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[Autonarrada D] La Última Campana
Issei
Rango Genin
Clan Heizu
Nivel 13
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Generales
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Inteligencia10(1)
Especiales
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Sigilo18
495
580
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14-07-2026, 04:55 PM
Última modificación: 14-07-2026, 05:28 PM por Issei.
La lluvia caía con una constancia casi hipnótica sobre los tejados del distrito antiguo de los Heizu mientras avanzaba por un sendero de piedra cubierto de musgo. Aquella zona de Kirigakure siempre me había resultado curiosa; parecía detenida en el tiempo. Las casas conservaban la arquitectura de varias generaciones atrás, las campanas de viento apenas se movían con la humedad del ambiente y el silencio era tan profundo que casi conseguía ahogar incluso el rumor del agua golpeando los aleros. 

Aquella no era una misión complicada. El informe decía que un antiguo instructor de la Academia llevaba varios días sin responder a las visitas de sus vecinos y que, aprovechando la comprobación de su estado, debía recuperar unos documentos históricos del clan que permanecían bajo su custodia. Un simple encargo, demasiado sencillo para despertar el interés de la mayoría de shinobis. Aún así, las misiones aparentemente inútiles eran las que más información escondían.

La vivienda apareció al final del camino. El jardín llevaba semanas abandonado; la hierba había terminado por devorar el sendero y algunas ramas secas descansaban sobre el tejado. Me detuve frente a la puerta y golpeé dos veces con los nudillos, pero lo escuché silencio. Esperé unos segundos antes de volver a llamar y otra vez nada. Entonces, empujé la puerta con cuidado, la cual cedió sin ofrecer resistencia.

— Voy a entrar.

El interior desprendía ese olor inconfundible de las casas donde vivían ancianos solos: madera húmeda, pergaminos envejecidos, tinta seca y medicinas. No encontré señales de violencia. Todo permanecía perfectamente ordenado, simplemente cubierto por esa fina capa de polvo que solo aparece cuando una casa deja de recibir visitas.

Entonces escuché una tos. La seguí hasta una habitación iluminada por una ventana abierta, allí estaba el anciano. Permanecía sentado frente al jardín con una manta sobre las piernas y un bastón apoyado junto al brazo de la silla. Era extremadamente delgado, pero sus ojos seguían teniendo una claridad incómoda. Ni siquiera giró la cabeza cuando entré.

— Has tardado bastante.

Fruncí ligeramente el ceño.

— La puerta estaba abierta.

— Lo sé.

Aquella respuesta me arrancó una ligera mueca.

— Entonces no estabas muerto.

El anciano dejó escapar una risa apagada

— Todavía no.

Me crucé de brazos mientras recorría la habitación con la mirada.

— Me envían a comprobar tu estado y a recoger unos documentos del clan.

— Ya imaginaba que no vendrías por iniciativa propia.

No respondí, y durante unos segundos solo permanecimos escuchando el sonido de la lluvia contra la ventana.

— Acércate.

Lo hice sin demasiadas ganas. Cuando estuve frente a él levantó lentamente la vista y me observó durante un largo rato, como si estuviera comparando mi rostro con un recuerdo muy antiguo.

— Así que tú eres el hijo de Raizen.

Mi expresión permaneció inmóvil.

— Lo fui.

El anciano negó con calma.

— No, sigues siéndolo.

— No comparto apellido con los muertos.

— La sangre no entiende de apellidos.

Solté un leve suspiro de fastidio.

— Si has pedido que venga para hablar de él, terminaré antes llevándome los pergaminos.

Una sonrisa tranquila apareció en su rostro.

— Eres exactamente igual que él.

Aquello consiguió que lo mirara directamente.

— Eso ha sido una falta de respeto.

— No me refiero al hombre en el que terminó convirtiéndose. Hablo del muchacho que conocí mucho antes de todo aquello, entrené con él durante años.

Guardé silencio, era la primera vez que alguien hablaba de mi padre sin hacerlo con miedo o desprecio.

— Era brillante. Arrogante hasta resultar insoportable, pero brillante. Siempre caminaba dos pasos por delante del resto. Si encontraba un muro quería cruzarlo, si alguien decía que algo era imposible, él era el primero en intentarlo.

Negué despacio.

— Entonces no lo conociste tanto.

— Créeme. Lo conozco mejor que tu.

La habitación volvió a quedarse en silencio.

— Todo el mundo habla del monstruo en el que se convirtió.

Apoyé un hombro contra la pared.

— Porque es en lo único que terminó convirtiéndose.

El anciano negó lentamente.

— No. Porque resulta más cómodo borrar toda una vida que aceptar que uno de los mejores hombres del clan terminó cayendo.

Una sonrisa torcida apareció en mi rostro.

— ¿Sabes qué fue lo peor?

Esperó mi respuesta sin interrumpirme.

— Que perdió.

Vi cómo fruncía ligeramente el ceño.

— ¿Eso es lo único que ves?

Solté una risa breve.

— Si hubiera querido enfrentarse al clan... por mi perfecto. Si hubiera querido abandonar Kirigakure... también. O si hubiera querido prender fuego a medio País del Agua.... Al menos habría tenido convicción.

Mi sonrisa desapareció poco a poco.

— Pero no hizo ninguna de esas cosas.

Bajé la vista durante un instante antes de volver a encontrar sus ojos.

— Simplemente se rompió —aquella frase salió con un desprecio mucho más profundo que cualquier insulto—. Y un hombre que se rompe deja de ser digno de que alguien lo siga.

