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[Autonarrada C] La Casa del Coleccionista
Issei
Rango Genin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza60(3)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud9
Velocidad10
Tenketsu12
Sigilo18
495
580
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28-07-2026, 12:14 PM
Un nuevo encargo me llegó al amanecer, mucho antes de que el distrito Heizu terminara de despertar. La orden era sencilla sobre el papel: acompañar a un chūnin de la División de Patrulla Marítima hasta una pequeña isla del sur para investigar el robo de varias reliquias históricas pertenecientes a un coleccionista local. Ninguna de las piezas tenía utilidad, pero todas procedían de antiguos asentamientos del País del Agua y algunas conservaban un valor cultural que superaba con creces el económico. Los informes indicaban que varias habían reaparecido recientemente en el mercado negro, aunque nadie sabía quién las estaba sacando de la isla ni hacia dónde terminaban viajando después.

El embarcadero todavía permanecía cubierto por la niebla cuando llegué al punto de reunión. Allí me esperaba un único chūnin, un hombre de unos cuarenta años llamado Harada, curtido por demasiados años navegando aquellas aguas. No era especialmente alto ni llamativo, pero bastó verlo preparar el pequeño Kiri Hayate para comprender por qué lo habían asignado a aquella misión. Movía cada cuerda y cada vela con naturalidad, como si llevara toda la vida respirando sal en lugar de aire.

No perdimos tiempo con presentaciones innecesarias, en cuanto el equipo estuvo asegurado, soltó amarras y la pequeña embarcación abandonó Kirigakure deslizándose entre los canales hasta alcanzar el mar abierto.

Fue entonces cuando el verdadero País del Agua volvió a aparecer ante mis ojos. El océano seguía siendo inmenso, pero cada viaje dejaba más claro que algo estaba muriendo bajo su superficie. El agua había perdido parte de aquel tono limpio que, según los registros antiguos, había caracterizado durante generaciones al País del Agua. En algunas zonas adquiría un matiz grisáceo, casi enfermizo, y una espuma densa se acumulaba alrededor de los islotes, arrastrada por unas corrientes cada vez más impredecibles. Apenas vimos bancos de peces durante horas de navegación, ni aves marinas, ni tan siquiera los grandes depredadores que antaño dominaban aquellas aguas.

Las islas tampoco ofrecían un aspecto mejor, la primera que dejamos atrás conservaba los esqueletos ennegrecidos de un bosque entero. Decenas de árboles permanecían todavía en pie, pero sus ramas estaban desnudas y la corteza se desprendía a tiras, como si hubieran envejecido décadas en apenas unos años. Más adelante apareció otra donde los arrozales se habían convertido en extensiones de barro cuarteado incapaces de sostener una sola planta sana. Incluso desde el mar podían distinguirse las casas abandonadas y los pequeños embarcaderos vacíos, devorados lentamente por el óxido y la humedad.

El viento tampoco ayudaba, no era especialmente fuerte, pero soplaba de manera irregular, cambiando de dirección sin previo aviso y obligando a Harada a corregir constantemente el rumbo del Hayate. Varias veces levantó la vista hacia un cielo completamente cubierto por nubes oscuras que parecían haberse instalado allí para siempre.

— Hace diez años este viaje era agradable —murmuró sin apartar las manos del timón—. Ahora cada salida al mar parece una apuesta.

No respondí, sino que me limité a observar el horizonte mientras el casco golpeaba suavemente las olas. Cuanto más me alejaba de Kirigakure, más evidente resultaba que el problema no solo se limitaba a la aldea, era el país entero el que se marchitaba a un ritmo vertiginoso. La tierra, los bosques, el mar... todo parecía avanzar hacia el mismo destino. Y, por primera vez desde que me convertí en shinobi, comprendí que muchas de las misiones que nos esperaban a partir de ahora no consistirían únicamente en derrotar enemigos, sino en intentar sostener un país que amenazaba con desmoronarse por sí solo.

Tardamos cerca de tres horas en alcanzar nuestro destino. La isla apenas aparecía en la mayoría de mapas oficiales, era poco más que una pequeña elevación rocosa rodeada por acantilados bajos y un diminuto pueblo pesquero construido alrededor de una ensenada natural donde apenas cabían una docena de embarcaciones. Varias viviendas mostraban grietas profundas en sus muros, las redes colgaban vacías frente a las casas y los pocos habitantes que caminaban por los caminos de tierra tenían ese mismo aspecto cansado que empezaba a repetirse en casi cualquier rincón del país. No parecía un lugar donde alguien pudiera hacerse rico, precisamente por eso resultaba tan extraño que allí hubiera comenzado una red de tráfico de antigüedades.

Harada aseguró el Hayate junto al viejo embarcadero de madera y saltó a tierra con la tranquilidad de quien ya había visitado aquella isla otras veces.

— Vamos —dijo mientras comenzaba a caminar hacia el interior del pueblo—. El coleccionista vive en la casa más grande de toda la isla.

Ajusté las hoces contra mi cinturón y eché un último vistazo al mar antes de seguirlo. Algo me decía que aquellas reliquias escondían una historia mucho más grande que un simple robo.





