramen especial. el cree que pueden sabotearle durante la preparación.
● Rango y Tipo de la Misión: E
● Fecha y Lugar: Año 150 día 40 de Verano
● Cantidad de Usuarios: Makizu Sarutobi
● Cantidad máxima de horas por ronda: 48 H
Makizu
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31-07-2026, 01:25 AM
El año no le importaba, todos eran una mierda.
El día, parecían todos iguales, no podía estar pendiente
 
Mak era un incordio, era rebelde, mal portada y hacía, en definitiva, todo lo que no le decían que hiciera, le gastaba bromas a los viejos de su casa, se robaba tonterías y cambiaba cosas de lugar solo para escucharlo gritar. No dejaba nunca sus entrenamientos de fuerza pues apestaba en casi todas las artes ninja que le instaban a practicar. Se había levantando temprano como siempre. Salió a trotar antes que el sol saliera, practico el lanzamiento de proyectiles y con su arma de combate la nudillera Kunay. Su sonrisa jamás se apagaba, era risueña, enérgica y jamás flaqueaba.
 
Después de sus ejercicios, se ducho largamente con agua fría, no soportaba el agua caliente desde pequeña, era extraña. Practico su voz acompañada de un par de notas de su shamisen hasta que vio al anciano de mierda que le miraba con desprecio. No le mostró palabras. Solo dejo una nota en el suelo de su habitación y espero a que ella asintiera para irse. Makizu chasqueo la lengua y decidió entonces leer el dichoso papel de mierda. Una… Misión?... extraño… casi siempre sus misiones solo involucraban ir a comprar cigarrillos, llevar a un perro del clan al veterinario o ir a hacer algún mandado menor. Pero proteger a alguien? ridículo. Refunfuño mientras se calzo su uniforme, o lo que ella consideraba su uniforme y dejo el shamisen reposando en una esquina de su pequeñísima habitación.
 
No tardo en llegar. Antes de presentarse Mak se aseguro de que nadie amenazaba a su cliente, se movió entre sombras, cubierta con una capucha oscura como el velo de una noche sin luna. Atenta, escuchando, venciendo todo rumor había hecho la tarea, averiguo como se llamaba su cliente y se presento cuando vio todo seguro. —Makizu… llámeme Mak o Maki, como guste— Hizo una pequeña reverencia ante la persona de la entrada, el anfitrión o el mesero al parecer y sus ojos jamás dejaron de buscar el mal y el veneno en la saeta oculta en las esquinas negras.
 
Entro para buscar a su cliente, debía protegerlo y era mejor hacerse pasar por su ayudante para ello. Quizás un delantal blanco, un sombrero y una gran sonrisa podría ocultar que detrás de esa fachada estaría expectante una Kunoichi deseosa de demostrar lo que vale. —Buenos días… Satoru-Sama, mi nombre es Makizu, soy la enviada de la casa Sarutobi a protegerle, mantenga la calma y todp ira bien. Si tiene alguna duda con lo que sea. Solo hágamelo ver y eliminare su inquietud.— Menciono con una amplia reverencia.
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Naoto
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31-07-2026, 02:36 AM
El viejo Satoru deslizó el extremo de su dedo sobre el labio, su mirada estaba puesta sobre el pequeño almacén que poseía detrás de la tienda. Antes de abrir oficialmente siempre acostumbraba a hacer el conteo de su inventario. Cuando se dirigió donde estaban las porciones de cerdo e inició el conteo su cara se transformó en preocupación.
 
—Ciento veinte… —apoyó ambas manos sobre su cintura y mantuvo la mirada sobre la comida cruda por un rato— No… no puede ser…
 
El sonido de una campana alertó al cocinero que en seguida se dirigió hacia la entrada, temiéndose lo peor. Sin embargo, mostraría cierta tranquilidad al ver que una joven de cabello oscuro se hallaba en frente, presentándose y confirmando que era quien él pensaba. Satoru se cruzó de brazos y examinó detenidamente a la muchacha, con sus ojos achinados, inquisitivos. Finalmente, pareció aceptar la compañía.
 
