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  ›   [Misión Simple] Auto narrada Rastro en la Bruma: Limpieza en el Puesto de Avanzada
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Auto narrada Rastro en la Bruma: Limpieza en el Puesto de Avanzada
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
22-07-2026, 04:28 AM
● Rango y Tipo de la Misión: Rango D, Misión Autonarrada (Mínimo 750 palabras)

● Fecha y Lugar: 40 de verano, año 150 · Periferia boscosa del País del Fuego.

● Cantidad de Usuarios: 1 (Akira Hyuuga)

● Cantidad máxima de horas por ronda: n/a



aprobada aqui



El calor del cuadragésimo día de verano en la periferia del País del Fuego no se limitaba a registrarse en los termómetros; se sentía como una presencia física, una losa pesada que aplastaba la vegetación y convertía el aire en un vapor denso, difícil de tragar. A mediodía, el sol caía a plomo a través del espeso dosel de los pinos centenarios, filtrándose en haces dorados que atravesaban una bruma seca y polvorienta desprendida de la tierra reseca. Las chicharras zumbaban en un crescendo ensordecedor, un telón de fondo rítmico que parecía intensificar la sensación de aislamiento y asfixia en el espeso bosque secundario.



Akira Hyuuga avanzaba por la trocha con paso firme pero medido. Su piel pálida brillaba por una fina capa de sudor que se evaporaba antes de gotear, producto del esfuerzo constante y de la humedad atrapada entre los matorrales. Cada fibra de su uniforme shinobi parecía pesar el doble bajo aquel ambiente bochornoso, pero su rostro permanecía inalterable, esculpido en una seriedad pétrea. No había espacio para la fatiga cuando el deber reclamaba precisión. El polvo fino del camino se levantaba con cada suela de su sandalia, adhiriéndose al cuero de sus protectores y dejando un rastro efímero que el viento cálido disipaba al instante.



El informe preliminar de los aldeanos mencionaba suministros evaporados, cajas de raciones de viaje forzadas y herramientas de cultivo desparecidas en un radio de tres kilómetros. Para la mayoría, aquello era obra de rateros comunes que huían de la justicia de la gran aldea. Para un Hyuuga, cada detalle del entorno contaba una historia distinta.



Al doblar un recodo donde el sendero se estrechaba, devorado por helechos marchitos y zarzas espinosas, el ambiente cambió de golpe. La densa vegetación dio paso a una explanada semioculta donde se alzaba un viejo cobertizo de madera de cedro, un puesto de aprovisionamiento militar que la administración local había dejado en desuso hacía años. A primera vista, la estructura parecía abandonada a su suerte: tablas carcomidas por el tiempo, el tejado de tejas de barro parcialmente agrietado y una quietud sepulcral que competía con el zumbido de los insectos.



Sin embargo, Akira se detuvo a veinte metros, agazapándose tras un tronco cubierto de musgo seco. Sus ojos no se limitaban a observar la fachada; buscaban las discordancias en el lienzo natural.



Allí estaban. Una rama de roble cercano había sido desgajada de forma reciente, dejando una savia blanquecina y pegajosa que aún brillaba al sol. En la tierra húmeda del umbral, donde una ligera filtración de agua subterránea mantenía el fango fresco, se distinguían marcas de botas pesadas, de un diseño tosco que no pertenecía al calzado reglamentado de Konoha ni al de los campesinos locales. Más revelador aún era el aire que salía por una rendija de la puerta lateral: un tufo rancio a sudor humano, humedad estancada y el olor metálico de latas de conservas abiertas recientemente.



Akira exhaló un suspiro lento y controlado, cerrando los ojos por una fracción de segundo antes de abrirlos de par en par. La musculatura alrededor de sus cuencas oculares se tensó de forma drástica; las venas finas y oscuras estallaron en relieve, surcando su piel desde las sienes hasta los pómulos con una violencia contenida. El Byakugan había despertado.




