19-07-2026, 11:01 PM
El sol del verano en Konoha golpea con una intensidad que hace vibrar el horizonte, creando un espejismo sutil sobre el terreno de tierra batida. El aire está cargado con el aroma de la paja seca, el polvo que se levanta con la brisa cálida y el olor a resina de los postes de madera expuestos al sol durante demasiado tiempo. El zumbido incesante de las cigarras parece acentuar la quietud del Campo de Entrenamiento Nº 4; un silencio interrumpido únicamente por el leve crujir de las cuerdas de las dianas que se balancean sin propósito.
Frente a la línea de tiro, el estado del equipo es evidente. Las dianas de paja muestran heridas profundas y asimétricas, restos de kunais y shurikens que han deshilachado el material, dejando protuberancias y huecos que harían imposible una práctica de tiro precisa. Los círculos concéntricos pintados sobre la superficie están deslavados por el sol y la lluvia, transformándose en manchas grises y amorfas. Los postes de sujeción, hundidos en la tierra, ceden ligeramente ante el peso de las dianas, inclinándose en ángulos que no corresponden a un entrenamiento estándar.
A un costado, bajo la sombra de un toldo improvisado, se encuentra Jiro, el capataz de mantenimiento de las instalaciones. Es un hombre de mediana edad con manos callosas y una expresión de severidad que parece tallada en su rostro. Está revisando una caja de herramientas de metal que emite un ligero tintineo cada vez que cambia de página en su bloc de notas.
Al notar tu presencia, Jiro no se levanta, pero sus ojos, afilados y escrutadores, se posan sobre ti con una intensidad analítica.
—Llegas a tiempo, Hyūga —su voz es rasposa, similar al sonido de una lija contra la madera—. Este sector ha sido descuidado. Los Genin necesitan precisión absoluta; si una diana está un milímetro desviada o un anillo de puntuación es más grueso de lo debido, el entrenamiento pierde su propósito.
Señala con la barbilla hacia una mesa de trabajo cercana. Sobre ella reposan los materiales necesarios: un ovillo de cuerda de cáñamo resistente pero flexible, un martillo de maza de goma, un juego de plantillas metálicas, un bote de tinta negra indeleble, pinceles de cerda dura y varios fardos de paja prensada.
—Tienes todo lo necesario —continúa Jiro, volviendo a su bloc de notas sin ofrecer más ayuda—. Los postes deben quedar a noventa grados respecto al suelo. Las dianas deben ser compactas, sin cavidades donde el acero pueda encallarse innecesariamente. Empieza por el soporte que está más a la izquierda; la cuerda de sujeción está a punto de ceder.
Jiro guarda silencio, esperando ver cómo manejas las herramientas. El sol sigue martilleando el campo, y el peso de la responsabilidad por la precisión del equipo recae enteramente en tus manos.
Frente a la línea de tiro, el estado del equipo es evidente. Las dianas de paja muestran heridas profundas y asimétricas, restos de kunais y shurikens que han deshilachado el material, dejando protuberancias y huecos que harían imposible una práctica de tiro precisa. Los círculos concéntricos pintados sobre la superficie están deslavados por el sol y la lluvia, transformándose en manchas grises y amorfas. Los postes de sujeción, hundidos en la tierra, ceden ligeramente ante el peso de las dianas, inclinándose en ángulos que no corresponden a un entrenamiento estándar.
A un costado, bajo la sombra de un toldo improvisado, se encuentra Jiro, el capataz de mantenimiento de las instalaciones. Es un hombre de mediana edad con manos callosas y una expresión de severidad que parece tallada en su rostro. Está revisando una caja de herramientas de metal que emite un ligero tintineo cada vez que cambia de página en su bloc de notas.
Al notar tu presencia, Jiro no se levanta, pero sus ojos, afilados y escrutadores, se posan sobre ti con una intensidad analítica.
—Llegas a tiempo, Hyūga —su voz es rasposa, similar al sonido de una lija contra la madera—. Este sector ha sido descuidado. Los Genin necesitan precisión absoluta; si una diana está un milímetro desviada o un anillo de puntuación es más grueso de lo debido, el entrenamiento pierde su propósito.
Señala con la barbilla hacia una mesa de trabajo cercana. Sobre ella reposan los materiales necesarios: un ovillo de cuerda de cáñamo resistente pero flexible, un martillo de maza de goma, un juego de plantillas metálicas, un bote de tinta negra indeleble, pinceles de cerda dura y varios fardos de paja prensada.
—Tienes todo lo necesario —continúa Jiro, volviendo a su bloc de notas sin ofrecer más ayuda—. Los postes deben quedar a noventa grados respecto al suelo. Las dianas deben ser compactas, sin cavidades donde el acero pueda encallarse innecesariamente. Empieza por el soporte que está más a la izquierda; la cuerda de sujeción está a punto de ceder.
Jiro guarda silencio, esperando ver cómo manejas las herramientas. El sol sigue martilleando el campo, y el peso de la responsabilidad por la precisión del equipo recae enteramente en tus manos.