—Buenas tardes, adelante —el hombre se inclinó ligeralmente para devolver el saludo. Tras ello, le indicó a la kunoichi que se sentara en una de las sillas de la barra.
 
Satoru lanzó un suspiro y se quitó el gorro de cocinero, apoyándolo delicadamente sobre la mesa de madera. Visiblemente estaba afectado, parecía ver fantasmas. Su mirada se desviaba a cada esquina del local, incluso miró por debajo de la mesada; caminó hacia atrás, donde estaba el almacén y miró de reojo en todas las direcciones, después, se dirigió hacia una pequeña escalera que llevaba al piso superior, donde estaba su oficina para pispear un poco. Tras notar que estaban solos, se dirigió a la muchacha.
 
—Jamás creí que tuviese que llegar al extremo de contratar seguridad… —se sentó al otro lado de la barra, el cocinero no miraba demasiado a la joven, su mirada estaba perdida, como si buscara fuerzas para tratar de explicar el motivo de la presencia de la mujer— Le pedí que viniera porque desde hace unas semanas mi restaurante está sufriendo constantes sabotajes por parte de mi propio hermano. Se llama Makoto, él… es cocinero como yo, su restaurante está en esta misma calle. Como es habitual, competíamos. Como con cualquier otro restaurante del distrito comercial.
 
Satoru se sirvió un poco de agua y también le ofreció a ella. Necesitaba aclarar la garganta.
 
—El problema es que… esa rivalidad… mi hermano codicia mi fórmula, mi receta secreta para hacer ramen. Siempre la quiso para él. Ambos aprendimos de nuestro padre, pero él siempre fue especialista en copiar todo lo que yo hacía. Es un cerdo miserable.
 
Frunció el rostro en señal de enojo por los recuerdos que se cruzaban por la cabeza mientras relataba su problema. Hizo una mueca y miró hacia el almacén.
 
—Siento que hoy durante el festival querrá sabotear mi restaurante, y no lo voy a permitir —el cocinero le hizo una seña a la muchacha para que le siga hasta el depósito, que estaba en la parte trasera del local. El hombre se inclinó sobre las existencias de comida, donde estaba la carne de cerdo y pollo—. Siempre que me retiro del local hago el inventario. Estoy seguro de que alguien entró hoy y me robó. Y sé exactamente que es mi hermano. Me faltan piezas de cerdo. Y no solo eso, al llegar encontré la ventana de la oficina abierta.

Salió del almacén y se dirigió hacia el pequeño vestidor que tenía debajo de las escaleras, de allí sacó un conjunto femenino que utilizaba una antigua empleada para atender a los clientes. Su otro empleado era Goro, su propio hijo, quien solía atender a los clientes mientras él cocinaba, todavía no llegaba al local, y eso le hacía impacientarse.

 
—Toma, es mejor que te disfraces. Quiero que vigiles a los clientes, ver si alguien tiene intenciones de sabotear, de espiar, o algo. También quiero que averigües el paradero de la carne que falta. Antes de que abra el local tendré que ir a buscar más carne o no alcanzará. Te dejo en tus manos la vigilancia hasta que regrese.
 
El viejo cocinero se dirigió hacia la salida y miró la transitada calle. Alzó la mirada hacia el cielo anochecido. No tenía mucho tiempo.
 
—Ya regreso.
Makizu
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02-08-2026, 03:06 AM
El viejo le examino antes de aprobarla, era un viejo astuto, ciertamente le habían engañado antes quien sabe que daños haciendo, en una aldea ninja a veces se podían colar gentes indeseables en las filas de los aliados y causar muchos más males que un enemigo que se enfrenta cuerpo a cuerpo. Pelear en el mundo del ramen era una lucha dura, durísima para los novatos y aún más para los veteranos pues constantemente eran el blanco de envidas o de otros chefs en ascenso.  
 
Mak se sentó en uno de los taburetes altos, de esos graciosos de cuero rojo y divertidos esos que te obligan a mover el culo de un lado a otro divertida. Eran geniales y le daban su toque al restaurante tradicional dándole un aire medio occidental. La vista de Mak concentrada y sus dedos prestos a moverse a su arma ante cualquier cosa.
 
