Llegó a la zona de participantes mirando de reojo los puestos de comida del público. Los dangos brillaban bajo el sol con una crueldad particular. Se le iluminaron los ojos un segundo antes de que lo llamaran.
— ¿Si gano me dan comida o dinero?
Se lo preguntó a Amaru, que iba en su hombro también con los ojos puestos en los mismos dangos. Ninguno de los dos recibió respuesta.
Sus pies subieron a la tarima de madera. Se pasó la mano por el pelo, primero por la parte blanca, después por la negra, notando lo húmedo que estaba todo. La humedad del verano era terrible ese día, de esas que hacen que el aire pese más de lo normal. El presentador anunció los nombres con esa energía suya exagerada, y Raizen giró la cabeza para ver a su rival.
— ¿Es Uchiha?
Lo susurró para sí mismo mientras soltaba un suspiro cargado de un estrés que no tenía nada que ver con el miedo y sí con las ganas de terminar rápido e irse a comer. El suspiro terminó en una sonrisa que intentaba desarmar esa tensión que se le había instalado en los hombros.
— ¡Un gusto! Espero que vayas con todo, así puedo perder e irme a comer tranquilo.
Amaru saltó del hombro al frente y se transformó antes de tocar el suelo. El bastón apareció metálico y negro, midiendo un poco más que Raizen, y el Sarutobi lo maniobró con naturalidad hasta quedar en postura defensiva, los pies separados, el peso distribuido hacia atrás.
Miró a Daeru, pero no demasiado tiempo. Sabía algo de los Uchiha, su amiga Kana se había encargado de enseñarle aunque fuera por accidente, y los ojos de esa familia no eran algo con lo que conviniera sostener el contacto visual más de lo necesario.
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