El sol del mediodía apenas lograba perforar la densa y pesada capa de bruma y nubes plomizas que sofocaba el Puerto Funato en aquella vigésima segunda jornada del verano del año 150. El ambiente era denso, casi irrespirable, impregnado por una mezcla penetrante de salitre, humedad estancada y el hedor característico a pescado en descomposición que emanaba de los muelles abandonados y los cobertizos circundantes. Las olas del mar rompían con una fuerza sorda y contenida contra los pilares de piedra y la madera carcomida de los cimientos, marcando un compás lúgubre que parecía advertir la peligrosidad del sector.
Ocultos parcialmente por la estructura decrépita de un viejo almacén pesquero, el entorno circundante permanecía en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido constante de las tablas y el eco del agua. De las sombras de un callejón adyacente, envuelto en la cortina de neblina costera, emergió una figura imponente. El teniente a cargo del operativo avanzó con paso firme, rítmico y disciplinado, enfundado en un chaleco táctico oscuro repleto de correas y portando las insignias de la aldea. Su rostro, surcado por cicatrices de viejos combates y marcado por una expresión de absoluta severidad, reflejaba el peso de los informes de inteligencia que sostenía con fuerza en su mano enguantada. Clavó sus oscuros ojos en la dirección donde se encontraban Orión, Kalak y Sayuri, deteniéndose a una distancia prudente para mantener la discreción de la zona.
—Escuchen bien y no me hagan repetir las instrucciones —comenzó diciendo el teniente, con una voz ronca, autoritaria y cortante que no admitía réplicas ni dudas—. Lo que hay bajo este maldito almacén ya no es un simple problema de contrabando; es una cloaca de experimentos ilegales que representa una amenaza directa para la seguridad de la aldea. La orden del alto mando es clara e indiscutible: aseguren el complejo subterráneo, rescaten a cualquier superviviente que aún respire en las celdas y neutralicen sin vacilar a los mercenarios que todavía protegen las ruinas de su laboratorio clandestino. No toleraré errores de novatos ni indisciplinas tácticas allá abajo.
El oficial hizo una pausa calculada, dejando que la tensión del momento flotara pesadamente en el aire cargado de humedad, antes de cruzar los brazos con firmeza y mudar sutilmente su tono hacia uno de sobrio respaldo institucional:
—Tienen el talento necesario y ya han demostrado estar a la altura de situaciones complejas. Sé perfectamente de lo que son capaces cuando se lo proponen. Demuestren de qué pasta están hechos los verdaderos shinobis de Kirigakure en este tipo de misiones. Despejen el área, obtengan las respuestas que necesitamos y vuelvan con bien. Quedan completamente dispensados.
Tras pronunciar esas palabras finales, el teniente dio media vuelta con precisión militar, desvaneciéndose casi de inmediato entre la densa bruma y las sombras de los muelles del puerto, dejando el acceso al subterráneo completamente libre, silencioso y a la entera disposición de las decisiones del equipo.
La pesada puerta de metal oxidado que sella el acceso subterráneo bajo el viejo almacén pesquero del Puerto Funato yace ante ellos, exhalando un vaho frío, denso y cargado de una extraña mezcla de salitre y residuos químicos.
Al cruzar el umbral, la oscuridad de los pasillos subterráneos se abre paso. Las instalaciones revelarian los rastros inequívocos de una evacuación caótica y apresurada: equipos tecnológicos destrozados, fragmentos de documentos esparcidos por el suelo y hileras de celdas vacías que testimonian el horror de los experimentos ilícitos llevados a cabo en el lugar. La inteligencia previa advertía que el grueso de los responsables ha escapado, pero los mercenarios a sueldo continúarian patrullando las entrañas del complejo para borrar cualquier rastro, mientras que algunos frágiles supervivientes permanecen ocultos o desorientados entre las ruinas.
El entorno está dispuesto y el acceso se encuentra completamente abierto. La forma de proceder, la estrategia de infiltración, el método para asegurar el complejo, el manejo de los hostiles y las decisiones de rescate quedan ahora en manos de las elecciones que el equipo decida tomar.
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