Se notaba algo preocupado, parece que algo pasaba, algo ajeno al cuidado del local o del cocinero, parecía ser algo que Makizu no entendía. ¿Quizás algo relacionado a la preparación, faltaba una olla? ¿Algún material o un trabajador? Las posibilidades infinitas la verdad. Pero no podía adivinarlo. Le escucho pacientemente tamborileando con sus dedos suavemente en la mesa mientras giraba el dedo índice alrededor de uno de los anillos de su nudillera. —Siempre hay una primera vez jefe… que no le dé pena, hay días que son oscuros, si no una no se adelanta al mal, este nos termina mordiendo el culo.— Inflo un poco sus mejillas apoyando finalmente su mentón en su mano apoyando el codo sobre la barra. Makoto, así que tenia un hermano menor y con tácticas sucias. La primera regla de un ninja en misión era no comer ni beber nada externo a sus propias raciones… Mak se bebió dos vasos de la deliciosa agua del local comercial. Todo sin remordimientos… Ni modo que mi propio cliente me envenene… que imbécil quien hizo esa regla. Pensó con fuerza convencida sola de ello. —Vaya que duro es tener un hermano que compite con una… jamás quisiera vivir eso.— Menciono mientras dejaba el segundo vaso en la mesa.
 
Le pidió que le siguiera y ella giro sobre la silla dos veces y se bajó ágilmente de un pequeño salto. —Bien. Manos a la obra— De pronto algo extraño ocurrió, iría el mismo por la carne, bueno no pasaba nada, no es como si su hermano le matase o algo así. Seguro estaba bien, la prioridad era el ramen. El restaurante. Ahí lo comprendió. Se puso el uniforme no sin antes comenzar a rondar un poco por el almacén. Las mesas, inspeccionado alguna pista, alguna cosa olvidada. No existía el crimen perfecto, solo tontos que creían que sí. examino el lugar donde se habían desaparecido las cosas… buscando alguna huella, algún rastro. ¿Podría seguir al ladrón? No!. Era mejor proteger el restaurante. Y estar atenta a cualquier problema o boicot.
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Naoto
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02-08-2026, 11:15 AM
El reloj de la pared marcaba diez minutos desde que el viejo cocinero se había marchado hacia su casa a buscar algunos ingredientes. El interior del local estaba inundado de una tranquilidad inquietante, pues las propias palabras exageradas que Satoru impregnó en el ambiente habían generado un aura de rareza. Era propio del viejo Satoru la exageración, la novela, la sugestión. Esto, claramente, la pobre ninja no lo sabía.
 
En la pared figuraban algunos retratos, entre ellos el que más destacaba era el de Satoru con su hermano, ambos sonrientes. ¿Por qué lo conservaba si estaba tan furioso con él? La respuesta estaba en el propio corazón del terco chef, un interior cerrado con llave hace años. Un núcleo corrompido por discusiones familiares, por malas acciones.
 
De pronto, un golpe seco.
 
Provenía del almacén. Algo se había caído, y con ello, un grito se escuchó. Pero no era humano. Varias piezas de cerdo estaban en el suelo, y si la mujer inspeccionaba el lugar, encontraría varias piezas de cerdo en el suelo, algunas mordisqueadas. Unas pequeñas pisadas marcadas con barro en el suelo delataban la identidad del animal, que se perdían en un rincón del depósito.
 
Al parecer Satoru sí se hallaba un poco sugestionado.
 
La puerta principal se abrió de golpe.
 
—¿Hola? ¿Hay… alguien? —la voz de un hombre joven rompió el silencio. Este avanzó cauto por el salón principal hasta alcanzar la barra, mirando hacia todos lados—. Qué extr… ¡Ahh! —pegó un sobresalto al notar que había una mujer adentro—. ¿Y tú quién eres?
 