El calor del cuadragésimo día de verano en la periferia del País del Fuego no se limitaba a registrarse en los termómetros; se sentía como una presencia física, una losa pesada que aplastaba la vegetación y convertía el aire en un vapor denso, difícil de tragar. A mediodía, el sol caía a plomo a través del espeso dosel de los pinos centenarios, filtrándose en haces dorados que atravesaban una bruma seca y polvorienta desprendida de la tierra reseca. Las chicharras zumbaban en un crescendo ensordecedor, un telón de fondo rítmico que parecía intensificar la sensación de aislamiento y asfixia en el espeso bosque secundario.

Akira Hyuuga avanzaba por la trocha con paso firme pero medido. Su piel pálida brillaba por una fina capa de sudor que se evaporaba antes de gotear, producto del esfuerzo constante y de la humedad atrapada entre los matorrales. Cada fibra de su uniforme shinobi parecía pesar el doble bajo aquel ambiente bochornoso, pero su rostro permanecía inalterable, esculpido en una seriedad pétrea. No había espacio para la fatiga cuando el deber reclamaba precisión. El polvo fino del camino se levantaba con cada suela de su sandalia, adhiriéndose al cuero de sus protectores y dejando un rastro efímero que el viento cálido disipaba al instante.

El informe preliminar de los aldeanos mencionaba suministros evaporados, cajas de raciones de viaje forzadas y herramientas de cultivo desparecidas en un radio de tres kilómetros. Para la mayoría, aquello era obra de rateros comunes que huían de la justicia de la gran aldea. Para un Hyuuga, cada detalle del entorno contaba una historia distinta.

Al doblar un recodo donde el sendero se estrechaba, devorado por helechos marchitos y zarzas espinosas, el ambiente cambió de golpe. La densa vegetación dio paso a una explanada semioculta donde se alzaba un viejo cobertizo de madera de cedro, un puesto de aprovisionamiento militar que la administración local había dejado en desuso hacía años. A primera vista, la estructura parecía abandonada a su suerte: tablas carcomidas por el tiempo, el tejado de tejas de barro parcialmente agrietado y una quietud sepulcral que competía con el zumbido de los insectos.

Sin embargo, Akira se detuvo a veinte metros, agazapándose tras un tronco cubierto de musgo seco. Sus ojos no se limitaban a observar la fachada; buscaban las discordancias en el lienzo natural.

Allí estaban. Una rama de roble cercano había sido desgajada de forma reciente, dejando una savia blanquecina y pegajosa que aún brillaba al sol. En la tierra húmeda del umbral, donde una ligera filtración de agua subterránea mantenía el fango fresco, se distinguían marcas de botas pesadas, de un diseño tosco que no pertenecía al calzado reglamentado de Konoha ni al de los campesinos locales. Más revelador aún era el aire que salía por una rendija de la puerta lateral: un tufo rancio a sudor humano, humedad estancada y el olor metálico de latas de conservas abiertas recientemente.

Akira exhaló un suspiro lento y controlado, cerrando los ojos por una fracción de segundo antes de abrirlos de par en par. La musculatura alrededor de sus cuencas oculares se tensó de forma drástica; las venas finas y oscuras estallaron en relieve, surcando su piel desde las sienes hasta los pómulos con una violencia contenida. El Byakugan había despertado.

En su campo de visión de casi trecientos sesenta grados, el mundo físico se desvaneció, reemplazado por la monocromática y fría geometría del flujo de chakra. A través de las paredes de madera podrida del cobertizo, el paisaje se tornó transparente. Las siluetas espectrales de tres individuos quedaron al descubierto con nitidez quirúrgica. Dos de ellos descansaban recostados sobre cajones de madera robados, con los puntos de energía (Tenketsu) parpadeando de manera irregular por la fatiga y el alcohol barato; el tercero, apostado cerca de una ventana rota con una kunai oxidada en la mano, patrullaba el perímetro interior con nerviosismo, su mente oscilante reflejada en el flujo inestable de su energía vital.

No eran ninjas formados, sino desertores de rango ínfimo, parias sin lealtad que creían que el aislamiento del bosque los protegería de las consecuencias de sus actos.
Akira no emitió sonido alguno. Su complexión alta y su andar entrenado se fundieron con la penumbra de los árboles mientras acortaba la distancia. El calor seguía apretando el pecho, pero su mente se había enfriado por completo, alcanzando ese estado de calma absoluta propio de la estirpe Hyuuga.

