31 de verano - Alrededores de Konoha
El calor de finales de verano golpea con fuerza implacable sobre las áridas y polvorientas laderas de las afueras de Konoha. En el sector conocido como el Barranco Seco, el paisaje está dominado por la piedra gris, los matorrales secos y los restos de una antigua cantera que antaño abastecía de bloques de granizo y piedra base a los cimientos de la aldea.
El ambiente, por lo general silencioso y solitario, se encuentra alterado esta mañana debido a un reciente y desafortunado contratiempo: un derrumbe menor provocado por el deslizamiento de una pared de tierra y rocas ha bloqueado parcialmente uno de los túneles de almacenamiento y extracción secundaria.
A pocos metros de la zona afectada, un supervisor de suministros de complexión delgada y rostro bañado en sudor, vestido con el uniforme polvoriento de los operarios de obras, aguarda con impaciencia junto a unas estacas de delimitación. Al divisar la figura imponente y disciplinada de Itsuki Senju aproximándose por el sendero, el hombre se apresura a interceptarlo, gesticulando con evidente nerviosismo.
—¡Menos mal que llegó un shinobi, por los sabios! —exclama el supervisor con voz agitada, señalando con un tembloroso dedo hacia el montículo de escombros—. Uno de nuestros operarios, un joven encargado de revisar los inventarios de madera estructural, se quedó atrapado al fondo del túnel cuando cedió la parte superior del talud. El derrumbe no es masivo, pero hay una roca de granito bloqueando la salida de emergencia y los puntales de soporte están inestables; si intentamos mover los bloques con herramientas comunes, toda la estructura superior podría venirse abajo sobre él. Necesitamos alguien con control de fuerza y precisión quirúrgica para despejar el camino sin causar una tragedia mayor. ¡El túnel es todo tuyo, Senju!