El muchacho se parecía mucho a Satoru. Su mirada se clavó sobre Makizu, inquisitiva. La vestimenta logró calmarlo casi al instante, al determinar que era una nueva compañera de trabajo. Él, por su parte, también llevaba el mismo traje que Makizu. El hombre miró hacia la escalera por unos segundos, sus ojos no podían ocultar la inquietud por la presencia femenina.

—¿Y mi padre? ¿Dónde… está? —dijo a la par que inspeccionaba los rincones del restaurante, buscándolo—. Soy Goro, su hijo. Y también trabajo aquí…
 
Goro clavó la mirada de nuevo en la pequeña escalera que llevaba hacia el piso superior. Se encogió de hombros independientemente de lo que le dijera la muchacha. No le importaba demasiado si su padre malgastaba el dinero contratando nuevos mozos. Sin embargo, no paraba de apartar la mirada hacia todos lados. Y cada tanto la imponía sobre Makizu.
 
—¿Qué haces aquí? ¿Es tu primer día de trabajo? No… no esperaba compañía hoy. Eh… ¿ayudarás al viejo a cocinar o … solo entregarás los pedidos? —Goro se acercó a ella a medida que hablaba. Tragó saliva, pues se le veía visiblemente nervioso.
 
El muchacho abrió la boca pero sus palabras fueron ahogadas por un sonido en el piso de arriba. Otro golpe seco. Goro dio un sobresalto y su cara se puso pálida. Temió lo peor para sus adentros. A los segundos unas cantas pisadas atareadas hacían sonar la madera del techo, acompañado de sonidos que claramente delataban a alguien buscando algo. Unos cajones que se abre, objetos que caen al suelo, papeles que son arrancados de sus cuadernos.
 
—¿No me has dicho que estabas sola? Eso… —su mirada no se apartaba de la escalera, y su rostro denotaba preocupación. Sin embargo, se mantuvo atento al movimiento de Makizu—. ¡Espera! No es seguro subir, quizás pueda ser… alguien… malo.
 
Goro intentaba bloquear el paso de Makizu poniéndose delante de ella, alarmado. Parecía que sus intenciones fuesen proteger a la nueva empleada. El joven cocinero decidió no subir, quizás por cobardía.  
 
—Está bien, está bien, ve. Debe estar buscando la fórmula de papá.
 
Como sea, ya no había nada arriba. Papeles en el suelo y cajones abiertos, un claro indicio de que alguien estuvo buscando algo. La única ventana estaba abierta y se podía escuchar los ruidos de unos calzados golpeando los tejados a toda velocidad para después bajar con dificultad al suelo y escapar.
Ahora, en el piso de abajo, varios ruidos similares se escuchaban también.
 
La pregunta es: ¿qué decisión tomará Makizu?
 
Opción 1: perseguir al ladrón
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Astuta. Perseguir a ese sujeto fue fácil. No era un ladrón profesional, ni un acróbata, su aspecto se hallaba desgastado, poco atlético y lento. El hombre quie atrapaste tenía una apariencia similar a Satoru. En efecto, se trataba de Makoto, quien en seguida te ordena que lo dejes en paz. Makoto no era temeroso ni cobarde como su hermano, al contrario, se le consideraba muy valiente entre sus familiares. Su aspecto es tosco, rudo, y de una mirada filosa, como su lengua. El hombre se limpiaría sus sucios ropajes e inspeccionaría a Makizu, sin comprender exactamente qué estaba ocurriendo. Definitivamente que una kunoichi lo persiguiese era algo que no estaba en sus planes. De hecho, todo se había ido a la basura.
 
—¿Quién diablos eres? ¿Trabajas para él? —preguntó sin rodeos. El hombre sostenía con fuerza un viejo pergamino—. No tengo intenciones de hacerte daño, muchacha, pero te pido que no te entrometas en mis asuntos. Mi hermano es un traicionero. Deberías tener cuidado con él.  
 
Los ojos de Makoto se humedecieron al observar el pergamino. Negó con su cabeza varias veces. Parecía tener una batalla interna. Después de unos segundos, se resignó a sabiendas de que estaba cometiendo un delito que no deseaba; Satoru le había obligado a ello.
 