Al llegar junto al muro trasero del cobertizo, a través de la madera debilitada, pudo percibir el eco sordo de sus murmullos. Estaban discutiendo sobre cuánto tiempo les quedaba antes de que la patrulla de la hoja diera con su escondite. No sabían que la sentencia ya había llegado en la forma de un solo joven con los ojos blancos como la porcelana.

Con un movimiento fluido, desprovisto de gestos innecesarios, Akira deslizó una mano hacia su cartuchera y extrajo un rollo de hilo metálico y un par de kunais. La misión exigía recuperar los bienes y asegurar la zona; la resistencia, en caso de presentarse, sería sofocada con la precisión milimétrica del puño suave, devolviendo el orden a la frontera del País del Fuego antes de que el sol comenzara su lenta y calurosa retirada hacia el horizonte.

El golpe contra el pestillo de madera fue seco, un chasquido que quebró la densa modorra del interior del cobertizo. Antes de que los dos sujetos recostados pudieran reaccionar al parpadeo de la luz exterior, Akira ya se encontraba dentro, desplazándose con la ligereza de una sombra sobre la madera crujiente. El tercer intruso, el que montaba guardia junto a la ventana, intentó girar el brazo para alzar su arma oxidada, pero la percepción de los ochenta grados traseros de su Byakugan reveló la trayectoria antes de que iniciara el movimiento.

Sin vacilar, el Hyuuga acortó la distancia en un pestañeo. Su mano derecha, abierta con la palma rígida como una hoja de afeitar, interceptó el antebrazo del desertor con un impacto seco en el punto de presión del codo. El flujo de chakra del criminal se disipó de golpe, paralizando su extremidad entre espasmos de dolor sordo. Antes de que el sujeto pudiera emitir un grito de advertencia, el borde de la mano de Akira golpeó con precisión milimétrica la base de su cuello, derribándolo hacia el suelo de tierra batida con una eficiencia absoluta, insonora y letal en su propósito.

—¡¿Qué diablos fue es—?! —gritó el segundo desertor, tambaleándose al levantarse de los cajones, con los ojos inyectados en sangre y el aliento apestando a licor barato.

No terminó la frase. El ambiente interior se cargó con la fría presión del estilo de combate de los Hyuuga. Akira giró sobre sus talones, utilizando el impulso para trazar un arco perfecto con un rollo de hilo metálico que rápidamente envolvió los tobillos del tercer individuo que intentaba huir hacia la puerta trasera. Con un fuerte tirón, el desertor cayó de bruces contra las cajas de raciones robadas, levantando una polvareda seca que se mezcló con el sudor de su frente.

El último en pie, temblando de pánico al ver a sus compañeros neutralizados en cuestión de segundos por un solo muchacho de mirada espectral, arrojó su kunai al suelo y levantó las manos abiertas, retrocediendo hasta chocar contra los sacos de harina apilados en la esquina. La arrogancia con la que habían operado en la ruta comercial se había evaporado, reducida a nada ante la implacable frialdad del Tigre Blanco de Konoha.

—La broma terminó —sentenció Akira, con una voz baja y gélida que cortó el aire viciado del recinto mejor que cualquier cuchilla.

No hubo necesidad de violencia innecesaria. Con rapidez y rigor táctico, Akira aseguró a los tres infractores utilizando las ataduras reglamentarias, apiló las cajas de suministros sustraídos junto a la entrada y procedió a marcar la ubicación en su mapa de misión. Afuera, el sol del verano comenzaba a descender, tiñendo el dosel de los pinos con un tono ámbar polvoriento mientras la brisa de la tarde finalmente comenzaba a enfriar el ambiente. La frontera del País del Fuego volvía a estar segura, y el informe de la exitosa misión quedó sellado en la memoria del joven shinobi.
[Imagen: JK2RddW.png]
Masashi Kishimoto
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22-07-2026, 01:11 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Auto narrada Rastro en la Bruma: Limpieza en el Puesto de Avanzada (TID 14131)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Akira Hyuuga — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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