20-07-2026, 04:34 PM
Última modificación: 20-07-2026, 04:37 PM por Yagami Nara.
El pergamino oficial del clan apestaba a cera rancia y a la obstinación de los ancianos por preservar tradiciones que a Yagami le importaban un bledo. Con el sello oficial de los Nara impreso en el papel, la directiva no dejaba margen a la evasión: todos los genin debían marchar en peregrinaje hacia los templos ancestrales ubicados en las profundidades del bosque sombrío. Una mezcla absurda de patrulla de reconocimiento, meditación obligatoria y culto a unos muertos que probablemente habrían preferido dormir en paz antes que soportar a una recua de chavales perezosos.
—Qué pereza —masculló Yagami, bostezando con desgana mientras se acomodaba la correa del equipo shinobi al hombro. Caminaba arrastrando los pies, con las manos profundamente hundidas en los bolsillos y la mirada perdida en el suelo, adoptando esa postura negligentemente pasota que tanto exasperaba a sus instructores.
Para él, la caminata no era más que una molestia innecesaria. No llevaba el paso firme de un aspirante ni la atención puesta en el entorno. Mientras los demás genin avanzaban en formación rígida, Yagami cojeaba a la cola del grupo, pensando en lo agradable que sería estar tumbado bajo la sombra de un olmo en lugar de cumplir con obligaciones familiares. La hierba crujía bajo sus botas con un ritmo perezoso y el aire olía a humedad y hojas caídas.
De repente, el suelo vibró. Un bufido sordo, gutural y cargado de furia bestial rompió la monotonía del bosque.
Antes de que el pelotón pudiera reaccionar, una familia de jabalíes salvajes irrumpió desde la maleza con una velocidad desmedida. La madre, una mole de cerdas oscuras y colmillos amarillentos, lideraba la carga directa contra los jóvenes genin, seguida por dos crías enfurecidas. El pánico cundió entre los novatos, que retrocedieron tropezando torpemente con sus propias armas.
Yagami, fiel a su estilo desganado, apenas parpadeó. Con un perezoso balanceo de caderas, se deslizó hacia un lado justo en el milisegundo en que la mole de carne pasaba a su lado, esquivando la embestida sin gastar más energía de la estrictamente necesaria. Los jabalíes cruzaron el claro como un torbellino y se adentraron de nuevo en el espeso follaje, dejando tras de sí una estela de polvo y ramas rotas. El grupo exhaló aliviado, pero Yagami, que se había quedado mirando el rastro de barro dejado por los animales, frunció el ceño. En la tierra húmeda, junto a las pezuñas, había algo más.
Se inclinó con desgana y examinó el suelo. Había mechones de pelo grisáceo atrapados en las zarzas y, sobre todo, marcas profundas de garras acompañadas de rastros de sangre fresca y oscura. No eran heridas provocadas por una pelea territorial ordinaria; los desgarros eran limpios, metódicos, el sello inconfundible de fauces lupinas coordinadas.
—Vaya... qué fastidio —murmuró Yagami, incorporándose con lentitud mientras dejaba escapar un suspiro pesado. Su actitud perezosa se desvaneció un ápice al conectar las piezas en su cabeza. Si los jabalíes huían despavoridos de esa manera y con esas heridas, no era por el territorio, sino porque venían huyendo de una jauría hambrienta. Y la dirección en la que corrían los animales era exactamente la misma que seguía el camino del templo.
Alzando la voz lo justo para que los demás lo escucharan, soltó el aviso sin aspavientos —Eh, id sacando las armas. Vienen lobos de entre las Sombras... y parece que tienen hambre.
No tardó ni tres segundos en cumplirse su palabra. Desde las copas de los árboles y entre los matorrales oscuros, las siluetas esbeltas y famélicas de varios lobos salvajes se materializaron como sombras vivientes. La emboscada fue instantánea.
Los genin entraron en pánico, pero Yagami ya se había movido. Con un par de giros de muñeca, extrajo tres kunais de su bolsa de herramientas y los lanzó con precisión quirúrgica, clavándolos en los troncos cercanos para trazar la geometría perfecta de su jutsu. Sus manos se cruzaron en el sello característico con una fluidez pasmosa.
—Kage Nui no Jutsu— susurró con fastidio.
De su propia sombra brotaron tentáculos oscuros y densos como zarcillos de medianoche. Las extensiones se dispararon por el suelo, enroscándose y trepando por el aire. Yagami desplegó una pequeña hoz encadenada que sujetó con la mano izquierda, mientras sostenía un kunai en cada palma. Con los tentáculos de sombra latiendo a su alrededor y empuñando el acero con una maestría letal, su figura proyectada contra la penumbra del bosque adquirió un aspecto casi demoníaco, semejante a una divinidad de múltiples brazos forjada en pura oscuridad.
Los lobos se lanzaron al ataque, pero se encontraron con una muralla inquebrantable. Una lluvia de filos cruzó el aire mientras las sombras danzaban al unísono con sus extremidades. Los kunais silbaban, la hoz cortaba el viento y los tentáculos apresaban las patas de las bestias en pleno salto, estrellándolas contra la hojarasca con fuerza sorda. En cuestión de segundos, la emboscada quedó desarticulada. Los animales supervivientes, aterrorizados por el despliegue del Nara, huyeron despavoridos hacia la espesura. Yagami exhaló una bocanada de aire, guardó el acero con parsimonia y sacudió los restos de polvo de su manga, recuperando de golpe su fachada de absoluta indiferencia.
Horas más tarde, el grupo llegó por fin al templo familiar. Entre estatuas de piedra musgosa y linternas de papel apagadas, un anciano del clan, de cejas pobladas y mirada severa, los esperaba con los brazos cruzados sobre el kimono tradicional. Tras revisar el informe del trayecto y escuchar las quejas de los demás, su mirada se posó directamente en Yagami.
—Llegas tarde a la concentración, Yagami. Y durante la prueba de interiorización en el santuario, tu mente ha estado divagando en lugar de vaciarse. Eres incapaz de dejar la mente en blanco; siempre estás calculando, siempre estás buscando el atajo o la siguiente molestia —le recriminó el patriarca con tono seco y punzante.
Yagami bajó la mirada, cruzó los brazos y se encogió de hombros, mascullando por lo bajo:
—Bueno, al menos avisé a tiempo de la emboscada... Si hubiera tenido la mente en blanco, ahora mismo nos estarían digiriendo los lobos.
El anciano lo quedó mirando en silencio durante unos largos segundos, antes de negar levemente con la cabeza y proferir una sentencia que cayó como una piedra en el estanque de sus pensamientos —Y esa es precisamente tu gran debilidad, muchacho. Cuando tenemos los dos ojos fijados únicamente en la meta, no nos queda ninguno para ver el camino. Y a veces, el verdadero aprendizaje no está en llegar al templo, sino en todo lo que ignoramos mientras caminamos hacia él.
Yagami se quedó en silencio, mirando el suelo de piedra, comprendiendo por primera vez que su afán por librarse rápido de las obligaciones le impedía valorar el trayecto que sus propias sombras pisaban.