—Está bien… está bien. Te seguiré hasta el restaurante. Como dije, no tengo intenciones de pelear. Pero Satoru te debe una explicación.
 
Al ingresar con Makoto ambos se percataron de que no había ningún rastro de Goro. Makoto decepcionado se acarició la frente, disgustado por el comportamiento cobarde de su sobrino.


Opción 2: bajar las escaleras
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El hombre había escapado y consigo se llevaba el pergamino familiar que contenía varias recetas. Decidiste no perseguirlo, pero quizás eso no era algo malo. Abajo, Makizu podría escuchar otros ruidos similares a los anteriores. Parecía que todo se estaba dando vueltas en la barra, en el almacén, en los cajones, en los recovecos del lugar. Rápidamente recuerdas que Goro se había quedado. ¿Segura que por cobardía?
 
—Mierda, mierda… ¿dónde está? —susurraba el muchacho a la par que miraba de reojo las escaleras temiendo que ella apareciera.
 
Se le estaba agotando el tiempo. El lío arriba había sido una buena distracción. Goro seguía maldiciendo por lo bajo, ya no ocultaba su enojo, su angustia, el mal momento que estaba pasando. Sin embargo, se frenó en seco al ver que la ninja descendía. Golpeó la mesa con la palma de su mano y se llevó ambas manos a la cara, como si quisiera llorar, pero al final era desesperación. Miró al techo pidiéndole ayuda a Dios, a sabiendas de que estaba cometiendo un delito contra su propio padre.
 
—Lo siento… lo siento —el muchacho se aterrorizó al ver a la kunoichi acercarse a él—. Sé que no debía hacer esto.
 
En ese momento, Goro quiso escapar.
 
Otra vez la puerta principal se abrió. Satoru en persona. El hombre llevaba un canasto con ingredientes en cada mano. Dejó ambos canastos en el suelo y se secó la frente transpirada de tanto caminar.
 
—¿Makizu? —preguntó el viejo, intrigado—. ¿Qué está pasando aquí?  
 
El hombre estaba decidido a preparar las porciones de ramen en la cocina, no sin antes entender qué estaba pasando allí.


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Satoru: verde
Makoto: azul
Goro: rojo
Makizu
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05-08-2026, 05:46 AM
Makizu no necesitó pensarlo demasiado. Si alguien salía corriendo con un pergamino bajo el brazo justo después de revolver media oficina, lo normal era alcanzarlo primero y hacer preguntas después. Saltó por la ventana sin la menor ceremonia, impulsándose sobre el tejado más cercano mientras seguía el sonido apresurado de unas sandalias golpeando las tejas. El supuesto ladrón no era precisamente un prodigio del sigilo. Jadeaba, tropezaba y cada pocos metros miraba hacia atrás como quien ya se arrepentía de todas las decisiones que había tomado esa noche. No tardó en darle alcance.
 
La kunoichi cayó delante de él con un golpe seco que le bloqueó el paso. Ni siquiera adoptó una postura de combate; simplemente cruzó los brazos mientras el hombre levantaba el pergamino como si todavía estuviera decidiendo si correr, pelear o echarse a llorar.
Terminó haciendo ninguna de las tres. Entre resoplidos y arcadas anunciando el puke, comenzó a explicar que no pretendía vender la receta ni destruir el negocio de su hermano. Aquel pergamino pertenecía a la familia desde hacía años y estaba convencido de que Satoru lo ocultaba para humillarlo una vez más. Hablaba con rabia, sí, pero también con una frustración que sonaba demasiado vieja para haber nacido aquella noche.
 
Makizu lo escuchó durante unos segundos antes de soltar un largo suspiro. ☼Vaya par de viejos tercos...☼ Penso algo fastidiada y negó con la cabeza mientras señalo con el pulgar el camino de regreso. —Anda. Camina. Estoy empezando a sospechar que la receta secreta no es el ramen, sino cómo complicarse la vida por una sopa.— Makoto refunfuñó algo entre dientes, pero terminó obedeciendo. Después de todo, discutir con una kunoichi que acababa de caerle delante desde un tejado no parecía especialmente inteligente.
 