El anciano permaneció observándome durante varios segundos antes de responder.

— Ahí es donde os diferenciáis... y donde más os parecéis.

Fruncí ligeramente el ceño.

— Raizen tampoco empezó siendo un monstruo, ningún hombre nace convertido en uno. Todos creen que jamás cruzarán esa línea... hasta que un día descubren que llevan meses caminando al otro lado.

Dejé escapar una carcajada—. Eso solo les ocurre a los débiles.

— Eso mismo pensaba él.

Aquella frase consiguió borrar la sonrisa de mi rostro. Por otro lado, el anciano continuó hablando con absoluta tranquilidad, sin apartar los ojos de los míos.

— Los dos os convencisteis de que la fuerza os daba derecho a decidir por los demás.

La carcajada volvió a escapárseme y di un paso hacia él.

— ¿Eso es lo que has entendido después de tantos años?

Incliné ligeramente la cabeza para obligarlo a sostenerme la mirada.

— Te equivocas.

Una sonrisa torcida volvió a dibujarse lentamente en mi cara.

— La fuerza no da ningún derecho —esperé apenas un segundo—. Sino que elimina la necesidad de pedir permiso.

El anciano no pareció impresionarse lo más mínimo.

— Ahora entiendo por qué sobreviviste.

— Sobreviví porque fui más fuerte.

Negó con absoluta serenidad.

— No —respondió con voz tranquila—. Sobreviviste porque fuiste capaz de matar a tu propio padre.

No aparté la vista.

— Si hubiera sido cualquier otro hombre habría hecho exactamente lo mismo.

— ¿Sin dudar?

— Sin dudar.

El anciano dejó escapar una respiración lenta.

— Entonces espero que nunca tengas un hijo.

Aquello consiguió hacerme reír otra vez.

— ¿Un hijo?

Negué lentamente con la cabeza.

— Claro que espero que me mate.

Aquello sí consiguió sorprenderlo.

— ¿Cómo dices?

Me encogí de hombros con absoluta naturalidad.

— Si algún día me convierto en un hombre incapaz de sostener aquello en lo que creo... si pierdo la cabeza... si termino arrastrándome igual que él... —sonreí—. Y ese crío tiene fuerza suficiente para atravesarme el cuello...

Volví a encogerme de hombros.

— Significará que ya no merecía seguir respirando. Sería una buena muerte.

El anciano permaneció completamente inmóvil, después sonrió con una tristeza extraña.

— Sabía que responderías eso —guardó silencio unos instantes antes de añadir—: Pero hay una gran diferencia entre aceptar tu muerte... y convertirte poco a poco en aquello que juraste destruir.

Mi expresión se endureció ligeramente.

— Raizen también creía que siempre sabría dónde estaba el límite.

Sentí cómo los dedos se cerraban solos alrededor del mango de la hoz que llevaba escondida. No iba a desenvainarla, ni siquiera había pensado en hacerlo, mi cuerpo simplemente reaccionó.

— No vuelvas a compararme con él.

No alcé la voz, no era necesario.

— Jamás.

El anciano bajó la mirada hacia mi mano y sonrió.

— ¿Ves?

Levantó de nuevo los ojos.

— Él también hacía eso cuando alguien decía algo que no quería escuchar.

Por primera vez durante toda la conversación tuve ganas de marcharme sin responder, pero respiré despacio y solté el mango del arma. El anciano señaló entonces un armario de madera situado junto a la pared.

— Los documentos que has venido a buscar están ahí.

Me acerqué hasta él y encontré varios pergaminos perfectamente conservados con el sello del clan Heizu. Cuando estaba guardándolos dentro de mi chaqueta, el anciano volvió a hablar.

— Espera.

Sacó un pequeño pergamino envuelto en una tela mucho más vieja que el resto. No llevaba ningún sello oficial.

— Esto nunca llegó a los archivos del clan.

Lo tomé sin abrirlo.

— ¿Qué es?

— El informe original sobre la caída de tu padre.

Lo observé unos segundos.

— ¿ Y por qué me lo das?

El anciano sonrió cansado.

— Porque el clan solo conserva las versiones que le resultan útiles.

Guardé el pergamino junto al resto de documentos.

— Esto no cambiará nada.

— No espero que lo haga —su voz volvió a sonar tranquila—. Solo quiero que, cuando algún día tengas que elegir entre proteger el nombre del clan o proteger aquello que consideres correcto... al menos conozcas toda la historia.

Me dirigí hacia la puerta.

— Si esperas que eso haga que vea a mi padre de otra forma, has perdido el tiempo.

— No.

Aquella única palabra volvió a detenerme.

— Lo único que espero... es que el día que alguien empiece a verte igual que tú veías a Raizen... todavía seas capaz de darte cuenta.

No respondí, solo salí de la vivienda mientras la lluvia seguía cayendo sobre los viejos tejados del distrito Heizu. Los documentos descansaban bajo mi brazo y el pequeño pergamino permanecía guardado junto a mi pecho. No lo abrí durante todo el camino de vuelta, no es que temiera descubrir qué había dentro, sino que, por primera vez desde que hundí aquel cuchillo en el cuello de mi padre, alguien había conseguido hacer algo que jamás habría creído posible: No hacerme dudar de haberlo matado, sino despertar mi curiosidad por el hombre al que ejecuté.
Moderador Shinigami
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15-07-2026, 05:59 PM
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