La vivienda del coleccionista dominaba la parte más alta del pequeño pueblo, levantada sobre una plataforma de piedra desde la que podía contemplarse prácticamente toda la bahía. Era una construcción antigua, más grande que el resto de casas de la isla, aunque el paso del tiempo también había terminado alcanzándola. La cal blanca de las paredes se desprendía por varias zonas, las vigas exteriores estaban deformadas por décadas soportando la humedad del mar y el jardín que rodeaba la casa apenas conservaba unas pocas plantas marchitas que luchaban por seguir vivas.

Nos abrió un anciano de espalda encorvada, pero mirada sorprendentemente firme. Su nombre era Shunpei Takara, y bastó cruzar la puerta para comprender que el verdadero valor de aquella casa no estaba en su aspecto exterior.

Las paredes permanecían cubiertas por mapas antiguos del País del Agua, máscaras ceremoniales, cerámicas, armaduras corroídas por el tiempo y decenas de estanterías donde descansaban objetos que probablemente llevaban siglos sin abandonar aquellas islas. Cada pieza tenía una pequeña etiqueta escrita a mano con su procedencia y una breve explicación. 

No parecía la vivienda de un hombre rico, sino que parecía un museo construido por alguien que se negaba a dejar morir la historia de su país.

— No buscaban dinero —nos explicó mientras caminábamos entre las vitrinas vacías—. Pasaron por alto monedas antiguas, joyas y piezas mucho más valiosas. Vinieron a por algo muy concreto.

Nos condujo hasta una habitación interior donde varios pedestales permanecían completamente vacíos.

— Tres tablillas de piedra... una brújula ceremonial... y un cilindro lacrado perteneciente a un antiguo cartógrafo.

Fruncí ligeramente el ceño, no era una combinación especialmente lógica para un ladrón corriente. Harada pareció llegar a la misma conclusión.

— ¿Qué relación guardaban entre sí?

— Eso llevo preguntándome desde que desaparecieron.

Durante las siguientes horas registramos la vivienda habitación por habitación. No tardamos en confirmar que los ladrones sabían exactamente dónde debían entrar; ninguna cerradura había sido forzada, y habían evitado las zonas más visibles de la casa, ignorado deliberadamente otras reliquias de mayor valor económico y entrado directamente en el archivo privado del anciano.

Abandonamos la casa poco después para reconstruir el recorrido de los responsables. La isla era pequeña, lo bastante como para que prácticamente todos recordaran haber visto algo. Un pescador aseguraba haber observado dos desconocidos descargando varias cajas tres noches atrás. Una tabernera recordaba haber servido comida a unos comerciantes demasiado bien vestidos para pertenecer a la isla. Y por último, un niño afirmaba haber visto luces moviéndose entre los antiguos acantilados durante la madrugada.

Por separado, ninguna declaración servía de gran cosa, pero juntas empezaban a formar un dibujo. Harada dividió mentalmente la isla en sectores mientras yo recorría los alrededores del viejo almacén donde varios vecinos aseguraban haber visto por última vez a aquellos hombres.

Encontré marcas de arrastre recientes entre la vegetación, después restos de cuerda, y más adelante, varias huellas parcialmente borradas por la lluvia terminaban desapareciendo junto a una pequeña cala oculta entre las rocas. Me agaché para observarlas con calma, la arena todavía conservaba la marca profunda del casco de una embarcación ligera. No llevaba demasiado tiempo allí.

— Harada.

El chūnin descendió hasta la cala mientras observaba el terreno, no necesitó demasiadas explicaciones.

— Han utilizado este sitio como embarcadero.

Asentí. No parecía un punto de desembarco habitual, apenas era visible desde mar abierto y la propia forma de los acantilados protegía la pequeña ensenada del oleaje. Era el escondite perfecto.

Mientras seguíamos inspeccionando el lugar, encontré algo más, bajo una roca parcialmente cubierta por algas sobresalía un pequeño trozo de pergamino humedecido. Lo desplegué con cuidado, la tinta estaba parcialmente corrida, pero aún podían distinguirse varias palabras.

"...segunda luna..."

"...misma ruta..."

"...mañana al anochecer..."

"...no retrasarse..."

Harada tomó el pergamino y permaneció varios segundos leyéndolo en silencio.

— No han terminado.

— Está claro que no.

Levanté la vista hacia el mar. Si el mensaje era correcto, las reliquias ni siquiera habían abandonado todavía aquella región del archipiélago, solo estaban esperando el momento adecuado.

— Van a mover la mercancía esta misma noche.

El chūnin dobló cuidadosamente el pergamino antes de guardarlo entre sus documentos. Durante unos segundos ninguno de los dos habló, pero Harada finalmente dejó escapar un leve suspiro.

— Con dos personas no podemos interceptar un traslado sin saber cuántos hombres participan.

Era cierto, ya que aquello ya no era un simple robo, sino una operación organizada.

— Volveremos a Kirigakure.

Lo miré sin apartar los ojos del horizonte.

— ¿Los dejaremos escapar?

— Los dejaremos creer que han escapado —una ligera sonrisa apareció en su rostro—. Y la próxima vez los estaremos esperando.

Abandonamos la cala poco después, llevando con nosotros el informe del coleccionista, el fragmento de pergamino y la certeza de que aquella investigación estaba muy lejos de haber terminado. Las reliquias seguían ahí fuera, moviéndose entre las islas del País del Agua... y por primera vez teníamos una oportunidad real de seguir su rastro antes de que desaparecieran para siempre.
[Imagen: xd.png]
Masashi Kishimoto
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28-07-2026, 05:56 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada C] La Casa del Coleccionista (TID 14343)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Issei — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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