25-07-2026, 07:33 PM
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El sol de mediados de verano cae a plomo sobre los inmensos descampados de la Academia de Konoha, convirtiendo las arenas de práctica en un hervidero de calor seco y reverberaciones lumínicas que distorsionan el horizonte. A estas horas, el bullicio habitual de los aspirantes y las clases matutinas ha cesado por completo, dejando el perímetro desértico, sofocante y cubierto por una fina capa de polvo blanquecino y calizo que se levanta con la más mínima brisa, adhiriéndose a la piel sudorosa.
El aire está impregnado por un rastro pesado y característico: el olor acre a madera calcinada por jutsus de fuego mal controlados, resina seca y el polvillo mineral desprendido de las rocas golpeadas sistemáticamente por técnicas de impacto. Esparcidos a lo largo de las principales zonas de combate cuerpo a cuerpo y de los anillos de Taijutsu, se extienden los lamentables restos de las últimas sesiones intensivas: pesados troncos de árboles petrificados cuyas fibras se han endurecido como el acero bajo capas de mineral, y enormes fragmentos de roca inestable que bloquean los accesos, los carriles de desplazamiento y las líneas de visión.
A un costado del cuadrante principal, una carretilla de carga metálica, provista de poleas rústicas y maromas de cáñamo grueso, aguarda junto a una pila desordenada de cuñas de hierro y barras de palanca abandonadas con desidia. Junto a ella, un supervisor de mantenimiento de la Academia, con el uniforme gris polvoriento y la frente surcada de sudor, se seca la nuca con un trapo sucio mientras maldice en voz baja ante la magnitud del desastre. Al percatarse de la llegada de la imponente y sobria figura del Senju, el hombre deja caer los brazos con gesto de absoluto fastidio y se apresura a interceptarle el paso, con los ojos fatigados y la respiración agitada por el calor:
—¡Al fin mandan a alguien! No me digas que vienes de parte del cuerpo de intendencia —exclama el supervisor con voz rasposa, gesticulando con exasperación hacia los troncos destrozados que bloquean el paso—. Los mocosos del último turno de la clase de Taijutsu dejaron esto hecho un auténtico campo minado. Destrozaron los soportes de madera petrificada con técnicas de fuerza bruta y rompieron las rocas de contención sin la menor consideración por las instalaciones. Mover esos bloques a pulso es una pesadilla, y las herramientas manuales apenas si raspan la superficie. Si no despejamos y nivelamos el terreno antes del siguiente ciclo de prácticas de los genin, el director me va a arrancar la cabeza. Tienes el equipo básico en la carretilla; arréglatelas como puedas, pero esa basura tiene que desaparecer del mapa.
35 de verano - Academia de Konoha
El sol de mediados de verano cae a plomo sobre los inmensos descampados de la Academia de Konoha, convirtiendo las arenas de práctica en un hervidero de calor seco y reverberaciones lumínicas que distorsionan el horizonte. A estas horas, el bullicio habitual de los aspirantes y las clases matutinas ha cesado por completo, dejando el perímetro desértico, sofocante y cubierto por una fina capa de polvo blanquecino y calizo que se levanta con la más mínima brisa, adhiriéndose a la piel sudorosa.
El aire está impregnado por un rastro pesado y característico: el olor acre a madera calcinada por jutsus de fuego mal controlados, resina seca y el polvillo mineral desprendido de las rocas golpeadas sistemáticamente por técnicas de impacto. Esparcidos a lo largo de las principales zonas de combate cuerpo a cuerpo y de los anillos de Taijutsu, se extienden los lamentables restos de las últimas sesiones intensivas: pesados troncos de árboles petrificados cuyas fibras se han endurecido como el acero bajo capas de mineral, y enormes fragmentos de roca inestable que bloquean los accesos, los carriles de desplazamiento y las líneas de visión.
A un costado del cuadrante principal, una carretilla de carga metálica, provista de poleas rústicas y maromas de cáñamo grueso, aguarda junto a una pila desordenada de cuñas de hierro y barras de palanca abandonadas con desidia. Junto a ella, un supervisor de mantenimiento de la Academia, con el uniforme gris polvoriento y la frente surcada de sudor, se seca la nuca con un trapo sucio mientras maldice en voz baja ante la magnitud del desastre. Al percatarse de la llegada de la imponente y sobria figura del Senju, el hombre deja caer los brazos con gesto de absoluto fastidio y se apresura a interceptarle el paso, con los ojos fatigados y la respiración agitada por el calor:
—¡Al fin mandan a alguien! No me digas que vienes de parte del cuerpo de intendencia —exclama el supervisor con voz rasposa, gesticulando con exasperación hacia los troncos destrozados que bloquean el paso—. Los mocosos del último turno de la clase de Taijutsu dejaron esto hecho un auténtico campo minado. Destrozaron los soportes de madera petrificada con técnicas de fuerza bruta y rompieron las rocas de contención sin la menor consideración por las instalaciones. Mover esos bloques a pulso es una pesadilla, y las herramientas manuales apenas si raspan la superficie. Si no despejamos y nivelamos el terreno antes del siguiente ciclo de prácticas de los genin, el director me va a arrancar la cabeza. Tienes el equipo básico en la carretilla; arréglatelas como puedas, pero esa basura tiene que desaparecer del mapa.