19-07-2026, 10:41 PM
El calor dentro de los invernaderos del Clan Nara es sofocante, una barrera invisible de humedad que hace que el aire se sienta pesado, casi líquido, al respirar. Es el día 38 de verano del año 150, y los paneles de vidrio del techo actúan como una lente de aumento, filtrando la luz solar hasta convertirla en un brillo cenital que hace que las partículas de polvo bailen sobre los lechos de cultivo perfectamente delimitados.
El aroma es denso: una mezcla de tierra mojada, abono orgánico y la fragancia dulce pero punzante del Jazmín de Invierno que se aferra a las paredes de cristal. El silencio del invernadero, interrumpido únicamente por el goteo rítmico de un sistema de riego automático en el extremo opuesto, se ve fracturado por el sonido seco de unas sandalias de madera desplazándose sobre los senderos de piedra volcánica.
Un hombre de mediana edad, ataviado con las túnicas sencillas de los cuidadores del clan, emerge de entre las frondosas sombras de unos helechos gigantes. Su expresión es impasible, analítica, como si estuviera midiendo el valor de cada metro cuadrado de su dominio.
Se detiene a pocos pasos, cruzándose de brazos mientras observa el área de trabajo designada. Con un movimiento lento de su barbilla, señala una pequeña mesa rústica donde descansan varias cestas de mimbre vacías, alineadas meticulosamente por dimensiones, y un set de herramientas de mano de metal opaco.
—El hospital de Konoha tiene a varios médicos esperando por este lote —dice el hombre, su voz apenas elevándose sobre el zumbido de los insectos atrapados tras los vidrios—. Son plantas sumamente delicadas. Si un solo filamento de esas raíces se fractura durante la extracción, las propiedades curativas del Jazmín se degradan instantáneamente; el antídoto final perdería su eficacia y habrás desperdiciado el trabajo de toda una temporada.
El hombre da un paso hacia adelante, señalando con un dedo largo y calloso la base de los tallos apenas visibles entre la tierra oscura.
—No quiero excavaciones rápidas. Quiero que retires la tierra capa por capa. Limpia las raíces con suavidad, sin forzar, y clasifícalas en esas cestas de mimbre según el tamaño: las pequeñas a la izquierda, las grandes a la derecha. Si veo que tratas estas plantas como si fueran simples malas hierbas, la misión se dará por terminada antes de que termines la primera cesta. Tómate el tiempo que necesites; aquí adentro, la prisa es el enemigo número uno de la precisión.—
Tras terminar de hablar, el cuidador da media vuelta, dejando que el sonido de sus pasos se pierda nuevamente en la inmensidad húmeda del invernadero, quedando a una distancia prudente pero atento a cada movimiento.
El aroma es denso: una mezcla de tierra mojada, abono orgánico y la fragancia dulce pero punzante del Jazmín de Invierno que se aferra a las paredes de cristal. El silencio del invernadero, interrumpido únicamente por el goteo rítmico de un sistema de riego automático en el extremo opuesto, se ve fracturado por el sonido seco de unas sandalias de madera desplazándose sobre los senderos de piedra volcánica.
Un hombre de mediana edad, ataviado con las túnicas sencillas de los cuidadores del clan, emerge de entre las frondosas sombras de unos helechos gigantes. Su expresión es impasible, analítica, como si estuviera midiendo el valor de cada metro cuadrado de su dominio.
Se detiene a pocos pasos, cruzándose de brazos mientras observa el área de trabajo designada. Con un movimiento lento de su barbilla, señala una pequeña mesa rústica donde descansan varias cestas de mimbre vacías, alineadas meticulosamente por dimensiones, y un set de herramientas de mano de metal opaco.
—El hospital de Konoha tiene a varios médicos esperando por este lote —dice el hombre, su voz apenas elevándose sobre el zumbido de los insectos atrapados tras los vidrios—. Son plantas sumamente delicadas. Si un solo filamento de esas raíces se fractura durante la extracción, las propiedades curativas del Jazmín se degradan instantáneamente; el antídoto final perdería su eficacia y habrás desperdiciado el trabajo de toda una temporada.
El hombre da un paso hacia adelante, señalando con un dedo largo y calloso la base de los tallos apenas visibles entre la tierra oscura.
—No quiero excavaciones rápidas. Quiero que retires la tierra capa por capa. Limpia las raíces con suavidad, sin forzar, y clasifícalas en esas cestas de mimbre según el tamaño: las pequeñas a la izquierda, las grandes a la derecha. Si veo que tratas estas plantas como si fueran simples malas hierbas, la misión se dará por terminada antes de que termines la primera cesta. Tómate el tiempo que necesites; aquí adentro, la prisa es el enemigo número uno de la precisión.—
Tras terminar de hablar, el cuidador da media vuelta, dejando que el sonido de sus pasos se pierda nuevamente en la inmensidad húmeda del invernadero, quedando a una distancia prudente pero atento a cada movimiento.