Sin mediar palabra, el peliblanco dio tres pasos al frente, deteniéndose justo en el centro del terreno despejado. Ajustó con un chasquido seco las correas de cuero de sus guantes tácticos, asegurando las placas metálicas que cubrían sus nudillos. Sus ojos azul gélido, fijos pero con ese matiz de vacío característico de quien analiza micro-patrones en lugar de miradas, le recorrieron la estructura corporal de arriba a abajo. Un ninja no se demostraba con palabras, ni con el prestigio de sus ojos blancos, ni con la diplomacia vacía de un saludo. Se demostraba en el choque.
En un instante, flexionó levemente las rodillas, hundiendo la planta de las sandalias reforzadas en la tierra. Bajó el centro de gravedad, inclinó el torso hacia adelante y cruzó los antebrazos acorazados a la altura del pecho. Sus ojos azul gélido, fijos y desprovistos de vacilación, quedaron clavados en la firmeza del eje corporal del oponente, adoptando una postura defensiva absoluta y expectante, listo para responder al menor impulso de aire o alteración en el flujo del intruso.