El aire húmedo del verano se deslizaba por los canales de Kirigakure con una calma engañosa. Desde hacía dos semanas, una inquietud silenciosa había comenzado a extenderse entre los habitantes que dependían de las aguas para vivir. Pescadores experimentados, recolectores de plantas medicinales e incluso algunos barqueros habían desaparecido sin dejar rastro en las inmediaciones de las dársenas del Canal Mizuchi. Algunos jamás regresaron. Otros tuvieron la fortuna de ser encontrados horas después, inconscientes a la deriva en pequeñas embarcaciones o tendidos sobre las orillas, incapaces de explicar con claridad qué había sucedido.
Todos coincidían en un mismo detalle. Antes de perder el conocimiento, habían escuchado una voz. No se trataba de un grito cualquiera ni de un desconocido oculto entre la niebla. Eran voces imposibles de confundir. Una madre fallecida hacía años. Un hermano perdido durante la guerra. Un hijo que nunca regresó de una misión. Cada víctima aseguraba haber escuchado a un ser querido llamándolos por su nombre con absoluta claridad, como si se encontrara apenas unos metros más adelante, oculto tras el espeso manto blanco que cubría el canal. Muchos afirmaban haber sentido la necesidad irrefrenable de seguir aquella voz. Después solo oscuridad.
Al principio se creyó que eran simples alucinaciones provocadas por el agotamiento o por alguna planta venenosa propia de los humedales. Sin embargo, conforme aumentó el número de desapariciones, aquella explicación comenzó a perder fuerza. La coincidencia entre todos los testimonios resultaba demasiado precisa para ser ignorada. La noticia terminó llegando a la administración de la aldea cuando varias familias presentaron denuncias casi simultáneas. La preocupación era evidente. El Canal Mizuchi representaba una de las principales rutas utilizadas para abastecer distintos barrios de Kirigakure y conectar pequeños embarcaderos donde trabajaban decenas de civiles cada día. Si el miedo seguía propagándose, buena parte de la actividad comercial del sector terminaría paralizada.
Durante la mañana del undécimo día de verano, el despacho de misiones recibió la orden de movilizar un shinobi. La tarea era sencilla en apariencia, aunque la incertidumbre elevaba su prioridad, investigar el origen de las desapariciones, localizar a cualquier civil que pudiera encontrarse en peligro y determinar si tras aquellos sucesos existía la intervención de un enemigo, un animal especialmente agresivo o algún fenómeno desconocido.
Los informes recopilados fueron colocados sobre una mesa para que los responsables pudieran revisarlos antes de asignar oficialmente la misión. Ninguno aportaba pruebas concluyentes, aunque sí permitían identificar un patrón. Todos los incidentes habían ocurrido durante las primeras horas de la mañana o poco antes del anochecer, momentos en los que la niebla alcanzaba su mayor densidad sobre el canal. Además, las desapariciones parecían concentrarse alrededor de un mismo tramo donde el cauce se estrechaba entre antiguos pilotes de madera abandonados desde hacía años.
Como medida preventiva, la Guardia de Kirigakure había colocado discretas señales recomendando evitar aquella zona, pero las advertencias apenas surtían efecto. Muchos habitantes no podían permitirse dejar de trabajar, mientras otros simplemente atribuían los rumores a supersticiones nacidas entre marineros. Cuando toda la información estuvo reunida, la misión quedó oficialmente registrada y el shinobi asignado recibió autorización para partir hacia el Canal Mizuchi. Allí le aguardaba un escenario cubierto por la habitual niebla de Kirigakure, donde el silencio parecía absorber cualquier sonido más allá del suave golpeteo del agua contra los embarcaderos.
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