21-07-2026, 01:13 PM
El contraste entre el exterior y el refugio del Chango Dango es tan abrupto que duele. Allá afuera, en las calles que aún respiran el eco de la devastación, el panorama es un escenario de reconstrucción forzada: montones de piedra pulverizada, vigas astilladas y el polvo gris de la destrucción provocada por la colosal bestia negra cubren cada rincón. Akira, junto a un grupo de shinobi y civiles, había pasado las últimas horas codo a codo cargando escombros, improvisando camillas y asegurando la zona, con los músculos ardiendo y la mente todavía rebotando con los destellos de aquel combate titánico que casi parte la aldea en dos.
Pero al cruzar el umbral del local, el aire cambia de golpe. Se vuelve denso, cálido y reconfortante, impregnado por el aroma dulzón del caramelo tostado, la salsa mitarashi y el vapor espeso del té.
En una de las mesas del fondo, lejos de cualquier postura rígida o formalidad marcial, se encuentra Akira. Está exhausto, desplomado casi contra el respaldo de madera. Su uniforme lleva las cicatrices innegables del enfrentamiento: roturas en la tela, una capa de hollín reseco y trazas oscuras de sangre seca sobre la piel, vestigios de las heridas abiertas que Keisuke había tenido que suturar y tratar de emergencia tras el caos. Las manos, ligeramente vendadas y temblorosas por el esfuerzo acumulado, sostienen una taza de cerámica caliente. No está en alerta; solo intenta recuperar el aliento, con la mirada perdida en el líquido humeante mientras el peso del mundo parece recaer sobre sus hombros.
Al escuchar el crujir de la madera en la entrada y notar la presencia familiar del equipo aproximándose entre el vapor del local, Akira alza la vista con desgana. Parpadea para quitarse el cansancio de los ojos y, con una voz rasposa pero audible por encima del murmullo del lugar, se endereza lo justo para llamarles:
— ¡Oigan! Por aquí... dejen de buscar problemas por hoy y vengan a sentarse —espeta con un tono cansado, levantando una mano para atraer su atención, antes de girarse hacia la barra y alzar la voz con firmeza—: ¡Hey! Una ronda completa de dangos con extra de melaza y más teteras de té para esta mesa, por favor. Los necesitamos todos.
Pero al cruzar el umbral del local, el aire cambia de golpe. Se vuelve denso, cálido y reconfortante, impregnado por el aroma dulzón del caramelo tostado, la salsa mitarashi y el vapor espeso del té.
En una de las mesas del fondo, lejos de cualquier postura rígida o formalidad marcial, se encuentra Akira. Está exhausto, desplomado casi contra el respaldo de madera. Su uniforme lleva las cicatrices innegables del enfrentamiento: roturas en la tela, una capa de hollín reseco y trazas oscuras de sangre seca sobre la piel, vestigios de las heridas abiertas que Keisuke había tenido que suturar y tratar de emergencia tras el caos. Las manos, ligeramente vendadas y temblorosas por el esfuerzo acumulado, sostienen una taza de cerámica caliente. No está en alerta; solo intenta recuperar el aliento, con la mirada perdida en el líquido humeante mientras el peso del mundo parece recaer sobre sus hombros.
Al escuchar el crujir de la madera en la entrada y notar la presencia familiar del equipo aproximándose entre el vapor del local, Akira alza la vista con desgana. Parpadea para quitarse el cansancio de los ojos y, con una voz rasposa pero audible por encima del murmullo del lugar, se endereza lo justo para llamarles:
— ¡Oigan! Por aquí... dejen de buscar problemas por hoy y vengan a sentarse —espeta con un tono cansado, levantando una mano para atraer su atención, antes de girarse hacia la barra y alzar la voz con firmeza—: ¡Hey! Una ronda completa de dangos con extra de melaza y más teteras de té para esta mesa, por favor. Los necesitamos todos.
![[Imagen: Kei-Thresh1.png]](https://i.postimg.cc/dtDKY1nB/Kei-Thresh1.png)
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