Cuando ambos regresaron al restaurante, la escena era todavía más caótica. Goro había desaparecido y Satoru acababa de regresar cargando ingredientes, completamente confundido al encontrarse a su hermano entrando por la puerta escoltado por una muchacha que parecía mucho menos preocupada que cualquiera de los dos cocineros. El silencio duró apenas unos segundos. Después comenzaron los reproches.
 
Que si uno llevaba años copiando recetas. Que si el otro escondía pergaminos familiares. Que si la carne desaparecía misteriosamente. Que si las ventanas abiertas. Que si el festival.
Makizu dejó que ambos descargaran todo lo que llevaban guardando durante años. Incluso se tomó la molestia de contar mentalmente cuántas veces se interrumpían. Perdió la cuenta alrededor de la décima y se comió un platón de Wantan tan grande como su cabeza.
 
Finalmente levantó una mano. —¿Ya terminaron viejos babosos?— Los dos guardaron silencio. —Bien. Porque llevo toda la tarde escuchando hablar del fin del mundo, de conspiraciones culinarias y de recetas secretas... y lo único que he visto es a dos hermanos incapaces de hablar sin intentar arrancarse la cabeza con un cucharón.— Se acercó a la barra y dejó el pergamino sobre la madera. —Si esa receta convierte a cualquiera en el mejor cocinero de Konoha, entonces cierren los restaurantes y hagan fotocopias se reparten las ganancias y asunto cerrado.— Ninguno respondió. —Pero si el ramen de verdad depende de quién lo cocina...— Miró primero a Satoru y luego a Makoto. —Entonces dejen de comportarse como niños y demuéstrenlo cocinando o ustedes creen que yo me convertí en ninja por que el legado de mi familia es patear culos?... pues no, yo me divierto pateando culos y por eso soy una ninja. E intuyo que ustedes son cocineros por que en algún momento disfrutaban serlo… por que no por una vez… dejan de cocinar y comienzan a divertirse?— Aquellas palabras parecieron pesar más que cualquier amenaza. Ambos desviaron la mirada casi al mismo tiempo. Ninguno estaba dispuesto a reconocer que la muchacha tenía razón, pero tampoco encontraron argumentos para llevarle la contraria.
 
Mientras tanto, un pequeño gruñido rompió el incómodo silencio. Los tres giraron la cabeza hacia el almacén. El verdadero ladrón de la carne salió caminando con absoluta tranquilidad: un perro rechoncho que todavía llevaba un trozo de lomo entre los dientes. Al parecer había encontrado un pequeño hueco bajo la puerta del depósito y llevaba varios días entrando a darse un festín completamente gratis.
 
Makizu observó al animal durante unos segundos.
 
Después miró a Satoru.
 
Luego a Makoto.
 
Y finalmente volvió a mirar al perro waton.
 
—Bueno...— Se encogió de hombros. —Al menos uno de los culpables sí era un perro.— Por primera vez en toda la noche, ambos hermanos soltaron una carcajada al mismo tiempo. Quizá el festival no recordaría aquella discusión. Quizá nadie llegaría a saber que una misión aparentemente sencilla había terminado resolviendo años de rencores familiares. Pero el ramen volvió a cocinarse, los clientes comenzaron a llenar las banquetas y, mientras abandonaba el restaurante con una sonrisa satisfecha, Makizu llegó a una única conclusión. Definitivamente prefería pelear contra ninjas antes que contra cocineros. Los cocineros daban mucho más trabajo. Pero carajo que eran buenos anfitriones. Comio demasiado en esta misión.
[Imagen: a327fec0-520b-47d4-99aa-a116d98e864b.png]
Masashi Kishimoto
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05-08-2026, 03:32 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión rango E] El vendedor de ramen (TID 14383)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Makizu — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp
  • Naoto — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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05-08-2026, 03:32 PM
閉
🔒 Tema cerrado
Este tema ha sido cerrado.
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