Sin embargo... Konoha también era una aldea militar. Había gente preparada para la guerra, ninjas divididos en clanes, expediciones al exterior, comerciantes que entraban y salían constantemente y un sinfín de historias sobre lugares que casi nadie mencionaba con demasiados detalles. Pero, para Ibuki, nada de eso tenía demasiado sentido. Nunca había visto nada detrás de aquellas enormes puertas. Nunca había cruzado las murallas. Todo lo que conocía estaba dentro de ellas. Todo lo que existía era Konoha. Afuera de Konoha, solo era un mar de nada, un mundo en blanco... no existía.
Y Konoha era inmensa. Calles que nunca terminaban, barrios enteros, bosques, ríos, campos de cultivo, montañas y decenas de lugares que aún no conocía. Y si el mundo entero era Konoha... ¿por qué los campos de entrenamiento eran tan pequeños? - El patio de mi casa tiene más terreno que esto... - Murmuró mientras contemplaba el claro donde habían decidido realizar el entrenamiento. Había algunos troncos para practicar, postes de madera marcados por incontables golpes y un terreno abierto rodeado de árboles. Era amplio para cualquiera... pero no para alguien que había crecido en una propiedad tan extensa como la del clan Inuzuka.
Era otro ejercicio. Otro más. Uno de combate. ¿Por qué tenía que seguir haciendo esta clase de ejercicios?
Ya había terminado la academia... ¿por qué seguían haciéndola entrenar? No entendía cuál era el objetivo. Ya sabía lanzar kunais, correr, esconderse, pelear un poco... ¿no era suficiente? Nadie parecía darle una respuesta. Simplemente le decían que entrenara, y ella entrenaba. Le decían que estuviera lista... así que procuraba estar lista, aunque nunca supiera exactamente para qué
¿Sandía? - Le ofreció un trozo al tanuki, que se incorporó enseguida para aceptarlo con ambas patas. Mientras él comenzaba a mordisquear felizmente la fruta, Ibuki tomó otro pedazo para ella, se levanto de entre los matorrales y caminó despacio hacia el campo abierto, saliendo de su escondite, masticando con absoluta tranquilidad. Miró una vez más alrededor.
Terminó la sandía, dejó la cáscara a un lado y se limpió las manos despreocupadamente sobre el pantalón. Suspiró.
Estaba aburrida de permanecer escondida. Caminó hasta el centro del claro con los brazos abiertos, como si quisiera facilitarle el trabajo a quien estuviera oculto entre los árboles. - Ya... está bien, me rindo. Aquí estoy.
Esperó unos segundos. Entonces volvió a hablar. - La primera fase era esconderse, ¿no? Bueno... pasemos a la segunda mejor. ¿Te parece?
Le hablaba al viento, sin saber quién estaba al otro lado ni a quién habrían escogido como compañero para aquel entrenamiento. Si seguía escondido... bueno... ya encontraría la forma de convencerlo de salir.
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