20-06-2026, 01:35 PM
El distrito comercial de Konoha era, en opinión de Akira, un desfile absurdo de hipocresía. El aire estaba saturado con una mezcla empalagosa de incienso caro, especias importadas y el perfume de aquellos que gastaban más dinero del que tenían para aparentar un estatus que no poseían. Mientras el resto de la aldea caminaba con la ligereza propia de quien cree que la paz es un estado permanente, Akira estaba sentado en cuclillas sobre una caja de madera de transporte, ocupando el espacio con una arrogancia natural que molestaba a los viandantes.
Su apariencia era un choque visual: vestía un chaleco de artes marciales negro con bordes carmesí que marcaba sus hombros anchos y su complexión fibrosa, rematado con unos pantalones blancos holgados que se movían con cada uno de sus gestos. Sus pies estaban descalzos, con la piel curtida y sucia de tanto caminar por los barrios bajos. Pero lo que realmente llamaba la atención eran sus guanteletes: un rojo brillante, pulidos hasta el exceso, que descansaban sobre sus rodillas. Los cuidaba como si fueran reliquias sagradas, aunque los usaba para reventar cabezas en peleas de taberna. Su banda ninja no estaba en su frente, ocultando su rostro, sino amarrada de manera rebelde alrededor de su cuello, como una bufanda barata.
A su lado, su gato blanco, un animal de una elegancia insultante y ojos heterocromáticos, observaba el mundo con la misma superioridad que Akira.
—Mira a esa gente, gato —masculló Akira, con la voz grave y rasposa—. Compran katanas decorativas que se romperían si intentan cortar una sandía. Es todo teatro. El día que tengan que defenderse de verdad, van a darse cuenta de que el "estilo" no para una kunai.
Sacó un pequeño termo de metal y bebió un sorbo de té Matcha amargo, disfrutando del sabor terroso que le recordaba que, al menos, él era real. Era un joven de contradicciones: poseía la estirpe de la rama principal de los Hyūga, pero su mirada—esferas perladas que no necesitaban parpadear para ver el flujo de la energía—estaba fija en los cargadores, en los herreros y en la gente que se ensuciaba las manos, no en los políticos que vivían en las altas esferas.
Entonces, el sonido de la realidad golpeó la calle: un ¡CRACK! seco y metálico.
A unos diez metros, un vendedor de frutas había sobrecargado su carrito con una cantidad de melones y sandías que desafiaba cualquier ley de la física y el sentido común. La rueda derecha, rendida ante la codicia del comerciante, estalló. El carrito se ladeó violentamente, soltando su carga y convirtiéndose en un proyectil de vitaminas que empezó a rodar cuesta abajo, ganando una velocidad alarmante hacia donde un grupo de civiles distraídos miraba un escaparate de joyas.
—¡Oh, brillante! ¡Día de ensalada gratuita en el asfalto! —exclamó Akira, soltando un bufido de ironía.
No hubo meditación, ni planes complejos. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se puso en pie de un salto, descalzo, activando su Byakugan por puro instinto; el mundo se volvió una red de venas de chakra y trayectorias físicas. Vio a una chica cerca, alguien cuya postura delataba un entrenamiento ninja que contrastaba con la mediocridad del resto de la multitud.
Akira se lanzó hacia adelante, corriendo con una zancada felina, los guanteletes rojos brillando bajo la luz del sol mientras se ajustaba las correas con los dientes en un movimiento aprendido de mil peleas.
—¡Oye, tú! ¡La del uniforme! —gritó, su voz cortando el barullo de la calle con una urgencia brutal—. ¡No te quedes ahí mirando! ¡Si no interceptamos ese carrito de sandías ahora mismo, vamos a tener zumo de fruta por toda la calle principal y el papeleo va a ser un dolor de cabeza! ¡Ayúdame a detenerlo antes de que alguien termine convertido en mermelada!
Akira tensó los músculos de sus piernas, listo para usar sus manos como frenos, esperando que aquella chica tuviera la suficiente sangre fría para improvisar un bloqueo junto a él, sin importar lo ridículo que se viera salvar un puesto de frutas.